Por Jesús Lara | Noviembre 2024
En algún momento de la década de los cincuenta del siglo XIX, Carlos Marx actualizó radicalmente su teoría de los salarios (Mandel, 1971). El resultado de esta actualización lo podemos estudiar en los capítulos relevantes del primer tomo de El Capital (1867) y otros escritos populares como Salario, precio y ganancia (1865). Sin embargo, la concepción sobre los salarios que Marx abandonó en los cincuenta quedó plasmada en textos que ahora son clásicos de la tradición marxista, como son los Manuscritos económico-filosóficos (1844), Miseria de la filosofía (1847), Trabajo asalariado y capital (1949), pero, sobre todo en el Manifiesto del Partido Comunista (1948). Esto ha provocado importantes confusiones cuando se analiza la cuestión del salario desde una perspectiva marxista.
¿Por qué esto es importante? Fundamentalmente, porque la principal predicción que se sigue de la teoría inicial de los salarios de Marx es que aumentos permanentes en los salarios reales de la clase trabajadora no son posibles. En términos simples, el planteamiento inicial de Marx y Engels consiste en afirmar que el precio o valor del trabajo, como lo denominaban entonces, está determinado por el costo de subsistencia de los trabajadores, es decir por cuánto cuesta adquirir los bienes necesarios para la reproducción de la clase obrera. Pero esta subsistencia se entiende en términos estrictamente fisiológicos, lo que quiere decir que el valor del trabajo, en torno al cuál fluctúan los salarios, incluye solamente lo estríctamente necesario para la reproducción física de los trabajadores como individuos y como clase.
Las causas de esta tendencia del salario a descender hasta el nivel de subsistencia física eran, por un lado, el cambio tecnológico progresivo que reemplazaba trabajadores por maquinas, así como la continua ruina de los pequeños productores, y, por el otro, la competencia entre trabajadores provocada por el desempleo, acrecentado este último por el crecimiento de la población.
En la teoría original, elaborada por Ricardo y Malthus, los aumentos y disminuciones en el salario real dependen de la oferta y la demanda de trabajo: la demanda está determinada por el ciclo económico, y la oferta por el aumento en la población obrera. Así, cuando hay una elevada demanda de trabajo los salarios pueden subir. Sin embargo, estos salarios más elevados provocan, en tanto implican una mejor calidad de vida, un crecimiento más acelerado de la población obrera. Y este aumento en la “oferta de trabajo” provoca que los salarios vuelvan a descender a su nivel mínimo, de subsistencia fisiológica. En síntesis, los aumentos salariales reales solo pueden ser provisionales, porque ese aumento activa mecanismos (aumento poblacional, cambio tecnológico y ruina de los pequeños productores) que eventualmente revierten esos aumentos, atrapando a la clase obrera en un estándar de vida inmutable. Esta teoría parecía encontrar sustento en la realidad del capitalismo inglés, en el cual no se observaron aumentos en los salarios reales sino, precisamente, hasta la década de los cincuenta. Sin embargo, la teoría adolecía de numerosos problemas lógicos que, eventualmente, Marx identificó puntualmente[1].
Esta corrección puede pasarse por alto fácilmente, en tanto que la formulación central de la teoría del salario en Marx parece ser la misma. En El Capital, Marx afirma: “Al igual que todas las demás mercancías [la fuerza de trabajo], posee un valor. ¿Cómo se determina? […] el valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de subsistencia necesarios para la conservación del poseedor de aquélla” (Marx, 1988: 207). Parece, pues, que estamos exactamente en el mismo punto que 19 años antes, cuando Marx y Engels escribieron el Manifiesto. Sin embargo, inmediatamente después agrega: “Por oposición a las demás mercancías […] la determinación del valor de la fuerza laboral encierra un elemento histórico y moral”. “ […] hasta el volumen de las llamadas necesidades imprescindibles, así como la índole de su satisfacción, es un producto histórico y depende por tanto en gran parte del nivel cultural de un país, y esencialmente, entre otras cosas, también de las condiciones bajo las cuales se ha formado la clase de los trabajadores libres, y por tanto de sus hábitos y aspiraciones vitales”(Marx, 1988: 208).
Es decir, cuando a partir de finales de los cincuenta Marx habla de substistencia, se refiere a un nivel de subsistencia social, no fisiológico, es decir, una subsistencia que, generalmente, incorpora otros elementos además de las llamadas necesidades imprescindibles. Esto quiere decir que el valor de la fuerza de trabajo no es algo fijo, sino que evoluciona en correspondencia con el aumento de las necesidades en una sociedad y momento histórico determinados. Depende, así mismo, de la medida en que la clase obrera es capaz de ir conquistando mejoras en el nivel de vida que se hacen posibles por el aumento en la fuerza productiva del trabajo y la expansión cuantitativa y cualitativa de la producción de mercancías.[2]
Si este es el caso, no debería ser un resultado extraño, entonces, que en la historia del capitalismo observemos periodos más o menos largos de aumentos en el salario real de la clase trabajadora, es decir un aumento en la capacidad de consumo que le otorga la venta de su fuerza de trabajo. Sin embargo, de esta posibilidad, muchas veces verificada en la práctica, no se desprende, ni de lejos, la retórica triunfalista de los propagandistas del sistema que alaban su “capacidad inigualable para acabar con la pobreza”. En primer lugar, porque el modo de producción capitalista tiene una tendencia a aumentar absolutamente a la población sobrante, que está desocupada o que no está empleada de forma capitalista y, por lo tanto, no participa, o al menos no el mismo grado que la población ocupada, de los aumentos salariales. En segundo lugar, las revoluciones constantes de la producción implican un aumento salarial desigual de los distintos tipos de fuerza de trabajo: en otras palabras, los aumentos salariales pueden concentrarse en “trabajadores calificados”, dejando fuera a una parte importante o a la mayoría de la población obrera. En tercer lugar, el desarrollo capitalista es siempre turbulento y desigual geográficamente: mientras unos países y regiones crecen aceleradamente, otras se estancan o decaen. Todos estos factores juntos explican que, incluso en el siglo XXI, a nivel mundial, cientos de millones de personas no tengan las llamadas necesidades imprescindibles satisfechas. Además, Marx coloca el énfasis no solo en esa pobreza absoluta, sino en la relación entre el nivel de vida de la población trabajadora en un momento dado, y las capacidades de esa sociedad para producir una vida distinta que, por la lógica interna del sistema, terminan estando al alcance de solo una parte cada vez más pequeña de la población.
En síntesis, a través del estudio profundo de la realidad y ciencia de su tiempo, Marx logra actualizar, aunque no terminar, su teoría de los salarios. De acuerdo con esta nueva concepción, la lucha por aumentos salariales, y por mejores condiciones laborales en general, no es inútil: es posible vencer. Pero estas conquistas siempre se dan dentro de la misma lógica de un sistema que opera, naturalmente, contra esas mismas conquistas. Por eso, Marx insiste en que la lucha final de la clase trabajadora no debe ser por aumentos salariales, sino por la abolición del trabajo asalariado mismo.
Jesús Lara es economista por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
[1] Al respecto, Marx menciona lo siguiente en El Capital, con respecto a la proposición de que la población obrera responde en la misma dirección que el salario: “¡Bello método de movimiento, este, para la producción capitalista desarrollada! Antes que el alza salarial pudiera motivar cualquier aumento positivo de la población realmente apta para el trabajo, se habría vencido un sinfín de veces el plazo dentro del que debe ejecutarse la campaña industrial y librarse y decidirse la batalla” (Marx, 1988b: 794). Más aún: “De hecho, no solo la masa de los nacimientos y defunciones, sino la magnitud absoluta de las familias está en razón inversa al monto del salario, y por tanto a la masa de medios de subsistencia de que disponen las diversas categorías de obreros” (Marx, 1988b: 801).
[2] El salario fluctúa alrededor del valor de la fuerza de trabajo que, como se mencionó, puede ascender. Pero estas fluctuaciones ya no dependen del crecimiento poblacional, sino exclusivamente del ritmo de la acumulación de capital y del cambio tecnológico (aumento en la composición orgánica del capital): “Para aplicar expresiones matemáticas: la magnitud de la acumulación es la variable independiente, la magnitud del salario la variable dependiente, no a la inversa (Marx, 1988b: 769)” “A la producción capitalista no le basta, de ninguna manera, la cantidad de fuerza de trabajo disponible que le suministra el incremento natural de la población. Para poder desenvolverse libremente, requiere un ejército industrial de reserva que no dependa de esa barrera natural” (Marx, 1988b: 790). Finalmente, “El incremento de los medios de producción y de la productividad del trabajo a mayor velocidad que el de la población productiva se expresa, capitalistamente, en su contrario: en que la población obrera crece siempre más rápidamente que la necesidad de valorización del capital” (Marx, 1988b: 804).
