Christian Jaramillo y Ollin Vázquez | Abril 2025
En el capitalismo, las mujeres trabajadoras constituyen uno de los sectores más oprimidos. No solo se ven obligadas a vender su fuerza de trabajo, sino que también deben asumir la carga del trabajo doméstico y el cuidado de los niños, tareas esenciales para la reproducción de la fuerza de trabajo. Esta doble explotación, analizada por teóricos como Eleanor Marx, Alexandra Kollontai y August Bebel, se ve agravada por otras formas de opresión, como la desigualdad salarial, la violencia de género y las leyes que ponen en dependencia a las mujeres. Para ellos, la liberación de la mujer está indisolublemente ligada a la abolición del sistema capitalista, pues es en las relaciones de producción capitalistas donde se originan y perpetúan las estructuras que subyugan a la mujer.
La Unión Soviética representó el primer intento histórico de construir un Estado proletario donde se transformaron radicalmente las relaciones de propiedad. Con la socialización de los medios de producción se sentaron las bases para un sistema capaz de eliminar las fuentes materiales de la opresión femenina. Como señaló Kollontai, la verdadera emancipación de la mujer solo sería posible en una sociedad donde el trabajo doméstico y de cuidados cambiara del ámbito familiar al colectivo y le permitiera participar, al mismo tiempo de ser madre, en la producción y la actividad política. En este sentido, la experiencia soviética ofrece un referente clave para analizar cómo la eliminación de la propiedad privada y la reorganización de la producción en función de las necesidades colectivas pueden impulsar la liberación de la mujer.
El objetivo de este escrito es examinar los avances en materia de derechos de la mujer en la Unión Soviética. Eleanor Marx, Alexandra Kollontai, Lenin y August Bebel no solo teorizaron sobre la opresión de la mujer en el capitalismo, sino que también propusieron caminos concretos para su emancipación, como la socialización del trabajo doméstico, la incorporación plena de la mujer al trabajo productivo y la transformación de las relaciones familiares.
El documento se divide en cuatro partes. La primera expone algunos fundamentos teóricos de la opresión de la mujer en el capitalismo desde la perspectiva marxista. La segunda parte analiza las políticas implementadas en la URSS para colectivizar el trabajo doméstico y de cuidados. La tercera, examina el papel de la mujer en la división del trabajo soviético. La cuarta, aborda otras medidas que impulsaron la liberación femenina. Finalmente, se presentan las conclusiones.
Algunas cuestiones sobre la mujer en el capitalismo
El principal objetivo de la Revolución rusa, del país de los sóviets, era eliminar la explotación capitalista, el sojuzgamiento de los trabajadores por los dueños del capital, por quienes ostentaban la propiedad privada de los medios de producción. En dicho sistema, la producción social se realiza en forma de mercancías, que son todos aquellos bienes que se producen para venderse en el mercado y que fueron producidos bajo relaciones sociales capitalistas, donde la fuerza de trabajo que las produjo se compró a cambio de un salario, y al trabajador se le extrajo plusvalía, es decir, trabajo no pagado (Marx C. , 2014). En el modo de producción capitalista, la explotación tanto de los hombres como las mujeres trabajadoras proviene de que no son dueños de los medios de producción, de que estos medios son propiedad privada de unos cuantos capitalistas. En este sentido, cuando la mujer se inserta en la producción capitalista como mano de obra, se le explota tanto como a los obreros hombres, y también se le extrae plusvalía.
Así, la opresión de la mujer en el capitalismo está dada, fundamentalmente, por el lugar que ocupa dentro de la producción social (Vogel, 1979). El motivo principal de la opresión de la mujer en el capitalismo se encuentra en su condición de proletaria, en su relación con los medios de producción. Desde esta perspectiva, el elemento fundamental que explica la opresión de la mujer es su carácter de clase subordinado al capital, y en ese mismo sentido, es la mujer proletaria y su clase, la principal fuente de la liberación definitiva de la mujer. Los obreros como clase (los proletarios) son el representante natural de toda la población trabajadora y explotada y, por tanto, son el elemento revolucionario y liberador de todas las clases y estamentos subsumidos por el capital.
Sin embargo, como menciona Lenin (1919) en su discurso en la IV Conferencia de obreras sin partido en Moscú de 1919, esta no es la única opresión que sufren las mujeres. La mujer proletaria, además de sufrir la extracción de trabajo no pagado, es doblemente oprimida. Por un lado, sufre por las legislaciones que le son desventajosas y la colocan en situación de dependencia, a saber, las leyes sobre el divorcio, sobre la custodia de los hijos, el derecho a demandar judicialmente alimento al padre de los hijos, y el derecho a decidir libremente la maternidad. Por otro lado, es oprimida dado que tiene que encargarse de las labores de reproducción diaria y de largo plazo de la fuerza de trabajo, es decir, el cuidado de la familia.
Engels y más tarde Lenin hicieron hincapié en la necesidad de la incorporación de la mujer en el mercado laboral como paso inexorable para su verdadera liberación (Vogel, 1979). Las mujeres, por una parte, padecen la dependencia económica y social hacia el hombre, puesto que se reproduce la estructura social del capitalismo dentro de la familia, y quien manda es quien provee de recursos a la familia. Esta dependencia puede disminuir mediante la participación de la mujer en la producción como vendedora de su fuerza de trabajo. En El desarrollo del capitalismo en Rusia, por ejemplo, Lenin describe la expansión del capitalismo en medio de una sociedad mayoritariamente feudal y de cultura patriarcal. Este contexto le permitió darse cuenta de la importancia que tiene la participación en el trabajo social:
En particular, hablando de la transformación de las condiciones de vida de la población por la fábrica, es preciso advertir que la incorporación de mujeres y adolescentes a la producción es un fenómeno progresivo en su esencia. Indudablemente, la fábrica capitalista coloca a estas categorías de la población obrera en una situación particularmente penosa, […] pero sería reaccionaria y utópica la tendencia a prohibir por completo el trabajo de las mujeres y de los adolescentes en la industria o a mantener el régimen patriarcal de vida que excluía este trabajo. Destruyendo el aislamiento patriarcal de estas categorías de la población, que antes no salían del estrecho círculo de las relaciones domésticas, familiares; llevándolas a participar de manera directa en la producción social la gran industria mecánica impulsa su desarrollo, les da mayor independencia, es decir, crea unas condiciones de vida que están incomparablemente por encima de la inmovilidad patriarcal de las relaciones precapitalistas (Lenin V. , 1974, pág. 15)
De acuerdo con Marx (2014) el tránsito de la mujer doméstica hacia la proletarización sucede de manera natural a partir de la tecnificación de la producción, que es un elemento inherente al capitalismo. Con la maquinización de la producción la fuerza física del hombre pierde relevancia, permitiendo la introducción de mujeres y niños a la producción. Esto se comprueba con el acortamiento de la brecha entre el número de trabajadores hombres y mujeres en el mundo del trabajo asalariado.
Sin embargo, aunque en el capitalismo más desarrollado la mujer ya no dependa económicamente del hombre por su integración a la fuerza de trabajo, sigue realizando actividades domésticas y del cuidado de los niños. Esta forma de opresión se le presenta particularmente asfixiante en el modo de producción capitalista, puesto que es trabajo adicional al que vende al capitalista, que no se le remunera por parte del capital ni del Estado, y que le resta tiempo a su descanso o a emplearse en otro trabajo, en caso de requerir de más horas laborales para obtener los recursos necesarios para subsistir; particularmente en los países más atrasados donde hay un gran número de subempleo. Lenin decía sobre el trabajo doméstico:
La mujer continúa siendo una esclava doméstica, pese a todas las leyes liberadoras, pues el menudo trabajo doméstico continúa presionándola, ahogándola, embotándole su inteligencia y humillándola; la encadena a la cocina y a los hijos; derrocha su trabajo hasta la barbarie, mediante las minucias improductivas que la enervan, acosan y la embotan. La verdadera emancipación de la mujer, el verdadero comunismo comenzará justamente cuando y donde comience la lucha de masas (dirigida por el proletariado en el poder) contra la pequeña economía doméstica, o, mejor dicho, su transformación masiva en una gran economía socialista (Lenin, 1919, págs. 25-26).
El capitalismo, con intenciones de reducir los costos de la reproducción social, no tiene intención de que el trabajo doméstico desaparezca. Si bien la mujer no hace un trabajo productivo en términos estrictos, pues no se vende al capital, de modo que no se extrae plusvalor de su trabajo, sí que ayuda a disminuir los costos de la reproducción social en el sentido de que contribuye con la reproducción de la fuerza de trabajo (esposo proletario) y, además, cuida del futuro proletario, su hijo (Vogel, 1979). Servicios que podrían y tendrían que ser pagados por el capital o el Estado.
El cuidado de los niños y las labores domésticas
En la URSS se realizó un trabajo muy importante en desvincular el trabajo doméstico y el cuidado de los niños de las mujeres, a través de la socialización de las tareas domésticas. En particular, se crearon guarderías, comedores y lavanderías comunitarias y públicas, donde las personas a las que les correspondía esta tarea en la división del trabajo se especializaban y la hacían en colectivo, para la sociedad en general. La vida social en la Unión Soviética estaba basada en principios colectivos. En este sentido, la sociedad entera participaba en el cuidado de los niños y las labores domésticas. Esto contribuía a emancipar a la mujer, le quitaba la esclavitud doméstica y le permitía participar activamente en las actividades políticas y productivas de la sociedad. Las mujeres elegían libremente realizar las labores de crianza.
El análisis de cómo debía gestionarse la maternidad y el cuidado de los niños para promover la emancipación femenina, antes de su aplicación, ya había sido razonado por feministas socialistas como Alexandra Kollontai, quien sostenía que una parte del programa socialista tenía que ir dirigido a esta cuestión, que estuviera fundado en un principio diferente que trasladara la responsabilidad del individuo a la sociedad, que permitiera a la madre desempeñar ese rol, sin dejar de lado su trabajo, manteniendo su independencia económica y su participación activa en la cuestión política. Este razonamiento estaba fundamentado en la concepción marxista de la familia, misma que Engels había desarrollado en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, donde se argumentaba que ésta era una institución ligada a la propiedad privada y que en el capitalismo funcionaba como unidad económica de reproducción de la fuerza de trabajo, donde la mujer funge el papel de esclava doméstica y se encarga de las tareas reproductivas y de cuidado, mientras el hombre tiene el rol de proveedor económico. Así, Kollontai escribía:
Esa visión del seguro de maternidad, que lo ve como una medida para aligerar la carga de la maternidad para la mujer de la clase trabajadora y, al mismo tiempo, como una medida que alienta la transferencia de la preocupación por la nueva generación de los individuos privados a la comunidad, es aceptable sólo si se admite que la forma presente de familia colapsará inevitablemente y se desintegrará en el curso de la futura evolución histórica de la sociedad… Hoy, cuando la familia como unidad social específica no cumple funciones de producción dentro del orden burgués, con su división generalizada del trabajo y el principio individualista de la producción, ya no hay argumentos positivos que puedan justificar dejar toda la responsabilidad por la nueva generación en manos de esta unidad privada… (Frencia & Gaido, 2018, pág. 71 y 72)
En términos prácticos, las labores domésticas y de reproducción de la fuerza de trabajo se trataron de realizar bajo ese principio colectivo. En 1928 el número de comedores colectivos era de 1,856 y daba servicio a 1 millón 250 mil personas; en 1932 subió a 17.000 y proveía a 13 millones 500 mil. El lavado de la ropa también se buscó hacerlo colectivo y especializado, de tal manera que en 1930 se destinaron 8 millones de rublos para crear lavaderos comunales; en 1931, 12 millones; y en 1932, 27 millones (Solomin, 2021, pág. 22).
El cuidado de los bebés y niños también se hizo colectivo, sobre todo para las mujeres de las principales ramas de la industria, cuya labor productiva era más demandante. Se aspiraba a que las mujeres obreras tuvieran tiempo de participar en la vida productiva y social del país, lo que implicaba que estudiaran más sobre su actividad productiva, asistieran a cursos para tener una educación más integral y elevaran su conciencia a partir del estudio político. Por esto, existían varios tipos de “casas-cuna”, donde se atendía a los bebés hasta los tres o cuatro años. Éstas iban desde la atención al niño entre ocho a nueve horas diarias, hasta aquellas que atendían 14 a 16 horas; en algunas, incluso, se atendía todos los días al niño y la mamá iba a recogerlo los días de descanso. Cuando triunfó la Revolución Rusa apenas existían una docena de casas-cuna en todo el país; para 1919 ya había 186 solo en la República Soviética Rusa y en 1928 este número subió a 800. En 1921 había 46 casas-cuna rurales; en 1923, 475; en 1925, 2 mil 614, y en 1927, 5 mil 381. Entre 1927 y 1928 había en toda la Unión Soviética mil 500 camas en las casas-cuna permanentes; entre 1929 y 1930, 27 mil 500; en 1931, más de 100 mil; y en 1932, 250 mil camas (Solomin, 2021).
Posteriormente, se trasladaba a los niños a una institución de educación preescolar. Así también, se aspiraba realizar una red de jardines de infancia donde los hijos de los obreros ocupados en la producción pudieran, incluso, hospedarse durante un largo periodo de tiempo. Cuando había un niño con problemas mentales o físicos, era totalmente posible colocar al infante en una institución donde se le daban cuidados y educación especiales (Solomin, 2021, pág. 64). Además, hay que recalcar que todas estas medidas contribuían a disminuir el gran número de niños abandonados durante la atrasada Rusia zarista, particularmente de aquellos que eran concebidos fuera del matrimonio y se consideraban “ilegítimos”. Así, el número de infantes abandonados pasó de 70 mil en la época prerrevolucionaria, a 6 mil en 1927.
En la Unión Soviética, la socialización de las labores domésticas y de cuidado de los niños se realizó en un momento en que se había modificado la propiedad privada de los medios de producción. En los países capitalistas, se pueden crear comedores y guarderías comunitarias por el Estado, pero eso no significa que se haya logrado la liberación de la mujer. La incorporación de la mujer de labores domésticas al mercado de venta de fuerza de trabajo, como camino hacia su emancipación, no obstante, tiene ciertos límites y es importante dimensionar sus alcances. Pensar que librándose la mujer del trabajo doméstico va a estar completamente emancipada es una utopía, en el mejor de los casos pasaría a formar parte del gran ejercito industrial de reserva, convirtiéndola en una proletaria más del mundo, y por lo tanto subordinada al capital. En este mismo sentido, es ilógico pensar -menciona Lenin- que porque la ama de casa logra más representatividad política o derechos democráticos al convertirse en proletaria ha alcanzado la libertad o concisamente la libertad política:
…la democracia no suprime la opresión de clase, sino que hace que la lucha de clases sea más pura, más amplia, más abierta y aguda; y esto es lo que necesitamos. Cuanto más plena sea la libertad de divorcio, más claro será para la mujer que el origen de su «esclavitud doméstica» reside en el capitalismo y no en la falta de derechos. Cuanto más democrático sea el régimen político, tanto más claro será para los obreros que la raíz del mal está en el capitalismo, y no en la falta de derechos. Cuanto más completa sea la igualdad nacional…, tanto más claro será para los obreros de una nación oprimida que el quid de la cuestión radica en el capitalismo, y no en la falta de derechos. Y así sucesivamente (Lenin V. , 1977, págs. 42-43)
La mujer en la división del trabajo en la Unión Soviética
Las mujeres en la Unión Soviética podían trabajar, en términos generales, en la actividad que quisieran sin restricciones; incluso recibían capacitación para laborar en la rama industrial que deseaban. Únicamente se les negaba laborar en las ramas de las industrias clasificadas como nocivas para su salud y que requirieran un trabajo físico excesivamente pesado, como en las minas. Particularmente, estaban restringidos los trabajos que pudieran tener efectos negativos en los órganos de la mujer y que pusieran en riesgo su futura maternidad, en caso de que así lo decidiera.
Posteriormente, se realizaron cambios específicos en cada parte de la producción de cada rama para que éste no afectara a la mujer: “los médicos de la Sección de protección de la maternidad y de la infancia, junto con los de los centros sanitarios, van a las fábricas y estudian atentamente su influencia sobre el organismo femenino y especialmente sobre el organismo de la mujer embarazada. Indican a la administración de la fábrica la necesidad y los medios de eliminar el daño profesional” (Solomin, 2021, pág. 48). Además, cuando era necesario, a las embarazadas se les trasladaba a un trabajo más sencillo.
Como dijo Lenin (1919), no se trataba de igualar a la mujer en cuanto a la productividad del trabajo, al volumen, a la duración y a las condiciones, etc., sino que la mujer no se viera oprimida por su situación en el hogar diferente a la del hombre. El objetivo era impulsar la tecnificación de la producción para que la mujer pudiera integrarse en la mayoría de las actividades productivas posibles. Lenin decía: “El Estado de dictadura proletaria y de construcción socialista no quiere ni puede querer que las mujeres trabajen en la industria como fuerza de trabajo no cualificada o mal formada y que vegeten en un trabajo poco interesante y mal pagado” (Gruzdeva & Chertikhina, 1987). Se aspiraba a que las mujeres estuvieran también en puestos de mando en las ramas industriales, tanto como los hombres. Se daban, en general, cursos para elevar su calificación en la actividad productiva realizada.
Así, en 1930 se incorporó un millón de mujeres a la producción; en los dos años posteriores la cifra aumentó a millón y medio, respectivamente. En 1930, las mujeres representaban un tercio de los que recibieron una preparación productiva, y en 1932 ingresaron a las escuelas de aprendizaje fabril más de 300 mil jóvenes. (Solomin, 2021, pág. 21). Así, el incremento de mujeres en la actividad productiva fue exponencial; de 1930 a 1970, las mujeres empleadas en trabajos industriales y en procesamiento de información pasaron del 13 al 52%. Las mujeres representaban el 62.5% de los empleos físicos simples de la industria, el 25% de los trabajos físicos pesados y el 60% de los empleos de trabajo intelectual especializado. Además, el 40% de los puestos de trabajos relacionados con la gestión de colectivos laborales y la organización de la actividad productiva, social y cultural de las personas, estaba ocupado por mujeres (Gruzdeva & Chertikhina, 1987).
Sin embargo, a pesar de estos avances, había desigualdades en cuanto a la retribución del trabajo se refiere, no solo entre mujeres y hombres, sino también entre diferentes ramas. Por ejemplo, durante los primeros años de la Rusia socialista el objetivo principal era impulsar la industria, por lo que a los trabajadores en general que laboraban en las ramas principales se les daba un ingreso más alto, esto con la finalidad de impulsarlos a elevar su productividad. Por eso los sectores donde había mayor porcentaje de mujeres los pagos eran más bajos, puesto que se concentraban en los trabajos industriales simples; contrario es lo que pasaba en las ramas que requerían de mayores habilidades y desgaste físico, donde las retribuciones eran más altas, pero había menos mujeres en dichas actividades. A mediados de los 70’s, las retribuciones de otras ramas de la producción donde había más mano de obra femenina empezaron a incrementarse, aunque no fue suficiente para eliminar la brecha entre ramas (Gruzdeva & Chertikhina, 1987).
Dentro de las mismas ramas había diferencias salariales entre mujeres y hombres, sobre todo en aquellas áreas donde la mujer no podía igualar la productividad del hombre por sus propias características físicas. Por ejemplo, en el centro industrial de Taganrog en 1960, las mujeres ganaban entre 80 y 90 rublos, mientras que los hombres entre 120 y 130. En cambio, en los trabajos especializados de ingeniería y trabajo técnico, el salario de las mujeres era entre 80 y 85% el de los hombres; si bien la brecha era menor, no por eso dejaba de existir (Gruzdeva & Chertikhina, 1987).
Adicionalmente, se aspiraba a que todos, sin restricción de género, estuvieran inmersos en la cuestión política y directiva del país. Dijo Lenin: “Nuestra tarea consiste en hacer que la política sea asequible para cada trabajadora. […] En este sentido es necesaria también la participación de las obreras, no sólo de las militantes del Partido, de las que son conscientes, sino de las sin partido y de las más inconscientes. En este sentido, el Poder soviético brinda a las obreras un vasto campo de actividad” (Lenin V. , 2021). Así, muchas mujeres tuvieron puestos en la administración del Estado y otras participaron activamente en las brigadas de choque –que se refiere a quienes realizaban tareas particularmente arduas o urgentes durante la guerra civil y después, a quienes cumplían con cuotas de trabajo por encima de la cuota prevista–, haciéndose acreedoras de distinciones honoríficas, como la Orden de Lenin, Orden de la Bandera Roja del Trabajo y Orden de la Bandera del Trabajo. En 1954, alrededor de 10 millones de mujeres estaban afiliadas a los sindicatos y 650 mil eran miembros de los Comités Centrales, republicanos o regionales de los sindicatos, mientras que 57 de ellas encabezaban los Comités Centrales (Serebrennikov, 2021).
Finalmente, las mujeres también participaron activamente en la Guerra Civil y en la Gran Guerra Patria, así como en la policía soviética. Así, figuran nombres como Zoya Kosmodemiánsnkaya, Liudmila Pavlichenko, Roza Shánina, Nina Onílova, Mariya Oktyabrskaya, Aleksandra Samusenko, Marina Raskova, Lidia Litviak (mejor conocida como La Rosa Blanca de Stalingrado), Yevdokiya Bershánskaia, Polina Osipenko, Valentina Grizobudova, entre muchas otras. Las cifras oficiales sostienen que participaron 800 mil en el Ejército Rojo y 200 mil eran partisanas (Moreno, 2011).
Otras cuestiones que impulsaron la liberación de la mujer
En la Unión Soviética, uno de los primeros pasos para igualar jurídicamente a todos los miembros de la sociedad fue el derecho al voto libre y universal. La ley se formuló durante el Gobierno Provisional, principalmente por la lucha de las feministas, tanto las bolcheviques como las que apoyaban al gobierno provisional. Sin embargo, éste fue el único logro alcanzado, pues las leyes que ponían a las mujeres en desventaja jurídica se mantenían intactas. De hecho, el gobierno provisional aprovechó esta ley para promover los Batallones de la Muerte de Mujeres y enviar más carne de cañón para continuar la Primera Guerra Mundial, medida que fue promovida por algunas feministas no bolcheviques. En oposición, las feministas bolcheviques como Kollontai sostenían que la lucha por el sufragio universal femenino tenía que continuar hasta cambiar al Gobierno Provisional por un verdadero gobierno del pueblo. En ese sentido, se tenía que continuar el trabajo de politización y organización entre las mujeres para que se unieran entorno al estandarte socialista (Frencia & Gaido, 2018).
Ya en la Unión Soviética, la mujer pudo alcanzar su liberación más allá del voto. Uno de los avances fue la cuestión de la maternidad. La maternidad no estaba restringida a la posesión individual de recursos materiales, pues en caso de no tenerlos se le daba ayuda material por intermedio de las organizaciones del seguro social (Comisión de Saneamiento del Trabajo y la Vida) y antes de dar a luz se le colocaba en la Casa de la Maternidad. Si decidía interrumpir el embarazo por otras cuestiones más allá de los materiales, como las enfermedades, el alto número de hijos o una mera decisión personal, éste era libre y seguro. La legislación decía: 1) Se permite practicar operaciones gratuitas de interrupción del embarazo en los hospitales soviéticos, donde está asegurada su máxima inocuidad; 2) se prohíbe en absoluto practicar esa operación a cualquier persona que no sea el médico; 3) los culpables de practicar esa operación —partera o comadrona— serán privados del derecho a ejercer su profesión y serán entregados al jurado popular; 4) el médico que haya practicado la operación del aborto como una práctica privada con fines de lucro, también será entregado a la justicia. Además, el aborto era casi gratuito; esto dependía de la retribución que recibían por su trabajo. En 1924, en Moscú, 43 de cada 100 personas que solicitaban el aborto ingresaban al hospital con una manipulación previa clandestina; para 1926 este número disminuyó a 12 y siguió disminuyendo con el paso de los años. Como medida adicional, se explicaba científicamente cómo prevenir el embarazo y las consecuencias inmediatas y a largo plazo en el cuerpo de la mujer por el procedimiento frecuente del aborto. (Solomin, 2021)
En cuanto a los cuidados de las embarazadas, se les daba un seguimiento riguroso del proceso de principio a fin, que incluía la revisión general de su historial médico y control de enfermedades que podían afectar el embarazo. Si era necesario, se les internaba para darles un seguimiento continuo. Adicionalmente, se tenían licencias de trabajo antes y después del embarazo, que dependía del tipo de trabajo que hicieran: las trabajadoras intelectuales tenían licencia de 84 días, mientras que las trabajadoras manuales, 112:
“Esta ley se extiende no sólo a las que están ocupadas en las fábricas y en las instituciones del Estado, sino también a las que están ocupadas en el comercio del Estado, en las cooperativas y en el comercio privado, en las cooperativas industriales, en los trabajos de construcción, a las que trabajan en el servicio doméstico —niñeras, cocineras, etcétera—, a las que trabajan en las sovjoses y particularmente en la agricultura; en general, en todas las formas de trabajo” (Solomin, 2021, pág. 46).
Durante las licencias se les daba un subsidio igual al salario completo a las obreras de las ramas fundamentales, y las tres cuartas partes y las dos terceras del salario a las otras categorías. También se les otorgaba un subsidio posterior al parto (720 rublos, equivalente al pago de una quincena de trabajo) y otro de lactancia (600 rublos por mes). A las madres se les conservaba su puesto de trabajo y durante la lactancia se les daba 3 horas de descanso para amamantar a sus pequeños (Frencia & Gaido, 2018).
La madre primeriza acudía, junto con los miembros cercanos, al Consultorio de Niños, donde se les enseñaba el amamantamiento correcto y los cuidados del recién nacido; se trataba de elevar el nivel cultural de la familia en general para que el niño creciera en un ambiente sano y alejado de supersticiones que pudieran afectar la integridad del infante. La alimentación suplementaria de los bebés se les proveía en los centros de alimentación infantil. Se trataba, en general, que las diferencias entre la mujer del campo y la ciudad disminuyeran, elevando el nivel cultural de las primeras y proveyéndolas de mejores condiciones materiales e higiénicas.
La URSS puso un gran empeño en mejorar la calidad de los servicios médicos con los recursos disponibles. Por ejemplo, las camas de parto aumentaron de 3 mil 900 a 7 mil 500 de 1904 a 1914. Para 1924, sólo en la Rusia central (sin contar Ucrania, la Rusia Blanca y otras Repúblicas), ya había 11 mil 500; en 1926, 14 mil 500. En 1929, se atendió a domicilio a 265 mil mujeres y en los hospitales a 796 mil mujeres (Solomin, 2021).
También hubo cambios importantes en la legislación para que no pusiera a la mujer en una situación de dependencia del hombre. Por ejemplo, el registro de matrimonio no era obligatorio, aunque para facilitar los intereses de la población era conveniente, sobre todo para resguardar los intereses de las embarazadas y los hijos. Además, se estipulaba que la residencia de una de las partes de la pareja no obligaba a la otra parte a seguirle y que el matrimonio podía terminar por mutuo acuerdo o si una de las partes así lo consideraba[1]. Sobre la responsabilidad de los hijos, la mujer podía exigir, desde y después de estar embarazada, que el padre sufragara los gastos de manutención; en esto ayudaba el gabinete social-jurídico, que buscaba al padre, percibía los alimentos y los entregaba a la madre. Este tribunal enseñaba a las mujeres todos sus derechos concedidos en la Revolución de Octubre (U.R.S.S., 1933).
En los casos en que existieran problemas en la pareja, se protegía a la mujer a través de los consultorios jurídicos, luego denominados gabinetes social-jurídicos, creados en 1924. Allí se escuchaban los problemas de las mujeres, desde lo más básico hasta lo más complicado, y se les daba solución. Por ejemplo, cuando la mujer denuncia a su pareja por problemas de alcoholismo, se le hacía una advertencia al marido por parte de los miembros del consultorio; sin embargo, si posteriormente no se eliminaba el problema, el consejo trasladaba al hombre a un dispensario antialcohólico para su curación. En otros casos, por ejemplo, cuando el hombre de una familia ejercía violencia contra los otros miembros de la familia, se le hacía un “llamado” colectivo por parte del Comité de Fábrica o un Tribunal Social; sin embargo, si la cosa no funcionaba, el asunto pasaba a la justicia. Otro ejemplo es el de la pareja divorciada, para evitar conflictos entre los afectados, se reinstalaba a los esposos ahora solteros, hasta que tuvieran otra vivienda. (Solomin, 2021)
La lucha contra la prostitución fue otro triunfo de la Unión Soviética. Las medidas realizadas no iban en contra de las prostitutas, sino contra quienes las obligaban a prostituirse y al mejoramiento de sus condiciones materiales. Por ejemplo, se tomaron medidas contra los dueños de los antros y cafés donde se realizaba la prostitución y se redujo la desocupación y el desamparo entre las mujeres; así también, se les curó de enfermedades venéreas: “Durante el zarismo, entre Moscú y Petrogrado había 150,000 [prostitutas]. […]. La prostitución sigue disminuyendo cada vez más. En 1928 existían en Moscú 3,000 prostitutas. La misma investigación realizada en 1931 dio una cifra nimia: 400 prostitutas” (Solomin, 2021).
Finalmente, se establecieron también leyes para prevenir el acoso y la violencia sexual contra la mujer. Por ejemplo, estaba prohibido entablar relaciones sexuales por parte de un hombre con una mujer material o profesionalmente dependiente a él, so pena de ir a la cárcel (Frencia & Gaido, 2018).
Conclusión
En el capitalismo, la lucha democrática de la clase proletaria por exigir que el Estado y los empleadores financien servicios como guarderías, lavanderías y comedores públicos es fundamental, ya que estas conquistas contribuyen a liberar a la mujer del trabajo doméstico y del cuidado de los niños. Esta lucha tiene una doble importancia: en primer lugar, porque las concesiones arrancadas al capitalismo mejoran las condiciones materiales de vida de las trabajadoras; y, en segundo lugar, porque revelan a las mujeres que, incluso tras liberarse de la dependencia del hombre o acceder al derecho al divorcio, su opresión no desaparece, sino que se transforma en una explotación directa por parte del capital. Es decir, la mujer comprende que su emancipación verdadera no se alcanza simplemente con la liberación del trabajo doméstico, sino que requiere una lucha más profunda: la lucha por la transformación de las relaciones de explotación capitalista.
En este sentido, Trotsky (2020) proponía que la lucha de la mujer proletaria, junto con sus compañeros de clase, exija al Estado burgués la creación de servicios públicos como lavanderías, comedores, guarderías y tiendas de costura. Estas demandas buscan socializar las tareas que tradicionalmente recaen sobre el trabajo doméstico, aliviando la doble jornada que enfrentan las mujeres trabajadoras, quienes, después de laborar en la fábrica, deben regresar a casa para realizar labores de cuidado y mantenimiento del hogar. Sin embargo, esta lucha enfrenta una gran resistencia, ya que la implementación de estos servicios implicaría mayores costos para los capitalistas y, por tanto, una reducción de sus ganancias.
Aun así, incluso si se lograran estas conquistas, la lucha de las trabajadoras no debe detenerse ahí. Como señalaba Lenin, las mejoras materiales inmediatas son un medio dentro de la lucha de clases, no un fin en sí mismas. El siguiente paso debe ser la transformación radical de las relaciones sociales de producción capitalistas, donde tanto mujeres como hombres proletarios son explotados a través de la venta de su fuerza de trabajo. Solo al cambiar estas relaciones de producción se podrá eliminar la familia como institución burguesa que oprime a la mujer y acabar con la explotación que sufren todos los integrantes de la clase trabajadora. La verdadera emancipación de la mujer, por tanto, está indisolublemente ligada a la abolición del capitalismo y la construcción de una sociedad socialista.
Christian Jaramillo y Ollin Vázquez son economistas por la UNAM.
NOTAS
[1] A inicios del siglo XX aún había muchos países en el mundo dónde el divorcio era ilegal, entre ellos Rusia, que hizo legal la separación en favor de la mujer hasta 1917.
Bibliografía
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