Por Anaximandro Pérez | Mayo 2025
Cuando se habla de victoria en lenguaje militar no se habla, en términos generales, de algo muy distinto de ganar al final una competencia deportiva determinada o en un juego de azar. En la guerra, como en el futbol, en el póker o en el billar, alguien triunfa: obtiene la victoria. No obstante, en el ámbito del ejercicio de la violencia organizada, ganar implica el final del desarrollo de situaciones peligrosas que casi nunca cuentan con “reglas de juego”, en las cuales se pone en peligro existencial a muchas personas, regiones o países enteros. Al final de un conflicto, cuando acaban las hostilidades, alguien triunfa, otros reconocen de alguna manera que han perdido, pero detrás de este resultado queda viva la destrucción y la muerte.
La idea de que en los conflictos bélicos hay uno, dos o varios ganadores es algo que parece obvio. Posiblemente por esto casi nunca se reflexiona en asuntos como ¿cuándo se sabe quién obtiene una victoria?, ¿qué elementos demuestran que el victorioso es tal?, o ¿qué circunstancias pueden asegurar que una victoria es definitiva? Tal vez la respuesta a estos cuestionamientos pueda parecer fácil. Pero los choques guerreros son tan complejos y azarosos, en la medida en que conjugan de manera relativamente caótica a mucha gente, muchas tomas de decisiones acertadas o equivocadas, distintos espacios, distintos efectos del uso de la violencia o el armamento difícilmente controlables, entre otras cosas, que es difícil resolver tales interrogantes.
En todo caso, hay algunas claves, ofrecidas por Carl von Clausewitz, que permiten algunas respuestas. Este autor, cuyas ideas, propuestas y concepciones tienen cabida el día de hoy, en las operaciones militares del siglo XXI, fue probablemente el primero o, cuando menos, uno de los primeros, que reflexionaron en torno al concepto de victoria en circunstancias de guerra. Lo hizo en su clásico del pensamiento militar, De la guerra, escrito en el marco de los conflictos de las primeras décadas del siglo XIX. A partir de su estudio del combate singular, ese autor determina que, en principio, éste tiene por objetivo general la aniquilación del adversario. Es decir, una victoria ocurriría ahí donde el enemigo es destruido totalmente, reducido a la incapacidad para responder al vencedor.[1]
Lo anterior también aplica a una guerra completa. En ésta, la victoria equivale a aniquilar o superar al enemigo. Aunque aquí, a diferencia del enfrentamiento singular, el triunfo no llega al final de un choque único, sino después de muchos combates, distribuidos en el tiempo y el espacio, distintos entre sí, cuyos objetivos concretos divergen los unos de los otros. En ese sentido, por ejemplo, en el escenario de la guerra de Ucrania, un combate puede ocurrir por el control de la ciudad portuaria de Odesa, mediante el uso de buques rusos y dispositivos antibuques ucranianos, mientras que otro puede acontecer simultáneamente o en una fecha diferente, con el empleo de ejércitos y artillería de tierra, y con el objetivo de expulsar a los ucranianos de Kursk. Así, entonces, en un conflicto a gran escala la erradicación no puede ser el objetivo principal de cada uno de los combates; más bien aparece como un medio u objetivo secundario que sirve a la intención global de la guerra en cuestión: derrotar al enemigo. En estas circunstancias, el principal objetivo de cada combate es más bien obtener una victoria parcial, y el desarrollo de una guerra es susceptible de leerse como la construcción de una victoria global mediante muchos triunfos parciales.[2]
En ese sentido, dentro del marco de la teoría clausewitziana, el concepto va más allá de la victoria definitiva y, por lo tanto, más allá de la mera aniquilación del enemigo, esto es: apunta hacia la superación del adversario. En este caso se parte del enfrentamiento de las fuerzas físicas y morales de los contrincantes. Este choque ocasiona un desequilibrio de dichas fuerzas, donde triunfa (u obtiene la victoria) aquel contrincante que logra superar la crisis, provoca la desmoralización o el abandono de su enemigo gracias a la matazón hecha sobre sus filas, y se apodera de más trofeos –objetos simbólicos o de utilidad material– en el campo adversario.[3]
Bajo esa lógica, una victoria se compone de tres elementos: 1) “la mayor pérdida del adversario en fuerzas físicas”, que se mide especialmente con el número de muertos que quedan en el campo; 2) la mayor pérdida del adversario en fuerzas “morales” –es decir, la constatación de que no es posible superar al otro–, medida por los “trofeos” obtenidos, así como por la humillación del vencido que, después de perder físicamente, se decanta por salidas como la retirada, y 3) “el reconocimiento público” de lo anterior y el abandono explícito, aunque no decisivo, de la intención guerrera por parte del derrotado.[4] Naturalmente, esto último no siempre ocurre de forma definitiva, sobre todo en aquellas situaciones en las que el vencido encuentra la posibilidad de recuperación: v. gr. en los escenarios de operaciones partisanas, como las de la Guerra de Vietnam, donde el derrotado huye para reunirse con aquellos compañeros de causa que están fuera del lugar de su caída. En escenarios así, el enemigo estaría derrotado sólo en términos relativos; puede superar moralmente sus pérdidas, rehacerse físicamente y volver al frente.
En todo caso, esta composición del concepto parece ser aún de actualidad, cuando menos en Occidente. Los tres elementos pueden distinguirse en guerras contemporáneas, como en la invasión de Irak (20 de marzo-1 de mayo de 2003). En cuanto al primer elemento, Estados Unidos y sus aliados arrasaron a las fuerzas iraquíes. Mientras aquellos apenas sufrieron una pérdida menor a los 200 hombres, de acuerdo con Carl Conetta –quien publicó un estudio sobre los saldos de esta guerra durante esos pocos meses de 2003– las bajas mortales de iraquíes ascendieron a una cifra entre los 11,000 y los 15,000 muertos, entre los cuales el 30% eran civiles desarmados.[5]
El segundo elemento de la victoria fue bastante evidente con las imágenes que estuvieron circulando por todo el mundo durante aquellos días. Son imágenes que aún pueden encontrarse con una simple búsqueda en Google o en las redes sociales, en las que observamos saqueos hechos por las tropas invasoras, muertos masacrados por los aliados occidentales, humillaciones contra iraquíes indefensos, hambre y destrucción de pueblos y, especialmente, el prolongado proceso de captura, humillación, enjuiciamiento y ejecución del presidente Saddam Hussein (diciembre de 2003 a diciembre de 2006).
Esto último también puede considerarse como parte constitutiva del tercer elemento de esta victoria, pues prácticamente con la captura de Hussein su país desistió formalmente. Las tropas derrotadas dejaron atrás la hostilidad, si bien esto no implicó la derrota definitiva de Irak, ni el final de la muerte de su pueblo. Los efectos del final de este conflicto se extienden hasta la actualidad, de manera que el conteo de muertes por violencia de la organización Iraq Body Count, entre esos días y el caótico estado de ingobernabilidad posterior a la caída de ese presidente, ha conformado la cifra de 300,000 iraquíes, de los cuales unas 211,000 personas eran civiles inocentes.[6]
Como comentario final, me gustaría decir que probablemente haya una mejor manera o, cuando menos, una más precisa, para determinar cuándo, cómo y qué constituye una victoria. Sin embargo, parece que la proyección de la lupa de la victoria de Clausewitz sobre los conflictos es muy útil para responder a ese tipo de cuestionamientos.
Anaximandro Pérez es doctor en Historia por la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales (EHESS) de París e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
NOTAS
[1] Clausewitz, De la guerra, 3ª edición, Madrid, La esfera de los libros, 2014, pp. 198-208.
[2] Cfr. con ibidem, pp. 209-210.
[3] Ibidem, pp. 207-208.
[4] Ibidem.
[5] Carl Conetta, “The Wages of War. Iraqui Combatant and Noncombatant Fatalities in the 2003 conflict”, 20 de octubre de 2003, p. 38, en https://www.files.ethz.ch/isn/15393/0310rm8.pdf. Consultado en el 29 de abril de 2025.
[6] https://www.iraqbodycount.org, consultado el 29 de abril de 2025.
