Por Ollin Vázquez | Diciembre 2024
Marx en El Capital Tomo I, definió el trabajo como el proceso en que el hombre intercambia materias con la naturaleza y, al transformar la naturaleza para satisfacer sus necesidades, se transforma a sí mismo. En términos generales, cuando el ser humano modifica la naturaleza, pone en marcha todas sus capacidades, tanto físicas como mentales, para cumplir con el objetivo que se ha propuesto previamente, para crear un objeto que satisfaga sus necesidades. El trabajo se diferencia de las actividades que realizan otros seres vivos, como los animales, porque el ser humano proyecta en su cerebro lo que quiere hacer y ese objetivo rige su actuar sobre la naturaleza y supedita su voluntad, y mientras dure el proceso en que el ser humano despliega sus capacidades para transformar la naturaleza en el fin que él se ha impuesto, el trabajador deberá aportar esa “voluntad consciente del fin” (atención), y ésta deberá ser mayor en tanto menos atractivo sea el trabajo para quien lo realiza. El trabajo en sus diferentes manifestaciones, ha sido fundamental para la evolución del ser humano en su transformación física y social, por ejemplo, el aumento en el tamaño cerebral, la formación de las manos, la bipedestación y el desarrollo de las habilidades motoras; así lo han analizado autores como Engels (1876), Hunt (1994), Falk (2007), Tomasello (2009), Wrangham (2009).
En términos generales, durante el proceso de trabajo, el ser humano transforma la naturaleza utilizando herramientas de trabajo y crea productos que satisfacen necesidades. Sin embargo, en el modo de producción capitalista, este proceso adopta una forma particular. Por un lado, el proceso de trabajo, que implica la puesta en acción de las capacidades del trabajador para elaborar un objeto útil, se convierte simultáneamente en un proceso de valorización. Esto significa que 1) los productos generados no están destinados al consumo personal del productor ni del dueño directo, sino que se crean para ser intercambiados en el mercado por dinero, es decir, son mercancías. 2) La nueva mercancía debe tener un valor superior a la suma de valores de las mercancías invertidas en su producción, y este remanente de valor que queda después de haber repuesto lo que se compró de insumos y maquinaria para producir y el pago de los trabajadores que vendieron su fuerza de trabajo al capitalista, es la plusvalía. Al capitalista le interesa producir mercancías únicamente porque éstas son portadoras de plusvalía y en la medida en que las produce de forma continua, puede incrementar el valor de su capital.
Por otro lado, en el capitalismo, la fuerza de trabajo se convierte en una mercancía porque se cumplen dos condiciones: a) el trabajador no posee los medios necesarios para producir y satisfacer sus necesidades y b) es libre ante la ley de vender su fuerza de trabajo a quien él desee. En este contexto, el trabajador recibe un salario a cambio de darle al capitalista un periodo de tiempo —la jornada laboral— durante el cual despliega sus capacidades físicas y mentales para producir mercancías determinadas por el capitalista, en las cantidades y bajo la organización productiva que este establece. De este modo, el trabajador opera bajo el control del capitalista, y el producto final no le pertenece legalmente a él, sino al capitalista.
De lo antes expuesto se deduce que el trabajador no tiene otra forma para adquirir los productos necesarios para satisfacer sus necesidades más que vendiendo su fuerza de trabajo. La tierra, la naturaleza y las máquinas no le pertenecen legalmente, por lo que no puede disponer de ellas para producir sus satisfactores materiales. Forzosamente tiene que ir al mercado a vender su fuerza de trabajo para adquirir los bienes necesarios para sobrevivir en su día a día.
Sin embargo, en el modo de producción capitalista operan diversas fuerzas que provocan que una buena parte de la población se vea imposibilitada de vender su fuerza de trabajo. El modo de producción capitalista requiere sistemáticamente de un ejército de hombres y mujeres desempleados o en el subempleo, que presionen a la baja los salarios y así, disminuyan los costos de producción. A esta población Marx la denominó ejército industrial de reserva y fluctúa durante las fases del ciclo económico: cuando hay bonanza económica disminuye y cuando hay crisis aumenta. Además, hay otros elementos que la hacen fluctuar, como el progreso tecnológico, la concentración y centralización del capital, la migración y políticas laborales y sociales impulsadas por el Estado.
En México, podría decirse que el ejército industrial de reserva en 2023 fue de 45.7 millones de personas, si tomamos en cuenta a los 40.2 millones de personas no económicamente activas (PNEA) –de acuerdo con el INEGI, se denomina PNEA a las personas de 15 y más años de edad que en la semana de referencia únicamente realizaron actividades no económicas y no buscaron trabajo–, a los 1.6 millones de desempleados y 3.9 subocupados –es la población ocupada que tiene la necesidad y disponibilidad de ofrecer más tiempo de trabajo de lo que su ocupación actual le demanda–.
La población real de que el capital dispone para presionar a la baja los salarios de los trabajadores en México es mucho más de los 5.1 millones de trabajadores disponibles para trabajar de la PNEA[1], los 1.6 de desempleados y 3.9 de subocupados, si tomamos en cuenta la gran cantidad de personas que se encuentran en la informalidad laboral, trabajadores que se han visto en la necesidad de autoemplearse para no morir de hambre y que no cuentan con prestaciones sociales, certeza en sus ingresos, salarios dignos y posibilidades de dar la lucha sindical. En 2023, de los 59.4 millones de ocupados, 32.5 estaban laborando en el sector informal, y de éstos, 16.8 millones realizaron actividades económicas con recursos de sus hogares, pero sin constituirse como “empresas”.
El crecimiento o gran tamaño del ejército industrial de reserva influye negativamente en las condiciones de vida y en la explotación de los trabajadores empleados. De acuerdo con Marx:
Cuanto mayor sea la riqueza social, el capital en funciones, el volumen y la energía de su crecimiento, y, por tanto, también la magnitud absoluta del proletariado y la fuerza productiva de su trabajo, tanto mayor será el ejército industrial de reserva. […] Cuanto más grande sea este ejército de reserva en proporción al ejército obrero activo, tanto más considerable será la sobrepoblación consolidada, cuya miseria es inversamente proporcional a su tormento de trabajo (Marx, 1999, pág. 546).
Sin embargo, si el obrero empleado padece porque es explotado, el obrero desempleado está condicionado a la miseria no solo de bienes, sino también de la actividad del hombre que lo caracteriza como tal, que lo hace un ser humano. Además, los que sí logran emplearse no realizan un trabajo que les permite autorrealizarse como seres humanos, los trabajadores en el capitalismo no desarrollan sus capacidades físicas y mentales por el tipo de trabajo forzado y enajenado que realizan. Marx afirmó que:
El trabajo enajenado invierte la relación, de manera que el hombre, precisamente por ser un ser consciente hace de su actividad vital, de su esencia, un simple medio para su existencia. […] en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste (Marx, 1980, págs. 108-109).
Si bien no se podrá cambiar la cualidad de trabajo enajenado que impide el desarrollo del ser humano en su individualidad, sino hasta que se supere el modo de producción capitalista, donde el trabajo se compra y se vende, en México hay mucho por hacer respecto al gran ejército industrial de reserva y las condiciones de vida de los trabajadores mexicanos. Es importante exigir que en México se garantice un empleo seguro para todos los ciudadanos, puesto que es la principal forma de abastecerse de recursos para satisfacer sus necesidades básicas. De acuerdo con el IMCO, en México se necesitan crear, al menos, 1.2 millones de empleos por año para responder a la necesidad de trabajo de quienes se integran año con año a la Población Económicamente Activa (PEA) y de la gran cantidad de población que se encuentra laborando en el sector informal; sin embargo, no hemos logrado alcanzar esa cifra y consecutivamente, desde hace más de 14 años, la creación anual de empleos no pasa de los 730 mil. Además, los trabajadores ya empleados tienen que pelear porque se cumplan las leyes y se avance en la mejora de sus condiciones de vida, por lo que requieren sindicatos fuertes, democráticos y combativos.
Ollin Vázquez es maestra en Economía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
Notas
[1] La población en edad de trabajar son 100.8 millones. De éstos, 39.8 millones son PNEA, entre los que se encuentran estudiantes, jubilados o pensionados, personas que hacen trabajo en el hogar, etc. De este total, 5.1 millones dijeron que estaban disponibles para trabajar pero que no buscaron trabajo, es decir, si les ofrecieran un trabajo, lo aceptarían.
