Por Ehécatl Lázaro | Febrero 2025
Entre 1945 y 1991 el mundo estuvo dividido en dos campos: el capitalista, liderado por Estados Unidos, y el socialista, con la Unión Soviética como super potencia. Al desaparecer la Unión Soviética, Estados Unidos impulsó una estrategia orientada a subordinar el antiguo campo socialista a su dominación imperial. Sin ningún país que pudiera hacer contrapeso a sus designios, Estados Unidos hizo y deshizo según su leal saber y entender. La expansión de la OTAN hacia el este, las guerras en Medio Oriente y el Norte de África, y las tácticas para convertir a China en un país capitalista con una democracia liberal, formaron parte de esa estrategia imperialista de dominación mundial. Desde el gobierno de Bill Clinton hasta el de Joe Biden, la política exterior de Washington estuvo guiada por esta estrategia.
Estados Unidos impulsó esa estrategia de dominación imperial porque tenía las bases materiales para ello. Era la economía más grande del mundo, la principal potencia industrial, la vanguardia en la innovación tecnológica, tenía las fuerzas armadas más poderosas y dominaba el sistema financiero internacional. Con todas esas capacidades, Estados Unidos necesitaba más mercados donde pudiera vender sus mercancías, donde pudiera adquirir materias primas para su producción manufacturera y donde pudiera invertir capitales para obtener mejores ganancias. La búsqueda de la dominación mundial era el correlato geopolítico de su condición de super potencia económica, tecnológica, y militar.
Pero en los últimos diez años, Estados Unidos ha perdido su liderazgo en casi todas las áreas. En el terreno económico, desde 2010, China superó a Estados Unidos como la principal potencia industrial a nivel global, y en 2014, China se convirtió en la economía más grande del mundo, medida por paridad de poder de compra. En el terreno tecnológico, desde hace más de cinco años, China ha comenzado a despuntar en industrias como telecomunicaciones, energías renovables, vehículos eléctricos, trenes de alta velocidad, inteligencia artificial, drones, entre otras; convirtiéndose en un fuerte competidor de Estados Unidos y amenazando el predominio de Silicon Valley. En el terreno militar, después de tres años de conflicto, Estados Unidos ha sido incapaz de derrotar a Rusia en el teatro de guerra ucraniano, y se ha rezagado en el desarrollo de armas modernas como los misiles hipersónicos. Sólo en el terreno financiero conserva su predominio absoluto, con el dólar fungiendo como monda de reserva y como medio de pagos internacionales.
La estrategia de dominación mundial de los años 1990 y 2000 coincidía con las capacidades y las necesidades económicas de Estados Unidos. Mantener esa misma estrategia en unas condiciones de declive económico, tecnológico y militar resulta inapropiado. No porque la burguesía estadounidense renuncie a la dominación mundial, sino porque sus capacidades actuales no le permiten aspirar a tanto en el corto plazo. Era necesario diseñar una nueva estrategia que permitiera aprovechar mejor los recursos existentes para después volver a la carga y recuperar lo que considera suyo: el control de los mercados y los recursos del mundo.
En eso consiste la nueva política exterior de Donald Trump, en una retirada estratégica del imperialismo estadounidense para ganar fuerzas, reagruparse y acometer nuevamente con energías renovadas. Lenin advertía a los comunistas europeos que “cuando el enemigo es fuerte y está concentrado, y nosotros no podemos derrotarlo de inmediato, es necesario saber retirarse en orden, conservando las fuerzas y preparándose para un nuevo ataque en condiciones más favorables. La retirada no es una derrota si se hace de manera organizada y con un propósito claro”. En esa clave debe entenderse la aparente renuncia de Trump al dominio mundial.
Después de acosar a Rusia durante décadas, cercarla militarmente, sancionarla económicamente y demonizarla en la opinión pública occidental, ahora Washington busca fumar la pipa de la paz con Moscú y alcanzar un acuerdo de cooperación económica y geopolítica. Estados Unidos renunció (por el momento) a dominar a Rusia. Con ese movimiento, Trump busca meter una cuña entre Rusia y China para debilitar esa relación geopolítica, con la intención de aislar a China en el plano internacional. El objetivo final es debilitar económica, política y militarmente a China, para descarrilar su desarrollo. Para Estados Unidos, todas las opciones están sobre la mesa, incluido un conflicto armado.
Como no puede dominar el mundo, ahora Estados Unidos se concentra en el domino de lo que considera su esfera de influencia natural: el continente americano. Su propuesta es que las grandes potencias se dividan el mundo en esferas de influencia. Así, Estados Unidos se ocuparía de América, siguiendo la doctrina Monroe de “América para los americanos”, y reduciría su presencia en Europa, Medio Oriente y África. A cambio de renunciar a estas regiones, Estados Unidos se concentraría en América y Asia-Pacífico.
La retirada estratégica de Estados Unidos tiene la forma de un multipolarismo imperialista. El 30 de enero de 2025, el secretario de Estado, Marco Rubio, declaró en una entrevista: “No es normal que el mundo tenga sólo una potencia unipolar. Eso fue una anomalía resultado del fin de la Guerra Fría, pero eventualmente tendremos que alcanzar un mundo multipolar, con diferentes potencias en diferentes partes del mundo. Ahora estamos enfrentando eso con China y en alguna medida con Rusia”. Es la primera vez en la historia que un funcionario del gobierno de Estados Unidos hace una declaración de ese tipo. Trump abandona el mundo unipolar de Biden, Obama, Bush y Clinton, y apuesta por el multipolarismo.
Sin embargo, el multipolarismo de Estados Unidos no es el multipoarismo que impulsan los BRICS, encabezados por China y Rusia. Washington propone un acuerdo entre grandes potencias imperialistas para repartirse el mundo en esferas de influencia, generando un frágil equilibrio que le dé tiempo de renovar sus energías para volver al ataque. Estados Unidos atravieza ahora la misma fase de declive que atravezó Inglaterra en su tiempo. Después de ser el imperio más grande del mundo, con territorios en América, África, Asia y Oceanía, a finales del siglo XIX Inglaterra entró en una fase de declive económico que la llevó a perder el poder que tenía. En la década de 1890 Estados Unidos superó a Inglaterra como principal potencia industrial. Londres perdió el lugar de súper potencia y las potencias emergentes buscaban crear sus propios imperios. Eso dio lugar a un multipolarismo imperialista, donde cada imperio competía con los demás por la dominación mundial. Alemania, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Rusia y Japón participaron en ese orden multipolar. El frágil equilibrio se rompió en 1914, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, y se mantuvo de manera similar hasta 1945. Ahora Estados Unidos busca hacer un pacto entre potencias imperialistas, reditando el viejo multipolarismo, pero con una importante excepción, pues Washington no está renunciando a su predominio financiero y a la hegemonía del dólar, un arma poderosísima.
China y Rusia plantean el multipolarismo de los países en desarrollo, no el de los países desarrollados. Es el multipolarismo del Sur Global, un nuevo multipolarismo donde no haya esferas de influencia, donde no haya repartición del mundo y donde cada país pueda elegir libremente su desarrollo. Estos países no pretenden dominar otras regiones para apuntalar su crecimiento económico. No lo necesitan. China se ha venido desarrollando sin necesidad de dominar a otros países y Rusia se ha fortalecido de la misma manera. Lo único que plantean es que se permita el libre desarrollo de los pueblos, sin estar sujetos a los designios de una gran potencia imperialista.
Por eso, el multipolarismo imperialista de Estados Unidos está condenado a fracasar, porque para que funcione necesita llegar a acuerdos con sus iguales, con otras potencias que jueguen el juego imperial. China y Rusia no encajan en ese perfil. Aceptar ese multipolarismo sería limitar su propio desarrollo, así como el de los demás países del Sur Global. Si el estudio de la historia y del presente nos permite hacer algunas proyecciones hacia el futuro, la conclusión que se deriva es que Rusia y China seguirán impulsando el nuevo multipolarismo en lugar de moder la manzana envenenada que les ofrece Donald Trump.
Ehécatl Lázaro es maestro en Estudios de Asia y África, especialidad China, por El Colegio de México.
