Por Betzy Bravo | Enero 2025
En el renombrado cuadro de Botticelli, El nacimiento de Venus, encontramos la belleza en su condición originaria: está Venus, la diosa del deseo, desnuda y con largos cabellos desplegados, agitados por dos vientos que lanzan flores vertiginosamente. Venus se halla sobre la proverbial concha que flota sobre el agua quieta, cerca de la orilla, surcada de líneas que componen ángulos hacia arriba a través del cuadro, y se mezclan con las flores.
La espuma del mar y los vientos que esparcen esas flores cubren de un polvo opaco la escena familiar. Urano fue castrado por su hijo Cronos con la famosa hoz, éste arrojó al océano los testículos de su padre. Entonces el semen que ellos contenían se esparció por el mar y produjo la espuma marina de la que nació la celestial Venus, hija de Urano, sin madre, sin tal principio material.
La compleja composición de luz, espacio y color, sienta las bases para que la pintura alcance madurez y apreciemos la belleza como uno de los más grandes tesoros. El sentimiento estético provocado por la pintura de Botticelli o por las obras de arte en general es compartido por mucha gente. Hay un juicio estético en común en la sociedad, es decir, una obra de arte logra despertar un sentimiento común que traspasa los juicios subjetivos, individuales. Un sentimiento estético como este, provocado por la pintura en particular y el arte en general, no quedará ya, en y después de Immanuel Kant, en una concepción limitada de lo bello. Antes de Kant lo bello era definido con elementos armónicos, con justa proporción entre los componentes. Era esto lo que podía ingresar en el campo de la sensibilidad común, algo estrictamente ligado a las proporciones de la razón; el caos no era permitido como elemento artístico. Pero Kant no consideró como conocimiento un juicio como tal sobre lo bello o sobre el gusto, pues para él, dicho interés no recae en las cualidades del objeto sino que establece una relación inmediata entre la imaginación y entendimiento para evaluar no al objeto, sino al sentimiento de placer o displacer que algo suscita en el espectador. No se trata entonces de un proceso que pueda ser completamente evaluado como conocimiento de algún objeto sino que sobre todo han de ser consideradas las sensaciones subjetivas de placer o displacer.
Este planteamiento kantiano da pauta para establecer una relación entre lo que consideramos bello y su fundamento u origen. Un ejemplo de ello es el momento siniestro en que Cronos corta los genitales de su padre y da lugar a la espuma del mar, subrayada por Botticelli. Lo resaltado por el artista queda bellamente plasmado, con base en un suceso tétrico. Poliziano clarificó esa sugerencia explicando así el origen distintivo del universo: del horror surge lo bello, o bien, de lo uno puede surgir lo diverso. La crueldad caracteriza, entonces, la transición de la unidad a la diversidad, y viceversa: esto se observa cuando Cronos devora a sus hijos, la imagen que el Barroco expresa en toda su crudeza (Rubens) y alcanza su máxima expresión en la representación de la misma escena por parte de Goya.
Botticelli omite la revelación siniestra de la castración y fundamento de la belleza de Venus; en cambio, devela instantánea y fugitivamente lo bello, que, en el fondo, tiene un soporte horrible y tenebroso. La belleza superficial que presenta Venus es en realidad un velo, una apariencia que está sustentada por un abismo sin fondo en el que la visión puede perderse y en donde se resquebraja todo efecto de belleza. Eso es lo inhóspito, lo siniestro y lo horrible, que al revelarse rompe el efecto estético. Sin embargo, es también la condición para que algo se produzca, ese velo que resplandece es el que reverbera ante nuestros ojos. El arte posee el caos velado por una forma ordenada. Por medio del juicio del gusto, experimentamos, comprendemos y comunicamos universalmente de qué manera nos afecta la representación del objeto juzgado como bello.
El derecho a las cosas bellas
De manera que el sentimiento estético en común es dado igualitariamente, pues todos reconocemos universalmente lo horrible o lo bello: es una afectación dada en general. Esta capacidad de juicio estético es una experiencia humana común, que va más allá de los sentimientos estéticos inherentes a determinadas acciones humanas (sentimientos como el asco, la tristeza, el enojo, la alegría, etc.). Éstos, que operan de manera constante en nuestra vida cotidiana, permiten emitir juicios estéticos (“esto es bello” o “esto es feo”, por ejemplo) de acuerdo con las circunstancias de cada individuo. Sin embargo, existe una dimensión más profunda: algunos sentimientos estéticos se generan de manera inmediata y coinciden entre personas diversas, independientemente de sus diferencias sociales o culturales. En este sentido, el arte tiene la capacidad de construir un principio de igualdad.
A través del arte, podemos darnos cuenta de que, más allá de nuestras particularidades, existe algo que nos hace iguales como seres humanos: la experiencia universal del placer o displacer ante una obra artística. Esta experiencia igualitaria se manifiesta en el deleite por la belleza de un cuadro, en la conmoción provocada por una obra de teatro que denuncia una tragedia, o en el rechazo que genera un fotograma perturbador.
Sin embargo, bajo las relaciones capitalistas de producción, la dimensión igualitaria del arte enfrenta importantes limitaciones. En dicho sistema el acceso a la creación y al disfrute del arte no están garantizados. Para que sí se garanticen tales oportunidades, es imprescindible que existan condiciones materiales básicas que permitan a las personas vivir con dignidad: es más, para que las personas vivan dignamente, el ámbito espiritual no puede ser eliminado. Por otro lado, es importante que el arte sea accesible a gran escala y que las y los creadores reciban apoyo suficiente, por parte del Estado, para desarrollar su trabajo. Lamentablemente, en el Sur global estas condiciones han sido negadas históricamente, de modo que no se ha materializado la igualdad que el arte posee en potencia.
En un sistema tal, en donde prima el beneficio económico sobre el impacto espiritual y social, el arte pierde su capacidad de construcción de igualdad, es por eso que la reivindicación del acceso universal a las obras de arte es un acto político: se trata de un recordatorio de nuestra humanidad.
Betzy Bravo es maestra en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
