Platón político

Por Betzy Bravo | Diciembre 2024

Imaginemos a unos prisioneros que han pasado toda su vida en una cueva oscura, encadenados de pies y manos, con la cabeza inmovilizada de manera que sólo pueden mirar hacia la pared frente a ellos. Detrás de estos hombres hay una luz proveniente de un fuego, y entre ellos y la luz transitan personas que trasladan objetos. Las sombras de estos objetos se proyectan en la pared que los prisioneros observan, siendo las sombras su única realidad conocida. Éste es el inicio de la alegoría de la caverna, que Sócrates le plantea a su interlocutor en el libro VII de La República de Platón.

Si uno de los priosioneros lograra escapar de la caverna, descubriría, con esfuerzo y dolor, que antes vivía entre sombras y que ahora contempla las cosas verdaderas. Al salir, percibiría gradualmente la luz: primero las sombras, luego los reflejos de los objetos en el agua y en otras superficies, y finalmente a los objetos mismos. Más tarde podría contemplar las estrellas durante la noche y, por último, al sol. Tras este recorrido, impulsado por un compromiso ético y político, regresaría a la caverna para liberar a sus compañeros, con la intención de que ellos también conozcan la verdad, aunque quizá lo consideren loco e incluso podrían intentar matarlo dada su aparente locura.

Con esta alegoría, Platón ilustra la condición del ser humano en relación con el conocimiento. La ignorancia se representa con la cueva oscura, habitada por prisioneros que no distinguen casi nada debido a la falta de luz, que simboliza la idea del bien. Ésta se encuentra fuera de la caverna y está representada por el sol.

Según el Sócrates platónico, una vez que quien filosofa ha concluido su formación, tiene el deber de regresar a la polis, a su sociedad, y transmitir el conocimiento verdadero. Este planteamiento, expresado por Sócrates en los diálogos, refleja un profundo compromiso político de Platón con su pueblo.

Platón estaba imbuido en la política desde el gusto personal, el ámbito familiar y por el contexto histórico en el que vivió: estaba inconforme con el régimen político y con la injusta muerte de su amigo y maestro Sócrates, así lo declara en su Carta VII:

[…] yo creí que iban a gobernar la ciudad sacándola de un régimen injusto para llevarla a un sistema justo, de modo que puse una enorme atención en ver lo que podía conseguir. En realidad, lo que vi es que en poco tiempo hicieron parecer de oro al antiguo régimen; entre otras cosas, enviaron a mi querido y viejo amigo Sócrates, de quien no tendría ningún reparo en afirmar que fue el hombre más justo de su época, para que, acompañado de otras personas, detuviera a un ciudadano y lo condujera violentamente a su ejecución, con el fin evidente de hacerle cómplice de sus actividades criminales tanto si quería como si no… (324d-325b).

Como señala Giorgio Colli, Platón era un hombre involucrado en los acontecimientos políticos de la sociedad. Su personalidad, orientada a la práctica, lo llevó a proponer ideas educativas con el objetivo de influir en el ámbito ético y político de la sociedad.

Para Platón, la educación (paideia) es, según sus palabras, “la técnica del volverse (têckne tês periagogés) de la forma más sencilla […], no para infundir la vista a alguien que carece de ella, sino para posibilitar la conversión de quien ya posee la capacidad de ver pero la usa incorrectamente, mirando lo que no debe”.[1] Así, no se trata de dar vista a ojos ciegos, sino de guiar a la gente hacia la verdad. Su planteamiento es que, de igual modo que el cuerpo entero debe moverse para que el ojo perciba la luz, el alma debe emprender un viaje desde lo que es ilusorio hasta llegar a contemplar la verdad, por más doloroso que sea el proceso.

El filósofo-rey, que no es más que la persona politizada y educada, debe ser capaz de contemplar el espectáculo de la verdad. Su educación es, según Platón, un “volverse (periagogé) del alma desde un día sombrío hacia un día verdadero, un camino ascendente hacia la realidad, al que propiamente llamamos ‘filosofía’”.[2] Este ascenso está representado en la alegoría de la caverna, cuando el prisionero escapa y se dirige hacia lo más luminoso. Para Platón, la formación académica por sí sola no basta para que alguien sea capaz de gobernar, y mucho menos si no conoce suficientemente la realidad. Una sociedad excelente, como la que anhelaba Platón, sólo puede existir si está conducida por personas igualmente excelentes.

Quienes han alcanzado un nivel alto de conocimientos no deben guardarlo para sí mismos, sino comprometerse a trabajar en conjunto con la sociedad para lograr su liberación. En el Estado que Platón propone, quienes gobiernan tienen la obligación de ocuparse de los demás una vez que están preparados para ello. La idea del bien, cuando se aplica con base en un amplio conocimiento, ilumina y transforma: allí donde llega su luz, se construye lo justo, lo bello y lo bueno, y no hay lugar para la iniquidad.


Betzy Bravo es maestra en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

Referencias

Giorgio Colli, Platón Político (Traducción: J. Reventós Barlam), México: Editorial Sexto Piso, 2011.

Platón, República, Parménides, Teeteto, (vol. II) (Traducción: C. Eggers Lan), Madrid: Editorial Gredos, 2014.


[1] Platón, República, 522c.

[2] ídem, 521c.

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