AMLO: Un recuento de su administración

Por Arnulfo Alberto | Noviembre 2024

En su libro 2018, La Salida, Decadencia y Renacimiento de México, publicado por editorial Planeta en 2017, Andrés Manuel López Obrador nos relata en palabras llanas su visión de país y de gobierno. En ese texto se muestran prístinamente sus planes de gobierno, sus metas y objetivos concretos en caso de ganar la presidencia. Han pasado 6 años desde la publicación de aquel libro y hoy ha finalizado ya su mandato presidencial. Estamos, pues, en posibilidad de hacer un balance objetivo y completo de su administración para determinar si cumplió con las promesas de campaña que hizo al pueblo de México tal como quedaron rubricadas en el mencionado texto.

Su libro está dividido esencialmente en dos partes. La primera, Decadencia, se compone de cinco apartados en los que, a modo de relato histórico, articula su visión del pasado mexicano para evidenciar, a su juicio, la “descomposición” de la clase política en nuestros tiempos. Para él, el problema clave es la pérdida de la dirección moral de los políticos que ha desencadenado la corrupción, el enriquecimiento a cualquier costa, la codicia y el hambre excesivo por lo material. Esto, en un país donde la inmensa mayoría se debate en la miseria y la extrema pobreza.

La segunda parte, llamada Renacimiento, AMLO delinea su programa de trabajo y enumera las promesas que habrá de cumplir en caso de llegar a la presidencia, lo que finalmente logra al vencer a los candidatos del PRI y PAN.

Pasemos a analizar más a detalle algunos de los planteamientos de Andrés Manuel y ver si estos se han materializado. Agruparé estas formulaciones en tres apartados: corrupción, austeridad y economía.

Corrupción

Quizá la principal promesa de campaña de AMLO fue el combate a la corrupción. Sin embargo, cuando habla de este término, no se refiere solo a los “contratos voraces” o a los moches, también incluye lo que llama el proceso de privatización y reducción del estado durante el neoliberalismo.

En cuanto al primer componente, hace referencia profusamente a la asignación de obras y servicios por contrato sin licitación a “amigos” o aliados del gobierno de Peña Nieto. Menciona destacadamente el caso de la empresa Higa de Juan Armando Hinojosa, a quien se otorgó un contrato por 23 mil millones de pesos para la construcción del Hospital de Zumpango a sobreprecio.

El mayor caso de corrupción, a decir de AMLO, fue en el sector energético donde diversos contratistas han saqueado las arcas de Pemex. Aquí también afirma que no se ha construido una sola refinería desde 1979. En el caso de la reconfiguración de la refinería de Minatitlán, arguye que esta debía realizarse en cuatro años, pero que se finalizó en diez con un sobrecosto de 2 mil millones de dólares. Para él no hay razón de que se importe gasolina porque aún representa un negocio para el estado.

Sobre este tipo de corrupción estos son sustancialmente sus ejemplos. Después básicamente lanza una diatriba contra los presidentes Zedillo, Fox y Calderón.

Sobre el segundo componente de corrupción, AMLO arguye que los procesos de privatización llevados a cabo, especialmente en el gobierno de Salinas de Gortari, equivalen a un proceso de acumulación primitiva. Cuando vocifera contra los potentados corruptos y malhechores menciona como ejemplos el saqueo de los bienes estatales y la privatización de cuantiosas empresas públicas en ese sexenio. A esto lo llama pillaje y afirma que es causa del estado de decadencia material y moral del país. También afirma que el grupo que resultó beneficiado de este saqueo es esencialmente el mismo que gobernó el país hasta 2018.

AMLO se planteaba pues acabar con estos dos tipos corrupción del tipo. El problema es que para acabar con la corrupción solo ofrece su palabra y su moralidad, no describe ningún método concreto para acabar con este mal público o para recuperar las empresas públicas que fueron vendidas. Y la realidad así lo constató. Veamos. Sobre los contratos ineficientes y voraces, basta señalar un ejemplo, la obra insigne de AMLO: la Refinería de Dos Bocas. Prometió inaugurarla a mitad de sexenio, es decir, en 2021, pero hasta 2024 aún no refina ni un litro de gasolina. Según la IAE, el organismo de energía mundial, esta empezará a operar en 2025. Además, el sobre costo de la obra se ha disparado más del 100%. Así, ha pasado de un presupuesto inicial de 8 a 16 mil millones de dólares. Y hablamos de la obra más importante de su sexenio a decir de él mismo, donde estuvo a cargo del proyecto una de sus más incondicionales compañeras de batalla, es decir, Rocío Nahle. Esto muestra que el programa de Andrés Manuel fue una lista de improvisaciones más guiadas por resentimiento, impulsividad y mesianismo. AMLO, un político de toda la vida, salida de las filas del PRI, no puede ser tachado de ingenuo, sabía y sabe que la tarea de gobernar no es sencilla, no es solo perforar un pozo como si fuera a extraer agua, por eso engatusó al pueblo de México. Por otro lado, el Tren Maya, otra obra insigne, también ha tenido un sobrecoste de 200%. Además, un caso de corrupción muy sonado en su gobierno fue el de su propio amigo y protector Ignacio Ovalle, director de Segalmex. En esta institución hubo un desfalco de 50 millones de pesos. AMLO se equivocó al creer que con su moralidad era suficiente para compensar años de estudio especializado y profesionalización, ambos productos de la ciencia y el método científico, que a pesar de sus limitaciones con la mejor arma con que cuenta el hombre para conocer la realidad.

Austeridad republicana

Sobre la austeridad republicana, es decir, el recorte de gastos “suntuarios” del gobierno, AMLO gasta mucha tinta hablando de los altos salarios de la burocracia dorada. Hace comparaciones internacionales entre sueldos de presidentes y magistrados de la Suprema Corte y otros altos funcionarios de la burocracia estatal para argumentar que no puede haber gobierno rico y pueblo pobre.  

De acuerdo con su visión, con los ahorros en recortes de salarios y de personal superfluo se podían ahorrar hasta 500 mil millones de pesos para ser canalizados en programas sociales y otros gastos más “productivos”. Básicamente, formulaba que con una “nueva forma de hacer política y con recto proceder”, no habría necesidad de aumentar impuestos ni incrementar la deuda pública. Sin embargo, seis años después, la realidad nacional viene a confirmar que este diagnóstico y propuestas eran falsas pues el ahorro por austeridad solo alcanzó para financiar programas sociales de carácter electoral y que además no son sostenibles en el mediano plazo. Por su rechazo a llevar a cabo una reforma fiscal se dejaron de realizar gastos tan prioritarios en salud, en educación, en infraestructura de servicios básicos y en transporte por mencionar algunos ejemplos.

Crecimiento económico

Finalmente, en el rubro de crecimiento económico, en su libro AMLO prometió un crecimiento de 4% anual, y de 6% en 2024. Sin embargo, el promedio de crecimiento real en su sexenio fue de 0.8% anual y si descontamos el crecimiento poblacional fue de cero prácticamente. En 2024, se estima un crecimiento apenas real de 2% y para el próximo ya se pronostica recesión, es decir, crecimiento negativo. Este nivel de actividad económica es el más desde hace más de veinte años.

Después de toda su retórica sobre el bienestar de las mayorías, llega la hora de la verdad ¿Cómo reducir la pobreza de las mayorías? Y la respuesta grandilocuente de AMLO es: igual que los gobiernos del PRI y del PAN, con transferencias monetarias a los pobres, se crearán nuevos programas para los pobres y se les dará dinero de manera directa, sin intermediarios. ¿Qué de novedoso había en esta solución de AMLO? Ninguna. En ningún país del mundo, los programas sociales de transferencias monetarias directas han sacado de la pobreza a nadie. Lo que sí han logrado es crear un base clientelar, o como él mismo lo afirma, que solo sirven como “mecanismos perversos de control y manipulación con fines electorales”. Ahora se puede explicar la victoria arrasadora de Morena en las últimas elecciones, aprendieron bien la lección de los antiguos dinosaurios de la política: los programas sociales no son más que un arma de control electoral.

Finalmente, en este apartado un objetivo frecuentemente mencionado es que se buscaba generar arraigo de los jóvenes a su tierra y evitar la migración hacia las ciudades o a EE. UU. mediante inversión productiva en el sur. Sin embargo, las cifras de migrantes siguen creciendo día con día. Los programas sociales no lograron que la gente permaneciera en sus comunidades. El pensamiento mágico de AMLO le llevó a creer que era solo cuestión de otorgar algunos subsidios y transferencias monetarias y eso haría el milagro de repoblar los vaciados pueblos de estos estados. La realidad fue más dura y mostró que la fuerza objetiva del capitalismo no es cuestión de voluntad, es una fuerza material que sigue su propia lógica ajena a voluntarismos.

AMLO: subjetivismo radical y redención social

AMLO sí creía en el poder del estado para garantizar seguridad, prosperidad y desarrollo nacional. Quería entonces revivir el viejo modelo económico y político del régimen priista del siglo pasado, pero en circunstancias completamente diferentes con un marco institucional neoliberal que opera como camisa de fuerza y economías más integradas al mundo. Ciertamente,  no planteó nunca un cambio radical dentro de la tradición marxista, si no un cambio dentro del mismo marco neoliberal. Su visión de gobierno fue, al final de día, un intento frágil de keynesianismo que no es sostenible en el mediano plazo. Los cambios que requiere el país son de carácter estructural, no débiles políticas de demanda agregada. Aparentemente buscaba una maquinaria estatal bien aceitada que opera de manera eficiente, sujeta rigurosamente a las leyes y guiada por principios morales explícitos, particularmente el de no robarás, pero en los hechos la intervención estatal se limitó a poner en marcha un plan de desarrollo económico que se redujo a ahorros por “combate” a la corrupción, los ahorros por austeridad en el gasto público y los recortes de personal burocrático, además de empoderar al ejército al usar esa institución en propósitos que no le competen. Pero al mismo con estos míseros ahorros, que alcanzaban la cifra de 500 mil millones de pesos, imaginaba revolucionar las fuerzas productivas y acelerar la profundización de las relaciones capitalistas en el país para ahora sí crecer al 6% y derramar el pan y el vino sobre el pueblo. Puro cuento. 

Al estado le correspondía atemperar las desigualdades sociales decía la frase hueca de Andrés Manuel, pero el mecanismo probado, cuando menos en el capitalismo, para la redistribución del ingreso es un sistema impositivo progresivo, es decir, tasar más a las capas ricas que a las pobres, pero de eso no habló AMLO, que buscaba moderar la opulencia y la miseria con la “simple moralidad y unas cuantas reformas”. Está fraseología significaba en los hechos el despido de trabajadores públicos, recortes de importantes programas e instituciones, pero dejando intocados a los dueños del capital como clase.

AMLO nos regresó otra vez a las teorías liberales, morales y subjetivistas del siglo XIX que ya fueron ampliamente debatidas y superadas científicamente. ¿Por qué este interés en repetir la historia? Creo que por ignorancia, AMLO requería una fuerte dosis de humildad para reconocer que su conocimiento era provincial y limitado. Necesitaba, por otro lado, un diagnóstico científico y un riguroso programa para combatir los males nacionales. Su dogmatismo redujo su margen de acción y lo incapacitó de aprender y familiarizarse con los debates universales sobre desarrollo económico y florecimiento humano. El país entero asumió las consecuencias.


Arnulfo Alberto es maestro en economía por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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