Por Jenny Acosta | Marzo 2025
I. De la autora y su contexto
La Unión Obrera es un texto que se publica en 1843 en Francia. La época de su publicación era de grandes disturbios sociales. Desde 1789, cuando se da la Revolución Francesa y se publican Los derechos del hombre y del ciudadano, París no dejó de conocer revueltas populares que, de algún modo, solo amainaron después de 1871 con la experiencia de la Comuna de París. Estas revueltas populares previas a la Comuna incitaron la reflexión de varias personas preocupadas por la desigualdad económica que se estaba gestando con el capitalismo y que contrastaba con la igualdad formal entre los varones alcanzada en las leyes. Entre quienes pensaban estos problemas sociales había gente con un bagaje académico amplio, pero también hubo gente que comenzó a estudiar y a escribir por la necesidad de plasmar la situación de su vida diaria.
Flora Tristán pertenecía más bien al segundo grupo. Ser una hija fuera del matrimonio marcó su vida con incertidumbre. El tío de Flora, Pío Tristán y Moscoso, fue el último virrey peruano, pero esa posición para Flora no significó nada. Aunque buscó tener acceso a la parte de la herencia paterna que le correspondía, nunca vio ni un céntimo y tuvo que trabajar de obrera textil y lavandera para costear su vida y la de sus hijos. Tras casarse con un hombre que la golpeaba, abusó de ella y trató de abusar de su pequeña hija, Flora dio una lucha histórica al pelear por el divorcio, que estaba prohibido en Francia en esa época. Acusó a su esposo por el maltrato que recibieron ella y su hija, logrando no solo el reconocimiento legal de la separación sino también que recibiera la sanción que la ley estipulaba para los crímenes cometidos.
Tuvo contacto con las principales corrientes socialistas de la época (aquellas que más tarde Engels conceptualizaría como socialismo utópico): Fourier, Owen, Saint-Simon —por mencionar a los más famosos— fueron leídos por ella. También estudió a los discípulos de aquellos y las reflexiones de varios obreros sobre los problemas del proletariado en consolidación y las posibles alternativas a la situación cada vez más opresiva en que vivían.
Flora falleció de tifus en 1844, apenas un año después de publicar La Unión Obrera. Ciertamente, la situación en que vivía ella y su hija Aline era precaria y las hacía presa fácil de enfermedades, pero tal vez también el esfuerzo que realizó para su pequeña obrita publicada contribuyó a que el golpe de la enfermedad fuera fatal. Considerando la efervescencia social, no sería sorprendente que hubiera entre los editores alguno dispuesto a publicar una obra destinada a organizar a la clase obrera; la misma Flora creía que podría encontrar alguno que apoyara la publicación de La Unión Obrera.
No encontró a ninguno. Tocó las puertas de editores que publicaban a otros socialistas, pero a ella no quisieron publicarla (tal vez ser socialista era tolerable, pero ser mujer y socialista era demasiado para los progresistas de la época). Así, decide ir de puerta en puerta haciendo una colecta pública para publicar el libro por sus propios medios. Entre los donadores se encuentran nombres reconocidos como Eugène Sue (Los misterios de París, 1842), pero también otros que corresponden a una criada o a un carpintero. A quienes donaron, Flora les envió un ejemplar de su texto.
II. Sobre La unión obrera
La unión obrera se publica en 1843, un año antes de las revueltas parisinas y europeas que fueron pioneras y escuela para el movimiento obrero internacional. La autora considera a este texto suyo como un pequeño librito, y en efecto, es pequeño en tanto breve, pero contiene reflexiones muy interesantes que sitúan a quien lo lee en el ambiente hirviente de la época, de forma similar sucede con el Manifiesto del Partido Comunista (Karl Marx y Federico Engels, 1848).
La clase obrera es la destinataria de la obra. Flora Tristán sabe que en su tiempo hay muchas mentes pensando y escribiendo sobre la organización del proletariado y la construcción de una sociedad socialista, pero reconoce que muchas de esas mentes desconocen la situación cotidiana del proletariado y, sobre todo, que ya no buscan incidir directamente en él (tal es el caso de algunos discípulos de Fourier). Así, al escribir su obra, ella tiene claro que no se trata de un ejercicio únicamente teórico, sino que pretende ser un programa de organización obrera.
Hay dos grandes temas en el librito de Tristán: la situación de las mujeres obreras y la organización del proletariado como clase; sin embargo, la autora no considera que estos temas sean distantes y distintos entre sí, antes bien, demuestra que se trata de dos aspectos (aunque diferenciados) de un mismo conjunto: la clase obrera como totalidad.
III. La situación de la mujer obrera
El interés de Tristán por la vida cotidiana de las obreras no era solo académico, era vital. Ella fue obrera textil y conocía personalmente las relaciones que se entablaban entre las obreras y los patrones, las dificultades económicas que los raquíticos salarios recibidos no podían solucionar, incluso la negativa de los obreros varones para incluir a las mujeres en las organizaciones de trabajadores.
Flora Tristán es consciente de que el rechazo de los varones obreros a que las mujeres ocuparan espacios que creían suyos no era culpa de esos obreros, sino el resultado de una larga tradición que había mantenido a las mujeres esclavas del hogar y del marido. “No conozco nada tan poderoso como la lógica forzada, mecanicista, que se desprende de un principio dado o de la hipótesis que lo representa. La inferioridad de la mujer, una vez proclamada y dada como principio, ved qué consecuencias desastrosas ocasiona para el bienestar universal.” (1843, pp. 122-123). La constante de considerar que las mujeres no son aptas para cierta actividad, o que les corresponde mejor cierta otra, sí contribuye a mantener a las mujeres en ciertos márgenes, que terminan siendo los socialmente aceptados incluso si no han sido demostrados. Tristán tenía presente que los obreros, al contar con una educación mínima en el mejor de los casos, repetían los prejuicios de las generaciones previas, por lo que transformar la situación de las mujeres al interior de las familias era una tarea de largo aliento y que requería de elevar la educación del proletariado.
Siguiendo la exigencia de feministas previas a ella, aunque enfocando claramente a la mujer proletaria, Tristán defiende la educación de las mujeres como una demanda que corresponde a todo el proletariado. La descendencia de las familias acomodadas puede contar con maestras y maestros bien educados, pero los hijos e hijas de las clases trabajadoras únicamente tenían a la madre como maestra (cfr. Tristán, 1843; p. 131). La educación pública y gratuita en Francia se instaura en 1881; las niñas y niños de los barrios marginados no podían tener acceso a una formación escolar que les enseñara a leer, escribir, sumar, restar, historia… Su formación consistía en la útil para el oficio que desempeñaran o en la poca que la madre pudiera dar. Así, la exigencia de educar a las mujeres trabajadoras tenía la perspectiva a largo plazo de elevar la educación del proletariado en su conjunto.
En La unión obrera se hace una reflexión también respecto a las relaciones que se entablan en las familias proletarias, presentando un cuadro crudo de las mismas. La violencia familiar que emana de la pobreza, de la explotación y humillación constante de la persona, o de la ignorancia. El retrato que en este texto se ofrece de las relaciones “maritales” en el proletariado dista de la romantización que otros pensadores socialistas creyeron ver en estos lazos; Flora vivió en carne propia la violencia familiar de la familia paterna contra su persona y de su marido contra ella y su hija, trató con trabajadoras que sufrían la misma violencia, no podía sino hablar de ella abiertamente.
Las mujeres, entonces como ahora, por el mismo desgaste físico recibían un salario menor que sus pares varones, lo que provocaba que varios de ellos se organizaran para exigir que no se contrataran mujeres en las fábricas: “En la Francia de los pensadores sociales más tradicionales (Fréderic Le Play, de Bonald, etc.) y del socialista Proudhon, la reprobación del trabajo femenino se extiende a los obreros y a los sindicalistas que al principio se ponían en huelga cada vez que era contratada una mujer.” (Michel, 1979; p. 73). Este constante empuje para que las mujeres no participaran de la vida pública, incluso como trabajadoras, era criticado por Tristán señalando, por un lado, el desperdicio de las aptitudes de la mitad de la población en pro del desarrollo social; y por el otro, las implicaciones que para los propios obreros tenía el no señalar, comprender y criticar las injusticias cometidas contra las mujeres, advirtiendo, como también haría Brecht más tarde: “Dejad pasar una injusticia, y estaréis seguros de que engendrará miles de ellas” (p. 242) que les afectarán cada vez más directamente.
Tras tocar estos temas, Flora llama a las obreras a organizarse, pero sobre todo llama a los obreros a reconocer en la opresión a las mujeres la misma fuente que la opresión suya; a no hacer oídos sordos, ojos ciegos y bocas mudas ante el olvido y bajeza en que las leyes, la fábrica y la familia mantenían a sus compañeras de clase: “… la ley que esclaviza a la mujer y la priva de instrucción os oprime también a vosotros, hombres proletarios.” (1843, p. 137).
El librito de La Unión Obrera no se reduce a criticar la situación de las mujeres trabajadoras, tiene propuestas muy interesantes respecto al proletariado como clase política en formación que, sin duda, merecen un trabajo independiente.
Jenny Acosta es maestra en filosofía por la UAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
Bibliografía
ENGELS, Friedrich (2006). Del socialismo utópico al socialismo científico, Fundación Federico Engels, España.
MICHEL, Andree (1979). El feminismo, Fondo de Cultura Económica, México.
TRISTÁN, Flora (1843). La unión obrera, DeBarris, España.
