Arte e ideología

OPINIÓN Por: Victoria Herrera

Julio 2022

La idea sobre la pureza en el arte es ya arcaica pero sólo después de la guerra fría ésta se extendió con cierta velocidad tanto en las esferas hegemónicas del arte, cuyo epicentro ha sido el mundo occidental, como en los países periféricos. Sin embargo, ¿es posible tal pureza? El problema es que el arte es por naturaleza una expresión de la vida humana, pero con el matiz de que el objeto artístico se expresa, a diferencia de la ciencia y de la política, de una manera bella. El arte es, pues, una representación bella de la realidad y de ese modo el objeto artístico es siempre una representación de la verdad. Pero si el arte es una representación de la realidad y el artista el creador, es decir, el mediador entre su obra y la realidad es preciso, entonces, que la realidad que éste representa se encuentre siempre mediada por su modo de interpretar la realidad. Y como el pensamiento del artista está determinado, como el de cualquier individuo, por su propia realidad concreta, por el entorno material y social en el que se desenvuelve, y después, por sus convicciones, la obra artística se define y determina por dichos factores.

Es cierto, por eso, que no piensa lo mismo quien vive y come en un palacio que quien vive y come en una choza. Ese conjunto de ideas acerca del mundo y la sociedad que responde a intereses, aspiraciones e ideales de una clase social en un contexto social dado y que guía y justifica un comportamiento práctico de los hombres acorde con esos intereses, aspiraciones o ideales, es lo que se denomina ideología y el artista no escapa a esta situación. El artista, aunque en ocasiones no sea consciente de ello posee una ideología propia y, asimismo, su objeto artístico lo expresa. No existe, por tanto, un arte puro, un arte inmaculado, como han pretendido imaginar ciertos artistas e intelectuales. Es imposible.

Las obras artísticas reflejan ciertamente en general la ideología de clase de quien las crea. Aun así, la ideología que expresa una obra de arte –un libro, una pintura, una escultura– no está determinada mecánicamente por el origen de clase de su autor. La relación entre el artista y su clase social es en realidad mucho más compleja y, por ello, a lo largo de la historia del arte han surgido artistas que independientemente de la clase social a la que pertenecen han creado obras artísticas para el goce de las grandes masas y, asimismo, para que éstas tomen conciencia de su papel en la historia. 

Sin embargo, los partidarios de la pureza del arte y de “el arte por el arte mismo”, asumen dicha postura respecto al arte porque, precisamente, se oponen a que éste tome esa cualidad; piensan al arte como un bien preciado al que sólo pueden acceder las personas con “buen gusto” y que la obra artística, únicamente, tiene que ser contemplada.

En suma, exigirle pureza ideológica al arte es un absurdo, además, porque esa visión envuelve asimismo una ideología. Calificar, incluso, cierto tipo de arte como falso, deshonesto o manipulador cuando éste se compromete con una causa y, especialmente, cuando se trata de artistas afines a una ideología de izquierda resulta un juicio moral, mediado no por lo bello y original de la propuesta, sino derivado de la propia ideología de quien realiza este juicio. En conclusión, es imposible separar al arte de su realidad concreta y de su pensamiento. Entre arte e ideología existe una relación mutua y dependiente, que no la determina ni el artista ni el espectador.


Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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