Por Gladis Mejía | Mayo 2024
La familia tradicional patriarcal, donde el hombre trabajaba para mantener a la familia mientras la mujer se quedaba en casa en las tareas del hogar y cuidando a los hijos, está desmoronándose, tal como auguraron Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista. El proceso se aceleró en México a partir de la introducción del neoliberalismo como modelo económico en la década de 1980. Este modelo disminuyó en más del 70% el salario del mexicano, por lo que era ya imposible alimentar a toda una familia con ese monto y la incorporación de la mujer al mercado de trabajo se aceleró. Si en 1970 apenas el 19% de las mujeres de 12 años o más trabajaban, en nuestros días este porcentaje supera el 50%.
De acuerdo con el INEGI, en el país, el 72% de las mujeres de 15 años y más son madres. De ellas, el 41% tiene o busca trabajo, es decir, son parte del mercado de trabajo mexicano. De todas las mujeres empleadas o que buscan trabajo, el 70% es madre. En esencia, todas las madres que trabajan fuera del hogar son parte de los desposeídos de este país: más de 6 de cada 10 madres son empleadas u obreras y 26% es empleada por cuenta propia, que en México muchas veces se trata de desempleo encubierto. Sólo 3% es empleadora patrona.
Estas madres no solamente participan en la creación de riqueza social, sino que también se hacen cargo de la reproducción social, una esfera invisibilizada por el sistema capitalista, pero importantísima para la reproducción de este último. Tiene como objetivo la completa reproducción de la fuerza de trabajo que le permita preparase para su nueva entrada al proceso productivo como obrero, así como la reproducción biológica de los trabajadores. De cada diez horas de tareas en el hogar, en México, ocho las realizan las mujeres y siete las madres. Así pues, las madres trabajadoras mexicanas realizan doble jornadas de trabajo, aunque solo una se visibilice. Son explotadas fuera del hogar y oprimidas dentro de él.
Algunas de las condiciones laborales son peores para las madres que para el resto de los trabajadores. En general, la proporción de madres que trabajan en la informalidad (60%), sin acceso a prestaciones sociales, es mayor que el porcentaje de mujeres en su conjunto (54%). El salario también es menor en las madres, y disminuye cuantos más hijos tiene porque el trabajo de reproducción y de cuidados no le permite adquirir un trabajo de tiempo completo y debe emplearse en trabajos parciales muy mal retribuidos. Las madres solteras son el único sostén económico de la familia y el sistema utiliza esta para imponerles una jornada laboral más extensa que el resto de las madres e incluso que las mujeres sin hijos[1].
Es cierto que el avance en las fuerzas productivas que trajo consigo el capitalismo permitió que la mujer saliera de las tareas rutinarias y esclavizantes del hogar, pero pasó a ser presa de las garras del capital, quien también determina su vida, la esclaviza y se apropia del fruto de su trabajo. Desde la década de 1970, las grandes instituciones y aparatos del capitalismo claman por la plena incorporación de la mujer a los procesos productivos, incluso realizan estimaciones de la “pérdida total de ingresos en el largo plazo debido a las brechas de género”[2]. Esto no es más que una puja por engrosar las filas del proletariado, y la estimación no es más que cuánto pierde el dueño de los medios de producción por no tener a todo ese ejército a su disposición.
La incorporación de las madres a la producción de la riqueza social es una tendencia irreversible de la sociedad. Pero eso no implica que este sistema vaya a liberarlas de la opresión y la explotación. Después de tres siglos y más, el capitalismo no ha podido completar la total incorporación de la mujer. Buena parte de las madres siguen recluidas en las tareas del hogar (en México es poco más del 50%). Y las que ya participan en los procesos productivos sociales, siguen cargando con el peso de las tareas del hogar y con el cuidado de la familia.
Algunos proponen que la solución reside en que el hombre participe más en las tareas del hogar y se divida la carga de trabajo. Sin embargo, esta individualización del problema no conduce a una solución seria. En efecto, las condiciones del hombre trabajador mexicano también son miserables, con jornadas laborales extensas, salarios bajos y sin la posibilidad de ofrecer mejoras en el nivel de vida de todos los miembros de la familia ni tampoco el tiempo necesario para su cuidado. La familia tradicional, agonizante ya, no va a resolver la opresión sistémica de la mujer. El problema es de carácter social y está inextricablemente ligado a la clase social a la que se pertenece.
En el neoliberalismo –la forma más salvaje del capitalismo si contrastamos la insultante apropiación de la riqueza por unos cuantos y la pobreza de la mayoría–, la buena salud de los ancianos, la adecuada atención para desarrollo sano de los infantes desde sus primeros meses de vida, la alimentación de la familia, el aborto, la educación que se recibe, en suma, todo lo relacionado con la reproducción social, depende de quién pueda pagarlos. Así, tenemos que, en México, por ejemplo, solo asiste el 3% de los niños en edad de hacerlo a una guardería porque la mayoría de las madres no puede costear la atención especializada de sus pequeños y, o los desatienden, o los dejan con su familia mientras trabajan. Esto es también parte de la lucha de clases, un embate contra los trabajadores y sus condiciones de vida.
La creciente incorporación de las madres a los procesos productivos bajo relaciones capitalistas solo traerá más miseria y mayor opresión, con jornadas cada vez más extenuantes. Eso es lo único que ofrece el capitalismo. La verdadera liberación de la mujer en general y de la madre en particular pasa por un reparto equitativo de la renta nacional, que solo puede hacerlo un Estado controlado por los trabajadores, y por la plena demolición de la familia tradicional y la construcción de una nueva, acorde con los cambios materiales, donde los cuidados relacionados con la reproducción social se socialicen. Esto solo se alcanzará con la organización y el derrocamiento del capitalismo.
Gladis Mejía es economista por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
[1] Véase: https://datos.nexos.com.mx/que-pasa-cuando-te-vuelves-mama-el-trabajo-bajo-la-maternidad/#:~:text=Esta%20discrepancia%20sugiere%20que%20la,siete%20son%20de%20las%20madres.
[2]Véase el siguiente trabajo del Banco Mundial acerca de este tema: https://documents1.worldbank.org/curated/en/753451607401938953/pdf/La-Participacion-Laboral-de-la-Mujer-en-Mexico.pdf
