Por Aquiles Lázaro | Septiembre 2025
Hablar de José Vasconcelos es internarse en una contradicción. Por un lado, la mitología oficial lo coloca como el gran “maestro de América”, el hombre que, desde la Secretaría de Educación Pública, impulsó una política cultural sin precedentes, llevando escuelas, bibliotecas, libros y murales a rincones donde antes no existía ni un pizarrón. Pero, por otro, lo que se esconde detrás de esa imagen es un proyecto profundamente centralizador, homogeneizador y, en última instancia, excluyente, cuya sombra aún pesa sobre la configuración del perfil cultural de México.
Vasconcelos veía en el mestizaje la clave para “redimir” a un país fragmentado por la desigualdad y la violencia posrevolucionaria. Pero esa idea de la “raza cósmica”, tantas veces citada como profecía luminosa por sus herederos ideológicos, no es sino una estrategia para borrar lo que no encajaba en el relato nacional que los grupos de poder querían imponer. Lenguas indígenas, cosmovisiones diversas, prácticas comunitarias: todo debía ceder ante el castellano y ante una identidad única, nacional, forjada en el molde del “hombre culto” occidentalizado. Más que un gesto de inclusión, fue un ejercicio de exclusión sistemática: convertir la riqueza plural de los pueblos originarios en folclore, y su presente vivo en un pasado superado.
Más polémico aún fue el modo en que su pensamiento se fue acercando, sin pudor, a los ideales del fascismo europeo. Su admiración por Hitler y Mussolini no es un rumor de pasillo, sino una filiación explícita. Vasconcelos celebraba en ellos la disciplina, la fuerza unificadora, el orden contra el caos. La misma obsesión que lo llevó a centralizar la educación lo inclinaba a soñar con un poder que aplastara cualquier diferencia en nombre de la nación. Que el “apóstol de la cultura” haya coqueteado con la barbarie fascista debería bastar para matizar la complacencia con que se le recuerda.
La educación vasconcelista no fue un regalo generoso al pueblo, sino parte de un esfuerzo mayor: la construcción de una nación capitalista moderna después de la Revolución Mexicana. México necesitaba trabajadores alfabetizados, capaces de leer manuales técnicos y de reconocerse en símbolos patrios que aseguraran cohesión social. No se trataba de liberar conciencias, sino de modelarlas al servicio de un proyecto económico. En este sentido, la política cultural de Vasconcelos se integra en la lógica del capitalismo mexicano: integrar lo que era diverso en un mismo horizonte de consumo, productividad y obediencia.
Hoy, cuando el discurso oficial todavía celebra al primer secretario de educación como una figura casi intocable, conviene recordar que su legado no es inocente. Sí, Vasconcelos contribuyó a fundar instituciones culturales sólidas; sí, su impulso marcó un antes y un después en la educación pública. Pero lo hizo sacrificando la pluralidad, negando la posibilidad de un país donde lo indígena no fuera mero adorno, y coqueteando con ideologías que, en Europa, desembocaron en genocidios. Su figura no es la de un humanista sin fisuras, sino la de un intelectual que encarnó las tensiones de su tiempo: entre cultura y dominación, entre pedagogía y poder, entre modernidad y violencia.
Aquiles Lázaro es promotor cultural e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
