Por Christian Jaramillo | Agosto 2025
Antes de analizar y narrar el evento en cuestión, es importante determinar qué es una huelga general. A grandes rasgos se puede decir que es la forma más poderosa en que se manifiesta una protesta de carácter laboral. Involucra a una gran cantidad de trabajadores de una ciudad, región o país determinado, que cesan simultáneamente sus actividades laborales de manera organizada. Su objetivo principal es ejercer presión sobre gobiernos y empresarios para demandar cambios económicos, políticos y sociales. Por su gran tamaño, las huelgas generales impiden que la mano de obra sea reemplazada de inmediato, de tal suerte que de un momento a otro todas o la gran mayoría de actividades económicas se detienen. Deja de haber luz, transporte, producción de alimentos, servicios básicos, etc., los encargados del funcionamiento de toda la estructura económica, los trabajadores, se hallan coordinadamente exigiendo que se cumplan sus peticiones.
Un evento de estas características tuvo lugar por primera vez en México el 31 de julio de 1916. Tras el fracaso de la Convención de Aguascalientes en 1914, que buscaba una alianza entre las tres fuerzas revolucionarias (carrancismo, villismo y zapatismo), el constitucionalismo (o carrancismo) vio en la creciente clase obrera una base popular fundamental para alcanzar el objetivo de consolidarse como la principal fuerza revolucionaria. Obregón, mano derecha de Carranza, de gran olfato político y estratégico que lo caracterizaba, se acercó a los líderes de la Casa del Obrero Mundial (COM) y les planteó lo siguiente: “Ustedes, gente de la clase obrera esperan todos los beneficios de la Revolución pero no hacen nada por ello. ¿Por qué no nos unimos?” (Clark, 1979, pág. 28). La COM, que acababa de ser víctima de la represión de Victoriano Huerta, vio en esta propuesta una buena oportunidad para consolidarse y fortalecerse como movimiento. A partir de ese momento la COM empezó a tener participación con los constitucionalistas.
Lo primero que hace Obregón es entregarles un domicilio a los obreros de la COM. El anterior había sido clausurado por órdenes de Huerta el 27 de mayo de 1914, que derrotado huyó del país en julio de ese año. Las fuerzas constitucionalistas entraron a la Ciudad de México en agosto de 1914, y el 26 de septiembre de 1914 le asignaron a la COM el antiguo convento de Santa Brígida, era una casa grande con un colegio anexo. Los obreros vieron este gesto de Carranza y Obregón con buenos ojos.
Meses después los obreros del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) se lanzaron a la huelga en contra de la Compañía Telegráfica y Telefónica de México, demandando un aumento de los salarios y otras prestaciones. La empresa se negó a aceptar la solicitud. Aunque Carranza formó parte del gobierno de Porfirio Diaz, estratégicamente había decidido dejar de lado la relación capital-trabajo propia del liberalismo económico, que supone la no intermediación de un tercero en la relación contractual de estos. Carranza quería que los obreros vieran en el gobierno a un aliado en contra de “la dictadura del capital”, a un mediador en esta relación que siempre era desfavorable para los trabajadores. Así que designó la creación de una comisión conciliadora para resolver la discrepancia entre la Compañía Telegráfica y la SME; sin embargo, ninguna de las parte estaba dispuesta a ceder, de modo que la comisión, a nombre de Carranza, decidió incautar los bienes de la empresa en favor de los trabajadores.
Sin duda se había tratado de un movimiento de tablero de ajedrez, audaz, calculado, que tenía por objetivo último ganarse a la entonces vanguardia obrera, la COM. Una vez expropiada la empresa, el 6 de febrero de 1915 fue entregada a los trabajadores para que la manejen. Por si no fuera suficiente, solo un par de días después, el 8 de febrero de 1915, Gerardo Murillo, comisionado de Carranza, se dirigió a la COM diciéndoles: “hay mucha pobreza entre los obreros, hay hambre, falta pan; mi gobierno ha decidido repartir 15 mil pesos [de aquella época] entre los miembros de la Casa del Obrero Mundial, así que pásenme una lista en base a la cual cada obrero recibirá cinco pesos” (Córdova, 2005, págs. 224-225). Al ser tres mil obreros, una gran cantidad para ese momento, cada uno recibió cinco pesos.
Como se observa, Carranza dio tres golpes sobre la mesa para ganarse a los obreros: por primera vez la COM recibió un domicilio fijo; se resolvió el conflicto con la Compañía Telegráfica en favor de los obreros y, finalmente, en medio de la hambruna que había creado la Revolución mexicana, les entregó dinero en efectivo para solventar las necesidades más apremiantes. Hasta uno de los más escépticos de la COM sobre su relación con el gobierno de Carranza, como fue Jacinto Huitrón, llegó a manifestar en su momento: “Ya tenemos por qué pelear; ya poseemos patria que defender; ahí está la imprenta de la tribuna; el exconvento y el templo de Santa Brígida y el Colegio Josefino. ¡Viva la Revolución!” (Salazar, 1972, pág. 71). Para ese momento la mayoría de la COM, con excepción del ala más radical, los anarquistas, habían decidido apoyar a Carranza sobre Villa y Zapata.
Para este periodo la teoría marxista aún era prácticamente desconocida en México, El Capital y El Manifiesto Comunista fueron introducidos al país por la COM alrededor de 1913. Era el anarquismo la ideología que imperaba en el movimiento obrero mexicano, no existía una vanguardia marxista que guiara a la clase obrera y le hiciera caer en cuenta que sus verdaderos hermanos de clase eran los “convencionistas” (Villa y Zapata), que aliándose conscientemente con los campesinos, como señalaba Lenin para el caso de Rusia, crearían una fuerza tan potente que sería difícil de ser derrotada por la reacción burguesa-latifundista, que era la clase a la que realmente representaba Carranza. Sólo esta alianza podía haber garantizado la victoria de las clases populares mexicanas, pero el movimiento obrero del país aún era incipiente, más aún el marxismo. Se trataba de una clase obrera heterogénea y sin una ideología definida. Evidentemente Carranza supo aprovecharse muy bien de esa situación, le bastó aventar unas migajas a los obreros para obnubilarlos, ganárselos y con eso utilizarlos para conseguir su objetivo de alzarse como la única fuerza revolucionaria.
Finalmente, con intenciones de formalizar el pacto, los partidarios de Carranza convocaron a una asamblea a los “líderes representativos” de la COM, que únicamente eran 67 (Leal, J. & Villaseñor, J., 1988). Este grupo resuelve dar todo su respaldo a Carranza, y el 17 de febrero de 1915 firman el acuerdo definitivo entre las partes. El acta de apoyo mutuo constó de nueve puntos, entre los que destacaban que Venustiano Carranza se comprometía a promulgar leyes y decretos en favor de los obreros. A cambio, los trabajadores se comprometían a apoyar militarmente al ejército carrancista (constitucionalista). Se hicieron cargo de crear batallones militares de obreros, que luego se conocerían como “batallones rojos”, y de un batallón de mujeres que den servicio de enfermería a los soldados.
Los primeros batallones rojos partieron a los campos de batalla a inicios de marzo de 1915. Eran seis batallones rojos en total. El primero estuvo formado por obreros de la fábrica nacional de municiones y combatió en la batalla de El Ébano. Se enfrentaron al general villista Tomás Urbina. De acuerdo con las estadísticas, murieron más del 80% de todos los obreros que conformaban ese batallón, eran 700 en total (Córdova, 2005). El segundo batallón estuvo integrado por la Federación de Obreros y Empleados de la Compañía de Tranvías. Se les encomendó cuidar el tramo entre Teocelo y Coatepec, Veracruz, donde se encontraba el gobierno provisional de Carranza. Se pensaba que por ahí se podrían infiltrar las fuerzas de Villa y Zapata para dar caza a Carranza. Los batallones tercero y cuarto estuvieron bajo el mando de Obregón, en la decisiva batalla de Celaya. Estuvo compuesto por obreros de hilado y tejidos, ebanistas, canteros, pintores, sastres y conductores de carruajes de alquiler. Esta fue la primera batalla que perdió Villa y la que marcó el inicio del fin de los ejércitos de los convencionistas. Los batallones quinto y sexto, constituido por albañiles, tipógrafos, mecánicos y metalúrgicos, fueron utilizados para combatir a las huestes zapatistas en la región de Orizaba y Jalapa. (Salazar, 1972). Con la derrota de Villa en Celaya y en León se consolidó el poder de Carranza, que dejó Veracruz para pasar su gobierno a la capital.
Al finalizar esta etapa violenta de la guerra de facciones, Carranza y los batallones rojos regresaron a la Ciudad de México. Los obreros llegaron como vencedores, habían derrotado a las fuerzas de Pancho Villa, a pesar de la muerte de sus compañeros. De esta manera, la relación de Carranza con la COM se vio forzada a atravesar por un periodo de entendimiento y “amistad”. Carranza comenzó a cumplir con algunos de los acuerdos que había pactado con la COM. El primero fue asignarles una nueva casa. Cuando los obreros se alistaron para ir a la guerra abandonaron el ex convento de Santa Brígida. Su petición era un domicilio lo suficientemente grande y bien situado para desempeñar con eficiencia su proyecto organizativo. En octubre de 1915 les fue entregado el “Palacio de los Azulejos” (hoy Sanborns Madero).
Confiados del apoyo de Carranza, los obreros empezaron a desarrollar una intensa actividad sindical. Trabajadores de los más diversos oficios se lanzaron a reclamar mejoras de carácter laboral, como aumentos salariales y mejores condiciones de trabajo. En las principales ciudades del país se percibía una atmósfera de intensa agitación obrera. Tal y como lo había hecho meses atrás, Carranza adoptó el papel de mediador y se posicionó a favor de los obreros. De hecho, casi todas las demandas obreras de finales de 1915 se resolvieron a favor de los trabajadores. Buena parte de estas movilizaciones y las que siguieron a inicios de 1916 fueron dirigidas y coordinadas por la Federación de Sindicatos Obreros del Distrito Federal (FSODF), organismo influenciado por la COM.
Carranza creía que aún era muy temprano para revelar su verdadero rostro, apenas habían pasado unos pocos meses desde que los obreros le habían servido como carne de cañón para que pudiera llegar al poder (Córdova, 2005). Sin embargo, creyendo que ya era suficiente, para finales de enero de 1916 amenazó a los mineros de El Oro, Estado de México, con motivo del conflicto que mantenían con sus patrones. La amenaza se hizo extensiva a la COM por apoyar y promover los movimientos huelguísticos. Las demandas de los mineros no se diferenciaban de las anteriores que Carranza ya había aceptado (mejores salarios, mejores condiciones de trabajo, reducción de la jornada laboral, etc.), simplemente ya no estaba dispuesto a ceder a los requerimientos de una clase con la que nunca se sintió identificado[1]. Por medio de Pablo González, que era uno de los generales de confianza de Carranza, este último se dirigió a los obreros señalándoles que han estado abusando del apoyo que les había proporcionado el gobierno, y que la Revolución Mexicana era una revolución que se había hecho con el propósito de acabar con la dictadura de los capitales, pero que eso no implicaba de ninguna manera que sería sustituida por una dictadura del proletariado:
La Revolución no es ni puede ser el patrimonio de un solo grupo. La Revolución es un movimiento de amplio carácter social, que, si afecta en manera muy importante a los trabajadores, también debe amparar a las demás clases y conservar, dentro de la libertad y la justicia, el orden en la sociedad. La idea revolucionaria no está reñida con el orden social. El espíritu de reforma no debe considerarse opuesto al espíritu de organización y de paz. Si la Revolución ha combatido la tiranía capitalista, no puede sancionar la tiranía proletaria, y esta tiranía es a la que pretenden llegar los obreros, especialmente los de la Casa del Obrero Mundial, que no satisfecha con las concesiones recibidas y los beneficios conquistados, multiplican y exageran sus demandas y hasta se producen en forma de violentos reproches contra las autoridades constitucionalistas, que han sido sus resueltas aliadas y su firme sostén (Salazar, 1972, págs. 135-137).
Debido a que las manifestaciones no cesaban, ese mismo mes, Pablo González, por órdenes de Carranza, se presentó en el Palacio de los Azulejos y, bayoneta en mano, sacó a todo los integrantes de la COM del recinto para posteriormente clausurar el edificio. El Palacio de los Azulejos solo fue ocupado por los obreros de la COM por tres meses, de octubre de 1915 a enero de 1916. A partir de ese momento ya no había más dudas para los obreros, sabían que la alianza con Carranza había terminado y que, por el contrario, se había convertido en un claro enemigo. Para los trabajadores era inconcebible que no se les permitiera ni siquiera protestar por demandas básicas, cuando sólo pocos meses atrás habían derramado sangre por Carranza.
Para inicios de febrero de 1916, por medio de la prensa nacional, Carranza alertaba a los gobernadores de los estados sobre los Comités de Propaganda de la COM, que estaban recorriendo el país haciendo proselitismo sobre la importancia de crear sindicatos y sobre la necesidad de sindicalización de los obreros mexicanos. Sin lugar a duda se trataba de una medida tiránica de Carranza, pues una de las cláusulas del pacto firmado con la COM, le concedía a esta última el derecho de crear brigadas para difundir entre los obreros del país propaganda sobre la necesidad de crear sindicatos por empresa, por industria o por rama, según las circunstancia lo permitieran. Como era de esperarse, lo que siguió fue una ola represiva por parte del gobierno en contra de los propagandistas, se ordenó vigilancia extrema sobre estos y el encarcelamiento, en caso de ser necesario. Solo unos días después los líderes propagandistas más destacados cayeron presos, entre ellos se encontraban Rosendo Salazar y Jacinto Huitrón.
Evidentemente, tras tanta hostilidad del gobierno, los trabajadores entendieron que se trataba de una guerra abierta contra el gobierno de Carranza. Sin embargo, las manifestaciones de inconformidad de los trabajadores no cesaron. Durante los siguientes meses, obreros de diferentes empresas se levantaron demandando mejoras en los salarios. Los trabajadores del sector ferrocarrilero, por ejemplo, realizaron una huelga en Aguascalientes a causa de la inflación, suspendiendo el movimiento de los trenes. La inflación era un problema generalizado en el país, cada vez se compraba menos con las mismas monedas. Así, el 18 de mayo de 1916 la FSODF exigió a los patrones y al gobierno el pago de sus salarios en oro nacional. Durante el periodo de acuerdo y paz con el gobierno, los obreros recibían su salario en unos billetes llamados bilimbiques[2], pero era una moneda en constante devaluación; esto es, su poder de compra cada vez era menor. Es por esta razón que los trabajadores habían decidido pedir que se les pagara en oro nacional, que era una moneda mucho más estable, y que antes de devaluarse tendía a apreciarse. Además no serían los únicos en recibir su pago en esa moneda, las altas esferas de la sociedad, como la burocracia, recibían sus pagos en oro nacional.
Como medida, Carranza decidió crear un papel moneda más fuerte, con mayor capacidad de compra denominado como los “infalsificables”. Se le llamó así debido a que su impresión era de una calidad artística tan alta que hacía imposible su falsificación (Ortiz, 1981). Efectivamente, en un principio tuvieron mayor poder de compra, pero pronto sufrirían la misma suerte que los bilimbiques. El 22 de julio de 1916, la FSODF nuevamente se movilizó para exigir el pago de los salarios en monedas de oro. Además, se exigía un aumento salarial del 50% y que se indemnizara a los trabajadores que habían sido despedidos en mayo por apoyar al movimiento. Tras no ser tomadas en cuenta sus demandas, la FSODF se dio cuenta que era necesario tomar nuevas medidas. Convocó a los trabajadores a un Consejo General de la Federación en el que se acuerda declarar a la huelga general como único medio para detener la explotación que llevaban sufriendo los trabajadores. En el acuerdo también se estipulaba invitar a todos los sindicatos pertenecientes o simpatizantes a la COM. Días después, el 30 de julio de 1916, el Consejo convoca a una reunión secreta en la casa de una trabajadora de la fábrica La Perfeccionada, Ángela Inclán. En esta se pacta que la huelga tendrá inicio al día siguiente, es decir el 31 de julio de 1916 a partir de las 4 de la mañana. Esto es, solo unas horas después de la reunión secreta. A la mañana siguiente la capital mexicana amaneció completamente paralizada. De pronto no había transporte, agua, pan, leche, servicios básicos, luz, etc. La gran mayoría de las actividades económicas de la ciudad se habían detenido.
En la reunión secreta también se había convenido que el mismo día de la huelga se llevaría a cabo una reunión general de todos los trabajadores en el salón Star, a las nueve de la mañana. El objetivo de esta reunión era informar a los convocados sobre los motivos del movimiento, sobre los acuerdos a los que se había llegado en la reunión secreta y los pasos que se debían seguir a partir de ese momento. El lugar estaba abarrotado, incluso había trabajadores presentes fuera del salón. El clima era de fiesta, los obreros observaban de primera mano los efectos que tenía sobre la ciudad la paralización de sus actividades.
Minutos después de iniciada la asamblea, entró al salón Gerardo Murillo, comisionado de Carranza, y le pidió al Comité de Huelga que acudieran al Palacio Nacional a dialogar con Carranza para que llegaran a un acuerdo. El Comité aceptó la petición y se dirigieron al Palacio Nacional. Sin embargo, apenas transcurridos unos pocos minutos desde que el Comité abandonó el salón, las fuerzas armadas de Carranza se presentaron en el teatro a caballo y con bayoneta en mano. Entraron al salón con todo y caballos, y a golpes y culatazos obligaron a los obreros a desalojar el lugar. Minutos después el teatro estaba clausurado y resguardado por la fuerzas de Carranza.
Mientras tanto, cuando el Comité llegó al Palacio Nacional, Carranza los recibió con una gran reprimenda: “¿Por qué se han ido a la huelga? Son unos cínicos, traidores a la patria y no merecen ni ser cintareados sino ser arrojados de mi presencia a patadas” (UOM, 2006, pág. 55). A renglón seguido ordenó que se les encarcele y se les procese por delito de traición a la patria, conforme a la ley del 25 enero de 1862, que significaba castigarlos con pena de muerte.
Al día siguiente, 1 de agosto de 1916, Ernesto Velasco, Secretario General del Sindicato Mexicano de Electricistas, es delatado por dos de sus compañeros, quienes revelaron a la policía el lugar de su escondite. Una vez capturado le obligaron a restablecer la energía eléctrica de la ciudad. Reanudado el servicio eléctrico empezó a cundir el temor y el desánimo entre el resto de los huelguistas. Poco a poco los obreros empezaron a regresar a sus trabajos, dando fin a la primera huelga general. Días después los integrantes del Comité de Huelga que habían sido arrestados fueron liberados. Al único que se condenó a muerte fue a Ernesto Velasco, sin embargo, 18 meses después también fue puesto en libertad.
¿Qué enseñanza o aprendizaje deja esta gran huelga? En primer lugar, demostró a la misma clase obrera de la importancia que tienen en la reproducción económica y social de la vida cotidiana. Sin su trabajo simplemente la ciudad o el país se detiene. Una vieja canción obrera alemana dice:
Todas las ruedas se detienen si así lo quiere tu brazo vigoroso,
¡Hombre de trabajo, despierta!
¡Reconoce tu poder!
Todas las ruedas se quedan quietas
Si tu brazo fuerte lo quiere (Reinitz, 1864).
En efecto, es el trabajador quien pone en movimiento las fábricas, las máquinas, quien labra y produce la tierra, etc., etc. Toda esta gran estructura económica la mueve el obrero. Si el trabajador decide detenerse deja de haber producción de mercancías, deja de haber ganancias, deja de haber capital.
“Cuando los obreros se niegan a trabajar, todo este mecanismo amenaza con paralizarse. Cada huelga recuerda a los capitalistas que los verdaderos dueños no son ellos, sino los obreros, que proclaman sus derechos con creciente fuerza. Cada huelga recuerda a los obreros que su situación no es desesperada y que no están solos” (Lenin, 1924, pág. 40).
En suma, la huelga general le muestra al propio trabajador su capacidad para doblegar al capital y al gobierno, incluso cuando estos se juntan y se organizan. Los capitalistas se vuelven temerosos ante una huelga de la magnitud de la de 1916, ven tambalear su dominio por todo el momento en que esta dura. Tienen que recurrir a todos sus medios de dominio para no ser inminentemente derrotados, entre ellos y de manera principal al Estado.
De aquí se desprende la segunda enseñanza de esta huelga. Si bien la huelga general del 31 de julio de 1916 fue un fracaso en términos de conseguir los objetivos por los que a ella se habían lanzado los obreros, fue una gran victoria en tanto sirvió de escuela para medir sus fuerzas y observar su capacidad y alcance para doblegar al sistema. Pero ¿por qué no se consiguieron los objetivos económicos que se plantearon? ¿por qué el Estado disolvió con tanta facilidad la huelga, derrotando a los obreros?
Más arriba se mencionó sobre la traición practicada entre los propios huelguistas; la improvisación de la manifestación, se planeó y se llevó a cabo en unas cuantas horas, y sobre la inexistencia de un liderazgo sólido. La causa mayor de estos tres grandes errores se puede encontrar en la falta de “conciencia de clase” de los obreros. Lenin lo describe muy bien en el siguiente párrafo:
Las huelgas sólo son victoriosas donde los obreros poseen ya bastante conciencia, donde saben elegir el momento para declararlas, donde saben presentar reivindicaciones, donde mantienen contacto con los socialistas para recibir octavillas y folletos (Lenin, 1924, pág. 43).
La huelga tuvo más que nada un carácter anarquista, esto es, con características espontaneistas: sin organización, sin dirección, sin objetivos claros para dar la lucha, más que acabar con la situación de explotación imperante. Sobre la organización, como se mencionó más arriba, fue planeada de la noche a la mañana. No se había estudiado el clima político, social y la correlación de fuerzas para realizar la huelga. Es decir, no se había estudiado sobre el momento más adecuado para realizarla. La dirección estuvo a cargo de Eduardo Velasco, que se caracterizaba por su poca profundidad de pensamiento y conocimiento, además de su carácter timorato (Córdova, 2005). Cuando fue encarcelado negó cualquier relación con la huelga, desconoció a sus compañeros y echó la culpa de todo a los “agitadores” de la FSODF. Eso no se espera de una clase dirigente de vanguardia.
Estos elementos, sin embargo, no se explican de manera aislada, sino como resultado del estado de desarrollo del movimiento obrero mexicano y, dentro de este, el marxismo.
Hoy, el movimiento obrero mexicano se encuentra más maduro, con muchas más experiencias de victorias y fracasos en su historial; no obstante, al igual que el 17 de febrero de 1915, que se acordó la colaboración de los trabajadores con el Estado, el movimiento obrero sigue atado al gobierno por medio de una élite obrera que ha vendido la causa de los trabajadores a cambio de unas migajas (altos salarios, puestos de poder, lugares en la política mexicana, etc.) De ahí la importancia de la existencia de un partido obrero socialista que guíe a los obreros en el qué hacer de su lucha económica y política. Que concientice a las masas de trabajadores sobre la necesidad de la conformación de sindicatos independientes de la atadura estatal, donde se practiquen verdaderas elecciones democráticas para elegir a sus dirigentes, uno que vele por sus intereses. Que indique los momentos adecuados para llevar a cabo una huelga general, que ayude a clarificar las peticiones de los trabajadores y, sobre todo, que guíe la transformación de la lucha económica en política, en aras de conseguir el objetivo último de los obreros: la dictadura del proletariado.
Christian Jaramillo es economista por la UNAM
NOTAS
[1] Venustiano Carranza en realidad siempre fue representante y defensor de los latifundistas, especialmente de los de su natal Coahuila (Córdova, 2005).
[2] Es el nombre surgido de la contracción del nombre de William Weeks, un estadounidense de la mina Green, de Cananea, que les pagaba a sus trabajadores con vales de papel, validos únicamente en regiones determinadas del país. (CONDUSEF, 2019)
Bibliografía
Clark, M. R. (1979). La organización obrera en México. México: Era.
Leal, J. & Villaseñor, J. (1988). La clase obrera en la historia de México. México: Siglo XXI.
Lenin, V. (1924). Sobre las huelgas. Proletárskaya Revoliútsia, 288-298.
CONDUSEF. (2019). El dinero en la Revolución Mexicana. Puntos Cardinales, 1-3.
Córdova, A. M. (2005). Conferencias Obreras Tomo II. México: Estentor.
Ortiz, R. M. (s.f.). La moneda maexicana. Análisis histórico de sus fluctuaciones. Las depreciaciones y sus causas. México: Departamento de Estudios Económicos del Banco de México.
Reinitz, G. H. (Dirección). (1864). Canción Federal (Para la Asociación General de Trabajadores Alemanes) [Película].
Salazar, R. (1972). Las pugnas de la gleba . México: Comisión Nacional Editora, PRI.
UOM. (2006). La Huelga General de 1916 en la Ciudad de México. México: Trabajadores 55.
