Historia y materialismo

Por Miguel Alejandro Pérez | Enero 2025

El materialismo marxista superó los límites de la filosofía de Feuerbach al abandonar el enfoque de este último en el ser humano abstracto y concentrarse en cambio en la actividad práctica de la humanidad socializada, sosteniendo empero la premisa feuerbachiana de que el ser social es sujeto y la conciencia social predicado. El materialismo marxista también afirmó que la raíz del ser humano se encuentra en el ser humano mismo, aunque criticando el humanismo abstracto de Feuerbach que presentaba una visión del ser humano como un ser esencialmente contemplativo, ignorando la importancia de la práctica social. La antropología de Feuerbach establecía en efecto una oposición irreconciliable entre un ser humano genérico y la naturaleza, separando de manera abstracta lo material de lo ideal, al igual que el dualismo clásico.

El materialismo marxista, por otro lado, incorporó las perspectivas materialistas de Feuerbach recuperando los logros de la dialéctica hegeliana. Al hacerlo, superó las limitaciones tanto del realismo acrítico como del criticismo no-realista, dos puntos de vista que, a pesar de ser opuestos, comparten la tendencia de basarse en sendas abstracciones: tales son los conceptos de un objeto absoluto y un sujeto puro, respectivamente.

A diferencia del materialismo premarxista del siglo XVIII, el materialismo marxista no ve la realidad como un objeto inerte, sino como actividad humana. Así, establece una concepción de la historia que es el resultado de la creación continua de la actividad humana. En este proceso, el ser humano se desarrolla y se produce a sí mismo, siendo al mismo tiempo causa y efecto de las condiciones de su ser. Por consiguiente, el marxismo materialista no postula una postura determinista en la que el factor económico se convierte en el demiurgo de la historia, sino que los seres humanos son los autores y actores de su propio devenir histórico. La perspectiva del materialismo marxista rechaza la idea de que los seres humanos sean simplemente objetos pasivos de las fuerzas económicas o históricas.

El materialismo marxista sostiene en cambio que la historia no es una entelequia que utiliza al ser humano como instrumento, sino la actividad práctica del propio ser humano persiguiendo sus fines. En otras palabras, la historia no es simplemente el reflejo de motivaciones individuales ni está predestinada de manera invariable; es un proceso en el que los elementos particulares y universales se entrelazan, permitiendo a los actores históricos influir en el curso de los acontecimientos mientras también están sujetos a determinaciones más amplias.

Contra lo que algunos de sus detractores más empedernidos han señalado, el materialismo marxista no niega la libertad ni reduce al individuo a una mera pieza de un engranaje económico o histórico. Pero la libertad, desde esta perspectiva, es entendida como conciencia de la necesidad, permitiendo al ser humano actuar con energía y determinación, consciente de las condiciones que lo rodean sin perder su capacidad de acción. En este sentido, se ha argumentado que incluso la negación del libre albedrío no conduce necesariamente al fatalismo. Tanto Oliver Cromwell como Martín Lutero, por ejemplo, creían firmemente que sus acciones eran necesarias y predestinadas, lo que no les impidió perseguir sus objetivos con determinación. Ambos ejemplos ilustran cómo la conciencia de la necesidad puede, en lugar de paralizar, infundir a las personas la energía necesaria para la acción.

Finalmente, el materialismo marxista plantea que la libertad y la necesidad no son opuestas, sino que pueden reconciliarse. Cuando el ser humano actúa de acuerdo con las condiciones que lo determinan, pero al mismo tiempo las transforma conscientemente, encuentra en esa acción la mayor expresión de su libertad. Esta identificación de libertad y necesidad representa, en última instancia, la expresión más pura de la actividad humana dentro de las limitaciones objetivas de la realidad.

Desde este punto de vista, la historia no es un proceso fijo o mecánico, sino un ámbito de interacción entre libertad y necesidad, dentro del cual los individuos no están atrapados en un determinismo rígido, sino que se desenvuelven en una estructura donde pueden ejercer cierta actividad e iniciativa. El materialismo marxista propone en fin una concepción unitaria y dialéctica de la historia como un proceso en donde las formas establecidas se enfrentan constantemente a fuerzas renovadoras.


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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