Por Betzy Bravo | Mayo 2024
La propuesta moral cartesiana es una alternativa para hacer frente a nuestra ignorancia más que una serie de indicaciones del modo en el que el ser humano virtuoso debe vivir; no contiene, pues, reglas estoicas o algo por el estilo.[1] Es decir, que la forma de vida que René Descartes propone es ad hoc esencialmente a nuestra ignorancia y a su vez es nuestro modo de combatir la misma. Según el filósofo, buscamos lo que creemos bueno y somos hostiles ante lo que consideramos que es malo. En este sentido, no podemos detener el deseo[2] de aquello que evaluamos como bueno; cuando percibimos clara y distintamente algo que para nosotros es tal, vamos tras de aquello: lo evaluado como claro y distinto es la mejor razón para desearlo, y somos impelidos por ello.
Según lo declara Descartes:
no habría podido limitar mis deseos y estar contento si no hubiera seguido un camino por el cual pensaba, no sólo estar seguro de adquirir todos los conocimientos de que fuere capaz, sino también todos los verdaderos bienes; pues no determinándose nuestra voluntad a seguir o evitar cosa alguna, sino porque nuestro entendimiento se la representa como buena o mala, basta juzgar bien para obrar bien, y juzgar lo mejor posible para hacer también lo mejor, es decir, para adquirir todas las virtudes y juntamente con ellas todos los bienes que puedan adquirir; y cuando uno tiene la certidumbre de que ello es así, no puede dejar de estar contento. (Descartes, R., Discurso del método, España: Alianza, 1985, Tercera parte, p. 116)
Descartes presupone, no obstante, que se debe dudar de esos deseos, pues son percibidos por nuestros sentidos y nuestros sentidos nos engañan,[3] ¿por qué no podríamos esperar que nuestros deseos también nos engañen? ¿Cómo tener certeza de que nuestras ideas son claras y distintas?
Una idea es clara cuando advertimos todos sus elementos, y es distinta cuando podemos diferenciarla de todo lo demás, o sea, cuando no está mezclada con más ideas, sino que se presenta como simple. (Cft. Meditaciones metafísicas, II, España: Alfaguara, 1977, pp. 69-70). Así pues, un concepto es claro cuando es comprensible, es decir, cuando no hay ambigüedad ni oscuridad en su percepción. Un ejemplo común es la claridad con la que podemos percibir el color rojo o las propiedades geométricas básicas, como la idea de un círculo. Por otro lado, un concepto es distinto cuando es definido con precisión y no se confunde con otros conceptos. Esto implica que los límites del concepto están bien definidos, sin superposiciones ni confusiones con otras ideas. Por ejemplo, en geometría, la distinción entre un triángulo y un cuadrado es clara porque cada figura tiene propiedades específicas que la diferencian de la otra.
Como se adelantaba, Descartes explicó que, pese a que poseemos ideas claras y distintas, los sentidos pueden ser engañosos, lo que debe llevarnos a dudar de los deseos y percepciones que se originan de ellos. Para hacerle frente a tal dificultad, el filósofo propuso una “moral provisional”, que consistía en un conjunto de principios para guiar la acción mientras se busca un conocimiento más sólido. Esta moral provisional exige del ser humano una personalidad resuelta que se mantenga constante, aun cuando las decisiones tomadas se basen en fundamentos cuestionables. Descartes creía que actuar con firmeza y determinación es crucial para navegar por la incertidumbre, a pesar de no tener certeza absoluta sobre los conocimientos generales del mundo: ser tan resuelto como sea posible y estar en acción constantemente una vez que se ha tomado una decisión, incluso si ésta tiene fundamentos cuestionables, incluso estando ciertos de que nunca tendremos una verdad definitiva, pues “nuestra virtud es la firmeza de esa resolución.”[4]
En un primer momento podemos creer que hemos llegado o que podemos llegar a un conocimiento claro y distinto del bien, sin embargo, si así fuera, “éste conferiría orden a nuestra acción. Como carecemos de este conocimiento sólo la firme determinación de la voluntad para ser constante puede crear el orden.”[5] Tras estas características, a partir de nuestra reflexión para elegir lo que nos parezca claro y distinto, no tendremos remordimientos ni nada que reprocharnos. La moral provisional es necesaria para vivir mientras se construye un método nuevo que sí busca verdades, al encontrar verdades podremos juzgar bien, y al juzgar bien, obrar bien.
El obrar bien, pues, está precedido necesariamente por un buen juicio. Para Descartes el sentido común está repartido equitativamente pero esto no debe alegrarnos de modo tan sencillo, pues también tiene un lado trágico: no todos lo utilizan de la misma forma, lo que ocasiona que la vida de cada ser humano se bifurque en tantos puntos diversos y a que se yerre con frecuencia.
Los juicios que hagamos deben partir de nuestra historia, de la reflexión que hagamos acerca de cada camino que podemos tomar: se debe “aplicar bien el sentido común, identificar camino seguro –sin importar que sea el más largo- para moverse en el mundo, constituye, pues, la indicación de una tarea, pero comprende a la vez un juicio histórico.[6]” Aquí cobra relevancia el sentido histórico. No hay una exclusión de la historia en el planteamiento cartesiano pese a que es metafísico. La provisionalidad práctica incluye una profunda reflexión subjetiva, “la experiencia histórica no cierra, sino que abre el camino a un discurso sobre el ser.[7]” La experiencia histórica es la que demuestra que se requiere un nuevo método, una nueva reflexión.
La participación en el mundo nos obliga a separarnos del mismo para contemplarlo y corregirlo al crear nuevos juicios. “Descartes apreció el error en el enfoque tradicional del conocimiento (…), para la construcción de un verdadero conocimiento era indispensable partir del rechazo “de todas las opiniones recibidas anteriormente[8]””. El pensador racionalista decidió aplicar su método para refutar todo aquel conocimiento que no estaba sustentado en la razón, partiendo de su primera verdad descubierta: cogito ergo sum (el ser humano es una realidad pensante). De modo que este escepticismo puede brindar beneficios. Nos libera de errores pasados y nos aísla para repensar las cosas y quizá reconstruirlas.
Descartes afirma que no podremos saber todas las verdades pero hay algunas que no deben escaparse de nosotros, como la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, que nos llevan al respeto de la infinitud divina. Pero no debemos contentarnos sólo con conocerlas, sino vivir con ellas, tenerlas presentes siempre en el espíritu, transformarnos en seres imbuidos de ellas.
Una vez reconocido este planteamiento, debemos tener en cuenta que
cada uno de nosotros es una persona separada de los demás, y, cuyos intereses son, por consiguiente, distintos de los del resto del mundo, en cierto modo; sin embargo, uno debe pensar que no podría subsistir solo y que es, de hecho, una de las partes del universo y, más especialmente aún, de esta tierra, una de las partes de este Estado, de esta sociedad, de esta familia, a que está unido por su casa, su juramento, su nacimiento. (René Descartes, Cartas filosóficas, XXIV).
La moral provisional es la base para construir un nuevo método del conocimiento, que implicará un contento particular y general (de nuestro espíritu y del espíritu de los demás), pues Descartes brinda primacía al todo y no a la parte, debemos considerar que somos parte de diversos todos. Nuestra satisfacción espiritual se halla en la satisfacción general, y para lograrla hay que seguir la virtud: tener una voluntad firme y tenaz, ser resueltos y constantes, y juzgar lo mejor posible, para actuar lo mejor posible.
La soledad del yo trae consigo la construcción de esta moral. Alcanzar la virtud nos plantea algo trágico, una situación de tensión máxima: el redescubrimiento del yo tiene lugar aquí como descubrimiento de una última base de resistencia frente a un mundo vaciado de realidad, a un mundo que ha visto cómo el motivo inspirador de su unidad estallaba y se fragmentaba en una diversidad que es crisis. (Negri, T. Descartes político,o de la razonable ideología, España: AKAL, 2008,p. 125)
Ante la incertidumbre que muchas veces se plantea en el mundo, Descartes ofrece una salida: pensar el mundo con base en una moral provisional que no elimine el sentido histórico. Se trata de un pensamiento planteado dentro de la crisis, que dirige hacia una reconstrucción de la subjetividad radicalmente: “ésta debería ser la obra de un ser humano nuevo[9]”. Con tal enfoque del uso de la razón en relación con la moral y el deseo, Descartes inauguró una nueva era en la historia del pensamiento.
Betzy Bravo es licenciada en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
[1] El planteamiento de Descartes estaba fundado en una razón distinta de la de los estoicos, quienes sostenían, según Cicerón (De Finibus, III, XXII) “que aquel que vive conforme a la naturaleza debe basar sus principios en el sistema y gobierno del mundo entero. Y nadie puede juzgar verdaderamente si algo es bueno o malo, si no conoce el diseño completo de la naturaleza así como el de la vida de los dioses”. Esto es: a pesar de que un hombre no puede tener un conocimiento completo y cabal de la naturaleza y de los dioses, sí puede llevar una vida virtuosa, sin darle tanta importancia al saber distinguir entre lo bueno y lo malo.
[2] Considérese que los deseos son funciones mentales clasificadas como parte del proceso de pensamiento: “querer, entender, imaginar y tener sensaciones y demás, son sólo formas diferentes del pensar y todas corresponden al alma”. (René Descartes, Cartas filosóficas, III) También confróntense en Meditaciones metafísicas, III, in initio.
[3] Cft. “Meditación primera” en Meditaciones metafísicas, España: Alfaguara, 1977, p. 61: “Todo lo que hasta ahora he tenido por verdadero y cierto ha llegado a mí por los sentidos; algunas veces he experimentado que los sentidos nos engañan; y como del que nos engaña una vez no debemos fiarnos, yo no debo fiarme de los sentidos”.
Bibliografía
J. B. Schneewind, La invención de la autonomía, una historia de la filosofía moral moderna, México: Fondo de Cultura Económica, 2010.
René Descartes, Cartas filosóficas, III, Argentina: Terramar, 2008.
_____________, Discurso del método, España: Alianza, 1985.
____________, Meditaciones metafísicas, España: Alfaguara, 1977.
Toni Negri, Descartes político, o de la razonable ideología, España: AKAL, 2008.
