Trabajo, tierra y capital: ¿colaboración o conflicto?

Por Tania Rojas | Junio 2025

La riqueza material es resultado de la combinación de dos factores fundamentales: el trabajo humano y la naturaleza. Como lo señaló muy elocuentemente William Petty, un economista inglés del siglo XVII, “el trabajo es el padre y la tierra, su madre.” Sin recursos naturales, el trabajo no tiene materia sobre la cual operar; sin trabajo, la naturaleza permanece en estado latente, inerte. Esta formulación, que en un principio distinguía a la tierra y al trabajo como los factores clave de la producción, se ha consolidado como un postulado central en la teoría económica bajo el nombre de los factores de producción. Más tarde, se incorporó el capital para dar cuenta de los medios materiales de la producción, como la maquinaria, edificios, herramientas, configurando así los tres grandes factores que sustentan la producción moderna: tierra, trabajo y capital.

Si observamos el proceso de trabajo en abstracto, es decir, reducido a la simple producción de bienes y servicios, sin considerar las relaciones sociales en que se desarrolla, podría parecer razonable atribuir un peso equivalente a estos factores. Los tres son indispensables para que la producción tenga lugar. Pero el proceso de trabajo no existe al margen de las relaciones sociales. En toda sociedad concreta, el proceso de trabajo está mediado por formas de organización social históricamente definidas. Bajo el capitalismo, la producción asume predominantemente la forma de producción de mercancías. Los bienes no se elaboran para el uso directo de quienes los producen, sino para ser intercambiados en el mercado. Además, en este modo de producción, los factores de la producción están separados. Por un lado, el trabajo humano, desprovisto de medios propios; por otro, los medios materiales del trabajo, la tierra y el capital, concentrados en manos de una clase propietaria.

En este contexto, ya no hablamos simplemente de factores que cooperan en la producción de bienes, sino de clases sociales en conflicto por la apropiación del valor generado en el proceso productivo y contenido en las mercancías. Cobra relevancia, entonces, una distinción clave entre estos factores: el trabajo es el único factor que desempeña un papel activo en la creación de valor, siendo su fuente primaria, mientras que la tierra y el capital actúan como el soporte material pasivo de este proceso. Aunque todos son indispensables para la producción de mercancías, su importancia social y económica no es equivalente. Son los trabajadores quienes, al transformar los objetos y poner en marcha los medios de producción, crean el valor que finalmente se distribuye entre ellos y la clase propietaria. Esta última obtiene su parte del valor generado por la simple posesión de la tierra o el capital. Aunque, en ese sentido, participan en el proceso productivo, no son los verdaderos creadores de la riqueza social, fruto exclusivo del trabajo. El capital mismo no es otra cosa que trabajo humano pasado, acumulado en forma de herramientas, máquinas, edificios, etc. Por tanto, incluso el capital tiene su origen en el trabajo.

Reconocer que el trabajo es el sostén de la riqueza social implica aceptar que el trabajo de la mayoría sustenta las riquezas de unos pocos, lo que deslegitima la concentración cada vez mayor de riqueza en sus manos. De aquí que, para mantener esta concentración, sea necesario presentar una explicación alternativa, en la que se invierta el papel que cada factor de producción desempeña en la generación de la nueva riqueza social, y así, justificar la distribución que ha tenido lugar. Son varios los esfuerzos que se han dirigido a desarrollar la idea de que cada factor recibe una retribución que correspondería a su aportación en la producción. Sin embargo, la teoría que ha alcanzado mayor sofisticación y centralidad en la teoría económica dominante, es la teoría de la productividad marginal.

En esta teoría, el valor de cada mercancía se considera como compuesto por la suma de los ingresos que los tres factores obtienen como remuneración, esto es, el salario, la ganancia, la renta, u otras formas como el alquiler y el interés. Según este enfoque, dicho ingreso no es creación exclusiva del trabajo, sino que resulta de la contribución conjunta de todos los factores involucrados en la producción.  El argumento, en términos muy generales, es como sigue. En primer lugar, dada cierta combinación de factores, si se incrementa la cantidad utilizada de uno de ellos, el aumento que se registre en el producto total se le atribuye únicamente al factor que está variando. Este incremento en la producción, resultado de la variación de uno de los factores mientras los demás se mantienen constantes, es lo que se denomina producto marginal del factor correspondiente, ya sea trabajo, capital o tierra.

Un ejemplo ilustrativo sería la producción de trigo, en la que se cuentan como insumos tierra, trabajo y capital en forma de tractores. Supongamos que se mantiene constante la cantidad de tierra y de trabajadores empleados en esta actividad, pero se incrementa el número de tractores. Si este aumento permite cosechar más trigo, esa diferencia en la producción se atribuye al capital, es decir, es el producto marginal del tractor utilizado. El valor monetario de ese producto marginal se obtiene al multiplicar la producción física adicional por el precio al que se vende el trigo en el mercado. Por otro lado, se sostiene que existe una correspondencia entre los productos marginales de los factores de producción y los ingresos que estos reciben. En el caso del tractor, el ingreso que corresponde al capital, por la inversión en maquinaria, tiende a igualarse con el valor monetario de su producto marginal, es decir, con el valor monetario de la producción adicional de trigo atribuible a ese tractor extra. De forma análoga, el salario tendería a igualarse con el valor monetario de la cantidad adicional de trigo que se cosecha al emplear un trabajador más.

Como resultado, el valor de las mercancías, que es igual a la suma de los ingresos de los factores, tambien es igual al valor total de sus productos marginales. Esta confluencia entre remuneraciones y productividad marginal se hace extensiva a toda la economía, que aparece como la suma de empresas individuales. A nivel agregado, dos mecanismos median esta igualación: la ley de la productividad marginal decreciente y la competencia en el mercado. La primera hace referencia a que a cada incremento sucesivo en algún factor de la producción corresponde un aumento cada vez menor de su producto marginal. En consecuencia, el empresario, que busca maximizar su ingreso, y para ello pagará por el trabajo en la medida que pueda obtener cierta cantidad de producto al menor costo posible, solo decidirá emplear a un trabajador más si el valor de lo que le rinde en producción adicional excede o es igual a lo que le paga de salario. Finalmente, cualquier desvío en esta igualdad será restaurada por el mercado. Por ejemplo, si un sindicato de trabajadores logra un aumento en los salarios por encima del producto marginal del trabajo, el empresario, que ahora pierde, puesto que obtiene un valor de la producción menor al salario que paga por cada unidad adicional de trabajo, se verá obligado a reducir la cantidad de trabajo empleado hasta que sus trabajadores igualen su productividad marginal con el nuevo salario más alto.

De este modo, la teoría de la distribución del ingreso basada en la productividad marginal de los factores busca “demostrar” la legitimidad de la distribución del ingreso capitalista: cada propietario recibe una retribución proporcional al producto marginal generado por el factor que posee. Esta distribución se presenta como el resultado natural de las leyes del mercado y de la racionalidad económica. Sin embargo, esta teoría encierra una falacia fundamental: la  supuesta contribución “objetiva” del capital a la producción del valor de las mercancías no es posible sin el trabajo. Ni el capital ni la tierra son fuerzas productivas autónomas; solo contribuyen a la producción cuando se articulan con el trabajo humano. El aumento en la cantidad de máquinas o herramientas solo permite elevar la producción en la medida en que intensifica el esfuerzo de una masa de trabajadores que permanece constante.

La teoría de la productividad marginal transforma una cuestión social, la apropiación del excedente y el conflicto entre clases, en un problema técnico. Se aproxima al trabajo en su dimensión puramente física, dejando de lado las relaciones sociales que lo atraviesan. Desaparece el capitalista como clase social y reaparece como un simple proveedor de capital, al igual que el trabajador queda reducido a un proveedor de trabajo. Los factores de producción se presentan como cosas, no como relaciones sociales históricas. Así, el capital deja de ser una relación de poder y propiedad, y se convierte en una herramienta más, equivalente al trabajo, borrando toda distinción entre quienes producen y quienes se apropian del producto.


Tania Rojas es maestra en Economía por El Colegio de México e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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