¿Conquista o resistencia de México?

Por Miguel Alejandro Pérez | Mayo 2025

¿Qué entendemos realmente por Conquista de México? Desde la perspectiva del materialismo histórico, la historia se presenta como una sucesión continua de luchas entre clases. Sin embargo, este principio teórico no puede aplicarse mecánicamente a cualquier contexto, sino que debe servir como un instrumento para analizar de los rasgos peculiares, la esencia distintiva, de una realidad dada

Cuando los españoles llegaron a lo que más tarde sería la Nueva España, encontraron un sistema de propiedad bien establecido, cuya lógica esencial no difería sustancialmente del régimen de servidumbre feudal que impusieron tras la conquista. Así, lo que llamamos Conquista de México no constituyó una revolución en el sentido estricto de la palabra, pues, según Lenin, una revolución implica la transferencia del poder de una clase a otra. Aquí, en cambio, lo que ocurrió fue el reemplazo de una élite por otra, el desplazamiento de los antiguos señores indígenas por los nuevos señores españoles, sin que esto transformara la estructura fundamental del régimen de propiedad. Más aún, la Conquista fortaleció la lógica feudal de la sociedad, dándole una estructura más rígida, donde la encomienda se convirtió en la expresión jurídica y religiosa de ese orden.

¿Cómo ha sido leída la Conquista? En años recientes, el debate ha girado en torno a una disyuntiva aparentemente irreductible: ¿conquista o más bien resistencia de México? Este tipo de oposiciones, por más justificadas que parezcan, no esclarecen el verdadero significado de los acontecimientos. Reemplazar la palabra «conquista», con toda su carga histórica, por «resistencia» no contribuye a un entendimiento más profundo del proceso en cuestión. El contenido de la Conquista no cambia por un simple ajuste de cuentas terminológico; los hechos no pueden ser alterados mediante juegos de lenguaje. Podemos, si queremos, bautizar nuevamente la Conquista y llamarla «resistencia», pero esto no nos hará avanzar ni un milímetro. Si nos conformamos con explicaciones subjetivas y maniqueas, el resultado será un análisis sin rumbo, basado en percepciones individuales.

Es fundamental revisar críticamente las interpretaciones contemporáneas de la Conquista. Si preguntamos qué fue realmente la Conquista de México o cómo se debe caracterizar su contenido, encontraremos que no existe una única respuesta satisfactoria para todos los sectores. Esto se debe a que cada grupo social ha interpretado la Conquista desde sus propios intereses y necesidades económicas, generando un abanico de versiones que se ajustan a perspectivas diversas. En este sentido, la Conquista se ha convertido en un objeto de disputa, una entidad polifacética que parece acomodarse a cada visión del mundo.

Si nos atenemos a lo que fue la Conquista para quienes la vivieron, descubriremos que no se trató de un proceso unívoco. Para los españoles, sí fue una conquista, pero también lo sería para muchos de los vencedores de 1521, que en su mayoría no eran europeos, sino indígenas aliados de Cortés. De hecho, aproximadamente el 99% de la coalición vencedora estaba compuesta por pueblos mesoamericanos, con los españoles representando apenas un 1%. Desde esta perspectiva, tampoco se podría afirmar que la resistencia fue una experiencia común para todos los pueblos indígenas, ya que muchos participaron activamente en la derrota de los mexicas.

¿Es posible entonces determinar cuál de estas dos lecturas es la correcta? ¿Fue la Conquista realmente una conquista o, como algunos sostienen, un proceso de resistencia? Para abordar estas cuestiones, no podemos limitarnos a categorías abstractas como “lo verdadero» y “lo falso». Lo mismo ocurre al analizar otros procesos históricos: no basta con considerar los motivos explícitos de los actores, sus creencias o las experiencias subjetivas de los involucrados. La historia sigue patrones que muchas veces escapan a la conciencia de quienes la protagonizan; existen estructuras subyacentes que determinan los acontecimientos más allá de las intenciones individuales.

Si nos limitamos a cambiarle el nombre a la Conquista o a enfocarnos exclusivamente en la manera en que la vivieron sus protagonistas, el resultado será una visión desconcertante de peculiaridades atómicas y de motivos irreductibles. En lugar de adoptar una perspectiva estéril, podemos aplicar el materialismo histórico como una herramienta dinámica. Por esta razón, al interpretar la Conquista es necesario ir más allá de las simplificaciones. Los nombres no cambian la naturaleza de los hechos. Llamar «resistencia» a la Conquista no transforma su contenido histórico ni su impacto objetivo.

Desde esta perspectiva, la Conquista debe entenderse como el origen de las clases sociales que han configurado la historia de México y determinado la dirección de los conflictos que han marcado su desarrollo, en especial la lucha de clases dentro de las particularidades nacionales.


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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