Trivialidades con apariencia de filosofemas

Octubre 2022

Nuestro modo de pensar y de obrar están constantemente influenciados por trivialidades con apariencia de filosofemas. Tenemos que vérnoslas, por ejemplo, con frases tan sonoras como estas: “el fuego no se puede apagar con el fuego” o “no se debe combatir el mal con el mal”.

En estos casos, somos generalmente víctimas inconscientes de la lógica del sentido común. Aceptamos pasivamente que “el fuego no se puede apagar con el fuego” o que “no se debe combatir el mal con el mal” porque confiamos ciegamente en la infalibilidad nuestro sentido común, cuyo capital fundamental bien es verdad que proviene de conclusiones extraídas de la experiencia humana o incluso de nuestra propia experiencia, pero tan elementales como “no meter el dedo en el fuego”, “seguir de preferencia la línea recta” o “no molestar a los perros bravos”. En circunstancias extremadamente simples como esas, el sentido común resulta necesario y hasta suficiente. Por eso, puede ser una guía de confianza, siempre y cuando no exceda los límites de su competencia. No bien excede sus límites naturales para intervenir en el terreno de generalizaciones más complejas, el sentido común es básicamente impotente.

Cuando, por poner un caso, el gobierno actual fundamenta su política pacificadora con trivialidades como aquella de que “el fuego no se puede apagar con el fuego”, vemos precisamente que el sentido común es impotente si se trata no ya de situaciones simples, sino de tomar decisiones de gran trascendencia social.

El sentido común fracasa cuando se aplica en cuestiones complejas porque se aferra a la abstracción “o una cosa u otra”, a la fórmula “sí es sí, y no es no”, de donde resulta que el fuego es el fuego y que el mal es el mal, y sanseacabó; pero cuando se juzgan los problemas sociales desde este punto de vista se obtienen dictámenes abstractos, generales e insatisfactorios.

Frasecitas como aquella de que “el mal no se debe combatir con el mal” parten justamente de la abstracción “o una cosa u otra”, en este caso, se contrapone el “mal” absoluto con el bien también “absoluto”. Desde hace mucho tiempo se sabe sin embargo que la contraposición entre el bien y el mal, como todas las contraposiciones polares, no tiene validez absoluta sino para un terreno extremadamente limitado, y que cuando la aplicamos fuera de ese estrecho ámbito, la contraposición de mal y bien se hace relativa, hasta el punto de que, si se intenta seguir aplicando como absolutamente válida fuera de aquel terreno, los dos polos de esa contraposición mutan en su contrario, el mal se hace bien y el bien se hace mal.

Se ha replicado aun así que el bien no es el mal ni el mal el bien, y que si aplicamos aquí la “lógica de la contradicción”, terminaremos por confundir el bien y el mal suprimiendo toda moralidad y abriendo con ello la puerta a que cada cual pueda hacer lo le venga en gana. Pero la cuestión no es, desde luego, tan sencilla ni mucho menos. Si tan fácil fuera, si todos supiéramos realmente lo que son el bien y el mal no habría en primer lugar espacio ninguno para la discusión sobre el bien y el mal, y en segundo, ¿cómo es posible entonces que se quiera el mal y que todos, en toda circunstancia, no queramos solamente el bien? Vemos pues que aquello de que “el mal no se debe combatir con el mal” denota una vulgaridad supina en el modo como trata la contradicción entre el bien y el mal. Esta antítesis, como aquellas otras de lo verdadero y lo falso, lo idéntico y lo distinto, lo necesario y lo fortuito, sólo tiene un valor relativo. Las nociones de bien y mal han cambiado tanto de un pueblo a otro y de una época a otra que frecuentemente han llegado incluso a contradecirse.


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.