Marxismo y naturaleza

Por Victoria Herrera | Noviembre 2024

La concepción marxista de la naturaleza

    ¿Cómo entiende el marxismo la naturaleza? ¿Es un ente externo que ejerce dominio sobre el ser humano o, por el contrario, es algo que debe ser controlado por el ser humano? La relación entre el ser humano y la naturaleza es fundamental en este contexto. La relevancia de la concepción marxista de la naturaleza se hace evidente al considerar que cualquier sistema filosófico moderno, especialmente uno materialista, debe ofrecer una interpretación en dos áreas: la naturaleza y el desarrollo histórico de la humanidad. Un ejemplo claro son los filósofos materialistas del siglo XVIII, especialmente aquellos vinculados a Locke, quienes desarrollaron tanto una filosofía de la historia como una filosofía de la naturaleza.

    En el caso del marxismo, tanto sus defensores como sus críticos reconocen su visión histórica, independientemente de si la aceptan o no; sin embargo, son pocos los que conocen su perspectiva sobre la naturaleza, y aún menos todavía los que la aceptan, ya sean marxistas o no. En resumen, mientras que las ideas históricas del marxismo son ampliamente reconocidas, su concepción de la naturaleza es mucho menos comprendida y aceptada. Esta problemática es de gran importancia, aunque de tal amplitud que resulta importante enfocar rápidamente sólo un aspecto específico: las diferentes posturas de autores que, desde diversas tradiciones teóricas y posiciones políticas, han sostenido que el marxismo no incluye una reflexión sobre la naturaleza ni puede ofrecer tampoco una interpretación plausible en este ámbito.

    En primer lugar, es crucial señalar el error de quienes afirman que el marxismo se reduce a un determinismo que convierte el factor económico en el creador exclusivo de la historia, relegando el resto a un mero epifenómeno o superestructura ilusoria. Para estos críticos, el marxismo no solo carece de una concepción de la naturaleza, sino que su interpretación histórica se reduce a un vulgar determinismo económico. Es cierto que Marx escribió obras económicas para analizar y reconstruir teóricamente la sociedad capitalista, pero no lo hizo por la razón simplista que argumentan quienes equiparan la concepción materialista de la historia con un economicismo vulgar. Marx escribió sobre economía porque la sociedad capitalista se basa en relaciones monetarias; con el surgimiento del capitalismo, las relaciones económicas emergen a la superficie de la sociedad, volviéndose visibles. Por lo tanto, una teoría del capitalismo debía ser, en esencia, económica.

    Este es el fundamento ontológico que justifica que la teoría del capitalismo deba ser económica y la razón por la cual Marx se centró en obras de economía política para analizar dicha sociedad. Sin embargo, el hecho de que Marx haya escrito principalmente sobre economía no implica que el marxismo no contemple una reflexión sobre la naturaleza. De manera similar, la ausencia de una interpretación sistemática sobre cultura y arte por parte de los fundadores del marxismo no significa que la teoría marxista no ofrezca una reflexión significativa sobre la creación artística y los problemas del arte y la cultura.

    Es importante destacar que el marxismo propone una concepción de la naturaleza y que, históricamente, esta cuestión ha sido motivo de controversia y divergencia, incluso de rupturas teóricas y prácticas dentro de la tradición marxista. En particular, la discusión conocida como «dialéctica de la naturaleza» constituye un tema complejo que ha sido considerado, como ha señalado John Bellamy Foster, una «línea de falla» en la teoría marxista. Comprender las principales líneas del debate sobre la «dialéctica de la naturaleza» es esencial para captar la concepción marxista de la naturaleza y para abordar la disyuntiva: ¿la naturaleza es un ente externo que domina al ser humano o algo que debe ser dominado por él?

    Dialéctica de la naturaleza

    Ahora bien, la cuestión de la «dialéctica de la naturaleza» ha sido objeto de atención por diversos autores. En este sentido, vale la pena retomar las ideas del filósofo Rogney Piedra Arencibia, quien ha realizado un estudio significativo sobre este tema en particular, así como las de Joseph Ferraro y las de John Bellamy Foster. En términos generales, cabe advertir que una de las primeras figuras teóricas en negar la existencia de una dialéctica de la naturaleza fue Georg Lukács. Bellamy Foster señala que en su obra Historia y conciencia de clase, Lukács incluyó una nota que se volvería célebre, en la que advertía que el método dialéctico estaba limitado a la realidad histórico-social. Así, Lukács criticó a Engels, argumentando que los errores de este último en su exposición de la dialéctica se debían a que había extendido el método dialéctico al conocimiento de la naturaleza, cuando, según Lukács, las determinaciones clave de la dialéctica no se aplican de ningún modo en este ámbito.

    Posteriormente, lo que se conoció como «marxismo occidental» adoptó la interpretación de Lukács sobre la limitación del método dialéctico a lo histórico-social y asumió su crítica a Engels, especialmente en relación con su Dialéctica de la naturaleza. Para estos pensadores, Engels cometió un error al intentar aplicar la lógica dialéctica a la naturaleza, argumentando que esta solo se aplicaba a la sociedad y a la historia humana, no a la naturaleza independiente de la historia. Así, el marxismo occidental convirtió la crítica a la «dialéctica de la naturaleza» en un elemento clave que separaba a Marx de Engels y al marxismo occidental de las corrientes de la Segunda y Tercera Internacionales.

    Esta divergencia ha sido descrita por Rogney Piedra como una bifurcación en la historia teórica del marxismo, que se divide en dos ramas bien definidas: el marxismo ortodoxo o soviético, conocido como «diamat», y el «marxismo occidental», «periférico» o «filosofía de la praxis«. Esta bifurcación presenta a los fundadores del marxismo como incompatibles y mutuamente excluyentes. Engels sería el origen de una línea que abarca todo el «marxismo oficial», incluyendo a figuras como Bernstein y Kautsky, así como a la II y III Internacional, con Lenin como un caso particular que sería filosóficamente engelsiano y políticamente marxista. Por otro lado, Marx representaría el inicio de una línea marxiana que se conectaría con el marxismo occidental hegeliano-praxeológico.

    Es importante señalar que esta bifurcación se basa en una supuesta incompatibilidad entre Marx y Engels, una tesis inicialmente planteada por Lukács, quien destacó las diferencias entre ambos pensadores. La «tesis de la incompatibilidad» se ha sostenido principalmente en lo que Lukács describió como la forma engelsiana de presentar la dialéctica, que consistía en aplicar el método dialéctico al conocimiento de la naturaleza. A partir de esto, surgió un «antiengelsianismo» dentro del marxismo que buscó contraponer a Marx y Engels, considerando el marxismo únicamente como una teoría social y desestimando su postura sobre la naturaleza. Esto llevó a la creación de la imagen de un «Engels naturalista» que supuestamente no comprendió la dialéctica de Marx y, por ende, la aplicó de manera errónea y mecanicista, en contraste con un «Marx humanista». Rogney Piedra ha denominado a esta visión como una teodicea del marxismo, donde la dialéctica de la naturaleza es vista como un fruto prohibido y Engels es considerado como la figura que incita a los marxistas a caer en este pecado original.

    De este modo, la cuestión de la dialéctica de la naturaleza ha fomentado la tendencia a separar e incluso oponer a los fundadores del marxismo, creando una imagen de un Marx «práxico» y humanista frente al «antihumano» y «estalinista» de los soviéticos. Este discurso separatista se basa en un rechazo a Engels, donde Marx es visto como «el bueno» y Engels como «el malo», presentando a Marx como el dialéctico y a Engels como el positivista.

    La teodicea del marxismo, que surge de la demonización del «marxismo oficial» y del rechazo a Engels, así como de la consideración de la dialéctica de la naturaleza como un elemento prohibido, ofrece sin embargo una visión distorsionada de la concepción marxista de la naturaleza y su relación con el ser humano. Incluso Lukács, quien fue uno de los primeros en negar la existencia de una dialéctica de la naturaleza, más tarde se opuso a un abandono total de este concepto, argumentando que tal postura eliminaría la objetividad ontológica de la naturaleza, que es fundamental para el intercambio entre la sociedad y la naturaleza. Este intercambio, o metabolismo, es esencial para la vida humana y se realiza a través del trabajo, que actúa como mediador entre la vida humana y la naturaleza.

    Así, se establece la concepción marxista de la naturaleza y la relación del ser humano con ella, entendida como una relación metabólica entre los seres humanos y el entorno natural a través del trabajo y la producción. Es evidente que, como señala Joseph Ferraro, sin una dialéctica de la naturaleza no puede existir vida productiva humana ni historia consciente. En otras palabras, un ser humano sin la dialéctica de la naturaleza es un ser humano sin historia y sin desarrollo. Por lo tanto, es crucial considerar la dialéctica de la naturaleza, ya que interpretar la doctrina de Marx sin este concepto, limitándose solo a la dialéctica histórica como planteó Lukács, llevaría a un absurdo que destruiría la dialéctica de la historia. Ferraro explica, por ejemplo, que sin la dialéctica de la naturaleza que permite la transformación del dióxido de carbono y el agua en materia vegetal y esta en materia animal, no podría existir vida en la Tierra, y por ende, tampoco vida humana.

    Marxismo y ecologismo

    De aquí se puede rescatar la compatibilidad del pensamiento marxista con la ecología moderna y la posibilidad de realizar una lectura ecológica de Marx, quien define el comunismo como la verdadera solución al antagonismo entre el ser humano y la naturaleza, una solución basada en la abolición de la propiedad privada. El pensamiento de Marx y Engels incluye, en efecto, una concepción de la naturaleza fundamentada en una crítica a la actividad depredadora del ser humano sobre el medio ambiente.

    Pero la discusión debe comenzar reconociendo que el problema ecológico está intrínsecamente ligado al sistema capitalista de producción, siendo inseparable e inherente a este, que se basa en la necesidad de explotar tanto a las personas como a la naturaleza. Por lo tanto, es fundamental entender que un capitalismo que sea ecológico es una idea contradictoria, similar a pensar en un oxímoron; el término ecológico no se puede aplicar al capitalismo.

    A pesar de esto, algunos enfoques ambientalistas intentan abordar el problema ecológico sin cambiar el sistema capitalista, proponiendo diversas soluciones que, sin embargo, comparten la limitación de no considerar el contexto social y económico de la problemática. Estas soluciones son parciales y responden de manera limitada a la crisis ecológica y a la destrucción del medio ambiente. Muchas veces, surgen de una indignación moral ante la devastación de los ecosistemas, una reacción necesaria pero insuficiente, dado que el problema tiene un carácter social y económico que requiere una solución de igual naturaleza. Intentar resolver un problema social e histórico con acciones individuales o apelaciones a la conciencia sin una respuesta integral y social es comparable a intentar vaciar el mar a cubetadas: un verdadero despropósito; aunque esta actitud puede reflejar un idealismo loable, no resolverá radicalmente la raíz de los problemas ecológicos, que es, sin duda, social y económica.

    Por lo tanto, la raíz social del problema ecológico demanda un cambio en las bases del sistema capitalista, que separa al ser humano de la naturaleza y prioriza las necesidades sociales sobre las de esta última, sometiéndola a los objetivos de producción del capitalismo. En este sentido, el marxismo sostiene que solo la abolición de la propiedad privada y la superación del modo capitalista de producción permitirán la reconciliación del ser humano con la naturaleza.

    Para Marx y Engels, el comunismo es la única solución al conflicto entre el ser humano y la naturaleza, ya que el marxismo entiende al ser humano como un ser natural, inseparable de su entorno, que constituye su cuerpo inorgánico. Así, la solución marxista al problema ecológico se distingue notablemente de las respuestas parciales del ambientalismo liberal, ofreciendo una perspectiva social e integral que contrasta con las visiones parcializadoras del ecologismo y de los ambientalismos capitalistas.


    Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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