Por Alan Luna | Abril 2024
La crítica al pensamiento filosófico debe ser desde el conocimiento de la manifestación real del mismo, y para esto es necesario sumergirse en las profundas aguas de la historia de la filosofía. Los aportes y las limitantes solo pueden ser descubiertos si hacemos un estudio exhaustivo de aquello que pretendemos criticar. Dicho estudio nos lleva en no pocas ocasiones a reconocer que lo que antes nos parecía un conglomerado de ideas separadas del objeto en realidad son profundizaciones del objeto mismo; como Vals Plana menciona “… nace el filosofar como como actividad diferenciada consistente en decir lo que la cosa es. Casi nada, tarea para siglos.” (Vals Plana, 1982;12). En efecto, hay que decir lo que la cosa es, pero la filosofía se da cuenta muy pronto que decir lo que la cosa es no es tan sencillo.
Para saber lo que la cosa es hay que entender las múltiples determinaciones que hacen que la cosa sea, y estas determinaciones no son solamente del objeto mismo, sino algunas del sujeto. La relación misma del conocimiento presupone un objeto que es conocido y un sujeto que conoce, relación de la que no puede escapar el conocedor, por muy científico y objetivo que sea, o mejor dicho, la cientificidad y lo objetivo no pueden escapar de la relación del sujeto-objeto, relación que implica analizar determinaciones más allá del objeto tal y como se nos presenta y de las que no puede dar cuenta el modelo experimental de la ciencia.
En otras palabras, digamos que la filosofía empieza desde el principio, desde definir a la cosa misma, buscar las razones que puedan dar cuenta de las cosas, su esencia, su Ser: ontología. Como consecuencia de esto, ve que el ser de las cosas no es fácilmente aprehensible y que necesita encontrar las causas internas que hacen que las cosas sean, aquellas que fundamentan su existencia más allá de la materialidad que se nos presenta: metafísica. Ve que la cosa para poder ser ha sufrido una serie de determinaciones que son propias de su tiempo y que su tiempo además es producto del desarrollo de potencias anteriores, por lo que para poder conocer a las cosas es necesario conocer la legalidad interna que rige a este constante devenir histórico: filosofía de la historia. Todo esto nos habla también de una necesidad interna del objeto, manifestada en la historia de acuerdo con dicha necesidad, si la legalidad interna puede investigarse también, será parte esencial de la determinación de lo que la cosa es: lógica.
Hay otras dimensiones que podemos tomar en cuenta, la cosa está atravesada por valoraciones morales, estéticas, políticas, etc., que tampoco son, y muy difícilmente pueden ser, campo de estudio de las ciencias naturales, experimentales, o de las llamadas exactas, ¿por qué quedan las determinaciones mencionadas fuera del campo del conocimiento llamado científico?
Todo lo anterior son distintos aspectos de la realidad misma y, por lo tanto, dentro del análisis es muy difícil profundizar en uno sin tomar en cuenta los demás. En la medida en que se consideren las determinaciones anteriormente mencionadas podremos dar cuenta de la realidad de la cosa. Claro que la cosa también tiene determinaciones físicas, químicas, biológicas en el caso de la materia que tiene vida, que parte de su ser son las determinaciones de las llamadas ciencias naturales, exactas, o incluso la dimensión de lo contable, medible etc., pero todo esto es parte de la misma totalidad concreta que determina a la realidad de la cosa.
En la Fenomenología del espíritu Hegel escribe: “Lo verdadero es el todo. Pero el todo solamente es la esencia que se completa mediante su desarrollo. De lo absoluto hay que decir que es esencialmente resultado, que sólo al final es lo que es en verdad, y en ello precisamente estriba su naturaleza, que es la de ser real, sujeto o devenir en sí mismo.” (Hegel, 1966;16). Lo verdadero solamente se alcanza por medio de estudiar este desarrollo de la totalidad. En la medida en que ayudan a describir ciertas partes de lo real, la ciencia natural aporta a la ciencia, pero, como dice Koyré, el empirismo puro no puede llegar por sí mismo al conocimiento de lo real porque le faltan determinaciones esenciales de las que no puede dar cuenta. Y aquí no nos referimos a las determinaciones propias de la ideología ‑aquel manejo de la idea para defender intereses de clase y, que en esa medida, puede ser denostada por parte de la ciencia que pretenda hablar de la cosa objetivamente, sin la consideración de dichos intereses‑, nos referimos a determinaciones propias del objeto, que necesitan de un análisis de la necesidad interna para entenderlo, y que ha sido desarrollado por la filosofía. Casi todo el marxismo que ha intentado ser consecuente acepta las palabras de Marx y de Engels cuando se refieren a la dialéctica y a la necesidad de que todo análisis científico la tome en cuenta, pues bien si analizamos la historia del pensamiento podemos decir con Vals Plana que “…la dialéctica es un invento filosófico, se quiera o no.” (Vals Plana, 1982;107), y que algunos de los máximos exponentes de dicha dialéctica han sido pensadores de gran potencia que más nos valdría tener en cuenta para clarificarnos el panorama con el que nos enfrentamos en nuestros días.
Alan Luna es maestro en filosofía por la UAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
Bibliografía
Hegel, G. W. F. (2015). Fenomenología del Espíritu, FCE, México.
Vals Plana, Ramón (1982). La dialéctica: un debate histórico, Montesinos, España.
