Por Aquiles Celis | Enero 2025
En 1921, Walter Benjamin, como menciona el filósofo español Reyes Mate Rupérez, adquirió un cuadro del “pintor expresionista Paul Klee, titulado Angelus Novus,”[1] en el cual podemos ver un ángel que parece petrificado (y horrorizado) por el tiempo y por el espacio. La interpretación que hace Benjamin del Ángel que está dibujado en el lienzo dista mucho de la mirada de otras personas; es decir, nosotros no vemos (¡y no podríamos hacerlo!) lo mismo que él ve en el cuadro. Porque lo que él observa en el cuadro no aparece a primera vista. El horror en el cuadro es una cuestión de perspectiva. Si estuviéramos en el lugar del ángel, contemplaríamos el festival de los horrores que nos describe Benjamin. De esta manera, la mirada de Benjamin es alegórica, es decir, construye y edifica una historia que es ajena o que no está presente en la pintura.
El Angelus Novus acompañó a Benjamin en su periplo por Europa, cuando se movía incesantemente en el viejo continente infestado de fascismo y peligrosamente próximo a la medianoche. Lamentablemente, el cuadro corrió con mejor suerte que su dueño; después de ser rescatado por Theodor Adorno, ahora está exhibido en alguna universidad de Israel. En cambio, Benjamin, terminó con su vida en un cuarto de hotel en Barcelona, aunque, para reivindicarlo, su amigo Bertol Brecht escribió unos versos inmortales: “Me dicen, que, adelantándote a tus verdugos, has atentado contra ti mismo”. Benjamin huía con su tragedia a cuestas, de la Gestapo para evitar ser detenido y enviado, junto con otros judíos revolucionarios, como Primo Levi, a los campos de concentración o la muerte, destino que compartían con los disidentes políticos como los comunistas y los disidentes sexuales.
El cuadro Ángelus Novus, retomando el hilo inicial de nuestra argumentación fue el artefacto artístico con el que escribió la tesis más famosa de su celebérrimo documento Las tesis sobre la historia. A pesar de que ha sido reproducida e interpretada hasta la saciedad, la replicamos nosotros para familiarizarnos con el fin de argumentar paso por paso los elementos que la conforman:
Tesis IX
Para el vuelo están listas mis alas,
Me gustaría volver atrás,
Pues aun cuando me quedara tiempo actual
Poca dicha tendría.
Gerhard Sholem
Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él vemos a un ángel que parece estar alejándose de algo mientras lo mira con fijeza. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y los ojos desplegadas. Ése es el aspecto que debe mostrar necesariamente el ángel de la historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde se nos presenta una cadena de acontecimientos, él no ve sino una sola y única catástrofe, que no deja de amontonar ruinas sobre ruinas y las arroja a sus pies. Querría demorarse, despertar a los muertos y reparar lo destruido, pero desde el Paraíso sopla una tempestad que se ha aferrado a sus alas, tan fuerte que ya no puede cerrarlas. La tempestad lo empuja irresistiblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que frente a él las ruinas se acumulan hasta el cielo. Esa tempestad es lo que llamamos progreso.
Lo que Benjamin veía en el cuadro es un ángel con su trágica mirada que observa el pasado, lleno de desencanto, porque el pasado es una ruina construida de cadáveres sobre cadáveres, arremolinada por el efecto de un viento trágico. Pero a pesar de su petrificación, el ángel de Klee, que Benjamin identificó con el ángel de la historia, quiere tomar partido, detenerse y redimir la suerte de los muertos, deshacer las injusticias y reparar las heridas. Pero sus ingentes esfuerzos son inútiles, el ángel es impotente; no puede hacer nada porque la misma tormenta que arremolina los cadáveres lo detiene y lo expulsa. Es más fuerte la tormenta que el propio ángel que es testigo y víctima del vendaval. Ese huracán, para Benjamin, es lo que llamamos progreso.
Como mencionaba al principio, la novena tesis es, como dice Michael Löwy, el corazón del documento. Todas las demás tesis orbitan a su alrededor y, debido a su importancia, es necesario traducirla al lenguaje común y extraer lecciones valiosas para nuestro tiempo histórico que se encuentra terriblemente urgido de propuestas teóricas y prácticas para cambiar la realidad que parece cada vez más desesperanzadora.
Según Michael Löwy, las ruinas que observa el Ángel de la Historia, testigo elegido por Benjamin para contemplar desoladora e impotentemente, no son, “como en los pintores o los poetas románticos, un objeto de contemplación estética, sino una imagen conmovedora de las catástrofes, masacres y otros trabajos sangrientos de la historia.” Y estas ruinas no fueron provocadas por excepciones como holocaustos o hecatombes; por desviaciones del movimiento de la historia. Las ruinas, las grandes masacres de la historia, los muertos, son provocadas por el devenir natural repetitivo de la historia, guiada por la lógica del progreso.
Toda la sociedad moderna, menciona Löwy, está dominada por la producción de mercancías y sometida, como Sísifo moderno, a la repetición, al siempre lo mismo disfrazado de novedad o de moda. El Ángel de la Historia querría detenerse, curar las heridas de las víctimas, pero la tempestad lo arrastra de manera inexorable hacia la repetición del pasado: nuevas catástrofres, nuevas hecatombes cada vez “más vastas y destructivas”. El Ángel impotente de Benjamin, como ha propuesto Michael Löwy, contrasta con la mirada de la ilustración progresista que proponía la conceptualización de la historia universal y su objetivo de estudio. De esta manera, propone una confrontación implícita contra la filosofía de Hegel, esa inmensa teodicea racionalista que legitima cada ruina y cada infamia histórica como una etapa histórica necesaria para el cambio triunfal de la razón.
¿Cómo detener el avance del Progreso entendido como tempestad? Löwy propone una doble solución benjamineana pero que se puede leer en clave política. “La respuesta (para detener la tempestad, el fatal avance del progreso es doble: religiosa y profana” En este sentido, yo pensaría que esa dualidad se puede replicar en la dicotomía metafórica-política. “Para Benjamin, en la esfera teológica (metafórica) se trata de la realización de la misión del Mesías; su equivalente, o correspondiente profano (político) no es otro que la Revolución.” La irrupción mesiánica/revolucionaria-metafórico/política es, por tanto, la respuesta a las amenazas planteadas a la especie humana por la continuación de la tempestad maléfica y la inminencia de nuevas catástrofes. “Marx dijo que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Pero tal vez las cosas se presentan de manera muy distinta. Puede ser que las revoluciones sea el acto por el cual la humanidad que viaja en ese tren pisen el freno de emergencia. De manera implícita, la imagen sugiere que si la humanidad le permite al tren seguir su camino y nada detiene su carrera vertiginosa, nos precipitaremos directamente en el desastre, el choque o el abismo.”
En este sentido, metafórico-político: metafóricamente sólo el Mesías puede cumplir lo que el Ángel de la Historia es impotente para realizar: detener la tempestad, curar las heridas, resucitar a los muertos y reparar lo destruido y políticamente; únicamente la Revolución será capaz de redimir el pasado ominoso de los subalternos y construir una sociedad más justa basada en el disfrute común de lo construido colectivamente. “La verdadera historia universal, fundada sobre la rememoración universal de todas las víctimas sin excepción, sólo será posible en la futura sociedad sin clases.”
Por otro lado, lo que Reyes Mate destaca de la XI Tesis de la Historia es, en primer lugar, el progreso como caldo de cultivo del fascismo. En palabras de Susan Bok-Moss, el progreso ha sido deificado dentro de nuestra sociedad. “El progreso llegó a ser una religión en el s. XIX: las exposiciones internacionales, sus altares sagrados; las mercancías, sus objetos de culto; el nuevo París de Haussman, su Vaticano.” Dicho progreso fue visto con buenos ojos incluso dentro de los trabajadores fabriles de la época, lo que contribuyó a la ilusión del industrialismo de eliminar la contradicción entre las clases y de realizar la hermandad común.
La reflexión anterior nos aproxima al momento crucial de la historia recogida en la última frase: “Ese huracán es lo que llamamos progreso.” De modo que como interpreta Reyes Mate, “Y si la lógica de la tormenta es la catástrofe, el progreso es catastrófico.” Si pensamos en 1940, cuando Benjamin escribe esos textos, no hacía falta mucha imaginación para adjetivar de catastróficos esos tiempos. Aquella generación había la época de la catástrofe y de las revoluciones. Y en ese preciso momento se anunciaban los tambores de la guerra del nazismo y del hitlerismo en toda Europa. Estos tambores anunciaban que lo peor aún estaba por venir. Según Mate, Benjamin consideraba, que lo tétrico del asunto no era la brutalidad de la guerra, la persecución antisemita del racismo, sino el prestigio y la peligrosidad del progreso.
Aquiles Celis es maestro en Historia por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
[1] Reyes Mate, Medianohe en la Historia, Madrid, Trotta, 2006, p. 156. Reyes Mate señala que Benjamín vio su Ángelus Novus expuesto en Berlín y cuando supo que estaba a la venta en la galería Hanz Goldtz de Munich lo compró aprovechando una visita que hizo su amigo Gersom Sholem a quien pidió que lo guardara hasta encontrar un nuevo apartamento en Berlín.
