Por Jenny Acosta | Noviembre 2024
El 14 de noviembre de 1831 falleció uno de los filósofos más grandes de toda la historia de la humanidad: Georg Wilhelm Friedrich Hegel. Hegel nació en Stuttgart el 27 de agosto de 1770. En ese entonces, Stuttgart pertenecía al ducado de Wurtemberg, que contaba con algunas políticas “progresistas”, como el apoyo a la educación de algunos jóvenes, lo que benefició a Hegel, pero también al poeta Hölderlin y al filósofo Schelling. En esta escuela financiada por el duque de Wurtemberg, Hegel entabla amistad con los dos pensadores ya mencionados; su estancia en aquella institución estaría marcada por la lectura de Immanuel Kant, quien en esos momentos encabezaba una de las revoluciones teóricas más importantes de la filosofía occidental al sostener principios cosmopolitas y la necesidad de que el pensamiento humano fuera libre e independiente de las estructuras y límites que social e históricamente se le habían impuesto. ¡Sapere aude! “¡Atrévete a pensar!”, era la consigna de la filosofía en aquellos momentos.
Tras finalizar su periodo de preparación en el seminario, Hegel se dedicó a servir como preceptor, es decir, como profesor privado para los hijos de algunas familias adineradas; sin embargo, Hegel buscaba la forma de salir de estos trabajos y lo logra al encontrar un puesto como profesor en Jena. En esta ciudad, Hegel culmina una de las obras filosóficas más importantes de la historia humana: La fenomenología del espíritu, que es también la obra que cimenta su posterior producción filosófica. La fenomenología no es el primer escrito de Hegel, tampoco es el primero que publica, pero sí es el primero que publica con su nombre. Antes de escribir La fenomenología del espíritu, Hegel había realizado diversos manuscritos, pero nunca los publicó debido a las ideas subversivas que contenían y que habrían significado, debido a la censura que existía en casi todos los ducados de la actual Alemania, el fin de su carrera como filósofo. En estos escritos de juventud, muchos de ellos realizados mientras Hegel era preceptor privado, hay ideas que, posiblemente desde la percepción actual, sean poco revolucionarias. Sin embargo, sostiene Jacques D’Hondt —uno de sus principales biógrafos—: “En ningún lugar del mundo, salvo quizá en Francia —durante los episodios más radicales de la Revolución Francesa— pudo Hegel haber publicado sus radicales ensayos de juventud”.
Esta vena revolucionaria del filósofo no siempre es conocida, reconocida, ni aceptada. Algunos de sus lectores más reconocidos por la militancia revolucionaria, Karl Marx especialmente, no pudieron conocer la mayoría del trabajo teórico que Hegel realizó. Incluso Lenin no llegó a ver publicados los manuscritos más subversivos del filósofo. Sin embargo, a pesar de los desacuerdos que mostraron contra el sistema filosófico hegeliano en algún momento de su actividad, reconocieron en el filósofo elementos cruciales para la actividad revolucionaria y para la comprensión crítica de los distintos momentos históricos de la humanidad. Alexandr Herzen, uno de los tantos rusos que lucharon contra la autocracia zarista en tiempos de Alejandro II, sostuvo que Hegel era el álgebra de la revolución debido a las herramientas críticas que su teoría aporta a quien lo estudia. Algunos años después, Lenin reconoce la verdad en la sentencia herzeniana, y el estudio que hace de la Lógica de Hegel y de El capital de Marx lo llevan a concluir que sin la comprensión de las bases lógicas que Hegel aporta es imposible comprender el contenido de la obra magna de Marx.
A pesar de las múltiples valoraciones negativas que pueden encontrarse hacia el sistema de Hegel, acusándolo de defensor del Estado, la investigación minuciosa y crítica que se ha hecho a este respecto indica que valorar a Hegel como “filósofo del Estado” es, cuando menos, impreciso. El Estado prusiano que Hegel conoció tenía en su interior dos tendencias contradictorias: una que buscaba mantener y reforzar la monarquía bajo los principios del absolutismo (encabezada por Karl Ludwig von Haller), y otra que pugnaba por la creación de una monarquía constitucional, la unificación alemana y el derecho al voto popular (encabezada por Karl August von Hardenberg). Hegel pertenecía más bien al segundo grupo; sin embargo, en los momentos más revolucionarios de su obra hay planteamientos que se atreven a ir más allá, por ejemplo, en el “Programa del idealismo alemán”, dice el filósofo: “Debemos ir más allá del Estado. Porque todo Estado se ve en la obligación de tratar al hombre libre como un dispositivo mecánico; y esto es lo que hay que evitar; por lo tanto, ha de desaparecer”. Hegel es un filósofo que piensa las contradicciones de los fenómenos, que no busca encontrar la calma, por lo que es capaz de notar que, aunque el estado prusiano de su tiempo requiere transformaciones específicas y defiende esas transformaciones, sabe que estas no son el fin, sino solo un momento en el desarrollo de esta construcción humana, que como todas las otras, ha de llegar a su fin.
El círculo íntimo de Hegel, muchas veces olvidado y desdeñado por los estudiosos del hegelianismo, muestra que Hegel pertenecía al sector más progresista de su tiempo. Friedrich Wilhem Carové, quien fue su ayudante, era miembro de un grupo estudiantil surgido tras las guerras napoleónicas, que profesaba ideales constitucionalistas y de unificación nacional. Carové fue acusado de sedición y perseguido por la corona prusiana. Lo mismo sucedió con Leopold von Henning, otro asistente universitario de Hegel, que también pertenecía al mismo movimiento estudiantil y debió huir de Prusia por sus ideales liberales. Incluso Johann Friedrich Tucher, cuñado de Hegel, era un liberal conocido e investigado por las autoridades. A ninguno de ellos Hegel negó su apoyo, y en varias ocasiones buscó los medios a su alcance (aunque limitados) para ayudarlos a esquivar la persecución policial.
Cuando Hegel fallece, Berlín era asediada por una epidemia de cólera y por la persecución de la policía contra los movimientos estudiantiles que se oponían a la monarquía absoluta. Debido a estos dos factores, era poco probable que el séquito fúnebre del filósofo contara con muchos asistentes, ya sea por el temor a contagiarse o a que la policía aprovechara la ocasión para arrestarlos. Sin embargo, cuenta la señora Hegel que en el sepelio había “una fila innumerable de coches” y “un cortejo de estudiantes tan largo que se perdía de vista”; ni el temor al cólera ni la prudencia frente a la policía impidieron que los alumnos de Hegel acudieran en grandes cantidades a despedir a quien consideraban el guía intelectual de su movimiento.
Afortunadamente, hoy en día se están llevando a cabo investigaciones que demuestran que la filosofía hegeliana, y su principio de transformación constante, es invaluable y fundamental para analizar nuestro tiempo, sus problemas y algunas alternativas para solucionarlos.
Jenny Acosta es maestra en filosofía por la UAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
Bibliografía
D’Hondt, J. (2002). Hegel, Tusquets, España.
Lenin, V.I. (2000) Cuadernos filosóficos, Ayuso, España.
Marx, K. (2015). El capital, Fondo de Cultura Económica, México.
