La precarización y la informalidad: Dos caras de la reproducción capitalista

Por Arnulfo Alberto y Nadia Campos | Agosto 2025

El estudio del sector informal, y más ampliamente, la informalidad, tiene que estudiarse no de manera fragmentada, como es el caso en los estudios académicos, sino que debe insertarse dentro del conjunto del funcionamiento de la sociedad actual. La formación social moderna es capitalista; esto significa que, aunque en su seno coexistan diversos sectores o espacios distintos, la lógica central es de aquel sector dominante en el organismo social. La sección preponderante en términos de poder económico y político es el sector de la economía compuesto por aquellas empresas cuyo tamaño, control del mercado y ganancias les permiten cumplir con las regulaciones jurídicas vigentes en el país.

Sin embargo, como afirma el historiador Ariel Petrucelli, las ciencias sociales no pueden limitarse a describir horizontalmente la infinidad de características y formas concretas y empíricas del fenómeno bajo estudio. Dentro de esta ilimitada cantidad de atributos se debe hacer un esfuerzo de jerarquización de las posibles explicaciones. Este es el método de Marx, para quien el estudio científico es la búsqueda de la comprensión teórica del problema que permita vislumbrar los motores últimos detrás del objeto en cuestión.

La comprensión teórica del problema de la informalidad requiere la reconciliación de los múltiples enfoques de la informalidad que pasa necesariamente por el ordenamiento jerárquico de las múltiples explicaciones. Petrucelli llama a esto pluralismo asimétrico, aplicado por el más grande teórico socialista Carlos Marx, en su obra El capital.

Una teoría tiene necesariamente que priorizar el factor explicativo sobre otras consideraciones con el objetivo de elucidar los patrones sistemáticos y la dinámica sistémica del proceso en estudio. En el caso específico de la informalidad, aunque existen distintas conceptualizaciones contrapuestas, es posible encontrar al menos una dimensión para unificarlas en una teoría materialista consistente y coherente.  Este esfuerzo teórico debe estar informado por evidencia empírica, claro está, en una conceptualización rigurosa y en una prueba documental exhaustiva. 

Para explicar teóricamente la informalidad, entonces, hay que partir de la dinámica esencial y sistemática de la estructura económica del capitalismo, que es resultado de las relaciones de producción: la propiedad privada de los medios de producción, la valorización del valor y la explotación del trabajo. Y desde este punto de partida, explicar concretamente la emergencia de la informalidad y su articulación sistémica. 

Veamos. Marx demostró analíticamente que, a mayor acumulación de capital, se amplía también la población excedente a las necesidades del capital. Esto es, cuanto más grande es la masa de riquezas de una sociedad, en este caso de la mexicana, mayor es la población desposeída de todos los derechos y beneficios de la sociedad moderna que pasaría a conformar el ejército industrial de reserva. Generalmente se asume que este ejército está compuesto por desempleados; sin embargo, no es así. La población excedente es simplemente aquella que no es empleada directamente para las necesidades de acumulación del capital, aunque puede ser funcional a las necesidades de aquella por mecanismos indirectos o por desposesión extraeconómica. Esta población pasa a ocuparse en actividades de muy distinta naturaleza y puede pasar a la esfera capitalista propiamente dicha, de acuerdo con los altibajos del ciclo económico.

Actualmente se habla de precarización e informalidad como dos realidades distintas, pero la antropóloga Tamar Wilson argumenta que en realidad estos fenómenos son resultado de un mismo proceso contradictorio en el capitalismo, esto es, la reproducción sistemática de una población desechable. El desarrollo desigual y contradictorio del capitalismo, su anarquía en la producción, la competencia implacable entre capitales, su lógica de la acumulación por la acumulación y de la maximización de la ganancia no favorecen el mejoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores productores de la riqueza. La organización económica no prioriza ni está diseñada para responder a las necesidades del conjunto de la población. En efecto, en el capitalismo a los trabajadores se les paga solo el trabajo necesario para su subsistencia y, por la competencia desenfrenada entre capitalistas, incluso salarios por debajo de este valor son muy comunes.

Al mismo tiempo, la lucha de clases es y fue el mecanismo por el que la clase trabajadora logró progresos en sus condiciones materiales, incluidas la reducción de la jornada laboral, el aumento de salarios, el derecho a la formación de sindicatos, entre otros derechos laborales. Lo anterior y las luchas interimperialistas de la primera mitad del siglo XX, la sombra del comunismo y la URSS, así como la reconstrucción posterior, obligaron al capitalismo a entrar en un periodo de acumulación regulado y políticas de redistribución keynesianas. Esta etapa creó la ilusión de que el capitalismo evolucionaba hacia la eliminación de la explotación del trabajador y la armonía de clases. Sin embargo, como afirman numerosos estudiosos, esta etapa fue una excepción, más que la regla en el capitalismo. Vista las cosas en un panorama más a largo plazo, el capitalismo ha recreado siempre una masa de población depauperada que busca su supervivencia en los márgenes del sistema.

El proyecto socialdemócrata de conciliar los intereses de las clases proletarias y los capitalistas alcanzó su límite dadas las condiciones materiales prevalecientes durante la acumulación fordista. Ese plan de armonizar reivindicaciones contrapuestas murió en la década de los 80´s. El capitalismo entró en una etapa de renovadas expectativas de acumulación de valor que tomó por sorpresa a una clase obrera fragmentada y desorganizada. Sin ninguna dificultad, se ha venido desarrollando hasta retirar muchas de las victorias que se habían conquistado por la clase trabajadora.

Y en esta nueva arremetida del capital contra los trabajadores, echa mano de los métodos ancestrales, pero con un empaquetado diferente. Ya no se habla de superexplotación de los trabajadores sino de outsourcing, subcontratación, autoempleo, trabajo temporal, que no son más que formas modernas de los mismos mecanismos que el capitalismo ha creado y utilizado siempre para extraer la máxima cantidad de plusvalía de la clase obrera. 

El capitalismo puede cambiar de formas, intentar formas más “civilizadas” de domesticar y controlar a los trabajadores, pero no mutará su esencia última que es vivir de trabajo ajeno. Mientras exista el capitalismo, seremos testigos de explotación, de múltiples opresiones, de injusticias en el reparto de la riqueza social, de desigualdad económica y social. Veremos una élite privilegiada que se apropia de la mayor parte de los bienes materiales y espirituales mientras las mayorías se debaten en la precariedad, la informalidad, la inseguridad y la miseria.

Los ciclos económicos propios de la economía expandirán el ejército de reserva de trabajadores o lo reducirán, pero no podrán eliminarlo porque la riqueza y la pobreza son dos caras de la misma moneda. Para una transformación más profunda del capitalismo se requiere construir una forma de lucha y organización, que ya han mostrado históricamente su efectividad a la hora de defender los intereses de la clase trabajadora, esta vez de una vez y para siempre.


Arnulfo Alberto es maestro en Economía por la UNAM y Nadia es maestra en Administración Pública.

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