Por Ollin Vázquez | Septiembre 2025
El Tomo I de El Capital de Karl Marx se publicó en 1867, hace 158 años. Desde entonces, el capitalismo se ha desarrollado enormemente, al grado de que lo que era tendencia se erige como la normalidad, que a su vez engendra nuevas tendencias. Por ejemplo, la centralización del capital en grandes empresas oligopólicas—una mera tendencia en el siglo XIX— se erige hoy como casi la única forma de existencia y funcionamiento de los capitales en la fase imperialista, donde acaparan no solo una, sino muchas ramas de la producción. A pesar de estas transformaciones, las formas de funcionamiento y las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista que Marx plasmó en su crítica de la economía política se mantienen vigentes. Este es el caso de la llamada ley general de acumulación capitalista:
“Cuanto mayores son la riqueza social, el capital en funciones, el volumen y la intensidad de su crecimiento y mayores también, por tanto, la magnitud absoluta del proletariado y la capacidad productiva de su trabajo, tanto mayor es el ejército industrial de reserva. […]. La magnitud relativa del ejército industrial de reserva crece, por consiguiente, a medida que crecen las potencias de la riqueza. Y cuanto mayor es este ejército de reserva en proporción al ejército obrero en activo, más se extiende la masa de superpoblación consolidada, cuya miseria se halla en razón inversa a los tormentos de su trabajo. Y finalmente, cuanto más crecen la miseria de la clase obrera y el ejército industrial de reserva, más crece también el pauperismo oficial. Tal es la ley general, absoluta, de la acumulación capitalista.” (Marx, 1999, pág. 546)
En términos generales, esto significa que el desarrollo capitalista, con su consecuente acumulación de capital y producción de mercancías, no conduce a la prosperidad generalizada. Por el contrario, genera una paradoja: mientras la riqueza social aumenta, también lo hacen la miseria relativa de la clase trabajadora, el desempleo y la explotación intensificada de quienes sí tienen empleo. La tendencia inherente al sistema es que la riqueza se concentre en un polo, mientras en el otro se expande el empobrecimiento.
Si se ignoraran estas “leyes” o tendencias, podría creerse que la expansión geográfica y sectorial del capitalismo, así como la cantidad de capital en funciones, incrementaría proporcionalmente la demanda de fuerza de trabajo. Sin embargo, el modo de producción capitalista contiene mecanismos intrínsecos que impiden este resultado: 1) el ejército industrial de reserva, 2) el aumento de la composición orgánica del capital y 3) la centralización del capital.
En cuanto al ejército industrial de reserva, este está compuesto por la población “excedente” para las necesidades inmediatas de la producción capitalista. Marx lo describe como un ejército de trabajadores que “le brinda [al capital] el material humano, dispuesto siempre a ser explotado […] independiente de los límites que pueda oponer el aumento real de la población” (Marx, pág. 410). Esta bolsa de mano de obra es funcional al sistema: satisface la demanda de trabajadores en nuevos sectores o durante ciclos de expansión sin generar escasez que presione los salarios al alza. Su tamaño fluctúa con los ciclos económicos, pero nunca desaparece, manteniendo una presión constante sobre los salarios y las condiciones laborales, pues ningún trabajador empleado puede exigir mejores contratos laborales ante la amenaza constante de ser reemplazado.
La composición orgánica del capital tiende a crecer con el desarrollo del capitalismo, contribuyendo al aumento de la miseria de los trabajadores y al aumento de la intensidad de su explotación. La composición orgánica de capital se define como la relación entre el capital invertido en medios de producción (capital constante, cc) y el destinado a fuerza de trabajo (capital variable, cv), es decir, cc/cv. La competencia obliga a los capitalistas a invertir más en tecnología y maquinaria (aumentando cc) para ganar eficiencia y eliminar a sus competidores u obtener la llamada plusvalía extraordinaria. Al crecer la inversión en medios de producción (cc), la proporción destinada a salarios (cv) disminuye relativamente. En consecuencia, se requieren menos trabajadores para operar una cantidad mayor de capital, lo que frena la creación de empleo a pesar del crecimiento económico y alimenta al ejército industrial de reserva.
Como señala Marx, incluso si el salario se mantiene, el capitalista prefiere extraer más trabajo de menos obreros -además de que pagaría menos por las prestaciones laborales- intensificando su explotación:
“[…] aunque el número de obreros sujetos a su mando permanezca estacionario e incluso aunque disminuya, el capital variable aumenta cuando el obrero individual rinde más trabajo y, por tanto, aunque el precio del trabajo se mantenga inmóvil, y aun descienda su salario, crece más lentamente que aumenta la masa de trabajo. El incremento del capital variable es, en estos casos, indicio de más trabajo, pero no de mayor número de obreros en activo. Todo capitalista se halla absolutamente interesado en estrujar una determinada cantidad de trabajo a un número más reducido de obreros, aunque pudiera obtenerla con la misma baratura, e incluso más barata, de un número mayor. En el segundo caso, la inversión de capital constante crece en proporción a la masa del trabajo puesto en movimiento; en el primer caso, crece mucho más lentamente. Cuanto mayor es la escala de la producción, más decisivo se hace este móvil. Su empuje crece con la acumulación del capital” (Marx, pág. 412).
Respecto a la centralización del capital, este es el proceso donde los capitales se fusionan, las grandes empresas absorben a las más pequeñas o estas últimas simplemente desaparecen. Este mecanismo acentúa los efectos anteriores. Las grandes empresas que quedan en los mercados son más eficientes, pero emplean menos mano de obra en conjunto que las numerosas empresas pequeñas que han reemplazado, contribuyendo aún más al crecimiento del ejército de reserva y a la concentración de la riqueza.
Dado que las relaciones de producción capitalistas se reproducen hoy con mayor intensidad que en la época de Marx, esta ley mantiene plena vigencia en 2025. Si bien los datos de México muestran que el crecimiento del PIB no ha sido espectacular, al menos ha crecido a un promedio del 2% anual en las últimas dos décadas. Este crecimiento no se ha traducido en creación de empleos formales. La mitad de la población ocupada permanece en la informalidad. Más grave aún es el aumento de la miseria: 44.5 millones de personas viven en pobreza laboral (sus salarios no alcanzan para la canasta alimentaria), cifra que se eleva a 83.8 millones si se considera también la canasta no alimentaria (México, ¿Cómo vamos?). En cuanto a los ingresos por quintiles, el más rico concentra el 51.7%, mientras que el resto de la población tiene el 48.3%. Estos no son simples números; son la manifestación contemporánea de la “ley general de la acumulación capitalista”.
Ollin Vázquez es maestra en Economía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
