Por Victoria Herrera | Mayo 2025
Por muchos años, quizá ya un siglo, la expresión “el basurero de la historia” se ha utilizado para encasillar y condenar a sujetos históricos considerados indeseables, o para arrojar al mismo sitio fétido, putrefacto y nauseabundo aquellos eventos críticos que incomodan los relatos oficiales. Quienes emplean esa fórmula—conscientemente o no— conciben la historia desde una perspectiva maniquea, en la que ellos mismos se sitúan, según su propia narrativa, en el “lado correcto de la historia”.
Esta visión no solo simplifica esos procesos históricos, sino que muchas veces los tergiversa. Su carácter pragmático y moralizante reduce la complejidad de los hechos a un juicio binario entre héroes y villanos. Por ello, nunca está de más volver a esta discusión aparentemente añeja pero siempre vigente.
Un ejemplo evidente fue la narrativa posterior a la caída del Muro de Berlín, cuando se creó la narrativa de que el comunismo había fracasado y debía ser arrojado, sin matices, al basurero de la historia. Esta visión, impulsada por el bloque capitalista occidental, tergiversó incluso los hechos de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Estados Unidos, como potencia hegemónica, se autoadjudicó el papel exclusivo de vencedor del fascismo, invisibilizando la contribución soviética, y utilizó esa legitimidad para justificar su cruzada anticomunista. El resultado fue una demonización que impidió por años el análisis crítico de las diversas corrientes del socialismo, de sus aportes, errores y debates internos.
En México, algo similar ha ocurrido con las formas de contar nuestra historia nacional. El expresidente Andrés Manuel López Obrador promovió una narrativa que reduce el pasado a una conforntación entre liberales y conservadores. Desde ahí, se ubicó explícitamente en el “lado correcto de la historia”, junto a las figuras heroicas del panteón nacional, a la vez que condenaba al olvido —o al desprecio— a sus adversarios políticos. No conforme con eso, acuñó su propia inscripción en las páginas de la historia bajo el nombre de “Cuarta Transformación”, presentándose como el protagonista de un nuevo ciclo histórico. En ese afán por dotar de sentido épico a su gobierno, borró o subordinó acontecimientos nacionales complejos que no encajaban en su relato. Tan solo al final de su sexenio se demostró que no había ocurrido ninguna transformación sustancial en términos sociales.
Hoy, frente a una realidad marcada por conflictos globales, inseguridad, desempleo y desigualdad en México, puede parecer frívolo volver sobre estas discusiones historiográficas. Pero es precisamente en momentos de crisis cuando más conviene preguntarse cómo se construyen los relatos del pasado, quién decide qué merece recordarse y qué debe descartarse como deshecho histórico. La historia no es un relato fijo ni cerrado, sino un campo en permanente disputa simbólica y política, por eso comprender esas cuestiones nos permite analizar a profundidad los dispositivos de legitimación del poder, del presente y del pasado.
Se está del lado correcto de la historia o se está en el basurero de la historia, esa no es la cuestión; aunque tampoco se trata de negar que ciertos momentos hayan estado marcados por errores, crímenes o fracasos.
Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
