Por Alan Luna | Marzo 2024
Realmente es bastante complicado demarcar las actividades entre la filosofía y la ciencia, más aún hacerlo con el propósito de valorar alguna como mejor o más seria, por dar cuenta de lo real de manera más exacta. Podemos observar esta complicación en un artículo del pensador Alexandre Koyré. En un ensayo titulado Los orígenes de la ciencia moderna intenta averiguar el concepto de ciencia por medio de Alistair Cameron Crombie, un reputado historiador de la ciencia. Dice Koyré: “Crombie considera que la ciencia moderna es decididamente positivista. Es, por tanto, en la historia -o la prehistoria- del positivismo donde se ve la progresión de la «ciencia experimental».” (Koyré, 1977;74). La ciencia que se describe es la ciencia experimental, y ella se ha encumbrado como la forma del conocimiento por excelencia porque en su desarrollo ha demostrado su valía. Si analizamos las palabras de Crombie nos damos cuenta de que, aunque se reconozcan fallas en la forma científica experimental, son de tal naturaleza que se van subsanando en la medida en que se va desarrollando la ciencia experimental misma. Así, el desarrollo que dicho pensador ve es como sigue:
La verdad filosófica que ha puesto en evidencia toda la historia de la ciencia experimental a partir del siglo XIII es que el método experimental, concebido en un principio como un método que permite descubrir las verdaderas causas de los fenómenos, demuestra ser un método que permite dar simplemente su verdadera descripción.
Una teoría científica ha dado toda la explicación que podía dar de sí cuando ha puesto la correlación de datos de la experiencia del modo más exacto, completo y práctico posible. Cualquier otro problema que pudiera plantearse no podría serlo en el lenguaje científico. Por su naturaleza tal descripción es provisional y el programa práctico de la investigación es sustituir las teorías limitadas por otras, cada vez más completas. (Koyré, 1977;74).
Lo dicho, las limitantes que se revelan en la ciencia experimental solo son temporales, cuando ellas se muestren solo hay que desechar lo dicho y adoptar las nuevas posturas, y así por medio de un ascenso prolongado se tendrán teorías cada vez más acabadas.
El conocimiento sin duda siempre se perfecciona, se van mostrando determinaciones que antes no veíamos al profundizar en los distintos aspectos de la realidad; pero la postura de Crombie se enfoca solo a lo aprensible por medio de la ciencia experimental y a partir de ahí se desarrolla, no parece tomar en cuenta que hay otras dimensiones de lo real de las que también hay que dar cuenta y en donde la ciencia experimental se muestra limitada. El mismo Koyré duda de las conclusiones de Crombie y nos explica:
Para mí que no creo en la interpretación positivista de la ciencia -ni siquiera en la de Newton- la historia contada de modo tan brillante por Crombie contiene una lección muy diferente: el empirismo puro – e incluso la «filosofía experimental»- no conducen a ninguna parte, y no es renunciando a la finalidad aparentemente inaccesible e inútil del conocimiento de lo real, sino al contrario, persiguiéndola con audacia, como la ciencia progresa en el camino sin fin que la conduce a la verdad. En consecuencia, la historia de esta progresión de la ciencia moderna debería estar consagrada a su aspecto teórico tanto por lo menos como a su aspecto experimental. (Koyré, 1977;74-75).
Koyré no profundiza en este artículo sobre la distinción entre lo teórico y lo experimental, pero la distinción fundamental es clara. Por un lado, lo experimental pretende captar al objeto de manera descriptiva, y en la correcta descripción es que ve las posibilidades de la ciencia. Si la verdad se agota en tratar de descifrar un objeto pasivo, estático y fenoménico, no hay manera que por este medio se pueda decir más del objeto que lo que este es cuando se nos presenta a nuestros sentidos. La relación objeto-sujeto que es presupuesto para todo acto del conocimiento, pues quien conoce es un sujeto, queda aquí reducida a aprender de la manera más exacta al objeto en tanto manifestación material tal y como se nos aparece, y por lo tanto la subjetividad queda reducida a aprender de la manera más exacta posible la manifestación del objeto. Koyré ve debilidades en dicha afirmación acerca de la ciencia moderna, pero en el artículo citado solo hace el problema explícito.
John D. Bernal también expone esta complejidad, así el punto de vista sobre el que desarrolla su libro La historia en la ciencia es el siguiente:
A lo largo del trabajo consideramos a la ciencia en un sentido muy amplio, sin tratar de sujetarla en modo alguno a una definición. En realidad, la naturaleza de la ciencia ha cambiado tanto en el transcurso de la historia humana, que no se podría establecer una definición de ella. A pesar de que me he propuesto incluir todo aquello que recibe el nombre de ciencia, el interés del libro se encuentra concentrado en la ciencia natural y en la tecnología, debido a que, (…) las ciencias de la sociedad estuvieron incorporadas al principio en las tradiciones y en los ritos y sólo tomaron forma bajo la influencia de las ciencias naturales y siguiendo su modelo. El tema que se repite constantemente es el de la compleja interacción de las técnicas, la ciencia y la filosofía. La ciencia se encuentra colocada en el término medio entre la práctica establecida y transmitida de los hombres que trabajan por su sustento, y las normas ideológicas y tradiciones que aseguran la continuidad de la sociedad y los derechos y privilegios de las clases que lo gobiernan. (Bernal, 1981;13).
Como vemos, hay un reconocimiento de las complejidades para definir a la ciencia, pero se acepta implícitamente que es la forma más racional y exacta de estudiar a los objetos. Se acepta que esta es algo muy distinto a la técnica y a la filosofía y, además, se asume como superación de ambas. No está claro lo que es la ciencia, se acepta la complejidad de su definición, pero se tiene claro que la ciencia no es filosofía, y se adopta un planteamiento en donde la filosofía es una norma ideológica, que es deliberadamente utilizada para mantener el poder político o para argumentar en favor de la continuidad de la sociedad. No es que la filosofía no pueda servir también para esto, es decir, ser utilizada para defender la ideología dominante, pero es un planteamiento bastante reducido acerca del desarrollo mismo del filosofar. Al quedar solamente su utilización ideológica es bastante claro por qué para pensadores como Bernal se aleja la filosofía del planteamiento científico que lo que quiere es descifrar la realidad del objeto.
Da la impresión de que las consideraciones respecto a la oposición entre la ciencia y la filosofía se hacen desde una evaluación exterior, es decir, desde un molde de pensar el conocimiento científico ya preestablecido y que no se analiza la potencia del pensar filosófico en sí mismo. No se cuestiona si el método experimental realmente puede llegar al saber absoluto o se renuncia a ese saber porque no es aceptada otra forma de adquirir el conocimiento científico. La filosofía es tratada como una reflexión solamente de la idea y para la idea, sin reflexionar muchas veces si esa idea es parte de la construcción epistémica del objeto o si realmente hay ideas que no digan nada de la realidad existente.
Por lo anterior, es común encontrarse con páginas dedicadas por distintos pensadores a expresar su asombro ante tanta confusión. Ramón Vals Plana hace una revisión histórica del concepto de dialéctica, y llegando a la parte del aporte de Marx ve que el alemán (apátrida sería más justo) pretendía criticar el método especulativo de Hegel para analizar “lo que verdaderamente pasa”. La valoración de Vals Plana es, por lo menos, clarificadora:
No se puede perder de vista, sin cometer ninguna injusticia, que la filosofía siempre ha pretendido hablar y ha hablado de «lo que realmente pasa». Pero ha pretendido también hablar con rigor y no a humo de pajas, y ello la ha obligado a circunscribir el sentido de las palabras o de desplazarlo, según los casos, respecto del sentido más usual. Incluso a veces ha debido acuñar tecnicismos propios. Todo ello ha distanciado el lenguaje filosófico común, la gente ha empezado a no entender a los filósofos desde hace siglos, y por ello seguramente ha dado en pensar que la filosofía habla de cosas distintas de esas que vemos y padecemos cada día. (Vals Plana, 1982;107).
Clarificador porque Marx también pretendía darle un contenido científico a su teoría, y en su valoración de la filosofía tradicional se muestra la facilidad con la que en ocasiones es desechado un pensamiento para adoptar otro que nos parece “más objetivo”.
Alan Luna es maestro en filosofía por la UAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
Bibliografía
Bernal, John D. (1981). La ciencia en la historia, Nueva Imagen, México.
Herzen, Alejandro (1968). Cartas sobre el estudio de la naturaleza, Ciencia Nueva, España.
Vals Plana, Ramón (1982). La dialéctica: un debate histórico, Montesinos, España.
