Por Arnulfo Alberto | Marzo 2025
Existe un consenso dentro de la élite económica, política y cultural mexicana sobre la necesidad de mantener la integración con Norteamérica[1]. Pero ¿de dónde surge este fervoroso deseo de sumisión ante una potencia que nos ha arrebatado territorio, nos ha saqueado con brutalidad y cuya relación con México ha estado marcada por una explotación constante, pagada incluso con sangre?
El mito de la integración
Para las élites mexicanas, la integración con EE.UU. y Canadá es sinónimo de desarrollo. Sin embargo, esta nunca ha pasado del plano económico, limitado a flujos comerciales y financieros donde la ventaja tecnológica, productiva y científica de EE.UU. y Canadá ha condenado a México a una posición secundaria. Ni el TLC ni el T-MEC han promovido el libre movimiento de personas ni han contemplado mecanismos para mitigar los efectos negativos de esta «integración», como el tráfico de drogas, el comercio de armas o la migración forzada.
Mientras tanto, el «excedente de población» resultado de esta competencia desigual ha convertido la emigración masiva en la única alternativa para millones de mexicanos. Ante la falta de opciones legales, cruzan la frontera a través del desierto o el río, enfrentando peligros mortales. El supuesto beneficio del acuerdo comercial nunca ha significado un aumento del bienestar para las mayorías, ni ha cerrado la brecha entre las economías. En 1994, el PIB per cápita de EE.UU. era 4.5 veces mayor que el de México; para 2023, la diferencia había crecido a 6 veces[2].
Consecuencias del modelo económico subordinado
Este modelo económico de corte neoliberal ha privilegiado el crecimiento del sector manufacturero de exportación, pero los empleos generados no han sido suficientes para absorber a los trabajadores desplazados de la agricultura y de las industrias nacionales no competitivas. Millones de mexicanos han sido empujados a la informalidad y a la precariedad laboral, mientras las ciudades crecen lentamente, arrastrando las mismas deficiencias estructurales de siempre. Pero a las élites no les preocupa. Viven cómodamente y se comparan con países más pobres para justificar su inacción.
Para esta clase privilegiada, la «integración» significa mantener sus lujos: acceso a productos exclusivos, viajes a Las Vegas, negocios protegidos. No les importa el pueblo explotado y empobrecido. Si todos los mexicanos fueran empresarios exportadores o comerciantes beneficiados por la pobreza ajena, podrían apoyar esta «integración». Pero mientras los «listos» beben champán y piden paciencia, los hospitales se derrumban y regiones enteras colapsan en la miseria.
Es fácil defender el statu quo cuando no eres quien paga los platos rotos. Cuando eres dueño de una franquicia que exprime a los pobres, cuando te beneficias de un cargo gubernamental, cuando tienes una beca que te permite vivir tranquilo mientras llamas «huevones» a quienes no han tenido la misma suerte. Es otra historia cuando naces en Guerrero, Oaxaca o Chiapas y debes abandonar tu hogar porque no hay trabajo. O cuando cruzas la frontera solo para ser criminalizado por un magnate racista y sus seguidores oportunistas.
La necesidad de un nuevo camino
Los apologistas de la «integración» nos piden paciencia: «Trabaja duro, tu oportunidad llegará». Pero el desarrollo nunca llega. La espera es infinita. Mientras tanto, México sigue siendo un proveedor de materias primas baratas, mano de obra explotada y bienes de bajo costo, todo subsidiado por trabajadores cada vez más empobrecidos.
EE.UU. nunca ha buscado un socio igualitario en México. Solo quiere recursos humanos y materiales baratos para que su clase capitalista siga acumulando riqueza. Y las élites nacionales, mediocres y serviles, han sido cómplices de esta traición.
Es momento de que los trabajadores mexicanos comprendan esta realidad. La competencia salvaje por empleos insuficientes no es la solución. La organización y la exigencia de un modelo de desarrollo que priorice el bienestar de las mayorías es la única salida. No más ilusiones con una integración que solo beneficia a los de siempre. Es hora de romper las cadenas.
Arnulfo Alberto es maestro en Economía por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
Notas
[1] Véase, por ejemplo, la posición del gobierno de México o de las principales cámaras de comercio: https://www.gob.mx/shcp/prensa/comunicado-no-10-el-nearshoring-es-la-oportunidad-de-impulsar-el-crecimiento-economico-de-mexico-senala-ramirez-de-la-o Puyana (2018) presenta datos que muestran una posición más dividida en referencia a la confrontación con EE.UU., pero que en el caso del gobierno y del sector privado es clara su posición a favor del libre mercado y de medidas en pro del modelo actual.
[2] https://datosmacro.expansion.com/paises/comparar/mexico/usa?sc=XE34
