Capitalismo y trabajo femenino: progreso y persistencia de la desigualdad de género

Por Tania Rojas | Agosto 2024

En el capitalismo, la incorporación de las mujeres en la producción social de mercancías representa una fuerza progresista, en el sentido de que sienta las bases materiales para la eventual independencia económica de las mujeres, así como para la transformación de la división social del trabajo que las ha especializado en las tareas del hogar. A pesar de esta tendencia “emancipadora”, el capitalismo impone a las mujeres nuevos esfuerzos y formas de sometimiento. A nivel mundial, las mujeres se concentran en los empleos peor remunerados. En los países en desarrollo, la mayoría trabaja en la economía informal. Además, realizan al menos el doble del trabajo de cuidados y, cuando se considera tanto el trabajo remunerado como el no remunerado en el hogar, trabajan más horas en promedio que los hombres (Oxfam, s.f.). Luego, una evaluación más cruda de las posibilidades de emancipación de las mujeres dentro del capitalismo debería enfrentar el hecho de que este sistema económico aún no ha ofrecido una mejor vida a la mayoría de ellas y sus familias, y el reconocimiento de la existencia de otras influencias también inherentes al capitalismo que perpetúan las desigualdades de género.

Capitalismo y trabajo femenino

En el capitalismo se observa una tendencia creciente hacia la incorporación de la mujer al trabajo asalariado. Por un lado, la expansión y profundización de la producción de mercancías ha conducido a la mercantilización de actividades y productos tradicionalmente realizados y producidos dentro del hogar, como la preparación de alimentos, el cuidado de los niños y ancianos, la limpieza, etc. También ha proporcionado y sigue desarrollando una serie de herramientas de todo tipo que han acrecentado la productividad del trabajo doméstico, como los electrodomésticos. Por otro lado, la constante revolución de los medios de producción y la consecuente simplificación de las tareas productivas ha promovido la incorporación de la mujer a nuevos sectores industriales. Estos procesos, por mencionar algunos, han contribuido a ahorrar tiempo de trabajo doméstico y a crear nuevas oportunidades laborales para las mujeres, facilitando así su incorporación al mercado laboral. Sin embargo, dado que las necesidades domésticas no desaparecen, la carga liberada del trabajo del hogar se transforma en una presión monetaria, pues las familias requieren destinar mayores recursos para reemplazar la producción doméstica con productos del mercado.

Por otro lado, la incorporación laboral de las mujeres no es un proceso desvinculado de los mecanismos fundamentales de acumulación del capital. Esta incorporación ha ido acompañada usualmente de la devaluación de la fuerza de trabajo. Carlos Marx (1867), en El Capital, documentó y analizó los efectos de la incorporación de mujeres y niños a las fábricas sobre el valor de la fuerza laboral de los hombres adultos trabajadores en la Inglaterra de su época. “La maquinaria, al lanzar a todos los miembros de la familia proletaria al mercado de trabajo, reparte el valor de la fuerza de trabajo del hombre entre toda su familia. Desvaloriza, pues, su fuerza de trabajo. […] Para que viva una familia son cuatro personas las que no sólo deben suministrarle al capital trabajo, sino plustrabajo. Así, la maquinaria amplía desde un comienzo, además del material humano de explotación – el campo de explotación más propio del capital -, el grado de explotación” (p. 365). En tiempos más actuales, la feminización del mercado laboral continúa ligada al deterioro de las condiciones de trabajo. En el contexto de la globalización, la incorporación de las mujeres ha avanzado paralelamente a la flexibilización de los mercados laborales y la proliferación de los trabajos temporales o parciales. Esta incorporación ha permitido al capital mundial enfrentar las presiones de la competencia internacional mediante la explotación de mano de obra más abundante, barata y flexible (Benería, 2003).

Aunque por lo general solemos considerar el trabajo doméstico y el trabajo de producción de mercancías como dos procesos independientes, la participación laboral de las mujeres también ha puesto de manifiesto la importancia del primero para el capital. En el contexto de la producción fabril inglesa posterior a la primera Revolución Industrial, la incorporación de niños y mujeres a la fábrica alineó los intereses individuales de los capitalistas presionados por la competencia, ya que esta estrategia les permitía una mayor extracción de plustrabajo. Sin embargo, esta estrategia minó tanto la capacidad y condiciones de reproducción de los trabajadores, al punto de desestabilizar la continuidad de la acumulación capitalista. En consecuencia, como clase, los capitalistas se vieron obligados a brindar una protección mínima a las estructuras y normas que garantizan la reproducción social. Las Leyes Fabriles Inglesas (1833-78) habrían frenado los incentivos individuales de superexplotación para estabilizar las condiciones de acumulación (Moos, 2020).

Esta contradicción entre las inclinaciones individuales de la clase capitalista hacia la superexplotación de los trabajadores y los límites impuestos por la reproducción social revela la interconexión entre las esferas de producción y reproducción, evidenciando un proceso único en el cual el capitalismo se sostiene tanto del trabajo remunerado como del no remunerado. En el primero extrae el plustrabajo, en el segundo reproduce la fuente misma del plustrabajo, la fuerza de trabajo. El estado de esta contradicción ha variado en diferentes momentos del desarrollo capitalista (Fraser, 2017). En particular, en la época neoliberal, con la retirada del Estado de la provisión de seguridad social, la reprivatización de los servicios públicos, los recortes a los programas gubernamentales, y el debilitamiento de los sindicatos y de la movilización social, la acumulación capitalista se desarrolla sobre la base del deterioro simultáneo de las condiciones laborales y de la reproducción social (Bhattacharya, 2017).

La política de austeridad neoliberal ha exacerbado la carga de responsabilidades domésticas de los hogares, que tienen además que asumir el costo de servicios anteriormente provistos por el estado, como la educación, salud, y el cuidado infantil. En estas circunstancias, la mujer, sobre la que ya recae la mayor carga de las responsabilidades domésticas, se ve empujada a aceptar trabajos temporales o parciales y mal remunerados. Como resultado, la desigualdad de género persiste y se refuerza, a pesar de que la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo sea un fenómeno progresivo en su base (Lenin, 1899).  La tendencia a reducir el tiempo de trabajo doméstico e incluir a las mujeres en el mercado laboral no implica, pues, la eliminación de la estructura patriarcal inherente al sistema capitalista.

La Teoría de la Reproducción Social

En línea con el análisis marxista del capitalismo, la Teoría de la Reproducción Social (TRS) concibe el trabajo productivo y reproductivo como dos esferas del trabajo humano que constituyen la totalidad orgánica del capitalismo como sistema (Bhattacharya, 2017). En esta unidad, la TRS analiza la cuestión del género, y busca dar una explicación a la división social del trabajo en la que las mujeres son principalmente responsables de la esfera de la reproducción social.  Señala que la base material de la opresión de las mujeres radica en que las mujeres tienen una posición única en el reemplazo generacional de la fuerza de trabajo: la maternidad. En una sociedad dividida en clases, esta diferenciación biológica entre hombres y mujeres se transmuta en una diferenciación social. La maternidad representa un costo para la clase que se beneficia del trabajo excedente, ya que obliga a las mujeres a alejarse de la producción y demanda parte del trabajo social para su manutención. Sin embargo, también es un beneficio porque garantiza la continuidad de la fuerza de trabajo que produce excedente. Esta contradicción se ha resuelto históricamente en el contexto de la lucha de clases, desembocando en la dependencia de las mujeres hacia el hombre proveedor del sustento familiar (Vogel, 2013).

Por tanto, para la TRS, hay dos razones distintas que explican la tendencia del capitalismo hacia la reducción del trabajo doméstico y la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado. En primer lugar, la necesidad del capital de aumentar la cantidad de trabajo excedente. Esto se logra ya sea aumentando el volumen total de trabajo asalariado o reduciendo el valor de la fuerza de trabajo. Además, la TRS señala una segunda razón: la contradicción inherente del capital respecto al tiempo destinado a la reproducción social. Por un lado, la reproducción social es indispensable para el capital; por otro, representa un obstáculo para la acumulación. Esta contradicción explica el interés del capital en estabilizar la reproducción de la fuerza de trabajo al menor costo posible y con el mínimo de trabajo doméstico a largo plazo (Vogel, 2013).

Al enfatizar la relación indisoluble entre el trabajo doméstico no remunerado y el trabajo asalariado, el feminismo de la TRS no restringe la opresión de las mujeres a los ámbitos del trabajo doméstico. Tampoco persigue el objetivo exclusivo de lograr la igualdad de oportunidades para participar en el trabajo asalariado. Su meta no es liberar a la mujer del trabajo doméstico, sino la reorganización de todo el trabajo. Reorganizar el trabajo significa superar el imperativo capitalista de mantener a unos trabajando para ganarse la vida y a otros, generalmente las mujeres, sosteniendo la vida de quienes trabajan al servicio del capital (Ferguson, 2020).


Tania Rojas es economista por El Colegio de México e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

REFERENCIAS

Benería, L. (2003). Gender, development, and globalization: Economics as if all people mattered. Routledge.

Bhattacharya, T., & Vogel, L. (2017). Introduction: Mapping Social Reproduction Theory. In T. Bhattacharya (Ed.), Social Reproduction Theory: Remapping Class, Recentering Oppression (pp. 1–20). Pluto Press.

Bhattacharya, T. (October 31, 2015). How Not to Skip Class: Social Reproduction of Labor and the Global Working Class. Viewpoint Magazine.

Fraser, N., & Vogel, L. (2017). Crisis of Care? On the Social-Reproductive Contradictions of Contemporary Capitalism. In T. Bhattacharya (Ed.), Social Reproduction Theory: Remapping Class, Recentering Oppression (pp. 21–36). Pluto Press.

Lenin, V. I. (1974). El desarrollo del capitalismo en Rusia ([Segunda edición]). Progreso.

Marx, K. (1867). Capital. A Critique of Political Economy. International Publishers.

Mezzadri, A. (2022). Social Reproduction and Pandemic Neoliberalism: Planetary Crises and the Reorganization of Life, Work, and Death. Organization, 29(3), 379–400.

Moos, K. A. (2021). The political economy of state regulation: the case of the British Factory Acts. Cambridge Journal of Economics, 45(1), 61–84.

Smriti Rao. (2021). Beyond the Coronavirus: Understanding Crises of Social Reproduction. Global Labour Journal, 12(1).

Ferguson, S. J. (2020). Women and work: feminism, labour, and social reproduction. Pluto Press.

Vogel, L. (2013). Marxism and the oppression of women: Toward a unitary theory. BRILL.

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