Por Betzy Bravo | Marzo 2025
Atenta, escucho el dolor. El dolor como prueba de la vida pasada. No existen otras pruebas, desconfío de las demás pruebas. Son demasiados los casos en que las palabras nos alejaron de la verdad.
Reflexiono sobre el sufrimiento, que es el grado superior de información, el que está en conexión directa con el misterio. El misterio de la vida. La literatura rusa en su totalidad habla de esto. Se ha escrito más sobre el sufrimiento que sobre el amor. Y las historias que yo escucho también.
Svetlana Alexiévich
Svetlana Alexiévich (1948) explora en su obra los distintos matices del dolor y el sufrimiento humanos. A través de testimonios individuales, ofrece una mirada crítica sobre la Segunda Guerra Mundial. La guerra no tiene rostro de mujer reconstruye el combate de las mujeres del Ejército Rojo contra el Ejército nazi. Esta exploración testimonial le valió parte del reconocimiento que la llevaría a ganar el Premio Nobel de Literatura en 2015, y se distingue por dos grandes fortalezas: la reivindicación de la experiencia de las mujeres en la guerra y su notable atención a la individualidad de cada testimonio. Ella dice:
La guerra sigue siendo un gran misterio. Para descifrar el misterio intento reducir la gran historia hasta darle una dimensión de persona. Espero hallar las palabras. Porque en este terreno supuestamente reducido y cómodo para la observación, en el espacio de una sola alma humana, todo es aún menos concebible, menos predecible que en la Historia. Me encuentro ante las lágrimas vivas, ante los sentimientos vivos. Ante un rostro humano real, al que durante la conversación recurren sombras de miedo y de dolor. (Alexiévich, 2016, 178).
Svetlana Alexiévich se aleja de la gran narrativa histórica, sumergiéndose en la dimensión íntima y subjetiva de la experiencia humana. Es ésta su visión filosófica y literaria. Alexiévich no pretende describir la guerra con base en las estrategias militares ni desde el oficialismo; a través de las voces de quienes la vivieron en su cotidianidad, especialmente las mujeres.
Cuando dice: “intento reducir la gran historia hasta darle una dimensión de persona”, nos muestra su método: fragmentar la historia en relatos individuales, porque, para ella, es en la experiencia concreta individual donde residen las emociones, el sufrimiento y la verdad humana. Sin embargo, en su siguiente afirmación, introduce una paradoja profunda: a pesar de reducir la escala, la comprensión no se vuelve más sencilla. De hecho, puede ser aún más inasible: “todo es aún menos concebible, menos predecible que en la Historia”. Esto sugiere que la guerra, cuando es observada desde la perspectiva de quienes la vivieron, se vuelve un caos emocional y moral que desafía cualquier intento de simplificación o categorización.
La parte final de la cita es especialmente impactante: “Me encuentro ante las lágrimas vivas, ante los sentimientos vivos”. Aquí Alexiévich se posiciona como testigo de lo inmediato y lo humano. Su material no es frío ni distante; son las emociones en carne viva. Al hablar de “un rostro humano real” y de “sombras de miedo y de dolor” que emergen en la conversación, refuerza la idea de que su trabajo no es sólo una recopilación de testimonios, sino una confrontación con el sufrimiento en estado puro. Esa cita va más allá de describir su método, plantea una reflexión más profunda sobre la dificultad de comprender el sufrimiento humano.
Es grandiosa la valentía de Alexiévich al recapitular, en La guerra no tiene rostro de mujer, cómo un millón de mujeres combatió en las filas del Ejército Rojo. Este hecho la confrontó con autoridades soviéticas que se resistían a que salieran a la luz relatos particulares que demeritaban la posición de militares rusos. Aunado a eso, Alexiévich escuchó cientos de recuerdos de viva voz de quienes entregaron su vida por defender a su país. Algunas memorias son tan cruentas que no todas las almas soportan vivirlas o escucharlas, y Alexiévich se atreve a sistematizarlas. Un testimonio que había sido censurado en la primera edición del libro revela el nivel del horror que la escritora registra:
Alguien nos había delatado…alguien les había dicho a los alemanes dónde estaba el ejército de los combatientes. Rodearon el bosque y cerraron todos los accesos. […] Con nosotros había una operadora de radio que había dado a luz hace poco. Un bebé de un año…pedía pecho…pero la madre tenía hambre, no había leche, el niño lloraba. Los soldados estaban cerca…llevaban a los perros…si los perros le oían, moriríamos todos. Todo el grupo, unas treinta personas, ¿Lo entiende?
El comandante tomó la decisión…
Nadie se atrevía a transmitir la orden a la madre, pero ella lo comprendió. Sumergió el bulto con el niño en el agua y lo tuvo allí un largo rato…El niño dejó de llorar…El silencio…No podríamos levantar la vista. Ni mirar a la madre, ni intercambiar miradas… (Alexiévich, 2016, 36-37).
Svetlana trabaja desde lo coral y lo emocional, tejiendo múltiples voces en torno a un mismo tema. Su libro se estructura según los ejes de las memorias de las mujeres combatientes: la resistencia a recordar lo insoportable, el aprendizaje del manejo de las armas, los momentos felices en medio del combate o la manera en que llegaron a habituarse a la muerte constante de sus compañeros y compañeras.
La compilación de Alexiévich va más allá de la recapitulación de hechos. No se limita a narrar con llaneza el día a día ni a ceñirse a la objetividad de lo cotidiano; en cambio, a través de cada testimonio, desde la vivencia subjetiva, ahonda en la condición humana. Su profundidad no radica en los adornos de su prosa ni en el estilo, sino en su capacidad de transformar la experiencia individual en una reflexión universal.
A diferencia de otros relatos testimoniales, su obra explora con mayor hondura las dimensiones filosóficas y psicológicas del horror. Si bien los libros de testimonio varían en su enfoque narrativo y en la manera de reconstruir la memoria, el valor del trabajo de Alexiévich reside en su habilidad para centrarse en el individuo sin perder de vista un análisis profundo sobre la humanidad y la historia. Mientras que otros relatos (que prefiero no mencionar) se enfocan más en el acontecimiento en sí con un tono más sobrio, Alexiévich nos muestra que la memoria del sufrimiento puede ser más que una carga: en ella puede ocultarse un tesoro:
Antes pensaba que el sufrimiento libera, que, tras superar las penas, el individuo ya solo se pertenece a sí mismo. Que su propia memoria le protege. Pero estoy descubriendo que no, no es una regla general. A menudo este saber e incluso el saber superior (inexistente en la vida normal) existen como un ente oculto, como una especie de reserva intangible y secreta, como las pepitas de oro en una mina. Hay que separar minuciosamente el lastre y buscar bien entre los sedimentos del ajetreo diario para finalmente hacerlo brillar. ¡Para que nos regale su preciada luz! (Alexiévich, 2016, 113).
La obra de Alexiévich es un minucioso proceso de separación entre el dolor y la verdad, entre el horror y la iluminación. Nos recuerda que, incluso en los más oscuros episodios de la Historia, hay destellos de comprensión que pueden transformarse en luz. En la escritura de Alexiévich, el testimonio deja de ser un relato llano y se convierte en una revelación que nos permite ver con mayor claridad la compleja naturaleza humana.
Betzy Bravo es maestra en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
