El monumento de Tatlin

OPINIÓN Por: Alan Luna

Octubre 2022

“Tras la Revolución de Octubre, la utopía dejó de ser la representación abstracta de una sociedad liberada que se proyectaba en un futuro lejano y desconocido aun; era ahora la imaginación desatada de un mundo por construirse en el presente.”. La idea es de Enzo Traverso y es desarrollada en su libro Melancolía de izquierda. El texto nos pone en perspectiva lo que significó un movimiento que desató las potencias creadoras de los artistas rusos.

Muestra, un poco curiosa, de estas ganas que se tenían por transformarlo todo fueron los proyectos de Vladímir Tatlin, quien diseñó un monumento arquitectónico que debería ser más grande que la Torre Eiffel, señal de que el movimiento histórico de los bolcheviques había logrado tomar el cielo por asalto. Se le conoció al proyecto como Monumento a la III Internacional.

El monumento no solo debería ser imponente a la vista, sino que debería ser habitable, debería poder usarse, se proponía que fuera usado como sede de los órganos de dirección del nuevo gobierno surgido de la revolución rusa. El edificio internamente se dividiría en tres niveles que tendrían movimiento propio, es decir, que rotarían sobre sí mismos cumpliendo distintos ciclos.

Ya cuando lo presentaron lo catalogaron como un proyecto irrealizable, imposible, demasiado ambicioso para los recursos de la época. Sin embargo, su importancia probablemente está no en si era posible o no, sino en lo que significaba para la arquitectura y el arte en general en un periodo en donde se podía ser libre para imaginar nuevas formas de construir, nuevas formas de pensar, desafiar de manera real a lo impuesto por el canon artístico burgués para poner a prueba el nuevo pensamiento, aunque en la práctica se vieran sus deficiencias.

El hecho mismo de querer construir un monumento con intención de ser usado para tareas de dirección política era una forma clara en que Tatlin manifestaba la nueva visión de los artistas rusos: la estética y la política no deben ser hechos separados, deben complementarse para hacer el esfuerzo de crear y concebir un mundo mejor, en donde la justicia y la equidad van de la mano con la experiencia de la belleza.

El mundo nuevo debe ser una ambición de todos los seres humanos que quieran experimentar un entorno libre, y con más razón de los artistas. Es un campo abierto a la creación, no sin límites, pues es imposible la libertad absoluta, pero sí librados de los límites impuestos por una élite de consumidores privilegiados del arte. En todos los campos, incluso en la arquitectura, en donde la lógica de la producción capitalista ha hecho que reine una forma de pensar más que en el edificio bello, en el útil. La experiencia toda debe ser una experiencia estética, en donde el ser humano se sienta libre y realizado, donde todo le recuerde que ha venido al mundo a transformar la realidad en favor de todos y no solo de los dueños del capital.

Desgraciadamente el proyecto de Tatlin también nos recuerda otra cosa, la posibilidad de que los proyectos surgidos de la sola voluntad de cambiarlo todo no puedan ser realizables y se consuman detrás de la exposición de un museo. Por eso es muy importante ser realistas en el cambio por el que tenemos que luchar, sabiendo diferenciar lo deseable de lo posible.


Alan Luna es filósofo por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.