Juan Noyola: pionero de la teoría estructuralista de la inflación

Por Tania Rojas | Agosto 2024

INTRODUCCIÓN

Juan Noyola Vázquez (1922-1962) fue un destacado economista mexicano, conocido por sus contribuciones a la teoría estructuralista de la inflación. En su corta vida, formó parte de diversas instituciones nacionales e internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Secretaría de Hacienda en México y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Tras el triunfo de la Revolución Cubana, se trasladó a Cuba como jefe de la delegación de asesores de la CEPAL (1959-1960), tarea que sería para él “la más importante que se le hubiera encomendado en su carrera.” El gobierno revolucionario de Cuba le ofrecía la oportunidad de llevar a la práctica las conclusiones de sus análisis económicos y contribuir por fin al objetivo de la justicia social. Cuando la CEPAL decide dar por concluída su asesoría al gobierno cubano, Juan Noyola tomó la decisión de renunciar y quedarse en Cuba para ponerse al servicio de la Revolución Cubana hasta su muerte en 1962 (Bárcena, 2010; Paz, 2021).

El recorrido profesional de Noyola a través de instituciones como el FMI, la CEPAL y finalmente, como servidor de la Revolución Cubana, muestra la apremiante preocupación que Noyola tuvo por encontrar las herramientas de política económica que impulsaran el desarrollo económico de Latinoamerica (Meireles & Correa, 2022). “He creído que la reforma agraria, la industrialización, la mejor distribución del ingreso nacional, el desarrollo económico planificado y el aumento del comercio de los países latinoamericanos entre sí y con el resto del mundo eran los instrumentos más adecuados y más eficaces para elevar el nivel de vida de nuestros pueblos y dirigirse hacia el logro de la justicia social”, escribió Noyola en su carta de renuncia de la CEPAL dirigida a Raúl Prébisch en 1960. Este anhelo lo condujo, como a muchos otros, a someter a prueba el pensamiento económico en boga y a formarse una mirada propia. Reflexionar sobre sus aportaciones al estudio de la inflación resulta provechoso cuando predomina una idea mística, según la cual la inflación tiene un origen exclusivamente macroeconómico, y que la misma política monetaria para controlar la inflación puede ser aplicada a los países más diversos.

JUAN NOYOLA Y EL PENSAMIENTO LATINOAMERICANO DE LOS AÑOS 50

El desarrollo del pensamiento económico de Juan Noyola se encuadra en el ascenso de la teoría keynesiana sobre la economía neoclásica en el marco de la Gran Depresión (1929-1939). Noyola acoge con singular agrado las influencias keynesianas. Declara que Keynes le devolvió a la economía su dimensión social, y hace suyo este precepto. En sus diversos trabajos sostiene, en línea con Keynes, que “la clave del desarrollo está en la inversión”, pero añade un énfasis en la orientación planificada que debe dársele a esa inversión (Rodríguez, 1983, p. 599). Así, Noyola observa dos limitaciones en la teoría keynesiana: 1) la inversión debe ser planificada; y 2) no encuentra en Keynes una explicación adecuada de la inflación.

En los años 50, el objetivo económico más importante para las economías latinoamericanas era la industrialización. En este proceso, según la opinión de Noyola, la inversión tenía que ser dirigida por el Estado. Para ello, el Estado debía abandonar no solo el laissez-faire, sino también desechar el sistema de precios como medio de asignación. La planificación económica era un instrumento más eficiente para esta tarea. Respecto a la inflación, Noyola advierte que la teoría keynesiana termina por alinearse con la explicación de la inflación como un exceso de demanda sobre la oferta en la medida en que la economía se acerca al pleno empleo, además de que no ofrece una política para resolver este problema. Para Noyola, explicar la inflación como un exceso de demanda es una tautología, una descripción sin explicación. Para salir de esta repetición, asevera, hay que reconocer el papel que desempeña la lucha de clases en la inflación (Noyola, 1956). Por otro lado, en el contexto de las economías latinoamericanas, donde la restricción de la oferta no es el pleno empleo, sino la falta de acumulación de capital y progreso tecnológico, la producción no podía crecer al mismo ritmo que la demanda, lo que implicaba que la inflación tuviera un componente decisivo de oferta. En consecuencia, Noyola defendía la estrecha complementariedad que tenía que haber entre la política industrial y el control de la inflación (Ros, 1985).

Para entender mejor estos puntos, es necesario presentar brevemente el lugar que ocupa Noyola en el engranaje teórico del pensamiento estructuralista de los 50. Este periodo corresponde a la etapa inaugural de esta escuela del pensamiento económico, cuyo centro intelectual constituyó la CEPAL, fundada en 1948. Raúl Prebisch, como Secretario Ejecutivo, sentó las bases teóricas de la CEPAL desde el principio. Dos elementos principales fueron el foco de análisis: 1) los patrones de crecimiento, progreso técnico y comercio internacional en las economías subdesarrolladas de América Latina en su interacción con la economía mundial; y 2) las problemáticas condiciones internas en las que se desarrolla el crecimiento, resultado de sus estructuras subdesarrolladas (Bielschowsky, 2016).

Noyola conecta estos dos niveles de análisis que definieron el pensamiento de la CEPAL durante esta década fundacional. El argumento parte de un patrón de comercio internacional en el que los países subdesarrollados se especializaron en la producción de alimentos y materias primas, mientras que los países desarrollados concentraron la producción de bienes industriales. La CEPAL señalaba que a medida que el ingreso de los países desarrollados crecía, su demanda de alimentos y materias primas aumentaba a un ritmo menor al que crecía la demanda de productos industriales por parte de los países latinoamericanos. Al exportar los primeros e importar los segundos, los países subdesarrollados sufrían de un deterioro continuo de su capacidad para importar, lo que se traducía en un déficit crónico de la balanza de pagos. En este sentido, el crecimiento estaba restringido por la balanza de pagos, pues la industrialización requería, en la medida que avanzaba, mayores importaciones de capital, y la población demandaba crecientemente bienes de consumo importados, al tiempo que la economía no generaba los recursos suficientes para costear esas importaciones.

Resultado de esta tendencia al déficit comercial, los países latinoamericanos enfrentan devaluaciones recurrentes de su moneda, lo cual impacta directamente en los precios internos. En particular, los precios en moneda local de los bienes de consumo comprados en el extranjero, así como de los insumos y bienes de capital importados, aumentan, y con ellos, los costos internos de las industrias que dependen en gran medida de esos insumos importados y producen para el mercado local. Así, el proceso de crecimiento no solo se enfrenta a la restricción de la balanza de pagos, sino también al riesgo latente de inflación.

Noyola discute las alternativas a esta disyuntiva. La primera sería aceptar un crecimiento restringido y contener el incremento de la demanda agregada. La segunda, llevar a cabo una serie de devaluaciones para reajustar la balanza comercial. La tercera, más industrialización. En sintonía con la agenda económica de la CEPAL, él se decanta por la tercera vía. Consideraba que la devaluación como instrumento para restaurar el equilibrio ofrecía un alivio temporal, pero no corregía los elementos estructurales que provocaban el desequilibrio externo: el atraso productivo, la escasez de capital y las distintas elasticidades ingreso de las exportaciones e importaciones. De no hacerlo, las devaluaciones tenderían a ser recurrentes. La solución a largo plazo es la industrialización.

No obstante, en el corto plazo, la industrialización tampoco podía escapar al desequilibrio externo, dado que en su etapa temprana, los mayores requerimientos de materias primas y bienes de capital presionaban al alza las importaciones,  al tiempo que la incapacidad de las nuevas manufacturas para competir en el mercado internacional debido a los altos costos imperantes conducían a un crecimiento lento de las exportaciones (Bazdresch, 1983). De aquí que Noyola sugiriera en ocasiones la idea de que quizá no es posible contener, pero sí mitigar las presiones inflacionarias (Noyola, 1956). Advirtió que la contracción de la demanda interna como herramienta para mitigar el desequilibrio externo y/o como política antiinflacionaria conlleva un gran costo en términos de crecimiento, y en su lugar apostó por la aplicación de políticas económicas heterodoxas, como medidas arancelarias, controles de precios y abastecimientos, planeación de la producción, política fiscal progresiva, entre otras, para superar el subdesarrollo al menor costo.

Noyola centra su análisis en torno a la cuestión de cómo superar el subdesarrollo. Con este objetivo promueve la industrialización. Cierto es que la industrialización ya estaba en marcha, pero en este momento histórico, él busca las vías para redirigir este proceso y completarlo. La ruta a seguir debe reconciliar el progreso económico con una mejor y justa redistribución del ingreso. Así, Noyola busca una política antiinflacionaria que se complemente y subordine a la política industrial, al mismo tiempo que fomente una distribución del ingreso más equitativa. 

EL ENFOQUE ESTRUCTURALISTA DE LA INFLACIÓN DE NOYOLA

La concepción estructuralista de la inflación hace referencia a un modelo de análisis que distingue entre las causas ‘reales’ de inflación y los elementos que transmiten el incremento inicial de los precios al resto de la economía y entre grupos sociales. La exposición de este modelo se encuentra en el que sería uno de sus textos principales: “El desarrollo económico y la inflación en México y otros países,” resultado de una conferencia impartida en la UNAM en 1956. Tres son los puntos de partida: 1) la inflación no es un fenómeno monetario, sino que tiene sus raíces en los desequilibrios sectoriales de la economía real; 2) la inflación es en cada país un fenómeno específico y distinto, aún cuando se encuentren rasgos comunes en todo ellos; 3) la dinámica de la inflación involucra el comportamiento de las diversas clases sociales frente a las presiones inflacionarias iniciales.

Noyola distingue dos momentos en el proceso inflacionario: el origen y la propagación. En cuanto al origen, identifica las presiones inflacionarias básicas, que abarcan todos los elementos capaces de generar desequilibrios en el sistema económico. Estos desequilibrios pueden ser de naturaleza estructural o dinámica. Por ejemplo, diferencias de productividad y varios ritmos de crecimiento entre sectores, respectivamente. En el caso específico de las economías latinoamericanas, Noyola señaló dos sectores donde estos desequilibrios son particularmente relevantes para el análisis de la inflación: el comercio exterior y la producción agrícola.

Como se mencionó en la sección anterior, el patrón de comercio exterior de las economías latinoamericanas, especializadas en la producción de alimentos y materias primas, genera un desequilibrio entre exportaciones e importaciones, manifestado en un déficit comercial crónico. Este déficit comercial provoca devaluaciones periódicas de su moneda, lo cual influye directamente en los precios internos. En cuanto a la producción agrícola, el atraso tecnológico y la persistencia de prácticas semifeudales son señalados como los principales factores que impiden que la oferta de alimentos crezca al ritmo necesario para satisfacer la demanda nacional.

Los mecanismos de propagación se refieren a los diversos factores que inciden en la capacidad de diferentes sectores y grupos sociales para absorber o transmitir las presiones inflacionarias básicas. Noyola identificó tres mecanismos principales: el mecanismo fiscal, el mecanismo del crédito y el mecanismo de reajuste de precios. Por mecanismo fiscal se entiende la capacidad de la política fiscal para mitigar el impulso de las clases sociales de proteger su participación en el ingreso frente a la inflación. Por ejemplo, una política fiscal progresiva que reduzca la carga impositiva de los trabajadores de menores ingresos y que aumente su ingreso real mediante el gasto público, se espera que atenúe las presiones salariales. Siguiendo un razonamiento similar, Noyola también abogaba por la adopción de subsidios cambiarios como una forma de suavizar el conflicto distributivo que las devaluaciones causan entre importadores y exportadores. Además, como política a más largo plazo, sugería reorientar la inversión pública hacia sectores que enfrentan rigideces en la oferta, como la producción de alimentos.

El mecanismo del crédito está relacionado con la política monetaria. Noyola argumentaba que este mecanismo de propagación era el más pasivo, pues la oferta de dinero que el sistema financiero bombeaba a la economía simplemente seguía el aumento de los precios. En otras palabras, la variación de los precios determinaba la oferta de dinero, y no al contrario (Ros, 1985). Finalmente, el mecanismo de reajuste de precios (y salarios) hace referencia al conflicto distributivo entre los sectores de la economía y entre los grupos sociales. El reajuste de precios depende fundamentalmente del estado de la competencia, y el reajuste de salarios de la organización sindical y las condiciones del mercado laboral. En general, los mecanismos de propagación apuntan a las consecuencias distributivas de la inflación.

Con base en este esquema teórico, Noyola explicó la naturaleza de la inflación observada en México a finales de la década de los 40 y principios de los 50. Como principal presión inflacionaria básica señaló el desequilibrio crónico de la balanza de pagos. Sin embargo, no consideró que la rigidez de la oferta de alimentos fuera un factor importante debido al vigoroso reparto de tierras que hubo durante el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934 a 1940) y a su política de fomento agrícola. Aunque las malas cosechas sí contribuyeron a la inflación en el corto plazo.

Respecto a los mecanismos de propagación, Noyola argumenta que la política fiscal regresiva operó en contra de los grupos de menores ingresos, permitiendo que la inflación afectara más a los salarios que a las ganancias. Las tasas impositivas sobre la renta, al no ajustarse con la inflación, ocasionaban que las tasas impositivas reales terminaran siendo mayores para los grupos de menores ingresos mientras que se contraían para las grandes fortunas. Asimismo, la política de gasto no contribuía a fortalecer el ingreso real de la población: la prestación de servicios públicos, los salarios a funcionarios y el sistema de previsión social se deterioraban a medida que aumentaba la riqueza nacional. No obstante, reconocía que el alto nivel de las inversiones públicas jugaba un papel importantísimo en contrarrestar la regresividad del gasto público y mitigar las presiones inflacionarias básicas en la producción agrícola.

Tampoco consideró relevante el mecanismo del crédito, ya que sostenía que la oferta monetaria crecía pasivamente. En relación con el mecanismo de ajuste de precios, el alto grado de monopolio daba a los empresarios gran facilidad de trasladar sus mayores costos resultado del aumento del precio de los insumos a los precios de sus productos. Finalmente, respecto a los ajustes de salarios, apuntó que la presencia de un enorme ejército de reserva en la agricultura, el crecimiento demográfico y el control directo de los sindicatos por parte del gobierno eran factores que mantenían débil el reajuste de salarios en México.

RELEVANCIA Y CRÍTICAS AL ENFOQUE DE NOYOLA

El análisis de la inflación presentado por Noyola se enmarca en la fase inicial de la industrialización dirigida por el estado (aproximadamente 1930-1954). La inflación fue un tema de gran relevancia en estos años. Entre 1936 a 1940, el índice de precios creció a una tasa anual promedio de 6.5%. A partir de 1941 y hasta 1946 la inflación promedio fue del 16% (Díaz, 2000). Durante este periodo, el sector externo fue especialmente afectado por los efectos de la Gran Depresión de 1930 y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Además, persistieron las distorisiones que el periodo primario-exportador (1870-1929) había causado en las estructuras productivas de la región latinoamericana: la priorización de la producción primaria exportadora no favoreció el desarrollo de la industria local, lo que perpetuó la dependencia de las importaciones de bienes manufacturados y tecnología (Bértola & Ocampo, 2012). Estas distorsiones imprimieron cierta rigidez a la oferta y contribuyeron a definir el patrón de comercio internacional deficitario. Este contexto nos ofrece los elementos destacados por Noyola como las causas básicas de la inflación en ese periodo histórico.

No obstante, Noyola mismo advierte que la inflación empezaba a mostrar un comportamiento distinto debido a los cambios en la política económica durante la nueva etapa de la industrialización, conocida como el periodo del desarrollo estabilizador (1954-1970). En este nuevo contexto, la evolución de la inflación  y su relación con el crecimiento económico fueron notablemente distintas: la economía creció en promedio un 4% al año en términos reales, y la inflación se mantuvo baja y estable en 3.3% anual. Sin embargo, los señalamientos de Noyola sobre la inflación continuaron vigentes.

Uno de los pilares del desarrollo estabilizador fue un acuerdo entre el estado, la clase empresarial, los trabajadores y el campesinado. El estado se comprometió a respaldar a los empresarios con subsidios, exenciones fiscales, protección arancelaria y financiamiento a cambio de mayores inversiones en sectores prioritarios. También se comprometió con los trabajadores sindicalizados (una minoría respecto al total) a garantizar condiciones laborales favorables, salarios reales más altos, prestaciones, y a invertir en educación, salud, vivienda y transporte, a cambio de que limitaran sus demandas salariales dentro de niveles compatibles con márgenes de ganancia adecuados (íbid).

Este acuerdo mitigó el conflicto distributivo, identificado por Noyola como un factor que contribuye a la inflación. Además, la política económica neutralizó factores clave que habían presionado la inflación en años anteriores: el tipo de cambio fijo significó la ausencia temporal de devaluaciones; la producción de alimentos creció significativamente; los salarios reales aumentaron con el incremento del ingreso nacional; y se mantuvieron controles de precios en bienes y servicios de consumo generalizado. A pesar de sus múltiples errores, este episodio de la vida económica mexicana subrayó las ventajas y posibilidades de coordinar la política fiscal, monetaria, crediticia, de precios y salarios para promover el crecimiento económico, la estabilidad de precios y una mejor distribución del ingreso.

Años más tarde, la implementación del Pacto Solidaridad en 1987 reconocía de nueva cuenta el papel que el conflicto por la distribución del ingreso juega en la inflación. Este pacto fue un renovado acuerdo entre el gobierno, los productores, comercializadores y los trabajadores para no aumentar impuestos, no incrementar precios y contener los aumentos salariales, respectivamente. Significó un último esfuerzo para contener la inflación, que en ese año había alcanzado un pico histórico de 131.8%. La teoría estructuralista de la inflación sirvió de base para este programa heterodoxo de estabilización que logró drásticamente reducir las tendencias hiperinflacionarias de la época (Bárcena, 2010).

Para Noyola, la inflación debe estudiarse como parte del sistema económico en su conjunto. Actualizar su análisis requiere, por tanto, de una renovada inspección a los problemas actuales del crecimiento así como considerar los cambios estructurales, institucionales y políticos recientes. Este análisis está fuera de los alcances del presente trabajo, pero podemos adelantar algunos comentarios. Ciertamente, la economía mexicana continúa mostrando un déficit en su balanza comercial, lo cual requiere la entrada de capitales extranjeros para su sostenimiento. Para lograr esto, el país debe mantenerse como un destino atractivo para la inversión extranjera. La influencia de los flujos de capital en la inflación es un aspecto del proceso inflacionario que no tenía la misma relevancia en la época de Noyola, pero que hoy en día es de gran importancia. La necesidad constante del Banco de México de intervenir frente a las fluctuaciones en el tipo de cambio como medida para controlar la inflación indica que el desequilibrio externo sigue siendo una fuente significativa de inflación en México (Galindo & Ros, 2008; Panico & Capraro, 2018).

En opinión de algunos críticos, el supuesto de Noyola de una oferta de dinero pasiva desestimó la relevancia de la demanda agregada en la inflación (Bazdresch, 1986). Esta crítica merece ser considerada en las circunstancias actuales. El estudio de la inflación contemporánea tiene que tomar en cuenta que, en el sistema crediticio moderno, la moneda ha abandonado su correspondencia con una mercancía, como el oro o la plata. La cantidad de dinero que fluye a la economía ya sea a través del crédito otorgado por los bancos privados o por la emisión primaria de los bancos centrales, no tiene el objetivo de satisfacer simplemente la demanda de dinero para las transacciones corrientes. Por tanto, la presencia de episodios persistentes de exceso de demanda agregada alimentada por el exceso de capacidad de compra en el sistema se genera con mayor facilidad (Shaikh, Maniatis & Petralias, 1999).

Sin embargo, otros elementos señalados por Noyola siguen siendo relevantes. La inflación en los alimentos es el componente que más influye en el índice de precios al consumidor y es también el más volátil (Banxico, 2021). La especulación en el mercado de productos primarios, el cambio de cultivos hacia la producción de granos para biocombustibles, el cambio climático y el aumento de los costos de los energéticos, entre otros factores, agudizan la inflación en este segmento de la canasta básica (León-Bon & Díaz-Bautista, 2021).

Por otro lado, el mecanismo de ajuste de salarios continúa operando en detrimento de los trabajadores. El crecimiento económico ha fomentado la creación de un ejército de reserva concentrado en la informalidad y el subempleo. La expansión del sector informal,  caracterizado por salarios más bajos y condiciones laborales más precarias, ha dificultado que los trabajadores del sector formal negocien aumentos salariales significativos, contribuyendo así a la disminución de la participación de los salarios en el ingreso. Como resultado, la mayor parte del ingreso generado se concentra en las ganancias empresariales en lugar de en los salarios (Ibarra & Ros, 2019).

La teoría estructuralista de la inflación de Noyola ha sido recientemente retomada por Matamoros (2020) para explicar el desempeño reciente de la inflación en Estados Unidos. Matamoros destaca dos episodios inflacionarios similares: los años previos a la Crisis Financiera de 2008-09 y los años inmediatos a la recesión del Covid-19, ambos caracterizados por el encarecimiento de insumos y materias primas. Sin embargo, estas presiones inflacionarias provocaron comportamientos diferentes en la inflación. Durante los años posteriores al Covid-19, las empresas decidieron aumentar los precios de sus productos, a diferencia de lo que ocurrió antes de la crisis financiera. La explicación radica en los distintos mecanismos de transmisión que operaron en cada período. En el primero, el escaso poder de negociación de los trabajadores permitió a las empresas implementar la represión salarial. En contraste, en el contexto de la crisis de COVID-19, el poder de negociación de los trabajadores se había estabilizado y ligeramente fortalecido, impidiendo que las empresas trasladaran los mayores costos a los salarios. En estas circunstancias, las empresas ejercieron su poder de mercado aumentando los precios para mantener o incrementar sus ganancias, como argumentan Weber y Wasner (2023).

COMENTARIOS FINALES

El marco analítico aquí presentado requiere de una conceptualización más amplia del dinero y de la formación de los precios, en conexión con las leyes que rigen la acumulación capitalista. Sin embargo, proporciona un punto de partida para anticipar que las discrepancias sectoriales entre oferta y demanda y tasas de crecimiento, siendo inevitables en el marco capitalista, representan una amenaza inflacionaria latente (Caldentey, 2019). La pregunta relevante es qué políticas pueden ayudar a gestionar estas discrepancias, en lugar de establecer un trade-off inflexible entre inflación y empleo, y por ende entre inflación y crecimiento, como lo hace la política monetaria vigente. Examinar las tensiones entre oferta y demanda a nivel sectorial también favorecería una comprensión más precisa de los puntos de origen de la inflación, y su combate focalizado, en contraste con la suposición de que existe una causa única, el exceso de demanda agregada o de dinero.

Otro aspecto destacado es evaluar la intensidad o seriedad de la inflación. Para Juan Noyola, se necesita más que el índice de precios. Tan crucial y parte esencial del fenómeno es el reajuste en la distribución del ingreso que la inflación trae consigo. Si la inflación, medida por el índice de precios, es baja, pero tiene como contrapartida la pérdida del ingreso de la población, ya sea como trabajadores o consumidores, ¿se puede hablar de una gestión exitosa de la inflación? Si la gestión de la inflación tiene el propósito de contribuir a la mejora del bienestar económico de la población preservando el valor de la moneda nacional, ¿por qué se le opone al fortalecimiento del poder adquisitivo de los salarios y una distribución más equitativa del ingreso? Más aún, ¿por qué se le combate con desempleo y austeridad?

Podemos observar que la inflación, tanto en sus causas como en sus consecuencias, está intrínsecamente vinculada a la dinámica de acumulación capitalista: la concentración de la riqueza en manos de los capitalistas, la competencia por mercados, la reducción de costos y la maximización de beneficios. Estas fuerzas generan desequilibrios y crisis de rentabilidad que requieren ajustes en salarios y precios para mantener el funcionamiento del sistema, a menudo a expensas de la clase trabajadora.


Tania Rojas es economista por El Colegio de México e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

REFERENCIAS

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