La revolución de Xinhai y el origen de la modernidad política en China

OPINIÓN Por: Ehécatl Lázaro

Octubre 2022

La Revolución de Xinhai de 1911 es uno de los acontecimientos más trascendentes de la historia política china. Este levantamiento armado derrocó a la dinastía Qing, la casa gobernante entre 1644 y 1912, y puso fin a un sistema imperial de más de dos mil años de antigüedad.

En la primera década del siglo XX, los principales grupos de la escena política china eran tres. Los defensores del emperador provenían de los estratos más altos del ejército y la burocracia, y buscaban mantener el régimen dinástico tradicional con un emperador que concentrara todo el poder político. Los reformistas eran intelectuales y antiguos burócratas convencidos de mantener el marco general del sistema imperial, pero también proponían aplicar reformas políticas que restaran poder al emperador. Los revolucionarios eran intelectuales, mercaderes y miembros de sociedades secretas que planteaban el derrocamiento del emperador y el establecimiento de un sistema político diferente. En pocas palabras, los defensores del emperador luchaban por mantener el sistema imperial, los reformistas buscaban una monarquía constitucional y los revolucionarios planteaban una república.

Los reformistas y los revolucionarios surgieron como resultado de la crónica debilidad de China respecto a las potencias extranjeras. Al perder la Guerra del Opio y firmar el Tratade de Nanjing de 1842, China se convirtió en un botín muy deseado por las potencias europeas y norteamericanas, quienes obligaron al país asiático a firmar tratados altamente lesivos para la economía china. Esta situación generó entre la población un gran descontento contra la dinastía Qing, pues con cada nueva derrota demostraba que no podía defender ni el territorio del imperio ni a sus súbditos.

Por otro lado, el fortalecimiento de Japón y su victoria en la guerra ruso – japonesa de 1905 fueron interpretados por la intelectualidad china como muestras de la superioridad de la monarquía constitucional (Japón) respecto a la monarquía absoluta (Rusia). Con base en esas conclusiones, varios intelectuales, mercaderes y miembros de las élites provinciales comenzaron a demandar la aplicación de reformas que dieran paso a una monarquía constitucional. Pedían la instalación de una asamblea en cada provincia, el establecimiento de una asamblea nacional y la redacción de una constitución que sentara las bases del nuevo sistema político.

En vista de su debilidad, la dinastía no tenía más opción que aceptar las reformas. Sin embargo, el emperador veía cómo las élites provinciales adquirían más poder y sentía amenazada su posición histórica. En una medida desesperada por reconcentrar el poder en sus manos, el emperador disolvió las asambleas y trató de frenar el proceso de reformas. Esta medida llevó a las élites provinciales y a los reformistas a retirarle su apoyo al emperador. A partir de ese momento, sus intereses se alinearon con los de los revolucionarios.

Los revolucionarios, cuyo principal representante era Sun Yatsen, habían impulsado levantamientos armados en el sur del país por más de 15 años, pero ninguno había prosperado. Para impulsar la lucha armada, los revolucionarios habían establecido una alianza con las sociedades secretas, pues estas tenían organizado un número relativamente grande de personas dispuestas a alzarse contra los Qing, mientras los revolucionarios prácticamente no tenían ninguna conexión con el pueblo chino. Al fracasar los levantamientos de las sociedades secretas, los revolucionarios cambiaron su estrategia y optaron por favorecer el trabajo propagandístico en el interior del ejército. Fueron los oficiales educados en Japón quienes mejor recibieron esta influencia.

En 1911 los militares revolucionarios decidieron alzarse contra el ejército imperial en la ciudad de Wuchang (actualmente Wuhan) y declararon la independencia de la provincia de Hunan. Las élites de las demás provincias aprovecharon la crisis política y también declararon su independencia. La dinastía reconoció su incapacidad para derrotar a los ejércitos provinciales y el emperador tuvo que capitular. En 1912, en Nanjing, los revolucionarios declararon la fundación de la República de China y eligieron a Sun Yatsen como presidente. En cuestión de meses Sun cedió la presidencia al general Yuan Shikai, quien se convirtió en el hombre fuerte de China hasta 1916.

La Revolución de Xinhai terminó con un sistema imperial de dos milenios y dio origen al sistema republicano, pero al mismo tiempo inauguró un periodo de inestabilidad política y fragmentación territorial. Sin el emperador, los generales de cada región se erigieron como hombres fuertes y desconocieron a la autoridad política central. Fue necesario que terminara la invasión japonesa y la guerra civil para que China volviera a tener unidad territorial y un poder centralizado.


Ehécatl Lázaro es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM y cursa una maestría en Estudios de China en El Colegio de México.