La similitud en la concepción del tiempo en Schleiermacher y Thomas Mann

Por Betzy Bravo | Junio 2024

Preocúpate de no perderte a ti mismo, y llora si te ves arrastrado por la corriente del tiempo sin llevar contigo al cielo.

Schleiermacher, Monólogos.

El tiempo, en realidad, no presenta ninguna cesura, no estalla una tormenta ni suenan las trompetas cada vez que se inicia un nuevo mes o un nuevo año, ni siquiera cuando se trata de un nuevo siglo; son las personas quienes disparan cañonazos y tocan las campanas para celebrarlo.

                                                           Thomas Mann, La montaña mágica.

Introducción

Uno de los temas recurrentes en el estudio filosófico es la convergencia de lo distinto y de lo idéntico. En Schleiermacher, podemos analizar dicha relación desde su comprensión del tiempo. De acuerdo con él, la fugacidad y la eternidad, referencias temporales, se excluyen y se complementan. No obstante, la percepción del tiempo y las características de los hechos que se comprenden a través del mismo no tienen una asimilación fiel a lo objetivo, en la que los dos conceptos convergen, sino que el ser humano se coloca en determinado sitio y concibe a la fugacidad o a la eternidad, ya sea desde lo exterior, es decir, desde los hechos que ocurren fuera de él, o, por otro lado, desde su ser interior, a partir de la autocontemplación. La concepción del tiempo, entonces, depende en gran medida del ser humano, de la lectura que éste le otorgue a los hechos externos y a sus acciones.

Esta visión del tiempo está presente también en Thomas Mann. No encontré alguna obra en donde se verifiquen, de hecho, conexiones académicas o filosóficas entre Mann y Schleiermacher, sin embargo, hay varios pasajes y expresiones de La montaña mágica, que parecen reflejar la concepción del tiempo de Schleiermacher. Expongo la similitud del significado del tiempo en ambos filósofos a continuación, los textos usados son los Monólogos de Schleiermacher y La montaña mágica de Thomas Mann.

Los seres sensuales ante la fugacidad

El ámbito exterior de la humanidad es fugaz; ocurre con fluidez y mutaciones constantes que se reflejan en el ámbito interior del ser humano. Así lo concibe Schleiermacher en sus Monólogos:

Mis actos terrenales fluyen en la corriente del tiempo, mudan mis sentimientos y mis conocimientos, no soy capaz de retener ninguno. Pasa volando el escenario que yo me he formado jugando y, sobre la ola segura, me lleva siempre la corriente al encuentro de lo nuevo. Pero, tantas veces como vuelvo la mirada a mi yo interno, me encuentro de nuevo en el reino de la eternidad.[1]

La finitud y la infinitud están consideradas en el parágrafo citado, así como la percepción del tiempo. Si el ser humano se centra en el análisis del exterior concibe el mundo aislado y finito, por ello, se concibe a sí mismo contingente y fugaz en tanto que está unido indisolublemente al exterior. Esta percepción corresponde al ser humano que no ha transitado por la autoreflexión, quien es caracterizado por Schleiermacher como sensual; se trata de quien no puede comprenderse como un todo homogéneo, sino que se percibe como una suma de contradicciones, lo que, naturalmente, anula el sentimiento y la paz. La fugacidad del tiempo, no obstante, tiene un sentido; sin embargo, quienes no la han percibido -los sensuales- pierden los mensajes benéficos del espíritu, desconocen su profunda intención, esto conduce a una malinterpretación del exterior, “por eso toman el rayo reflejo de su actividad por la obra entera; los externos puntos de contacto de su fuerza por lo que ésta no es, por su esencia más íntima; la atmósfera, por el mundo alrededor del cual ella se ha formado.”[2] A eso conlleva el carácter puramente sensual de los seres humanos, en no concebir el mundo desde la autocontemplación y en percibir la fugacidad del exterior como sombra contenida en su interior.[3] Schleiermacher expone que la vida es una armonía fugaz y parcelada, pero en cada una de sus secciones se encuentran sus posibilidades de ser.

Thomas Mann observa de manera idéntica a las personas internadas en el sanatorio de La montaña mágica, ubicado en Los Alpes suizos. Quienes viven en el sanatorio se mortifican por el tiempo, así como los hombres y las mujeres sensuales descritos por Schleiermacher. El tiempo para quienes habitan ahí arriba es descrito del siguiente modo:  “el tiempo que transcurre aquí no es tiempo, con lo cual el invierno que llega no es invierno, es el mismo de siempre, y esto explica el desagrado con que miras por la ventana.”[4] Para algunos pacientes, los sucesos temporales exteriores representan un peso para su ser interior, por eso los perciben con desagrado a través de la ventana, por otro lado, se representa una estación temporal nueva, pero que es al mismo tiempo idéntica a las estaciones invernales de otros años. Hay simultaneidad de lo finito y lo infinito, y también de lo distinto y de lo idéntico.

Las acciones y las emociones humanas ocurren fugazmente, fluyen y mutan; el ser humano no puede retenerlas, no obstante, en el carácter mutable de éstas se mantiene el espíritu del mundo: son siempre nuevas, se manifiestan con variaciones, pero al mismo tiempo son idénticas.[5]

La representación de la realidad de manera indeterminada contiene acciones fugaces y contingentes. Tal es la representación de la realidad de la mayoría, quienes aún no alcanzan el conocimiento autoreflexivo y tienen puesta su atención en el ámbito exterior. Cuando esto ocurre, no es posible alcanzar la conciencia de la humanidad universal ni se comprende la naturaleza de la libertad.

El infinito

El ámbito interno de la realidad es una unidad, cada una de sus acciones se complementa con otra infinitamente. En el interior del ser humano nada es aislado; contemplar el ser de uno mismo remite a la contemplación de la humanidad, aquella que contribuye a determinar nuestro lugar en el mundo, infinita e inaprensible de modo total con el pensamiento, encontrada en la esencia del puro espíritu coordinador de la diferencia y la unidad del mundo.[6]

La vida interior es obra del espíritu, la cual consiste en el autoconocimiento, lugar en el que no se halla motivo de tristeza ni tampoco hay lamentaciones por los fracasos ni por la fugacidad del tiempo. La conducta libre, es decir, aquellas acciones que se determinan a sí mismas, forja al mundo, pues al mirarse a sí mismo, el ser humano ha de observar también a la humanidad, sin extrañamiento de los otros.

Después de que el ser humano se ha concebido a sí mismo en relación con la humanidad y, en ese sentido, en relación con el infinito, ya no es posible que se abandone a sí mismo ni a la comunidad. Por otro lado, la reflexión no está ya obsesionada con librarse de los errores, lleva consigo un corazón digno.[7] Se contempla entonces la sucesión de los actos y la fugacidad que éstos encierran sin negar a la humanidad.        

Mas el objetivo final del ser humano no es la contemplación de la humanidad, hay otro descubrimiento, más elevado, aquel que se alcanza no solamente con la reflexión. El hallazgo de la humanidad mediante la reflexión no basta, sino que se requiere forjar una auténtica esencia que se logra sólo a través de la multiplicidad. Tal multiplicidad se consigue cuando el ser humano expone su auténtica comprensión del mundo en el exterior, en la inmensidad. La auténtica representación de la humanidad por parte de cada persona es una intuición más elevada. De este modo, se extiende la diversidad en la inmensidad y de su seno surge todo lo que puede ser real. Para Schleiermacher, esta concepción eleva al ser humano de lo vulgar: “[e]ste solo pensamiento me ha elevado de lo vulgar e informe que me rodea escogiéndome para una obra de la divinidad que ha de regocijarse en mí en una figura y en una formación especiales.”[8] En cuanto se construye una opinión propia, auténtica, el ser humano se aleja de la incertidumbre; así, observa ligeramente cómo puede surgir otra visión distinta de la suya sin que su paz se vea afectada. Avanza junto al tiempo,[9] junto a tiempos distintos al suyo y a sus acciones; sin consumirse en visualizar lo que hay al otro lado del tiempo, interpreta y penetra las otras visiones; no encuentra limitado su sentido de comunicación.

La fugacidad y la eternidad

El ser humano observa la realidad por momentos, ya que su inteligencia es incapaz de aprehenderla completamente en un solo paso. La aprehensión de la realidad es indefinida debido a que el tiempo es infinito, invariable e indiferente.[10] Thomas Mann, en voz de su personaje Hans Castorp, lo dice del siguiente modo:

El ahora es el entonces, el aquí no es el allí, pues entre ambas cosas existe siempre el movimiento. Pero como el movimiento sobre el cual se mide el tiempo es circular y se cierra sobre sí mismo, ese movimiento y ese cambio se podrían calificar perfectamente de reposo e inmovilidad. El entonces se repite sin cesar en el ahora, y el allá se repite en el aquí. Y como, por otra parte, a pesar de los más desesperados esfuerzos, no se ha podido representar un tiempo finito ni un espacio limitado, se ha decidido imaginar que el tiempo y el espacio son eternos e infinitos, pensando -al parecer- que, dentro de la posibilidad de hacerse una idea, esto es un poco más fácil. Sin embargo, al establecer el postulado de lo eterno y lo infinito, ¿no se destruye la lógica y matemáticamente todo lo limitado y finito? ¿No queda todo reducido a cero? ¿Puede haber sucesión en lo eterno? ¿Puede haber coexistencia en lo finito? ¿Cómo armonizar esta “solución de compromiso” respecto a lo eterno y lo infinito con conceptos como distancia, movimiento y cambio…e incluso con la mera presencia de cuerpos limitados en el universo? ¡Es inútil preguntar![11]

Thomas Mann expone la posibilidad de que todo quede reducido a cero y de que se anule la concepción de lo finito al exponer la infinitud del tiempo. Por otro lado, dicho cuestionamiento considera también la coexistencia de lo finito y lo infinito en un solo espacio. Páginas después, Mann hace una aseveración que quizá responde a sus preguntas:

Los días eran largos, los más largos del año en términos puramente objetivos y de acuerdo con las horas de sol, pues el hecho de que pudieran hacerse cortos no tenía nada que ver con su duración astronómica, ni por lo que respecta a cada uno de forma aislada ni a toda la serie, tan monótona como fugaz.[12]

Está presente en Mann la interpretación del tiempo como algo propio, o subjetivo que, sin embargo, apela a referencias objetivas como la duración de los días según la astronomía. El tiempo de los días puede ser concebido como corto y fugaz, pese a que objetivamente su duración -basada en las horas soleadas- sea larga. Esto también puede percibirse en las líneas siguientes:

Por supuesto que se daba importancia a la subdivisión del tiempo; se observaba el calendario, el ciclo de las estaciones, retorno de cosas externas. Ahora bien, medir y contar el tiempo individual -el tiempo, que para cada uno de los de allí arriba era algo estrechamente unido al espacio- era cosa de los principiantes y de los que estaban de paso; los veteranos vivían al margen de toda medida, en la eternidad de cada día, en el día enteramente repetido; y cada uno, con gran sensibilidad, daba por supuesto que los demás cultivaban el mismo deseo que él.[13]

Desde este punto de vista, la forma de aprehender el tiempo puede tener un sentido exterior y uno interior. Desde el punto de vista exterior, se consideraría la subdivisión del tiempo a través de calendarios y relojes. Por otro lado, la consideración interior es aquella que está unida a la subjetividad propia, que ya no atiende a lo momentáneo y fugaz, aquella que corresponde a los veteranos del sanatorio, quienes, aunado a lo ya dicho, poseen la gran sensibilidad de percibir la eternidad de cada día. Schleiermacher afirma algo similar sobre este modo de admitir la fugacidad: “¿acaso debo contar mínimamente las horas que todavía transcurren, las generaciones que todavía pasan? ¿Por qué habría de afligirme el tiempo que, en realidad, no se extiende a mi vida interior?”[14] Para Schleiermacher, es mejor que el ser humano se conserve junto al tiempo, no por medio de él. El ser interior concibe el infinito, junto a éste ha de considerarse el ser humano, y no al tiempo contingente del exterior.

La forma de conservarse junto al tiempo es atender primero un solo hecho, ya que es imposible penetrar en el conocimiento de lo nuevo con el conjunto del resto de hechos que están ocurriendo en el exterior. Esto es, que se debe atender a un solo momento, depositarlo en el interior, comprenderlo y analizarlo, mientras que en el exterior la vida continúa fugazmente.[15] Los actos continuos exteriores se suman sucesivamente a lo que se depositó previamente en el ser interior, de modo que se ganan puntos de contacto con lo viejo; sólo por esta vía se consigue una intuición más profunda e íntima. El tiempo tiene una realidad propia, aunque ésta puede ser asumida de una forma contraria o distinta, lo que implica, a su vez, que el tiempo no posee su propia realidad. En palabras de Mann: “¿Qué es el tiempo? Un misterio omnipotente y sin realidad propia. Es una condición de mundo de los fenómenos, un movimiento mezclado y unido a la existencia de los cuerpos en el espacio y a su movimiento.”[16] La concepción exterior del tiempo es dada por fenómenos como la espacialidad y su movimiento, que a su vez pueden ser asumidos como algo que puede mutar de acuerdo con la interpretación de los seres humanos.

Conclusión

El tiempo se presenta objetivamente, en relación con mediciones astronómicas; pero, por otro lado, se percibe también de manera subjetiva. De modo que la fugacidad del mismo puede considerarse eterna o simplemente momentánea. Para Schleiermacher y Mann la fugacidad del tiempo tiene un sentido profundo que puede percibirse si se consideran los momentos instantáneos en relación con el tiempo propio, es decir, con el análisis autocontemplativo del ser interior, en lugar de perderse en la atmósfera contingente que limita la contemplación del infinito.

Al contemplarse la identidad y la diferencia de las propias acciones se construye la autocontemplación junto al tiempo. En cada momento del tiempo se encuentran las posibilidades del ser infinito, pues se percibe el ser interior en relación con la humanidad, es decir, en relación con el resto de momentos pertenecientes no sólo a la vida propia sino a la vida de los demás. Esto determina nuestro lugar en el mundo y contribuye a la comunidad. La sucesión fugaz y contingente de los hechos se percibe en relación con el todo sin que implique desasosiego.


Betzy Bravo es licenciada en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] Schleiermacher, F. Monólogos, España: Anthropos, 1921, § 22.

[2] Cf., Ibídem, § 7.

[3] Cf., Ibídem, § 23.

[4] Mann, T., La montaña mágica. España: Edhasa, 2009,  p. 151.

[5] “[P]or medio de la libertad se otorga la tarea que produce siempre una y otra vez su cambiante conducta. Pero al mismo tiempo contempla inmóvil esa acción que en esta conducta es siempre nueva y siempre idéntica.” (Cf. Loc. cit., § 29).

[6] Ibídem, § 9.

[7] Antes de este momento, el ser humano nada sabe de su vida interior, no percibe a la humanidad cuando se observa a sí mismo, se orienta sólo por lo que percibe del exterior, su mirada está colocada en lo fugaz, su pensamiento se queda en la incertidumbre, “el miedo al error le oprime el corazón” (Cf. Loc. cit., § 36). De acuerdo con Schleiermacher, esta inquietud de los seres humanos sobre los errores está justificada, pues si no reflexionan de manera adecuada, es decir, si no logran percibir a la humanidad al percibirse a sí mismos, estarían dañando gravemente a su ser y a la humanidad. Además, si no reflexionan adecuadamente sus acciones, no tienen nada que aportar a la comunidad. Para Schleiermacher, quien halla a la humanidad logra una alta revelación, que ocurre en un momento luminoso, el cual “corona la larga búsqueda que nada podía satisfacer” (Cf., Ídem). La libertad que otorga este momento disuelve la incertidumbre.

[8] Cf., Loc. cit., § 36.

[9] “[…] también la inmortalidad ha sido poetizada por aquellos que, contentándose fácilmente, la buscan al otro lado del tiempo en vez de junto al tiempo, y sus fábulas son más sabias que ellos mismos.” (Cf., Ibídem, § 29). Véase también: “Tan pronto como he conseguido una opinión propia, ha pasado para mí el tiempo de la controversia. Dejo que cualquier otra exista junto a la mía, y mi inteligencia concluye en paz la tarea de interpretarla y penetrar en su punto de vista.” (Cf., Ibídem, § 55).

[10] “Atravesamos la línea infinita del tiempo por aquellos puntos que espontáneamente la apariencia determina como más fáciles, indiferentes a la vida, según los cuales nada se orienta […].” (Cf., Ibídem, § 5).

[11] Mann, T., La montaña mágica. España: Edhasa, 2009,  p. 498.

[12] Ibídem, p. 532.

[13] Ibídem, p. 597.

[14] Loc. cit., § 89.

[15] “Me sacaría del centro de mi ser el que yo me ensimismara en una sola cosa; al profundizar en una me haría extraña otra, a pesar de no haber convertido la primera en una verdadera propiedad. Primero debo depositar toda nueva adquisición en el interior de mi ánimo, y entonces continuar el acostumbrado juego de la vida con sus variados actos, para que se mezcle lo nuevo con lo viejo y gane puntos de contacto con todo lo que ya había en mí.” (Cf., Loc. cit., § 56).

[16] Op. cit., p. 498.

Bibliografía

Mann, T., La montaña mágica. España: Edhasa, 2009.

Schleiermacher, F., Monólogos. Madrid: Anthropos, 1921.

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