¿La psicología es una ciencia?

Por Pablo Hernández Jaime| Septiembre 2024

El objetivo de este artículo es responder la pregunta planteada en el título: ¿podemos considerar a la psicología una ciencia?

La cuestión no es sencilla y para responderla necesitamos esclarecer con precisión qué es lo que entendemos por ciencia, pues solo así podremos saber si la psicología cumple o no con los criterios para ser considerada como tal.

Por las dificultades del tema, este artículo no será exhaustivo, aunque sí pretende responder con rigor a su pregunta. Asimismo, el texto debe considerarse más una invitación a la reflexión que una respuesta definitiva.

I. ¿Qué es la ciencia?

Cuando pensamos en la ciencia es probable que lo primero que imaginemos sea un laboratorio, muchos libros con fórmulas matemáticas o a estudiantes universitarios. Pensamos en el estereotipo de científico, con bata, lentes y reactivos químicos a su alrededor.

Esto no es gratuito: pensamos la ciencia en estos términos porque nuestra imaginación suele funcionar con impresiones sensoriales, es decir, con cosas que vemos, escuchamos y sentimos.

Por supuesto, esta idea de ciencia, que evocamos a partir de un estereotipo, no es por completo equivocada. Muchos científicos usan bata, prácticamente todos han estudiado en las universidades, y muchos libros científicos tienen formulas. Sin embargo, la ciencia no es solo ni fundamentalmente esto.

Vamos a hacer un pequeño ejercicio de reflexión. Si agrupamos mentalmente todo lo que sabemos y, sobre todo, lo que vemos de la ciencia, podemos identificar, al menos dos grandes grupos: los productos y las instituciones.

Los productos de la ciencia son los conocimientos, las teorías, conceptos y explicaciones, los datos empíricos o evidencias recolectadas de la realidad, las reflexiones metodológicas, las técnicas de análisis de información, los instrumentos de medición, etcétera.

La gran mayoría de estos productos quedan plasmados en libros, artículos científicos, softwares especializados o en herramientas tangibles como microscopios, telescopios, cuestionarios, etcétera; y todos ellos, además de ser producto de la ciencia, son también insumos para investigaciones ulteriores.

Por otro lado, las instituciones de la ciencia son las universidades y sus programas de estudio, los centros de investigación, bibliotecas y laboratorios, los congresos y coloquios, así como aquellas instituciones ocupadas de financiar y apoyar la investigación, la formación de nuevos científicos y la divulgación de la ciencia.

Pero ¿qué es lo que da vida a los productos e instituciones científicas? La respuesta es sencilla: la actividad de los científicos.

Pareciera una obviedad decir que “la ciencia es lo que hacen los científicos”. Sin embargo, aunque el planteamiento es evidente en su formulación, su significado es bastante más profundo. 

La ciencia es, ante todo, una actividad; es un conjunto de prácticas orientadas a la construcción rigurosa de conocimiento. Son estas prácticas las que, persiguiendo sus objetivos, dan origen a los productos e instituciones científicas que ya mencionamos[1]. Sin embargo, para comprender lo que es la actividad científica debemos preguntarnos ¿qué es y cómo se construye el conocimiento?, y, además, ¿en qué consiste su rigor?

II. ¿Qué es el conocimiento científico?

Para saber en que consiste el conocimiento científico, primero hay que saber qué entendemos por conocimiento. Una formulación clásica señala que el conocimiento es una creencia verdadera y justificada por las razones correctas[2]. Desmenucemos esta idea.

¿Qué es una creencia? Una creencia es cualquier cosa que las personas afirmamos con nuestro pensamiento o palabra. Por ejemplo, puedo creer que “el cielo es azul”, que “la tierra gira alrededor del sol”, que “la luna es de queso” o que “la historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”. Incluso puedo creer todo lo contrario a estas afirmaciones: que “el cielo no es azul”, “la tierra no gira alrededor del sol”, etcétera. En cualquier caso, la creencia es una afirmación sustentada por alguien.

¿Qué es la verdad? La verdad, también en una de sus definiciones más clásicas, es una afirmación que se corresponde con la realidad. Así, por ejemplo, si yo digo o pienso que la luna es de queso, pero esta afirmación no se corresponde con la realidad, entonces tendré que concluir que se trata de una creencia falsa. En cambio, una creencia que sí se corresponde con la realidad tendrá que ser calificada como verdadera.

Por esto mismo es que Marx señalaba en sus Tesis sobre Feuerbach que “la cuestión de si al pensamiento humano le corresponde una verdad objetiva no es una cuestión de la teoría sino una cuestión práctica” (Marx, 2011, p. 112). Lo que Marx está diciendo aquí es, fundamentalmente, que la verdad de nuestras creencias se demuestra por su correspondencia con la realidad.

Hasta aquí todo bien. Pero ¿por qué el conocimiento, además de ser verdadero, necesita estar correctamente justificado? Porque una creencia verdadera también puede ser el resultado (1) de la fe o la confianza ciega (careciendo de justificación) o, bien, (2) puede ser el resultado de una justificación más o menos coherente, pero incorrecta. En el primero de estos casos, por ejemplo, una persona que “sabe” que “la tierra gira alrededor del sol”, pero no sabe por qué, quizá porque nunca se lo supieron explicar, y solo aprendió a creer que el mundo es así, tendrá una creencia verdadera, pero que es el resultado de la confianza ciega y no de una justificación racional. Esto no es conocimiento.

Un caso un tanto distinto, pero muy importante, es el de las justificaciones coherentes, pero incorrectas. El filósofo que señaló este problema con puntualidad, recurriendo a ejemplos, fue Edmund Gettier, en un muy breve articulo llamado ¿Una creencia verdadera justificada es conocimiento? (Gettier & Vélez León (trad.), 2013) Los ejemplos de Gettier son relativamente simples, pero ingeniosos y señalan un problema muy importante para el conocimiento científico.

Por ejemplo, pensemos en María, quien cree que su vecino Juan se compró una moto nueva porque lleva toda la semana viéndolo llegar en moto a su casa. Y resulta que efectivamente: Juan se compró una moto. Entonces la creencia de María es verdadera. Sin embargo, resulta también que la moto en que ha llegado Juan toda la semana es otra moto, una prestada por su hermano, pues la suya no se la entregan aún. En este ejemplo, María tenía razones coherentes para sospechar que Juan se había comprado una moto y, de hecho, Juan se había comprado una moto. Sin embargo, las razones de María, para este caso específico, no eran las correctas, a pesar de ser coherentes.

Los ejemplos de tipo Gettier pueden parecer nimios para alguien incauto. Sin embargo, subrayan un problema muy relevante: las razones que nos llevan a sostener una creencia, incluso si esta creencia es verdadera, pueden ser las razones incorrectas. Esto llega a pasar, por ejemplo, con las llamadas medicinas tradicionales, que efectivamente “saben” tratar algunas enfermedades, pero la explicación elaborada suele estar mistificada y en muchos casos es categóricamente falsa.

También en la historia de la ciencia hay ejemplos parecidos, donde los científicos han elaborado teorías coherentes que parecen correctas, hasta que años después se descubre que no lo eran. Casos de este tipo podemos encontrarlos en Friedrich Engels[3] y Thomas Kuhn (1971), por ejemplo, con respecto a la superación de la teoría flogística en favor de la teoría del oxígeno con respecto a la combustión.   

Por eso, para que una creencia sea conocimiento no es suficiente con que dicha creencia sea verdadera, también es necesario que las razones que la justifican sean las correctas, o, en su defecto, las más correctas posibles[4].

¿Cómo sabemos que nuestras razones para sostener una creencia son las más correctas? Es imposible tener total seguridad. Pero es posible reducir la incertidumbre y para eso es el rigor científico. ¿En qué consiste este rigor? Es difícil resumirlo en tan poco espacio. Sin embargo, puedo decir que, en lo general, el rigor científico consiste en diseñar estrategias de investigación para formular e intentar responder preguntas importantes sobre la estructura, funcionamiento y transformaciones de la realidad. Estas estrategias de investigación requieren que los científicos conozcan muy bien las teorías y conceptos existentes, así como los datos de la realidad y las herramientas con que estos han sido recogidos. Asimismo, es necesario que el científico esté muy consciente de las posibles fuentes de error en sus estudios. Estos errores pueden venir de un uso irreflexivo de la teoría, de la mala calidad de los datos empíricos e, incluso, de los sesgos ideológicos de los propios investigadores.

Para ponerlo en otras palabras, el rigor científico consiste en que el investigador busque las mejores estrategias para responder preguntas, tratando de fundamentar en la realidad sus ideas, y cuidando en todo momento la calidad y limitaciones de sus datos, así como vigilando y siendo muy consciente de la manera en que nombra, describe, clasifica, relaciona y explica los fenómenos. De manera que al final del día, el científico sea capaz de aproximarse a la verdad y, al mismo tiempo, saber en qué medida podría estar equivocado.

III. ¿La psicología es una ciencia?

Como ya vimos, una ciencia no se define a partir del uso de batas, laboratorios o fórmulas matemáticas. La ciencia es el quehacer científico, y este quehacer es la construcción rigurosa de conocimiento.

Ya vimos también que la construcción de este conocimiento implica aproximarse a las verdades de la realidad, tratando siempre de hacerlo por las razones correctas. Ahí es donde las teorías y los datos confluyen en la práctica investigativa a través de las reflexiones y decisiones metodológicas. El científico serio no es, necesariamente, el que tiene más publicaciones o nombramientos, sino el que se apega al rigor para tratar de aproximarse a la verdad, reconociendo y advirtiendo dónde podría estar equivocado.

Siguiendo estas ideas, podemos decir que la psicología es una ciencia cuando los psicólogos hacen investigación rigurosa, con el compromiso de aproximarse a las verdades de la psique humana. Y lo mismo aplica para otras ciencias como la historia, la economía, la sociología, la antropología, la biología o la física misma.

Por supuesto, alguien podría objetar que la psicología no puede ser una ciencia porque la psique humana es prácticamente imperceptible a nuestros sentidos y, por tanto, no es susceptible de contraste empírico inmediato. También podría decirse que es una disciplina expuesta a muchos sesgos e interpretaciones ideológicas. Ambas cosas son ciertas, igual que lo son para muchas otras ciencias. Sin embargo, siendo consecuentes con el materialismo dialéctico, habría que aceptar que los fenómenos de la psique humana son también fenómenos de la realidad y que, por tanto, pueden ser conocidos. En todo caso, se podría decir que se trata de fenómenos más difíciles de estudiar, de manera que los psicólogos tendrían que ser muy rigurosos en su trabajo, tanto para idear estrategias de fundamentación empírica, como para advertir sus sesgos ideológicos[5]. Pero no se puede decir, por principio, que la psicología no sea o no pueda ser una ciencia.

De hecho, para la filosofía marxista, el estudio científico de la subjetividad es muy necesario para el desarrollo de la dialéctica, y esto incluye, como bien lo señaló Lenin en sus Cuadernos filosóficos (1974), conocer de forma concreta la evolución del sistema nervioso, el funcionamiento de la psique humana y animal, así como la historia del lenguaje, la ciencia y todas las formas del pensamiento.


Pablo Hernández Jaime es doctor en Ciencias Sociales por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] Este enfoque, en el que conceptualizamos la ciencia a partir de las prácticas de los científicos, es profundamente marxista. En primer lugar, para Marx, cualquier fenómeno social objetivo o subjetivo debe considerarse como un producto histórico cuya existencia real, es decir, cuya base ontológica, se encuentra ligada indefectiblemente a las prácticas relacionales de las personas (Marx, 1972). Por supuesto, estás prácticas están condicionadas por las circunstancias históricas concretas, generando así una dialéctica donde la actividad humana produce una serie de subjetivaciones y objetivaciones, así como formas de enajenación y apropiación, que dan origen al desarrollo histórico (Marx & Engels, 2014). Por esto es que, en segundo lugar, podemos identificar que Marx procede de manera similar en la construcción de sus categorías en El Capital (1975), donde conceptos sociales como capital o valor son definidos en función de prácticas y relaciones sociales, sin que esto impida explicar sus propiedades emergentes.  

[2] El planteamiento del conocimiento como creencia verdadera y justificada es retomado y desarrollado por Luis Villoro en su libro Creer, saber y conocer (1996). El libro, de corte analítico y centrado en temas epistemológicos, presenta y desarrolla varias de las definiciones que presento a continuación, incluyendo el problema de Gettier. Las triangulaciones con el marxismo son propias.

[3] En su Viejo prólogo para el [“Anti]-Dühring”, compilado en el libro Dialéctica de la naturaleza (1961, p. 28), Engels señala, después de hablar de procesos análogos de cambio científico que, “otro tanto ocurre en la química, donde la teoría flogística, después de cien años de trabajo, empezó a suministrar los datos con ayuda de los cuales pudo Lavoisier descubrir en el oxígeno puesto de manifiesto por Priestley el verdadero polo contrario del imaginario flogisto, con lo que toda la teoría flogística se venía a tierra. Pero sin que con ello se cancelaran, ni mucho menos, los resultados experimentales de la flogística”.

[4] Aquí es importante hacer una aclaración. Es cierto que Gettier es conocido por señalar y formalizar los ejemplos precisos que permiten identificar el problema de que una creencia verdadera puede estar justificada por razones incorrectas, de donde se deriva la necesidad de reforzar el rigor metodológico para la construcción de conocimiento. Sin embargo, Gettier no fue el primero ni el único en identificar dicho problema. En la filosofía clásica alemana, por ejemplo, la noción de crítica señala la necesidad de tratar de recapitular, incluir y superar los diversos puntos de vista en torno a un problema de investigación, de manera que sea posible llegar a un conocimiento más completo, uno donde nos aproximemos a las verdades del mundo por las razones correctas. En Hegel este problema es presentado incluso de forma didáctica en su Fenomenología del espíritu (1966), señalando las verdades y razonamientos parciales de cada una de las facetas del desarrollo de la conciencia, debido a que, para él, las verdades solo pueden estar completas y conformarse como conocimiento si sus razones, si el proceso de su descubrimiento y justificación, son también verdaderas. Por eso no es gratuito que Marx, aunque antes de hacer sus investigaciones económicas ya sabía que la acumulación capitalista provenía de la explotación asalariada, decidió elaborar un estudio científico, que permitiera comprender, por las razones correctas, el funcionamiento del modo de producción capitalista.

[5] Hagamos una aclaración final. Desde un punto de vista marxista, como bien lo ha señalado Sánchez Vázquez (1983), la neutralidad ideológica en la ciencia es una ficción. Sin embargo, esto no quiere decir que la objetividad sea imposible. La objetividad, al menos en parte, consiste en que los científicos reconozcan, expliciten y controlen las implicaciones de sus sesgos ideológicos, de manera que éstos no los orillen a relajar el rigor científico ni a tergiversar los resultados de sus investigaciones. Esto lo dejó muy claro Marx en sus Teorías sobre la plusvalía, donde indicó que,  “para mí, quien no cultiva la ciencia por la ciencia misma (por muy erróneamente que pueda hacerlo), sino por motivos exteriores a ella y tratando de acomodarla a intereses que le son extraños y que nada tienen que ver con ella, merece el calificativo de ‘vil’” (1980, p. 101). Esta cita no implica que Marx buscara una ciencia sin compromiso político, lo que sí implica es que el compromiso político no supone anteponer ideas preconcebidas a la ciencia. La ciencia debe ser objetiva para que pueda guiar la praxis política, contribuyendo a la toma de posiciones verdaderamente revolucionarias. Esto es el socialismo científico.

Referencias

Engels, F. (1961). Dialectica de la Naturaleza (W. Roces (ed.)). Grijalbo.

Gettier, E. L., & Vélez León (trad.), P. (2013). ¿Una creencia verdadera justificada es conocimiento? Disputatio. Philosophical Research Bulletin, 2(3), 185–193. https://shs.hal.science/halshs-01439314

Hegel, G. (1966). Fenomenología del espíritu (W. Roces & R. Guerra (trads.)). Fondo de Cultura Económica.

Kuhn, T. (1971). La Estructura de las Revoluciones Científicas. Fondo de Cultura Económica.

Lenin, V. I. (1974). Resumen del libro de Lassalle “La filosofía de Heráclito el oscuro de Éfeso”. En Obras Completas. Tomo XLII. Cuadernos filosóficos (pp. 311–326). Akal.

Marx, K. (1972). Manuscritos: Economía y Filosofia. Alianza Editorial.

Marx, K. (1975). El Capital: Crítica de la Economía Política. Libro Primero: el Proceso de Producción del Capital (P. Scaron (ed.)). Siglo XXI.

Marx, K. (1980). Teorías sobre la plusvalía. II. Fondo de Cultura Económica.

Marx, K. (2011). Tesis sobre Feuerbach (1845). En El materialismo de Marx. Discurso crítico y revolución (pp. 109–121). Itaca.

Marx, K., & Engels, F. (2014). La Ideología Alemana. Akal.

Sánchez Vázquez, A. (1983). La Ideología de la “Neutralidad Ideológica” en las Ciencias Sociales. En Ensayos Marxistas Sobre Filosofia e Ideologia. Océano.

Villoro, L. (1996). Creer, Saber y Conocer. Siglo XXI.

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