Violencia en el capitalismo

OPINIÓN Por: Christian Jaramillo

Noviembre 2022

El gobierno de Andrés Manuel es el periodo más violento de la historia moderna de México. De acuerdo con las cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), de diciembre del 2018 a mayo del 2022 se han registrado 118,192 homicidios dolosos y 3,463 feminicidios, que sumados alcanzan un total de 121,655 muertes violentas, superando las cifras alcanzadas por cualquier gobierno desde la Revolución Mexicana.

Aunque la violencia no es un problema nuevo que enfrenta la sociedad mexicana, las estadísticas marcan que sí es un fenómeno que se ha ido exacerbando a medida que pasan los años. Esta, sin embargo, no es una tendencia propia de México o de los países que aparecen en la lista de los más peligrosos. Suecia, por ejemplo, uno de los países ejemplares en seguridad y desarrollo, ha visto cómo en los últimos diez años la violencia ha aumentado significativamente en su población. De acuerdo con el periódico Euronews[1], en lo que va del año (2022), 48 personas han muerto por armas de fuego, tres más que en todo el 2021. Alemania presenta un caso similar. Según las cifras del portal Datosmacro[2], la tasa de homicidios en Alemania, que se situó en 2020 en el 0.93 por cada cien mil habitantes, subió respecto a 2019, cuando se encontraba en 0.75 por cada cien mil habitantes. De este modo, se puede deducir que el aumento de la violencia no es un fenómeno que afecta de manera particular a ciertos países, sino que es una tendencia que comparten y sufren, en diferentes escalas, la mayoría de los países del mundo.

Surge la pregunta, por lo tanto ¿qué tienen en común todos estos países, además de convivir con una violencia que se exacerba? Los elementos explicativos podrían ser varios, pero el que estructuralmente une a todos, es que se desarrollan bajo un mismo sistema económico: el capitalismo. En este sentido, el propósito de este artículo es explicar cómo la lógica y tendencias propias del modo de producción capitalista son inherentemente violentas y, en gran medida, son también causa de la violencia que las sociedades modernas viven día con día.  

El capitalismo no solo produce mercancías, produce también a los sujetos que habrán de consumirlas. Sin embargo, la forma en la que el sistema produce estos dos elementos lleva implícitos procesos de violencia que no siempre son fáciles de observar.

Para la producción de mercancías, la forma en la que la sociedad se organiza para dicha producción es a partir de la puesta en marcha conjunta de los medios de producción y la fuerza de trabajo, donde el primer elemento pertenece a los capitalistas y el segundo a la clase trabajadora. El hecho de que los factores productivos estén separados entre clases sociales, o más precisamente, que los medios de producción estén disociados de los trabajadores, ocasiona que el producto de la labor no se quede en manos de estos últimos, sino en las manos privadas de la clase capitalista. La remuneración del trabajador, expresada en un salario, es apenas una pequeña parte de todo el valor que ha producido en las jornadas laborales. Este proceso de enajenación en el que el trabajador no disfruta del resultado de todo su trabajo, como consecuencia de su separación de los medios de producción, es en sí mismo ya un grave acto de violencia. No obstante, esta es la forma en la que se producen la mayoría de las mercancías que todos los días se venden en los mercados: una en la que los capitalistas se benefician del trabajo no remunerado a la clase trabajadora (plusvalía).

A medida que la producción capitalista continúa, la diferencia material entre los capitalistas y los trabajadores también tiende a avanzar. Debido a que el capitalista se ve obligado a acumular cada vez más capital como condición necesaria para permanecer en el mercado, sus ganancias también tienden a aumentar, más cuando ha logrado monopolizar un segmento de dicho mercado. Por el otro lado, en cambio, la remuneración de los trabajadores tiende a mantenerse o a disminuir, y en caso de que aumente es para paliar las mermas al poder adquisitivo generado por la inflación; es decir, en el mejor de los casos, su ingreso real (poder adquisitivo) sigue siendo el mismo. El acrecentamiento de la brecha entre ricos y pobres, o capitalistas y trabajadores, es un elemento propio del capitalismo.

La OXFAM[3], en su informe del mes de mayo del presente año menciona que, a partir de la pandemia de la COVID-19, la riqueza de los diez hombres más ricos se ha duplicado, mientras que el ingreso del 99% de la humanidad restante se habría deteriorado. En el mismo estudio se revela que, desde 1995, el 1% más rico ha acaparado cerca de 20 veces más riqueza global que la mitad más pobre de la humanidad. Estas cifras son una clara muestra del fenómeno mencionado: el aumento de la violenta desigualdad en el mundo capitalista.

Las repercusiones de esta desigualdad las podemos observar en imágenes cotidianas como la de africanos tratando de llegar a Europa por el mar Mediterráneo, centroamericanos y mexicanos intentado cruzar la frontera de Estados Unidos; niños mendigando en las calles, trabajo infantil; gente que muere por hambre y por no tener acceso a servicios de salud; narcotráfico, niños que cargan rifles en los suburbios latinoamericanos; etc. Son muchas las formas en que se presenta la pobreza que crea el capitalismo, sin embargo, todas ellas tienen su génesis en la desigual forma en la que se organiza el sistema para producir los bienes que se consumen. Por ejemplo, de acuerdo con el informe de la OXFAM Las desigualdades matan[4], se menciona que las diferentes desigualdades económicas contribuyen actualmente a la muerte de cerca de 21,300 personas al día o lo que es igual a 4 personas cada segundo.

Aunque las formas de violencia que se acaban de mencionar son las más visibles y generalizadas, hay otras formas que son más sutiles, pero igual o más dañinas que la violencia física. Esta es la violencia hacia la psique y la conciencia del ser humano, y que tiene que ver con el segundo elemento inherente al capitalismo como generador de violencia: la creación de consumidores.

Desde que el ser humano dejó de producir para el autoconsumo, se vio envuelto en las dinámicas del mercado. En el capitalismo como etapa desarrollada del mercantilismo, el hombre se especializa en la producción de solo ciertas mercancías, ya no produce todo lo que necesita para su consumo. Este proceso llevó a la interdependencia social (más allá de la existente dentro los límites de la hacienda) de los diferentes productores (directos e indirectos) para crear bienes específicos que al consumirlos satisficieran las diversas necesidades sociales. Es decir, en el capitalismo, a diferencia de etapas de producción previas, tanto el productor directo como indirecto tienen que acudir al mercado para consumir. En ese sentido, el propio sistema se encarga de crear sus consumidores. Sin embargo, el problema surge cuando el sistema no produce los consumidores suficientes que satisfagan sus necesidades de expansión. Ese fenómeno sucede en el capitalismo como una de sus principales contradicciones.

Al momento en que una mercancía se vende, su valor se realiza; es decir, el trabajo, materializado en una mercancía, se transforma en su forma dineraria y es apropiado por el capitalista para continuar con el proceso de acumulación de capital. Si las mercancías no se vendieran, no habría el dinero que compra o produce los factores de producción necesarios para echar a andar el siguiente proceso productivo. La economía se detendría. Por esto, mientras más mercancías se vendan, más beneficioso para el sistema y quienes lo controlan. De ahí la importancia del consumidor para este modo de producción: reproducirlo y aumentar la ganancia capitalista.

Sin embargo, con los bajos salarios de la clase obrera, que muchas veces no alcanza ni para la reposición de sus propias fuerzas, peor para el sustento de su familia, el consumo de la población en general tiende a restringirse. De modo que se genera un stock de mercancías, que no solo significa la detención de una futura ganancia capitalista, si no que inclusive se convierte en una pérdida para este, entre otras cosas, por la reducción de la rotación del capital, además de tener que gastar en arriendos de locales donde se almacenan las montañas de mercancías no vendidas. No obstante, y como es especialidad del capitalismo, tiende a metamorfosearse para adaptarse a las distintas situaciones creadas por él mismo. En este sentido, busca la manera de crear consumidores más allá de las capacidades materiales de estos. Ejemplo de ello son las tarjetas de crédito, los préstamos, créditos hipotecarios, etc.

Pero ¿por qué la gente consume o acepta los mecanismos de consumo descritos si sabe que posiblemente no podrá hacerles frente? La respuesta más próxima sería mencionar que lo hacen para completar los gastos básicos de su reproducción humana; se observa, sin embargo, que es muy común que la gente tienda a consumir más allá de esas necesidades elementales y de sus posibilidades materiales. Es aquí donde entra la otra mano poco visible del capitalismo, a través de la industria cultural, aparatos ideológicos, medios de comunicación masivos, la educación (formas de disciplina estudiados por Foucault), para atraer a la gente a un mundo de consumismo. Está por demás mencionar las formas en que este conjunto de herramientas ideológicas capitalistas incita a consumir. Lo que sí es importante mencionar, es que, casi en su totalidad, estas propagandas tienen un carácter estereotipado del consumo. Esto quiere decir, que no solo te incitan a comprar, si no que, además, implícitamente con el producto, te venden prototipos de belleza, personalidad, conducta social, cultura, etc.

El hecho de no poder consumir alimentos, vestimenta, conocimiento, etc., sin el condicionamiento de estereotipos, es un grave acto de violencia, ya que enajena la capacidad de elección de las personas en beneficio de la ganancia capitalista. A esto hay que añadir que el problema se agudiza cuando se observa que la mayoría de los estereotipos llevan consigo modelos imposibles de replicar (como tipos de peso, cuerpos, comportamientos, que simplemente no se pueden igualar por factores genéticos, psicológicos o económicos) que perjudican la salud física y sobre todo mental de los consumidores.  En este sentido, los mecanismos propagandísticos que crea el sistema capitalista para promover el consumo llevan intrínsecamente mecanismos de violencia, aunque sea de maneras menos evidentes.

Como parte de estos juegos mentales del capitalismo, la psicología dominante, antes de servir de ayuda para mitigar los problemas ocasionados por la propaganda capitalista, se ha encargado de “psicologizar la violencia” que causa este sistema de consumo. Por ejemplo, se observa que en la forma en que la psicología aborda los problemas, sobre todo bajo la forma de coaching, existe la tendencia a individualizar las causas y a minimizar el contexto social, de manera que se llega a conclusiones como que el problema no está en la moda y en la publicidad, sino en la anorexia; no está en el racismo de la televisión que identifica la blancura con el éxito y la belleza, sino en la baja autoestima; no está en la homofobia, sino en la homosexualidad.

A partir de lo hasta ahora expuesto, se puede concluir que las sociedades capitalistas viven inmersas en violencias estructurales que son inherentes al modo de producción capitalista. Estas violencias, a veces son muy claras como en la desigualdad material, pero otras veces son más sutiles como en los estereotipos. Estos elementos en conjunto crean, además, condiciones de violencia que, en buena medida, pueden contribuir a explicar otras formas de violencia como la violencia doméstica, de género, infantil, etc.  Sin embargo, de ningún modo esto excusa a los gobiernos en su responsabilidad por crear espacios de convivencia más seguros.

Es mucho lo que, aun dentro del capitalismo, se puede lograr a través de las políticas de Estado. No obstante, es complicado alcanzar estos objetivos sin primero ser consciente de la realidad actual que atraviesa México. El presidente ha logrado a través de sus cantos de sirena y de sus “otros datos” engañar a la población sobre la verdadera situación de violencia y miseria que atraviesa el país. Por esta razón es menester de todos mantenerse alertas e informados sobre la vida política y presionar al gobierno para que se cumpla el derecho constitucional más básico de los mexicanos: la vida.


Christian Damián Jaramillo Reinoso es economista por la UNAM. Opinión invitada.

[1] Martínez, S. (12 de septiembre de 2022). La violencia entre bandas y los asesinatos por armas de fuego aumentan en Suecia. Euronews.https://es.euronews.com/2022/09/12/la-violencia-entre-bandas-y-los-asesinatos-por-armas-de-fuego-aumentan-en-suecia#:~:text=Aumento%20de%20la%20delincia,estaban%20presentes%20hace%2010%20a%C3%B1os.

[2] Datosmacro. (19 de octubre de 2022 ). Homicidios Intencionados. https://datosmacro.expansion.com/demografia/homicidios/alemania#:~:text=M%C3%A1s%20muertes%20violentas%20en%20Alemania,que%20publicamos%20en%20Datosmacro.com.

[3] OXFAM. (23 de mayo del 2022). Beneficiarse del sufrimiento. https://www.oxfam.org/es/informes/beneficiarse-del-sufrimiento

[4] OXFAM. (17 de enero de 2022). Las desigualdades matan.

https://www.oxfam.org/es/informes/las-desigualdades-matan