La fe incondicional de la élite mexicana en la dependencia y subordinación

OPINIÓN Por: Jesús Lara

Agosto 2022

Un aspecto central de la política mexicana en las últimas décadas es que, detrás de las peleas intestinas al interior y entre partidos y facciones, prevalece un consenso generalizado sobre los grandes temas económicos prioritarios en México. Quizás la muestra más clara es el inexistente debate concerniente al modelo de desarrollo que México necesita para comenzar a superar sus problemas más urgentes. Y, en efecto, aunque el discurso de AMLO enfatice su quiebre con el “neoliberalismo”, lo cierto es que, con excepción de su visión sobre el rol del Estado en el sector energético, no hay ningún rompimiento serio, ni en el discurso ni en los hechos, con los componentes estructurales del modelo económico que domina en nuestro país desde hace, al menos, cuatro décadas. El elemento central de este modelo es la subordinación de la economía nacional a las necesidades e intereses de los grandes monopolios globales, y en particular de los de Estados Unidos, que se traduce en hacer de México una gran maquiladora de las empresas transnacionales que producen para el mercado mundial, y para el norteamericano en particular.  Los defensores de este modelo nunca hablan en estos términos, sino que se refieren a las oportunidades que ofrece adoptar un modelo económico exportador teniendo acceso preferencial al mercado más rico del mundo, y beneficiándose de la inversión extranjera que aprovecha la localización geográfica privilegiada de México.

La pregunta obligada es por qué, a pesar de los pésimos resultados de dicho modelo en aquello que es verdaderamente importante, sigue siendo aceptado acríticamente por la mayoría del establecimiento político y mediático de México. La lógica de la defensa se puede resumir así: México vivía un boom exportador en la década de los años noventa tras la firma del TLCAN y todo apuntaba hacia el crecimiento sostenido, pero entonces vino el ascenso de China y el este asiático, lo que debilitó a la industria mexicana. A pesar de eso –argumentan– nuestro país aumentó abruptamente sus exportaciones manufactureras y se posicionó a la cabeza en importantes industrias como la automotriz. Pero como los resultados son tan negativos, esta excusa no basta, así que la defensa se ha complementado en los últimos años con la afirmación de que “ahora sí” México puede cosechar los frutos de su híper integración con EE. UU.: lo hemos escuchado desde 2016, cuando el gobierno de Donald Trump inició su guerra comercial con China. Entonces se decía que México podría aprovechar las inversiones que abandonarían Asia. 

La coyuntura actual ha reforzado los argumentos a favor del “ahora sí”. Como resultado conjunto de la crisis en las cadenas globales de suministros por la pandemia, la reforzada guerra comercial con China, y la “desglobalización” del mundo –acelerada por la guerra en Ucrania– estarían dadas las condiciones óptimas para que México se beneficie de la relocalización masiva de la producción que abandonará al gigante asiático. México, se dice, podría ocupar el lugar que tenía China en la producción mundial, generando millones de empleos nuevos, transferencias tecnológicas y un acelerado crecimiento económico. El mismo AMLO ha expresado abiertamente que ese es el papel que México debería desempeñar en la nueva coyuntura mundial, proponiéndole a EE. UU. ser un aliado incondicional para desbancar a China como la “fábrica del mundo”.

Llegados a este punto, las opiniones acerca de si el gobierno de AMLO ha favorecido o entorpecido esta tendencia, difieren marcadamente. Por un lado, desde la oposición nacional e internacional al actual gobierno, se argumenta que la hostilidad hacia el capital extranjero, la excesiva austeridad y prudencia económica, así como el reciente conflicto con EE. UU. en materia energética, está provocando que México “pierda su oportunidad” de beneficiarse de la coyuntura actual. Como resultado de esto, los principales ganadores de la guerra comercial con China han sido otros países asiáticos. Sin embargo, el desenlace de esta historia todavía no es claro; recientemente, se ha documentado la apertura de nuevas plantas maquiladoras en México y la expansión de las actuales, que emigran de Asia para aprovechar la localización e infraestructura en México. Esto se puede ver en el desempeño de las exportaciones manufactureras en nuestro país, las cuales, en junio pasado, comparadas con las de junio de 2021, son cerca de 20% mayores; los defensores del gobierno actual toman esto como evidencia suficiente de un nuevo boom exportador, de que en materia económica se están haciendo las cosas bien.  

Pero las preguntas faltantes, tanto por parte de quienes lamentan la hostilidad de AMLO al capital extranjero, como de quienes ya celebran el nuevo milagro económico, son las siguientes: ¿por qué éste y otros periodos de bonanza no se traducen en un desarrollo generalizado para la economía mexicana? ¿Quiénes son los principales beneficiarios de la producción industrial en México, tal y como existe actualmente? El primer elemento, que generalmente pasa desapercibido acríticamente por analistas y políticos, es que estos periodos de bonanza son resultado de factores externos a la economía mexicana. La implicación es que su duración también es algo que escapa completamente al control del gobierno: se trata de “milagros que no llevan a nada”. El reto del desarrollo no consiste en subirse a una ola de bonanza generada por circunstancias externas, sino en crear las condiciones internas para que el crecimiento alimente al crecimiento. Basar el crecimiento en bajos salarios y en la cercanía geográfica a EE. UU. es el camino más rápido al fracaso.  Finalmente, es imposible entender los efectos limitados de estos periodos de bonanza exportadora sobre la economía mexicana si abstraemos el carácter maquilador de nuestra economía. Casi por definición, estas unidades están desconectadas del aparato productivo nacional y se especializan en segmentos de bajo valor agregado, lo que hace que tengan poca influencia sobre el resto de la economía. Finalmente, no se cuestiona el hecho de que, tras décadas de especialización exportadora, las condiciones de súper explotación en que se halla la clase obrera mexicana no se hayan atenuado en lo más mínimo. 

Así pues, tanto la oposición como la 4T cometen el error de plegarse incondicionalmente a una estrategia económica caracterizada por la dependencia, la subordinación y la súper explotación. El gobierno, sin embargo, comete un error adicional: apostar todas sus cartas al T-MEC y la integración con EE. UU., pero viola los requisitos de ese mismo modelo, provocando el resquemor de quienes tienen la llave de la inversión y, por lo tanto, del crecimiento. Esta situación implica que la salida del impasse no está en las expresiones políticas dominantes actuales, defensoras, abierta o veladamente, del gran capital imperialista. La construcción de un nuevo modelo económico es la tarea del pueblo organizado y consciente de su situación y de la coyuntura actual.


Jesús Lara es economista por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.