Una intervención militar en tierras mexicanas

Apuntes de investigación sobre el peso táctico de los expedicionarios españoles durante la Guerra de Independencia de México (1810-1821)

Por Anaximandro Pérez | Marzo 2025

Cuando la guerra de independencia estalló en Nueva España, la Corona española no tardó en reforzar su dominio con tropas enviadas desde Europa. Estos soldados y oficiales, conocidos como expedicionarios, llegaron en oleadas entre 1811 y 1817, sumando cerca de 11,000 efectivos desembarcados en el puerto de Veracruz. Su incorporación al ejército virreinal —compuesto en su mayoría por tropas locales— fortaleció la maquinaria militar de la monarquía.[1] Gracias, entre otras cosas, a la adición de los expedicionarios a sus filas, el personal militar total del reino alcanzó alrededor de 40,000 combatientes hacia 1821 y pudo destruir las insurrecciones que promovieron jefes muy populares entre el pueblo disidente, como Miguel Hidalgo y José María Morelos.

El papel que jugaron los expedicionarios españoles durante la Guerra de Independencia de México (1810-1821) es un tema complejo. Probablemente, los libros, capítulos o artículos que han estudiado el asunto de una u otra forma llegan a superar el número de treinta distintos trabajos.[2] Pero hay aspectos importantes que, desde mi punto de vista, no han sido muy tratados y merecen mayor exploración. En concreto, me gustaría referir el asunto de la instrumentación de experiencias militares ganadas por esos hombres en sus combates contra Napoleón sobre sus actividades de contraguerrilla desplegadas para someter a los guerrilleros americanos de Nueva España.

Así, entonces, la tropa expedicionaria representó poco más del 25% de cuarenta millares de combatientes del ejército del virrey de México. Pero más allá de las dimensiones de estos combatientes, es visible que su importancia táctica durante la guerra contra los insurgentes populares residía fundamentalmente en dos cosas: 1) ellos encabezaban gran parte de las operaciones militares y eran jefes de los principales cuerpos del ejército, y 2) aunados con el resto de las tropas del virrey, los expedicionarios alcanzaron a dominar a los rebeldes hacia los años de 1816-1817. Posteriormente, fueron importantes porque muchos de esos oficiales y soldados españoles constituyeron las últimas defensas que lucharon por la conservación del virreinato en el seno de la monarquía española, mientras que el grueso de las tropas del virrey “voltearon chaqueta”, rebelándose bajo el nombre de Ejército de las Tres Garantías para crear su propio país independiente, en cuya cabeza entronizaron a su jefe (Agustín de Iturbide) como primer emperador de México.

Pues bien, gran parte de esos 11,000 hombres se foguearon al calor de la lucha partisana contra las tropas napoleónicas, quienes ocuparon España entre 1808-1814. Esto quiere decir que defendieron de los franceses al liberalismo español que creó la Constitución gaditana de 1812 y gobernó la resistencia española durante ese periodo. En ese sentido, algunos de aquellos hombres debieron ser liberales convencidos, lo cual probablemente influyó en algunos comportamientos de las tropas del virrey.[3] Pero luchar contra el invasor de España debió ofrecerles experiencias tácticas que después, una vez llegadas al virreinato de México, las expediciones militares aplicaron en contra de los rebeldes americanos, replicando sus vivencias de combate en Europa. En otras palabras, las fuerzas expedicionarias (o, cuando menos, una parte significativa de ellas) conocían muy bien el combate irregular y pudieron adaptarse a la ley guerrillera –es decir, al combate irregular– que marcaban las tropas insurgentes organizadas (como las de Morelos y sus oficiales) o semiorganizadas (como las de Francisco Osorno, Vicente Gómez, entre otros).

Por ser de origen español, esos hombres eran los más confiables desde el punto de vista de las autoridades españolas de México. Pero me parece que la circunstancia que los llevó a ponerse al frente de cuerpos principales del ejército y a cumplimentar con éxito la mayoría de las tareas tácticas a que eran destinados, únicamente pudo ser su experiencia guerrillera, o irregular. Para dar alguna idea sobre la efectividad de los expedicionarios y del peso que podían tener sus movimientos sobre el desarrollo de las operaciones contra los insurgentes, me gustaría exponer de manera sucinta, a continuación, dos casos de veteranos de las guerras napoleónicas que tuvieron numerosos éxitos en la contrainsurgencia.

El primero es el Regimiento de infantería de Lobera, originario de Galicia. Este cuerpo nació en 1809 para combatir a los franceses. Organizado y dirigido, entre otros, por José Joaquín Márquez y Donallo, tuvo éxitos y derrotas en este esfuerzo. En 1811 fue casi totalmente destruido en Badajoz, por una sorpresa que les dio el Mariscal Soult. La parte de tropas que libró la muerte se reorganizó y, en verano de ese año, fue destinada a contrarrevolucionar Nueva España con Márquez al frente.[4]

Llegaron a Veracruz en 1812, para mantenerse cazando rebeldes hasta el final del conflicto. En 1816, sus 709 hombres estaban divididos, operando en tres regiones de primera importancia para la conservación del virreinato: en las provincias de Puebla, Veracruz y México. Márquez permaneció la mayor parte del conflicto entre Puebla y Veracruz; basta una hojeada a los documentos militares de la época para constatar que prácticamente todas las operaciones que encabezaron él y sus tropas de Lobera se coronaban con victorias. Estuvieron mucho tiempo a cargo de transportar las mercancías más importantes del virreinato –como la plata o el tabaco– que transitaban por dos segmentos del camino real de Veracruz: las líneas de Perote-Puebla y Orizaba-Puebla. Esos caminos, así como sus alrededores, fueron constantemente pasados y repasados por las fuerzas de Márquez. También, destruyeron en 1816 el fuerte insurgente de Monteblanco, que asechaba la rica región tabacalera de Córdoba-Orizaba, y parece que los logros de esas tropas, así como la buena conducción de su jefe, llevaron a la publicación de un Elogio al señor coronel del regimiento de infantería de línea de Lobera, D. José Joaquín Márquez y Donallo, de Manuel de la Barrera, en la ciudad de México.[5] Por último, en 1821, estas tropas regresaron a la Península Ibérica.

El segundo caso que me interesa exponer es el del Regimiento de infantería de Castilla. Éste fue creado en 1793 con el objetivo de engrosar las fuerzas españolas destinadas a combatir a la joven República Francesa que había decapitado a Luis XVI. En este sentido, los de Castilla participaron en la Campaña de Rosellón contra el gobierno de los jacobinos de Robespierre (1793-1794), durante la cual el ejército español se apoderó de esa región de Francia. Posteriormente, los franceses los hicieron recular. Más adelante, bajo la ocupación de la Península por el ejército de Napoleón, los hombres de este cuerpo participaron en la defensa de Valencia y Zaragoza, donde el regimiento recibió el sobrenombre de “El Héroe” por la valentía que mostraron sus integrantes.[6]

En 1812, unos 1,300 hombres de Castilla desembarcaron en Veracruz, en un momento en que el puerto estaba prácticamente sitiado por los rebeldes americanos. Ahí pereció casi la mitad de los hombres a causa del vómito negro, una enfermedad común en el recinto portuario que, por lo regular, se ensañaba con los europeos sin aclimatación. Después, los sobrevivientes que alcanzaron a huir del vómito fueron distribuidos en distintos puntos del virreinato, en los cuales se distinguieron por su efectividad. En 1816, sus 614 hombres restantes operaban entre las provincias de Puebla y Veracruz. Por lo general, sus acciones se concentraron también en segmentos del camino real de Veracruz: entre Puebla-Chalco y Puebla-Orizaba. Estos hombres, al frente de una prolongada operación conjunta desplegada por muchas tropas del ejército, sometieron totalmente a los insurgentes de la Sierra de los Volcanes (Popocatépetl e Iztaccíhuatl) entre 1816-1817. Si eso es poco, he de agregar que uno de sus principales oficiales, el coronel Francisco Hevia, quien fue jefe de la región de San Martín Texmelucan-Río Frío, comandante de la región de Córdoba-Orizaba y, eventualmente, gobernador e intendente de Veracruz, llegó a convertirse en el terror principal de muchos insurgentes de las regiones por las que patrullaban los militares de Castilla. Nadie lo podía derrotar; su principal medida punitiva consistía en que todo insurgente que caía en sus manos debía pasar por las armas.

La efectividad de Hevia y de los hombres a su mando estaba muy acreditada, pues no había quien lo pudiera resistir. Por eso, cuando ocurrió la rebelión de Agustín de Iturbide, el virrey dispuso que este oficial fuera el encargado de someter a los rebeldes trigarantes de la provincia de Veracruz. Sus hombres estaban teniendo éxito en esta tarea, lograron despejar más o menos la superficie entre Tepeaca y Orizaba, pero en mayo de 1821, en medio de un intento por tomar la villa de Córdoba, una bala atravesó la cabeza del coronel. Con la muerte de su jefe, los de Castilla quedaron reducidos a la retirada y la rebelión militar contra el virrey pudo prosperar en Veracruz. Por último, este regimiento regresó a España al final del conflicto independentista de México.[7]

Entonces, es evidente que gente como Márquez, Hevia y sus hombres expedicionarios, resultaba muy útil para someter a los insurgentes y traer éxitos a las tropas del gobierno español. Tal vez podría argumentarse que esto ocurría por las cualidades personales de mando de esos jefes; pero, en realidad, pareciera que la experiencia de foguearse en las guerras contra los franceses constituyó una herramienta valiosa para combatir efectivamente a los americanos insurrectos. A manera de comentario final pienso que, entre otros pasos a dar, la investigación rigurosa de cómo fueron implementadas prácticas militares concretas (acciones en montaña, persecución de guerrillas, resguardo de puntos estratégicos, pacificación de poblaciones, etc.) por parte de estos cuerpos en la guerra peninsular contra Napoleón y su contrastación con las operaciones que desplegaron en Nueva España, podría arrojar frutos interesantes para comprender de qué manera las fuerzas armadas del virrey de México lograron derrotar a los levantamientos populares que acuerparon la revolución en 1810, y hasta qué punto esas prácticas dieron herramientas políticas o militares a las tropas que instauraron el Primer Imperio Mexicano.


Anaximandro Pérez es doctor en Historia por la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales (EHESS) de París e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

Notas

[1] Exceptuando, por lo regular, a los indígenas, así como a los negros y sus descendientes.

[2] Cuyos autores más notables son, entre otros, Edmundo A. Heredia, Michael P. Costeloe, Thimothy E. Anna, Brian R. Hamnett, Juan Ortiz Escamilla, Rodrigo Moreno Gutiérrez y, especialmente, Christon I. Archer.

[3] Especialmente en movimientos como la incorporación de buena parte del Ejército de Nueva España a la rebelión trigarante de Iturbide contra el gobierno en 1821.

[4] Esta información la ofrece el artículo de Alexander de los Ríos Conde, “La junta y el Regimiento de Lobeira”, publicada en vialethes.es/junta-regimiento-lobeira (consultado el 25 de febrero de 2025).

[5] Manuel de la Barrera y Troncoso, Elogio al señor coronel del regimiento de infantería de línea de Lobera, D. José Joaquín Márquez y Donallo, ciudad de México, Oficina de D. Alexandro Valdés, 1818. Está disponible en línea en el catálogo de la Biblioteca Nacional de España bdh-rd.bne.es. El dictamen de este impreso que dio el censor del arzobispado de México, dice: “Las proezas y hazañas, que inmortalizan al Señor Coronel [Márquez], son dignas del Canto, que V. S. remite a mi censura; y el canto mismo puede resonar altamente, para honor y gloria del ENEAS y de su VIRGILIO. Con esto he dicho, que puede V. S. si es de su agrado, dar para su edición la licencia que se le pide”.

[6] Información consultada en la página del Ejército de Tierra español, ejercito.defensa.gob.es, el 25 de febrero de 2025).

[7] Cabe decir que siguió siendo un cuerpo importante en varias operaciones de los ejércitos españoles: en el siglo XIX participó en las guerras carlistas, combatió a los rebeldes catalanes en diversas ocasiones, participó en campañas de África entre 1859-1860 y en la guerra de Cuba al final de ese siglo. Posteriormente, en el siglo XX volvió a hacer campañas en África, en el Sahara Occidental y desde los 1990 hasta hoy ha participado en “misiones de Paz” en los Balcanes, en Irak, en el Líbano y en África. En algún momento, seguramente en el siglo XX, se convirtió en el Regimiento Acorazado “Castilla” Nº16. Todo esto y varios detalles que he retomado en mi texto están expuestos en la página del Ejército de Tierra Español (ejercito.defensa.gob.es, consultada el 25 de febrero de 2025).

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