Desigualdad y vivienda

Por Samira Sánchez y Gladis Mejía | Enero 2025

Es innegable que desde hace algunas décadas la categoría desigualdad se ha transformado en un lente explicativo para muchos de los problemas. América Latina y el Caribe es considerada como la región más desigual del mundo (ONU-Hábitat, 2014). La desigualdad se expresa en la distribución del ingreso, pero también en el hábitat y en el acceso a bienes y servicios (educación, salud, financiamiento), a oportunidades de empleo, al patrimonio y al espacio público. Constituye un proceso multidimensional, multiespacial y condensa diferentes temporalidades. Esto quiere decir, que es posible reconocer distintas esferas interrelacionadas en las que se pueden pensar las desigualdades, configurando formas desiguales de vivir.

La vivienda y la desigualdad de ingresos tienen una relación muy estrecha, particularmente bajo el término asequibilidad de la vivienda. Esta se determina si los ingresos de un individuo son suficientes para pagar una vivienda sin causar una excesiva dificultad financiera. Actualmente la desigualdad de los ingresos está aumentando mientras que la vivienda en las grandes ciudades es cada vez menos asequible para un número cada vez mayor de personas. Asimismo, la desigualdad de los ingresos está determinada en alguna medida por la vivienda, ya que esta es el espacio físico donde se desarrolla la familia, la interacción más básica en la que se desarrolla el individuo y que por lo tanto sus características son condicionantes para las oportunidades de la persona.

Miradas de la desigualdad

El problema de la desigualdad tiene fuerzas económicas, políticas, culturales y sociales más allá del control inmediato del individuo. Su estudio consiste en explicar las determinantes y las consecuencias de la distribución desigual. Olin Wright (1994) desmenuza las visiones de la desigualdad y las divide en monádicas y relacionales. En este sentido una distribución desigual de un recurso como el ingreso se puede entender de dos formas. En la visión monádica de la desigualdad del ingreso se suponen individuos que no viven en una sociedad, sino que cada uno depende de su esfuerzo individual. En cambio, en la visión relacional, el ingreso de una persona es parte de un proceso de relaciones sociales que se establecen, por ejemplo, el hecho de que tu ingreso dependa de un trabajo entregado a otra persona, la explotación, hace de la distribución del ingreso un proceso relacional. Teóricamente, ubicarse en el proceso monádico o en el proceso relacional condiciona las conclusiones sobre las causas y las consecuencias de la desigualdad.

Theborn en su libro “The Killing Fields of Inequality” (2013) asume que la desigualdad en el ingreso es reflejo de la acumulación de una pluralidad de desigualdades: acceso a la educación, trabajo, cohesión comunitaria, movilidad social y las asociadas al origen étnico o al territorio. Theborn (2013) explica la desigualdad del ingreso como una especie de causación acumulativa donde la desigualdad del ingreso depende de una acción conjunta de varias condiciones independientes que producen un resultado. Asimismo, se ubica, de acuerdo con la división que hace Olin Wright, en el enfoque relacional, pues asume relaciones sociales en la explicación de la desigualdad.

Theborn hace una reflexión en torno a los tipos de desigualdad y sus mecanismos. De esta forma, relaciona tres tipos de desigualdad: a) la desigualdad vital, que se refiere a la desigualdad socialmente construida entre las oportunidades de vida a disposición de los organismos vivos. El tratamiento de esta desigualdad se realiza con la evaluación de las tasas de mortalidad, la esperanza de vida, la morbilidad y otros indicadores de salud infantil; la desigualdad existencial, es decir, la asignación desigual de los atributos que constituyen a la persona, es decir, la autonomía, la dignidad, el grado de libertad, el derecho al respeto y al desarrollo de uno mismo; c) la desigualdad de recursos, que asigna a los individuos recursos desiguales para actuar. Aunque las tres dimensiones de la desigualdad interactúan y se entrelazan, cada una tiene su propia dinámica y no siempre convergen (p.52).

Como mencioné arriba Theborn (2013) entiende la distribución del ingreso como un proceso relacional, es decir que toma en cuenta la explotación, la apropiación de trabajo ajeno, como una de las causas de la explotación. Sin embargo, además de la explotación, propone otros tres mecanismos de la desigualdad que presuponen este. En primer lugar, menciona el distanciamiento, es decir, la distancia social que es parte de un sistema que está creado para forjar ganadores y perdedores. Luego menciona la exclusión, que se refiere a las barreras y obstáculos materiales e ideológicas que son erigidas por quienes están por delante y son más aventajados que los demás. Finalmente, la jerarquización es una barrera divisoria entre inferiores y superiores. Estos mecanismos son tipos de procesos sociales que producen cierto resultado distributivo; operan entre individuos como entre regiones de la economía mundial.

Si bien los distintos enfoques de la desigualdad hablan casi siempre de la desigualdad en el ingreso, esto es relevante para la desigualdad en el atributo de la vivienda que suele tomarse en las mediciones de la desigualdad de riqueza. En los próximos apartados tomaré a la vivienda como eje transversal para reflexionar sobre el hecho de que sus condiciones en la concepción más amplia (con servicios y equipamiento urbano) desarrollan los tipos de desigualdad de Theborn.

Desigualdad y vivienda

La vivienda se distingue de otros bienes en el mercado porque sus materias primas son fijas, como el suelo; su arraigo al lugar lo vincula inextricablemente a aspectos vitales más allá simplemente de proporcionar un refugio; su producción tiene lugar durante largos periodos y es de costo intensivo; y también se le atribuyen valores altamente emocionales. Por tanto, la vivienda se diferencia de otros bienes y servicios del mercado porque para la inmensa mayoría de las personas no es opcional adquirirla, ya que el resultado sería quedarse en la calle. En el mercado de la vivienda nueva y terminada, esto crea un equilibrio de poder y elección entre los proveedores –desarrolladores y terratenientes- y aquellos que la necesitan, lo que se traduce en fenómenos como la especulación, que ponen en desventaja al que necesita de una vivienda para habitarla y sobre toda a aquellos cuyos ingresos son insuficientes para adquirirla (Trilla i Bellart, 2014).

La desigualdad de la vivienda se refiere a la distribución desigual de las condiciones adecuadas que una familia necesita para desarrollar sus capacidades. La forma más gráfica en que se expresa la desigualdad de la vivienda es en la polarización residencial. Esta se expresa entre las áreas residenciales de ricos y pobres y, por tanto, en la distribución de viviendas formales e informales, localizadas unas en barrios pobres con acceso limitado a servicios. Asimismo, el acceso a una vivienda y a un lugar adecuado de la vida urbana es una función de procesos económicos y sociales que condicionan la capacidad de los hogares para el acceso a recursos.  La exposición de un individuo a la pobreza y la delincuencia, o sus expectativas de salud, educación e ingresos, no solo son medibles sino también predecibles de acuerdo con el lugar en el que vive (Saraví, 2004).

En ese sentido, mediante la desigualdad en la vivienda se desarrollan los tres tipos de desigualdades de la vivienda:

La desigualdad vital está relacionada con las condiciones de la vivienda. La vivienda ha sido uno de los determinantes relacionados con las desigualdades de la salud. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, la vivienda actúa en cuatro dimensiones interrelacionadas. La primera es la dimensión del hogar, el estrés ocasionado por la insatisfacción con respecto a los condicionantes de la vivienda, la falta de privacidad, pueden ocasionar ansiedad depresión e insomnio. Un elevado costo de la vivienda también puede conducir a un estrés psicológico, dificultar cubrir otras necesidades básicas como la alimentación. La segunda dimensión son las condiciones físicas de la vivienda, los aspectos de habitabilidad como la humedad, el moho, la baja temperatura, una mala ventilación se relaciona con patologías respiratorias. El hacinamiento es la tercera dimensión, pues es una fuente de enfermedades infecciosas y condiciones mentales como una mayor irritabilidad. Finalmente, un inadecuado entorno físico y comunitario puede derivar en un sufrimiento psicológico, problemas mentales, conductas de riesgo e incluso mayores tasas de mortalidad por todas las causas. Asimismo, la percepción de inseguridad en la colonia puede ocasionar una disminución del tiempo fuera del hogar, de la actividad física y de las relaciones sociales (Novoa et. al., 2014).

La desigualdad existencial mediante la desigualdad en el acceso a una vivienda adecuada es menos clara, pero no poder acceder a una vivienda actúa en detrimento de la dignidad de la persona. El reconocimiento como forma del bienestar impacta en la desigualdad existencial. De este modo el reconocimiento desborda la dimensión material, pues las formas en que se reproduce y se piensa la vida no solo dependen de la venta de fuerza de trabajo. Envuelve también dinámicas que no son pensadas regularmente como económicas En este sentido autores como Belmonte (2022) señalan que, aunque varios documentos internacionales reconocen la dignidad de la persona por el simple hecho de ser tal, casi no hablan de cuando la persona no puede llevar a cabo una vida digna. Una persona no puede llevar una vida digna cuando se ve privado de pleno goce de sus derechos fundamentales y de la atención y satisfacción de sus necesidades específicas, como el acceso a una vivienda adecuada.

La desigualdad de recursos mediante la desigualdad en el acceso a una vivienda adecuada ha sido tratada de la forma en que el lugar de la vivienda condiciona muchos otros ámbitos de la vida cotidiana. Uno de ellos es el acceso a un empleo bien remunerado, que actúa como el mecanismo más inmediato. En la Ciudad de México plantean que el mayor número de empleos está en lo que denominan ciudad central[1] (Suárez y Delgado, 2007). Por tanto, las familias que residen en la periferia urbana de la Zona Metropolitana de Ciudad de México tienen menos probabilidades de acceder a un empleo y desarrollan mecanismos como el autoempleo, pero que tienen características de precariedad.

La vivienda, por tanto, afecta muchos ámbitos del individuo y de la sociedad. Por tanto, la desigualdad en su acceso desarrolla otros tipos de desigualdad que con el tiempo es más difícil atender. La desigualdad en el acceso a la vivienda produce pobreza y precariedad en la misma, lo que lleva al desarrollo de las desigualdades vital, existencial y de recursos. Asimismo, esta desigualdad acentúa otros mecanismos como el distanciamiento, la exclusión social, la jerarquización e incluso la explotación.


Samira Sánchez es maestra en Estudios Urbanos por El Colegio de México y Gladis Mejía es maestra en Economía por la UNAM

Notas

[1] Compuesta por las delegaciones Benito Juárez, Cuahutémoc, Miguel Hidalgo y Venustiano Carranza de la Ciudad de México.

Referencias

Belmonte, A. F. (2022). La vivienda digna y adecuada y su relación con la dignidad de la persona humana.

Connolly, P. (2009). Observing the evolution of irregular settlements: Mexico City’s colonias populares, 1990 to 2005. International Development Planning Review, 31(1), 1-35.

Di Virgilio, M. M. (2021). Desigualdades, hábitat y vivienda en América Latina. Revista Nueva Sociedad (293).

Gil, F. (2002), La exclusión social, Barcelona, Ariel

Göran Therborn (2013), The Killing Fields of Inequality. Cambridge: Polity Press, pp. 180.

Hernández Pedreño, M. (2008). Exclusión social y desigualdad. Editum. Ediciones de la Universidad de Murcia. DOI: https://doi.org/10.6018/editum.1286

Kaztman, R. (2001), “Seducidos y abandonados: el aislamiento social de los pobres urbanos”, Revista de la CEPAL, núm. 75, pp. 171-189.

Martin, R., Moore, J., & Schindler, S. (2016). Definiendo la desigualdad. ARQ (Santiago), (93), 30-41.

Marini, R. M. (1977). Dialéctica de la dependencia (Vol. 22). México DF: Ediciones Era.

Novoa, A. M., Bosch, J., Díaz, F., Malmusi, D., Darnell, M., & Trilla, C. (2014). El impacto de la crisis en la relación entre vivienda y salud. Políticas de buenas prácticas para reducir las desigualdades en salud asociadas con las condiciones de vivienda. Gaceta Sanitaria, 28, 44-50.

Olin Wright, E. (1994). Interrogating Inequality: Essays on Class analysis, Socialism and Marxism. London and New York, Verso, 271 pp.

Trilla i Bellart, C. (2014). Desigualdad y vivienda. ACE: architecture, city and environment, 9(26), 95-126.

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