Futuro

Octubre 2022

¿Puede preverse el futuro? La reflexión precisa sobre este problema, es decir, la discusión en torno a la posibilidad de conocer el futuro, inició poco después de la muerte de Hegel, cosa que ocurrió en 1831. Por entonces, su filosofía constituía la filosofía definitiva o esa era, cuando menos, la opinión más general. Alguien comparó incluso la situación filosófica de aquellos momentos con la suerte postrera del Imperio de Alejandro Magno: “ningún sucesor podría subir al trono, sino que diversos sátrapas repartirían entre sí las provincias”. El desarrollo inmediato de la filosofía neohegeliana no hizo más que confirmar la exactitud de esa analogía. En efecto, como Carlos Marx y Federico Engels habrían de escribir casi quince años más tarde en la Ideología alemana, tras la muerte de Hegel sobrevino el proceso de putrefacción del Espíritu Absoluto, es decir, las diversas partes integrantes de ese caput mortuum entraron en descomposición. En estas circunstancias, los principales representantes de la crítica filosófica poshegeliana, a quienes Marx y Engels llamaron “industriales de la filosofía”, siguieron el lamentable ejemplo de los diádocos: desmembraron primero el sistema hegeliano; luego, cada uno escogió este o aquel aspecto del mismo; por último, cada cual se dedicó “afanosamente a explotar el negocio de la parcela que le había tocado en suerte”.

Esto supuso el principio de la disolución del sistema hegeliano. A este respecto, la tentativa quizá más promisoria, la que prometía los resultados más incisivos, fue la que se propuso la tarea de superar el carácter contemplativo de la filosofía hegeliana, en otras palabras, volver práctica a la dialéctica, tendencia a lo práctico que se hizo patente sobre todo en los jóvenes hegelianos de corte radical. Esa tendencia a lo práctico no estaba desligada, por lo demás, de los procesos político-sociales de esos años, en particular, de la influencia que los principios de la Revolución Francesa ejercían aun sobre los hombres de ese tiempo. Respondía en especial a la sensación general de que se estaba viviendo una época de transición que, por otra parte, representaba los pródromos de una era completamente nueva. “La vieja Europa está en el comienzo de su fin” —escribió Metternich en su Diario, “por otra parte, la nueva Europa está todavía en gestación; entre el comienzo y el fin sobrevendrá el caos”.

En este contexto se hizo mucho hincapié en el papel transformador de las ideas, depositándose una gran fe en el poder práctico de la teoría. Los hegelianos de izquierda decían que el pensamiento precedía a la acción como el relámpago al trueno. Para ellos, la teoría precedía siempre a la acción tal como Juan Bautista había precedido a Cristo. Argüían asimismo que el cristianismo, la Reforma y la Revolución habían sido teorías antes de convertirse en acciones. Todo esto representaba una transición del pensamiento a la acción, pero esa transición a la acción era siempre intelectual, puramente teórica. Por eso se comenzó a hablar de la necesidad de sustituir la filosofía especulativa con una filosofía que ofreciese la posibilidad de una acción práctica, argumentándose que no bastaba con descubrir las leyes de la historia pasada, sino que ese conocimiento debía ser usado para cambiar el mundo del futuro. Los hegelianos de izquierda reconocían en este sentido la importancia de la filosofía hegeliana, pero decían que la filosofía de Hegel sólo podía explicar la historia post factum: sólo podía estudiar lo que había ocurrido o lo que estaba ocurriendo, pero no podía proyectarse hasta una ordenación consciente del futuro. Hegel, en su filosofía de la historia, no había planteado la cuestión del conocimiento en relación con el futuro, y la mejor manera de conocer y determinar el futuro no podía ser otra que la acción práctica, la acción para deducir la esencia del futuro. La función de la filosofía era entonces la de convertirse en una filosofía práctica que desarrollara el futuro para que la historia fuera, de ahí en adelante, una historia de actos y no de hechos.


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.