¿Poner fin a la austeridad es puro sentido común?

OPINIÓN Por: Gladis Mejía

Noviembre 2022

En un contexto donde confluyen una crisis sanitaria aún sin término, el comienzo de una crisis inflacionaria y el retumbe de tambores de guerra, las medidas de austeridad campean en el mundo. Dos informes recientes lo atestiguan. OXFAM advirtió desde marzo de 2021 (https://bit.ly/3s3Koz6) que 73 de 85 naciones que negociaron préstamos con el FMI para enfrentar el Covid-19 tenían planes de emprender medidas agresivas de consolidación fiscal, es decir, austeridad. Pero en septiembre de 2022, el análisis de OXFAM para América Latina (https://bit.ly/3D3lHsB) revela que el 87% de los préstamos a esta región no solamente alentaban la austeridad, sino que la exigían como condición para el financiamiento. El resultado será más desigualdad económica.

El segundo informe, realizado por la Iniciativa para el Diálogo de Políticas junto con otras organizaciones (https://bit.ly/3TjnRtE), alerta sobre la probabilidad de que el “choque de austeridad” de esta crisis sea más fuerte que el de la crisis de 2008. Los déficits fiscales y el endeudamiento de muchos gobiernos crecieron, por lo que, a partir de 2021, la exigencia de sus acreedores es sobre la consolidación fiscal, pues ven el temor, con serios fundamentos, de una serie de impagos como los que ocurrieron en la década de los años 80. Este ajuste fiscal afectará, dicen las organizaciónes, a 85% de la población mundial.

Como vemos, ambas organizaciones entienden la austeridad en términos puramente fiscales y, de hecho, es casi la norma en los análisis económicos. Por lo tanto, en términos de las cuentas de las finanzas públicas la aplicación de medidas de austeridad se da en los ingresos y gastos del Estado. Por el lado del ingreso, implica la aplicación o el aumento de impuestos sobre el consumo (el IVA) que son muy regresivos, y recortando los impuestos a las rentas y la propiedad. Por el lado del gasto, las medidas de austeridad recomendadas por el FMI incluyen el congelamiento o la disminución de de la masa salarial de los trabajadores del Estado y los recortes al gasto social, como a la salud y la educación. Las cuentas fiscales están “consolidadas” cuando aseguran el pago de intereses a los acreedores.

Sin embargo, esta definición de la austeridad no permite entender el fenómeno completo de su aparición (y su consecuente desaparición). Esto solo lo alcanzamos al revisar la historia del siglo XX “en clave política” (Fontana dixit), en clave de lucha de clases. El Estado con las instituciones de protección social que conocemos solo comenzó a desarrollarse a finales del siglo XIX, particularmente en Alemania, con seguros de salud y pensiones estatales; sin embargo, esto fue resultado de las luchas emprendidas por los obreros afiliados al SPD alemán, que para entonces era muy fuerte. Pero la revolución rusa de 1917 dio un giro radical al orden mundial. El miedo a lo rojo se esparció como pólvora y, en los países donde más riesgo había de una revolución social, como en Alemania e Italia, los partidos fascistas reprimieron a sangre y fuego a los sindicatos y eliminaron los pocos programas sociales conseguidos.

Así se explica también que, después de la segunda guerra mundial, la mayoría de los países instituyera el Estado de bienestar. Durante esta etapa disminuyó la desigualdad a niveles nunca vistos, el Estado redistribuía la riqueza social con impuestos progresivos y gasto social. La lucha de los sindicatos obreros era activa y, por el miedo a la revolución mundial que imponía la URSS, se les otorgaban concesiones. A finales de la década de los años 60, las clases dirigentes de los países capitalistas comprendieron que la amenaza no tenía suficiente fundamento, pues los sindicatos y partidos comunistas no se proponían precisamente una revolución social, además de que avizoraron la caída de la URSS. Y comenzó la arremetida contra todas las conquistas sociales, comenzando por la represión de la organización obrera y, con ello, dando entrada libre a la austeridad.

Por lo tanto, la austeridad fiscal es un resultado, que solo pudo existir si antes hubo una “bonanza”. Ésta solo pudo existir por las conquistas y las luchas de los trabajadores a nivel mundial que comenzaron a asustar a la clase capitalista. La austeridad teorizada y aplicada desde los años 80, se trata, pues, de la lucha de clases. Solo así se redondea a cabalidad el resultado que indica la OXFAM: un incremento de la concentración de la riqueza a niveles nunca vistos. Por tanto, el fin de la austeridad en el mundo no va a llegar con buenas intenciones ni exigiendo un cambio en la manera de pensar de los “hacedores de políticas”, advirtiendo del creciente descontento social. La condición necesaria para darle fin, es la renovación de la organización y lucha de los trabajadores.


Gladis Mejía es economista por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.