Por Rogelio García Macedonio | Septiembre 2025
Por lo menos desde el México independiente, el sur del país ha sido retratado como una región marginal, atrasada y empobrecida. Chiapas, Oaxaca y Guerrero han sido señalados por las mediciones de pobreza y marginación por sus altos niveles de padecimiento de estos males, a pesar de que estos estados son inmensamente ricos en recursos materiales y naturales; por lo tanto, el sur no es pobre, sino que ha sido empobrecido para mantener una economía capitalista que tiende a concentrar polos de desarrollo y polos de miseria. Es evidente que el sur de México es rico en recursos naturales, cultura, biodiversidad y potencial económico, pero ha sido sistemáticamente explotado, despojado y excluido del desarrollo nacional, como si esa región existiera para que los políticos la exploten en épocas electorales, prometiendo solucionar todos los males apenas ocupen los cargos de elección popular para los que resulten electos.
La región del sur concentra una inmensa riqueza natural: Chiapas tiene los recursos hídricos más importantes del país y genera cerca del 50% de la energía hidroeléctrica nacional. Guerrero y Oaxaca poseen una vasta riqueza minera, forestal y agroalimentaria. En estos estados se concentra la producción de café, cacao, mango, plátano, miel, palma africana, maderas preciosas y minerales estratégicos como oro, plata y zinc. Paradójicamente, muchas de las comunidades que producen estos bienes viven en condiciones de subsistencia o pobreza extrema, comparables con las regiones más pobres de África; la biodiversidad que se concentra en esta región es de las más ricas del continente: la Selva Lacandona, los Valles Centrales de Oaxaca y la Sierra Madre del Sur son reservas biológicas de importancia internacional. Este patrimonio natural no solo tiene valor ecológico, sino también económico: el turismo ecológico, las cadenas de producción agrícola orgánica y el aprovechamiento sustentable de los recursos podrían ser motores de desarrollo local si existieran condiciones estructurales equitativas y políticas económicas y sociales pensadas para superar el atraso.
El sur también es rico en cultura, lenguas y resistencia. Chiapas tiene 12 lenguas autóctonas, Oaxaca 11 y Guerrero 3; en conjunto concentran alrededor del 40% de la diversidad lingüística de México. Albergan una veintena de lenguas indígenas vivas, junto con tradiciones milenarias en medicina, agricultura, artesanía y organización comunitaria. Esta riqueza cultural ha sido despreciada por siglos por las élites gobernantes del país que impusieron una visión mestiza, urbana y occidental del desarrollo. La discusión en torno a la forma de incluir en el desarrollo a la población autóctona de México no es nueva, tiene historia cuando menos desde los intentos de formar una nación independiente de España después de la Guerrra de Independencia, y en la lucha instestina entre liberales y conservadores que fueron moldeando la nación que hoy conocemos; pero nunca se ha podido formar una visión integral de cómo deben superarse las barreras culturales y económicas que parecen separar a dos mundos, a dos visiones de la vida; es decir, mientras por un lado la vorágine capitalista todo lo mercantiliza e impone su lógica de la ganancia, las comunidades autóctonas de México están en un proceso entre resistirse a inmiscuirse en esa vorágine -que los condena muchas veces a sobrevivir como fósiles que tienen que ser conservadas con todas sus “tradiciones”- o dejarse absorber por el capitalismo que todo lo mercantiliza y uniforma. Pues bien, la posición más sensata sería conservar los conocimientos, las tradiciones y la cultura en general, a la par que se integren a los beneficios que puede traer consigo el desarrollo capitalista; es decir, que superen las condiciones de pobreza y atraso para vivir mejor.
La historia del sur está marcada por luchas populares. Desde las rebeliones indígenas coloniales hasta las insurrecciones sangrientas del siglo XX han sido expresión de las múltiples inconformidades con la realidad social y económica, que ahí se muestran muchas veces más agudas que en las regiones del país más desarrolladas. Lo más importante es entender que no es casualidad que así suceda. En general, en las economías capitalistas, las regiones pobres deben existir para alimentar a las regiones ricas e industriales de mano de obra, materias primas y mercados que permitan la reproducción del sistema de explotación. Es decir, aun cuantificando las riquezas del sur, aun considerando que las personas que habitan ese sur son trabajadoras en extremo, honradas e igual de visionarias e inteligentes que las mejores del mundo, no podrán superar la pobreza bajo un sistema de producción capitalista porque existe una estructura socioeconómica que así lo demanda para garantizar las ganancias.
La riqueza del sur contrasta con sus condiciones sociales. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) de 2024, 66% de la población de Chiapas era pobre, 58.1% de Guerrero y 51.6% de la de Oaxaca. En pobreza extrema viven 3 de cada 10 chiapanecos, 2 de cada 10 guerrerenses y casi 2 de cada 10 oaxaqueños, que no tienen los recursos suficientes para comer, para ser exactos, se están muriendo de hambre. Esta pobreza no es resultado del azar ni de la falta de resultados de la política social que se aplica desde hace muchos años en esos estados, sino consecuencia de lo mencionado arriba; es decir, de la estructura socioeconómica. Aunado a lo anterior, la inversión pública ha sido desigual, el gasto en infraestructura escaso y los servicios básicos insuficientes. El modelo de desarrollo neoliberal consolidado desde los años ochenta profundizó estas disparidades, mientras el norte se integraba a los circuitos de exportación industrial a través del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el sur era relegado como zona de “contención social” y reserva de mano de obra barata. El megaproyecto del Corredor Transísmico promete revertir esto, pero también despierta temores de una nueva oleada de despojo territorial bajo la lógica del mercado.
Por lo anterior, para que el sur deje de ser visto como un lastre o una región que siempre necesita ayuda del Gobierno, es necesario un cambio profundo en la concepción del desarrollo nacional. El sur no debe ser “salvado”, debe ser reconocido como sujeto de su propio destino. Esto implica respetar las formas de organización política y, sobre ello, construir bases de un desarrollo que permita superar la pobreza. Esta justicia para el sur de México no llegará con programas asistenciales ni con discursos de inclusión vacíos, llegará cuando los pobres del sur, y de México entero, logren darse cuenta de que las causas de su explotación y miseria son consecuencia de un sistema económico-social que prima la ganancia por encima del hombre, y solo entonces, estarán en condiciones de levantarse como un titán que tenga la fuerza física (que le dará la unión de los pobres) y la claridad de miras que le pueda proporcionar el entendimiento de su miseria para superarla.
Rogelio García Macedonio es economista por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
