Estrella roja sobre China o cómo se hace una revolución

Por Ehécatl Lázaro | Julio 2025

En 1928 Edgar Snow acababa de graduarse como periodista y decidió salir de Estados Unidos para recorrer el mundo, tener algunas historias interesantes que contar en un par de libros y con ello ganar algún dinero. Ese espíritu aventurero lo llevó a China, donde viviría 13 años de forma permanente y a donde regresaría por temporadas durante toda su vida. En junio de 1936 tenía ya siete años viviendo en China, cuando su espíritu aventurero lo llevó a tomar una decisión peligrosa pero prometedora: abandonar las comodidades de la vida en Beijing para visitar los sóviets rojos en el lejano Noroeste, una de las regiones más remotas y miserables del país. Si corría con suerte, podría encontrar historias interesantes para publicar un libro que fuera un éxito editorial. Pero en el peor de los escenarios podría no regresar con vida, pues los comunistas y sus sóviets no sólo estaban en guerra con el gobierno de Nanjing, sino que un viaje de ese tipo podría marcarlo como agente comunista a los ojos del Kuomintang, para el cual ser comunista era un delito que se pagaba con cárcel o en el paredón.

Durante cuatro meses, Snow vivió con los rojos y compartió con ellos el pan y la sal. En ese tiempo observó atentamente todo, conversó con los campesinos, los soldados, los niños, las mujeres, los estudiantes, los líderes, y prestó atención a los detalles más pequeños, como la comida y la ropa, y a los más grandes, como las ideas de Mao Zedong sobre la revolución. Todo lo anotó meticulosamente y al volver a Beijing trabajó con esmero para finalmente publicar, en 1937, Red Star Over China (Estrella roja sobre China). En Snow se conjugaron tres factores que hacen de ese libro una obra de contenido tan profundo y de forma tan amena. Primero, conocía el país de manera general, pues ya había vivido siete años en China, podía comunicarse en chino y sabía cómo interactuar con el pueblo chino, todo lo cual le permitió aprovechar al máximo la rica experiencia de vivir entre los comunistas. Segundo, tenía una cultura marxista básica (había leído a Marx, Lenin, Stalin y Trotsky) que aplica en sus reflexiones de su experiencia personal y del proceso general de la revolución china. Tercero, periodista de profesión, su talento como escritor le permitió tejer la trama de manera que mantiene despierto el interés del lector durante las casi quinientas páginas de la versión original. El libro que resultó de esos tres factores es una genial obra que nos permite asomarnos a la China de la década de 1930 y, específicamente, a la vida bajo el gobierno comunista del soviet de Yan’an.

En 12 capítulos, Snow narra su introducción a la región controlada por los comunistas; las políticas económicas y sociales en sus sóviets; el desarrollo de la industria, la educación y la cultura; la vida y el pensamiento de los campesinos; las prácticas del Ejército Rojo; su encuentro con Zhou Enlai, Mao Zedong, He Long, Peng Dehuai, Zhu De, Lin Biao, y breves biografías de cada uno de ellos; la historia de la Larga Marcha, absolutamente desconocida hasta entonces por los chinos de las zonas “blancas” y por el mundo exterior; la política de los comunistas respecto a las minorías étnicas y sus religiones; los niños que integraban la Joven Guardia y las Juventudes Comunistas; la influencia rusa; la relación entre el Partido Comunista de China y la Comintern; y las disputas políticas que había entre los generales del Kuomintang y Chiang Kai-shek, derivadas de que éste se negaba a combatir la invasión japonesa siguiendo la política de primero acabar con los comunistas (eventualmente, estas fricciones llevaron al secuestro del Generalissimo y al la formación del Segundo Frente Unido entre comunistas y nacionalistas). El libro también incluye fotografías tomadas por Snow, una de las cuales muestra a Mao Zedong, el “bandido” que, según la pensa controlada por Kuomintang, ya había sido liquidado por las tropas de Nanjing.

En la última parte del libro, Snow se aleja de su experiencia en el mundo rojo y se dedica exclusivamente a reflexionar sobre el significado de ese movimiento revolucionario y sobre sus posibilidades. En lo que sería una especie de apartado teórico, Snow dice: “El movimiento por una revolución social en China puede sufrir derrotas, puede tener retiradas temporales, puede parecer que languidece por un tiempo, puede tener grandes cambios tácticos para alcanzar sus objetivos y necesidades inmediatas, incluso puede que por un periodo quede sumergido, que sea forzado a la clandestinidad, pero no sólo seguirá madurando, sino que de una forma u otra eventualmente ganará, simplemente porque (como lo demuestra este libro) las condiciones básicas que lo originaron tienen consigo mismas la dinámica necesaria para su triunfo”. Lejos de un triunfalismo barato, contra el cual advierte citando “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo”, Snow basa su conclusión en su rica experiencia de Yan’an, en su conocimiento del país y en su análisis objetivo de la realidad. Doce años después de haber publicado ese libro, los comunistas tomaron el poder y fundaron la República Popular China. Como señaló John K. Fairbank, uno de los sinólogos más prestigiados del mundo, el libro de Snow resultó “desastrosamente profético”.

Por lo que relata en su libro, no era tan difícil que Snow llegara a la conclusión de que, tarde o temprano, la revolución triunfaría en China. Los campesinos no sólo apoyaban al Partido Comunista y al Ejército Rojo, sino que hacían trabajo de inteligencia para ellos, les daban la bienvenida a donde llegaban, los cuidaban, los alimentaban, los curaban, los escondían si era necesario, y entregaban a sus hijos para que lucharan con el Ejército Rojo. Los soldados del Kuomintang se rebelaban y se pasaban divisiones enteras al Ejército Rojo; los prisioneros de guerra tenían dos opciones: se regresaban a su tierra o bien se unían al Ejército Rojo, y la gran mayoría elegía unirse para combatir al Kuomintang; incluso los generales del Kuomintang que dirigían los ejércitos del Noroeste y del Noreste llegaron a acercarse políticamente a los comunistas, se negaron a combatirlos y obligaron a Chiang Kai-shek a aliarse con ellos. Los estudiantes, intelectuales y artistas llegaban por montones de las ciudades costeras, y eran tantos los que buscaban unirse que rebasaron las capacidades logísticas de los comunistas para llevarlos con seguridad a Yan’an; tuvieron que hacer largas listas de espera para poder integrarse a las zonas rojas. El Partido Comunista era un imán con una fuerza irresistible. Paradójicamente, sólo los obreros de las grandes ciudades, doblemente oprimidos por las potencias imperialistas y por la burguesía china, no podían movilizarse para apoyar a los comunistas. Era un hecho casi natural que el Partido seguiría creciendo y avanzando, a pesar de que el Kuomintang contara con el apoyo tecnológico, económico, militar y político de las potencias occidentales. Era como si todas las fuerzas sociales se hubieran alineado para llevar a los comunistas al triunfo. Leyendo a Snow, la victoria roja se siente tan inevitable como la salida del sol en un amanecer.

Peng Dehuai, contándole su historia a Snow, lo dice así: “La gran revolución de 1926-1927 fijó la idea revolucionaria en las mentes de muchos, e incluso después de la contrarrevolución de 1927 y las matanzas en las ciudades, muchos revolucionarios no se rindieron y buscaron un método diferente. Debido al sistema especial de control que tenían la burguesía imperialista y la burguesía compradora en las grandes ciudades, y a la falta de una fuerza armada al inicio, era imposible encontrar una base en las áreas urbanas, entonces muchos obreros revolucionarios, intelectuales y campesinos regresaron a los distritos rurales para dirigir las insurrecciones campesinas. Las intolerables condiciones sociales y económicas habían creado las condiciones para la revolución: sólo era necesario darle liderazgo, forma y objetivos al movimiento de masas en el campo”. Las campañas de aniquilación, el exterminio de pueblos enteros con prácticas nazis (Chiang Kai-shek había adquirido asesores militares alemanes nazis para acabar más eficazmente con los comunistas), la persecusión durante la Larga Marcha, el asedio permanente en Yan’an y el enfrentamiento después del fin de la invasión japonesa, no fueron suficientes para que el Kuomintang detuviera lo inevitable. Todos los recursos de la burguesía nacional e internacional se hicieron añicos contra el proceso revolucionario.

En “La Bancarrota de la Segunda Internacional” Lenin apuntaba: “A un marxista no le cabe duda de que una revolución es imposible sin una situación revolucionaria; además, no toda situación revolucionaria desemboca en una revolución. ¿Cuáles son, en términos generales, los síntomas distintivos de una situación revolucionaria? Seguramente no incurriremos en un error si señalamos estos tres síntomas principales: 1) La imposibilidad para las clases dominantes de mantener inmutable su dominación; tal o cual crisis de las “alturas”, una crisis en la política de la clase dominante que abre una grieta por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas…; 2) Una agravación, fuera de lo común, de la miseria y de los sufrimientos de las clases oprimidas; 3) Una intensificación considerable, por estas causas, de la actividad de las masas, que en tiempos de “paz” se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por toda la situación de crisis, como por los mismos “de arriba”, a una acción histórica independiente”. Todas estas condiciones estaban dadas en China al menos desde la Guerra del Opio de 1841, y no hicieron más que agudizarse durante las siguientes décadas. Varios grupos trataron de dirigir el cambio social profundo que China reclamaba (la Rebelión Boxer, la Rebelión Taiping, la Reforma de los Cien Días, etc), pero fue sólo el Partido Comunista, alumbrado por el marxismo-leninismo, el que logró exitosamente encabezar a las masas chinas hacia su liberación.

La nacionalización del marxismo fue un proceso complicado que no sólo implicó discusiones teóricas entre los miembros del Partido, sino que tuvo implicaciones políticas y militares. Al final, fue Mao Zedong quien logró efectivamente la nacionalización del marxismo con una aplicación genialmente creativa a la realidad específica de China. Si la revolución no se podía basar en los obreros, la clase políticamente más despierta y la más movilizada de China, entonces tendría que basarse en otras clases que también estuvieran descontentas y dispuestas a luchar por un cambio profundo. Ese era el campesinado. Los campesinos no necesitaban al Partido para luchar contra la opresión de los terratenientes, los altos impuestos del gobierno y los gobiernos dictatoriales de los señores de la guerra; ellos ya lo venían haciendo a su manera, sin el Partido, como lo señala Mao en su “Informe sobre una investigación del movimiento campesino en Hunan”, de 1927. En un país donde más del 95% de la población eran campesinos, y donde los campesinos estaban librando una lucha permanente, sólo hacía falta ponerse a la cabeza, desarrollar un programa que integrara las demandas económicas de los campesinos y que demostrara claramente cómo la solución de los problemas campesinos sólo podría alcanzarse cuando se acabara el gobierno conjunto de de los latifundistas chinos, la burguesía compradora china y la burguesía de las potencias imperialistas con presencia en China; el programa demostraba contudentemente que sólo con el triunfo del Partido Comunista se resolverían los probemas centrales de las grandes masas. Ninguna fuerza pudo frenar las potencias revolucionarias que se desataron con la sinización de marxismo.

Usemos la historia como un espejo, como dicen los chinos. ¿Hay en nuestro país una situación revolucionaria, entendida en su concepción leninista? ¿Cuál es esa fuerza social que está en lucha y que tiene las potencialidades de subvertirlo todo? Para citar a Lenin, ¿cuáles son “las fuerzas que pueden -y, por su situación social, deben- constituir la fuerza capaz de barrer lo viejo y crear lo nuevo”? ¿Estamos educando y organizando a esas fuerzas, no para llevarlas a la lucha, sino para orientar la lucha que ya libran? El libro de Snow nos permite ver cómo los chinos hicieron su revolución y, en ese sentido, aprender de su experiencia para aprovechamiento propio.


Ehécatl Lázaro es maestro en Estudios de Asia y África, especialidad China, por El Colegio de México.

Scroll al inicio

Descubre más desde CEMEES

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo