Por Christian Jaramillo | Septiembre 2025
El Taller de Gráfica Popular (TGP) fue un centro de trabajo colectivo que se creó con el objetivo de producir estampas al servicio de los intereses de las grandes mayorías. Se fundó en la Ciudad de México, en 1937, por Leopoldo Méndez y un grupo de personajes de la altura artística como Pablo O’Higgins y Luis Arenal. Tuvo un marcado carácter revolucionario y antifascista, y dedicó sus obras a las causas políticas. Albergó a los artistas más destacados en la producción plástica de la época y marcó el rumbo de la gráfica nacional, al menos hasta 1952, año en que Méndez y sus cercanos abandonaron la organización (Musacchio, 2007).
El antecedente inmediato del TGP fue la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), fundada en 1934 por el propio Leopoldo Méndez. Estuvo vinculado ideológicamente con los intereses de las masas y en contra de los parámetros burgueses del arte, mismos que luego serán adoptados por el TGP. Pocos años después de su fundación, la sección de Artes Plásticas de la LEAR se vio invadida por un espíritu burocrático y oportunista, que había sido introducido por los miembros más nuevos: “muchos se integraron con la esperanza de recibir un pago del gobierno” (Prignitz, 1992, pág. 48). Los fundadores decidieron abandonar la organización y crear un nuevo organismo de producción artística que recuperara los ideales originales: servir a los obreros y campesinos, y luchar en contra del imperialismo.

Figura 1. Cartel ¡Paremos la agresión…/ Grabado de Leopoldo Méndez
Surgía así, en 1937, el Taller de Gráfica Popular. Al igual que la LEAR, el TGP se unió a la consigna de frente único establecida por la Unión Soviética, que disponía de combatir al nazismo y a la guerra en general. El TGP tuvo un papel importante en la creación de carteles, letreros y volantes en contra de las dictaduras fascistas europeas. Un ejemplo es una serie de 18 carteles que el Taller realizó para la Liga Pro Cultura Alemana, que era una organización de exiliados alemanes que combatía al nazismo en su país.

Figura 2. El Fascismo I/ Grabado de Leopoldo Méndez
El carácter “popular” del Taller se hizo notar en dos aspectos principales. El primero, se buscó que las estampas fueran asequibles económicamente para las masas, en contraposición al arte burgués. Dejaron de lado los tradicionales y costosos materiales del grabado (piedra, metal, madera, etc.) para hacer del linóleo, un material sintético y económico, la nueva base en la que realizar los grabados. Un miembro recuerda que “con 10 pesos de linóleo podían hacer hasta ocho grabados” (Musacchio, 2007, pág. 35). Segundo, con este nuevo material, el uso de prensas se hacía prescindible. Las prensas eran muy caras y las que había pertenecían al dueño del centro de grabado, es decir, era un medio de producción al que el grabador (artista) no tenía acceso. La introducción del linóleo les permitió a los grabadores imprimir y controlar la producción artística por cuenta propia. En otras palabras, los artistas del TGP se habían convertido en dueños del producto de su trabajo.
Otra de las características del TGP fue el carácter colectivo de la producción artística. Los miembros se reunían por varias horas para discutir sobre el contenido y los detalles de cada una de las obras. En el proceso de creación, las linografías pasaban por las manos de otros artistas del Taller si así se creía necesario. En ese sentido, la estampa era un producto colectivo en todos sus aspectos, desde la ideación del grabado, pasando por la socialización de los costos de los instrumentos de trabajo[1], hasta la participación de diferentes artistas en cada una (Pano, 2002).
Para que el mensaje y las figuras representadas fueran fácilmente identificables por el pueblo, eligieron al “realismo” como su lenguaje estético. Siguiendo los pasos de José Guadalupe Posada, a quien consideraban como precursor del grabado social, ponderaron la simplicidad expresiva. El objetivo era que su arte fuera fácilmente digerido por las grandes masas, que en las estampas pudieran ver reflejadas sus alegrías, sus penas, temores y aspiraciones. La calidad artística, sin embargo, nunca estuvo en tela de juicio. A pesar de la aparente sencillez de los grabados, su técnica fue exquisita, y por eso apreciada por propios y extraños. Diego Rivera, por ejemplo, señalaba:
Hoy, el renombre y la fama del modesto Taller de Gráfica Popular de México se han afirmado como una compensación justa y cierta al esfuerzo de amor de talento realizado por los artistas que lo integran y que ha hecho que un genial Leopoldo Méndez, un Pablo O’Higgins, un Alberto Beltrán y sus compañeros sean mirados como verdaderos artistas del pueblo (Rivera, 2025, págs. 4-5).
Además de los ya mencionados, al TGP pertenecieron otros grandes artistas como José Chávez Morado, Alfredo Zalce, Alberto Beltrán, entre otros. Aunque afuera del Taller hubieran podido ganar mucho dinero con sus obras, decidieron apoyar la causa social de una organización que no generaba ganancias y que, por el contrario, se nutría de los recursos de los propios artistas. Cuenta la historia que algunas veces entre los propios artistas se prestaban dinero para el pasaje del camión.
Para la década de los cincuenta, el Taller había crecido en número. Su carácter democrático había permitido que se colaran diferentes tipos de perfiles artísticos e ideológicos, tal como en su momento sucedió con la LEAR. Esto hizo que en 1952 Leopoldo Méndez y sus seguidores abandonaran la organización. Su salida significó el fin del periodo de mayor esplendor de la organización. Se evidenció no solo en el nuevo carácter reformista de las obras (habían decidido renunciar al principio revolucionario con que nació el Taller), sino también en su calidad artística. De acuerdo con Musacchio (2007), el único artista de calidad que tuvo el Taller en las décadas posteriores fue Ángel Bracho.
A pesar de la nueva tendencia que había adoptado el Taller, siguió siendo centro de críticas por parte de las instituciones formales de arte. Esto porque al igual que sus iniciadores, continuaron haciendo uso de la política como tema fundamental para expresar su arte, aunque ahora con tintes “menos sectarios”, según lo denominaron los continuadores del Taller (Pano, 2002). Los teóricos no veían con buenos ojos que el arte se viera “ensuciado” con temas políticos. Uno de los artistas del TGP señalaba que se les “prohíbe terminantemente que el arte sea político, que toque temas de la revolución mexicana, que se grabe en linóleo, etc., pues si eso se hace se corre el riesgo de ser arrojado del paraíso de los artistas puros” (Pano, 2002, pág. 38). Insistían en que el arte, para serlo verdaderamente, debía ser fin en sí mismo, y que cualquier función utilitaria implicaba la pérdida de sus valores estéticos. Lo cierto es que en todas las épocas el arte se ha hallado al servicio de diversas causas: políticas, religiosas, amorosas, etc.; sin embargo, no por ello han perdido su calidad artística o han dejado de considerarse obras maestras.

Figura 3. Las antorchas/ Grabado de Leopoldo Méndez
En suma, el Taller de Gráfica Popular se fundó por un grupo de artistas que pusieron su obra al servicio de las causas políticas y del pueblo. Lo hicieron a pesar de la crítica férrea que sufrieron por parte de los teóricos del arte. El TGP le dejó al pueblo mexicano un arsenal de grabados de alto valor artístico, sin embargo, puede que su legado más importante haya sido poner el arte al servicio del pueblo: un arte asequible económica y técnicamente, que le hable en su lenguaje cultural, que le ayude a entender la situación política interna y externa en la que vive, que le abra los ojos sobre la realidad de explotación en la que está inmerso y, sobre todo, que lo sensibilice y le sirva de acicate para prender en ellos la llama del cambio revolucionario.
Christian Jaramillo es economista de la Facultad de Economía de la UNAM
NOTAS
[1] Si se hacían obras individuales, cada uno costeaba los gastos de los materiales y de la impresión.
