Por Christian Jaramillo | Julio 2025
El papel de la tecnología, más concretamente de las máquinas, en el capitalismo, ha sido un tema de largo debate. Algunos de los primeros argumentos formales fueron desarrollados por economistas burgueses como David Ricardo, quien sostuvo en las dos primeras ediciones de su texto Principios de economía política y tributación el carácter positivo del despliegue de las máquinas en el uso social: “la aplicación de la maquinaria a cualquier ramo de la producción es un bien general, ya que tiene como efecto el ahorrar mano de obra” (Ricardo, 1973, pág. 288). De este argumento Ricardo deducía, entre otras cuestiones, que con la introducción de la maquinaria a la producción, los obreros podrían trabajar menos y, por lo tanto, tener más tiempo para el ocio. Sin embargo, la realidad de los obreros ingleses del primer cuarto del siglo XIX se alejaba por completo de este supuesto, pues cada vez vivían en condiciones más precarias y de mayor explotación[1]. Esto llevó a que en su tercera edición se retractase: “estoy convencido ahora de que la sustitución del trabajo humano por la maquinaria es, a menudo, muy perjudicial a los intereses de la clase trabajadora” (Ricardo, 1959, pág. 289).
Años después Marx continuó con el análisis, pero desde el marco del materialismo histórico. Así, partió de la Revolución Industrial como punto de inflexión en el desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas, que dio inicio a la transición de la etapa de la subsunción formal del trabajo al capital, a la subsunción real del trabajo al capital; esto es, a la fase “específicamente capitalista” o de predominio de la gran industria.
Como nota, Marx se refiere a la subsunción formal del trabajo al capital como la etapa donde el capitalista somete al proceso de trabajo a su control, esto es, compra la mano de obra del antiguo campesino empobrecido o del tallerista vía salario, pero se sigue utilizando herramientas y métodos tradicionales para la producción. Es decir, el capitalismo aún no posee una base técnica propia, pues continúa empleando instrumentos de trabajo propios de modos de producción anteriores. En cambio, la subsunción real del trabajo al capital es cuando además de haber integrado al antiguo campesino o tallerista al trabajo asalariado, el capitalismo ya ha desarrollado una base técnica que se basa en el aumento constante de la productividad. Esta etapa de acumulación también se conoce como “gran industria” o “maquinización”; es decir, el capitalismo tiene una base técnica de producción “específicamente capitalista” (Marx, 2009, pág. 59).
La Revolución Industrial trajo consigo la maquinización de los procesos productivos. El trabajo manual realizado con la herramienta es sustituido por la máquina-herramienta[2], que “fue la que sirvió de punto de partida a la Revolución Industrial del siglo XVIII” (Marx, 2014, pág. 333). A diferencia del obrero, la máquina-herramienta tiene la capacidad de hacer al mismo tiempo la acción de varias herramientas. Desde inicios del siglo XIX, la incorporación de la máquina al proceso productivo supuso el desplazamiento de una gran masa de trabajadores de las fábricas, pues sólo podían manejar una herramienta a la vez[3]: “el número de instrumentos que una máquina-herramienta puede accionar simultáneamente se sobrepone desde el primer momento a la limitación orgánica con que tropieza la herramienta artesanal del obrero” (Marx, 2014, pág. 334).
Con la maquinización el papel del obrero queda subordinado a fungir como simple fuerza motriz, que, para el caso, es la energía que transfiere la fuerza humana para poner en marcha un trabajo mecánico, como podría ser: “moviendo la manivela de un molino, manejando la bomba, moviendo hacia arriba y hacia abajo los brazos de un fuelle, machacando con el almirez en el mortero, etc.,” (Marx, 2014, pág. 334). Sin embargo, como el requerimiento de energía para mover máquinas de trabajo cada vez más grandes y complejas aumenta, la fuerza del trabajador aparece insuficiente, de modo que también tiende a ser sustituido fácilmente por fuerzas naturales[4] o posteriormente por la máquina a vapor o la electricidad.
El desarrollo de la gran industria sólo pudo llegar a desplegarse completamente hasta el momento en que la máquina dejó de depender “de la fuerza y la pericia personales, es decir del desarrollo muscular, de la mirada certera y el virtuosismo manual con que manejaban sus diminutos instrumentos el obrero parcial de la manufactura y el trabajador artesanal” (Marx, 2014, pág. 341). El trabajador ya no tiene injerencia en la forma ni en el tiempo de la producción. Es la maquina la que, de acuerdo con su configuración, va marcando el ritmo del trabajo y las particularidades de la mercancía. Debido a estas características de la máquina, representa el medio más potente para incrementar la productividad del trabajo, esto es, para reducir el tiempo de trabajo necesario para producir una mercancía y, por lo tanto, para aumentar el tiempo de trabajo excedente que se queda en manos capitalistas. Pero para que este proceso suceda de manera más eficiente, es necesario que la maquina transfiera lo antes posible todo su valor acumulado a los insumos (futura mercancía) que pasan por sus fauces de metal.
De acuerdo con Marx (2014), adicional a las dos clases de desgaste material por las que atraviesan las máquinas[5], existe una especie de “desgaste moral” que éstas también sufren; esto es, van perdiendo valor de cambio a medida que se producen máquinas iguales a menor precio o cuando paralelamente se empiezan a usar máquinas más competitivas en el mercado (Marx, 2014). Así, para que la máquina no caiga en desfase o se desvalorice moralmente, es importante acortar el periodo en que “reproduce su valor total”, pues “menor será el peligro del desgaste moral, que se reducirá a medida que se alargue la jornada de su trabajo” (Marx, 2014, pág. 361). Es decir, para que el tiempo en que la máquina transfiere su valor total sea menor, es necesario aumentar el tiempo en que los trabajadores las usan, lo que significa prolongar la jornada laboral.
Otra característica del maquinismo es que su desarrollo se debe, de acuerdo con la creencia de los capitalistas, a que la ganancia se obtiene por medio del valor que las máquinas crean, y que se materializa a través de establecer precios más competitivos en relación con otras empresas de la misma rama, pero que no son intensivas en capital. Esta creencia aumenta la intención en los capitalistas de sustituir trabajo vivo por máquinas; sin embargo, esa idea encuentra sus propias contradicciones cuando el resto de la rama en cuestión se moderniza.
Al ser sólo uno el capitalista que introduce tecnología, sus costos son menores al promedio de la rama y, por ende, va obtener ventaja sobre sus competidores; pero, cuando todos los capitalistas de la rama modernizan sus empresas, el primer capitalista se va a enfrentar a una nueva realidad en la que “el valor de las mercancías producidas por medio de máquinas pasa a ser el valor social regulador de todas las mercancías de la misma clase” (Marx, 2014, pág. 363). Es decir, ya no existe la ventaja que en principio la exclusividad tecnológica le había otorgado a este capitalista. Ante esta contradicción, el primer capitalista, de manera inconsciente, prolonga a la fuerza la jornada de trabajo “con el objeto de compensar, mediante el aumento del plustrabajo relativo y del absoluto, la baja del número relativo de obreros explotados” (Marx, 2014, pág. 363). El primer capitalista, pues, intenta recuperar el margen de ganancia a través de la prolongación e intensificación de la jornada laboral, que es de donde extrae el plusvalor que posteriormente se transformará en ganancia, aunque este no lo sepa.
Como se observa, el maquinismo trae consigo un doble perjuicio para los trabajadores, por un lado, tienden a ser desplazados hacia el ejército industrial de reserva (su crecimiento se halla en razón a la disminución de los salarios en el mercado laboral) y, por otro lado, a los trabajadores que mantienen su lugar de trabajo, se les intensifica la jornada laboral con la intención de que usen las máquinas el mayor tiempo posible, y así transfieran cuanto antes todo su valor acumulado para ser sustituidas por máquinas más competitivas o iguales, pero más baratas, o para restablecer la ganancia del capitalista cuando toda una rama económica se ha tecnificado y ya no encuentra ventaja por esta vía. Por estas razones Marx sostuvo que:
La maquinaria, empleada al servicio del capitalismo […] sólo pretende abaratar la producción de mercancías y acortar la parte de la jornada de trabajo que el obrero necesita para sí, con objeto de alargar la parte de la jornada que entrega gratis al capitalista. La maquinaria, empleada para este fin, es, pues, un medio para producir plusvalía (Marx, 2014, pág. 331).
En suma, si bien el uso de máquinas en el capitalismo puede traer ciertas ventajas sociales, como el abaratamiento de las mercancías, las mismas ventajas tienden a cancelarse por otros efectos que produce la utilización de esta tecnología, como es el caso del desplazamiento de mano de obra al ejército industrial de reserva, que generalmente se traduce en menores salarios, menores prestaciones laborales y crecimiento de la economía informal. Sin embargo, de ninguna manera lo anterior quiere decir que el desarrollo tecnológico en sí mismo sea malo para la sociedad (de hecho, para Marx el desarrollo de las fuerzas productivas tiene un carácter positivo, ya que lo consideraba como el motor del cambio histórico), en realidad todo depende del modo de producción en el que se creen esas maquinarias y el objetivo que se tenga para su uso, que en el capitalismo no es otro que el de aumentar la ganancia de los capitalistas. De ahí la importancia en superar este modo de producción, que usa las fuerzas productivas creadas socialmente para los fines individuales de unos cuantos capitalistas que se enriquecen a costa del empobrecimiento del resto de la sociedad.
Christian Jaramillo es economista por la UNAM
NOTAS
[1] Engels retrató muy bien este contexto en su obra La situación de la clase obrera en Inglaterra.
[2] De acuerdo con Marx, la máquina-herramienta o máquina de trabajo, es una de las tres partes integrantes de la máquina. A grandes rasgos es el conjunto de “aparatos y herramientas con que trabajaban el artesano y el obrero de la manufactura, pero ya no como herramientas en manos del hombre, sino como instrumentos movidos por un mecanismo” (Marx, 2014, pág. 333).
[3] Si bien hubo casos en los que los trabajadores podían manejar dos husos de hilar al mismo tiempo, menciona Marx (2014) que encontrar hilanderos así de virtuosos era casi tan extraño como los niños con dos cabezas. A pesar de estos casos particulares, la máquina Jenny hilaba con 12 a 18 husos al mismo tiempo; es decir, su productividad era exponencialmente superior frente a la del más hábil obrero textil.
[4] Algunos de los más ocupados fueron los saltos de agua, el viento y el vapor.
[5] Una es la que resulta de su uso, y la otra de su desuso: “el primer desgaste se halla en razón más o menos directa al uso de la máquina; el segundo está hasta cierto punto en razón contraría a él” (Marx, 2014, pág. 360).
Bibliografía
Marx, K. (2009). El Capital: Libro I – Capítulo VI. Resultados del proceso inmediato de producción. México: Siglo XXI.
Marx, K. (2014). El Capital. México: Fondo de Cultura Económica.
Ricardo, D. (1959). Principios de economía política y tributación. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.
Ricardo, D. (1973). Principios de Economía Política y Tributación . Madrid: Ayuso.
