El tratado de Nerchinsk y las disputas territoriales Rusia – China

ENSAYO Por: Ehécatl Lázaro

Junio 2022

El nombre de China lleva implícito el lugar que el pueblo chino se dio a sí mismo en su cosmovisión: Zhongguo (中国) era el reino del centro, y el emperador recibía un mandato del cielo para gobernar no solo a China sino a todo el mundo. Esta concepción marcó la forma en la que China se relacionó con otros pueblos. El mundo no chino se dividía en tres zonas. La primera incluía a los pueblos geográficamente cercanos a China y que recibían del reino del centro una importante influencia cultural, como Corea, Vietnam, las islas Ryukyu y a veces Japón; la segunda eran los pueblos de Asia central, con características culturales y étnicas no chinas, como Manchuria, Mongolia, Tíbet y el actual Xinjiang; la tercera zona se encontraban geográficamente más alejada y también se caracterizaba por ser étnica y culturalmente no china, como el sureste de Asia, el sur de Asia y Europa. América y África prácticamente comenzaron a existir en la cosmovisión china a partir de la dinastía Ming, que va del siglo XIV al XVII (Mungello, 2009).

Las relaciones que se establecieron entre China y las tres zonas mencionadas se han conceptualizado como un sistema tributario. Este sistema tributario se basaba en las cinco relaciones básicas de la estructura social confuciana (soberano-súbdito, padre-hijo, marido-mujer, hermano mayor-hermano menor, amigo-amigo), de las cuales se desprendía la superioridad de China frente a los demás países y el correspondiente establecimiento de relaciones jerárquicas entre ellos. Los países vasallos de China no podían tener emperadores sino solo reyes, debían enviar delegaciones con tributos a la capital china y los emisarios debían realizar la ceremonia del koutou (arrodillarse y tocar el suelo con la frente tres veces) frente al emperador. Por su parte, el emperador chino sufragaba los gastos de las delegaciones y permitía a esos países comerciar con China, además de revisar posibilidades de cooperación en temas políticos y militares (Botton, 2000). Este es el esquema teórico del sistema tributario.

Sin embargo, la realidad no siempre se correspondía con el sistema tributario. Si bien la China imperial siempre se consideró el centro político, cultural y económico del mundo, lo cierto es que en varios momentos careció de las capacidades suficientes para implementar las relaciones jerárquicas correspondientes a esa cosmovisión. Esto se debió, en primer lugar, a los periodos de desunión que se registran en la historia china entre la dinastía Han (III a.n.e – III) y Sui (VI-VII), primero, y entre la dinastía Tang (VII-X) y Song (X-XIII), después. En segundo lugar, se debió a que en todas las dinastías hubo periodos de debilidad militar frente a los pueblos vecinos, tal como ocurrió en Han oriental, en la segunda parte de Tang y durante todo Song, dinastía que invirtió totalmente los roles y convirtió a China en un país tributario de Liao y Xia occidental.

Los pueblos nómadas del norte constituyeron siempre una amenaza para la seguridad de la China imperial. La constante construcción, abandono, reconstrucción y alargamiento de la Gran Muralla dan fe de que la confrontación entre el pueblo chino y los pueblos del norte no ocurrió solo en un momento puntual, sino que marcó toda la historia imperial china, desde el inicio hasta el final. De hecho, dos pueblos del norte lograron conquistar China e instalaron sus propias casas gobernantes: la dinastía Yuan de los mongoles (XIII-XIV) y la dinastía Qing de los manchúes (XVII-XX). Fue bajo esta última dinastía cuando el reino del centro entró en relación con otro pueblo del norte con el que mantendría una estrecha relación a partir de ese momento: los rusos.

El tratado de Nerchinsk

Rusia comenzó a expandirse territorialmente hacia el oriente del principado de Moscú a partir del siglo XVI, bajo el reinado de Iván IV (el Terrible), primer zar de Rusia. Iván el Terrible estableció una alianza con los cosacos, un pueblo guerrero del Don, para que estos pudieran conquistar las tierras orientales y someterlas al zarismo ruso al mismo tiempo que se beneficiaban de la explotación de las comunidades sojuzgadas. En 1582 el kanato de Siberia (con capital en la actual Tiumen) fue derrotado por los cosacos de Yermak, lo que abrió la puerta para continuar el avance ruso hacia regiones más orientales. Los cosacos arrasaron los pueblos que encontraron a su paso; para 1632 ya se encontraban en la actual Yakutsk (en el río Lena) y en 1639 alcanzaron las costas del Pacífico. Las motivaciones económicas que impulsaron la expansión cosaca (extracción y comercio de pieles, marfil, etc.) fueron las mismas que llevaron a los cosacos a hacer exploraciones hacia el sur, llegando a las regiones dominadas por China (Ivanov, 2009).

Si bien los cosacos tenían cierta independencia real, políticamente estaban subordinados al zarismo ruso. De esta manera, las relaciones directas entre Rusia y China comenzaron desde el principio de la dinastía Qing, que dio inicio en 1644, con la toma de Beijing por las tropas manchúes. Al principio se trató exclusivamente de relaciones comerciales, pues los rusos trataban de vender en China los productos que conseguían en Siberia y que ya no podían vender en Europa por la competencia que les hacían las pieles llegadas de Canadá y Estados Unidos. Sin embargo, la relación se tornó conflictiva cuando empezó a haber disputas sobre a quién le debían rendir tributo las comunidades de la región de Amur (Stolberg, 2000).

Antes de la llegada de los cosacos, los pueblos de la región de Amur le rendían tributo a los manchúes, quienes mantuvieron su dominio sobre la zona después de que tomaron Beijing y fundaron la dinastía Qing. Al llegar los cosacos, algunos pueblos cambiaron su “lealtad” y prefirieron quedar bajo la dominación rusa en lugar de la china por considerar que las cargas tributarias del imperio Qing eran excesivas comparadas con lo que les exigía el zarismo ruso. Miembros destacados del ejército chino, como Gantimur, también cambiaron su lealtad y se pasaron con armas y tropas al bando ruso. Esto generó inconformidad en el emperador Kangxi, quien en 1675 envió una carta a Moscú advirtiendo que Rusia debía devolverle a China los pueblos tributarios y los militares desertores si quería vivir en paz. Por parte de Moscú también comenzó a haber inconformidades, pues algunos cosacos abandonaron el bando ruso y pasaron a formar parte de las fuerzas chinas, además de que algunos pueblos se sublevaron contra el dominio ruso y pasaron a rendirle tributo al imperio Qing (Ivanov, 2009).

Las disputas referidas nunca dieron lugar a una guerra propiamente dicha entre el ejército Qing y el ejército ruso, pero sí hubo importantes enfrentamientos armados. En 1654 tropas manchúes y coreanas expulsaron con las armas a los cosacos que se habían establecido en el actual territorio de Jilin, con lo que obligaron a las tropas rusas a moverse hacia el norte. El enfrentamiento de Albazin fue mucho más relevante. En ese lugar, ubicado en la actual frontera de Rusia con Mongolia, los rusos construyeron un fuerte para asegurar su presencia en la región. Las tropas de Qing atacaron en 1685 y derrotaron a los rusos, quienes reconstruyeron y mejoraron el fuerte; nuevamente acudieron las tropas chinas, pero al no poder tomar el lugar le pusieron sitio para rendir por hambre y enfermedad a las tropas rusas. Este conflicto se alargó hasta 1689, año en el que se firmó el tratado de Nerchinsk.

El 21 de agosto de 1689 llegaron a la comunidad de Nerchinsk delegaciones provenientes de Beijing y Moscú. Después de discutir las demandas territoriales de cada bando durante una semana, el 27 de septiembre se redactó el acuerdo final, escrito en latín, mongol, manchú, chino y ruso. Cabe resaltar el rol que desempeñaron en las negociaciones los misioneros jesuitas, pues fueron jesuitas radicados en China y jesuitas radicados en Rusia los que llevaron a cabo las conversaciones entre chinos y rusos. No fue el manchú, el chino o el ruso el idioma con el que se condujeron las pláticas, sino el latín (Perdue, 2010).

El tratado de Nerchinsk consistió en seis artículos. El primero establece que el límite territorial más occidental entre Rusia y China está marcado por el río Shilka; el segundo estipula que el río Argún y el río Amur continúan la frontera entre los dos Estados, y que todos los territorios que se encuentren al sur de esos ríos deberán ser controlados por el emperador de China, mientras los que estén al norte deberán ser controlados por el zar ruso; el artículo tercero dice que el fuerte de Albazin será completamente demolido y que los rusos que todavía se encuentren ahí deberán trasladarse a territorio ruso; el artículo cuarto marca que todos los fugitivos que se hayan establecido en el territorio del otro (chino o ruso) antes del tratado, pueden permanecer ahí y ya no serán reclamados, mientras los nuevos fugitivos que se instalen después deben ser automáticamente regresados; el artículo quinto indica que a partir de ese tratado tanto rusos como chinos podrán comerciar en el territorio de la contraparte; y por último, el artículo sexto señala que si privados cometen crímenes en el territorio de la otra parte, esos privados deben ser regresados a su gobierno y ahí deben ser juzgados.

El tratado de Nerchinsk fijó las fronteras territoriales de los dos imperios hasta el siglo XIX, cuando la dinastía Qing entró en declive y China se convirtió en un botín para las potencias imperialistas. En contraste con el sistema tributario que se describió antes, el tratado de Nerchinsk no se firmó a partir del establecimiento de relaciones jerárquicas, donde China se asumiera como superior y Rusia como inferior. Si bien fue un acuerdo forzado por los hechos de armas que ya habían empezado a acontecer en sus fronteras, fundamentalmente fue un acuerdo entre iguales, donde ambos imperios se reconocían mutuamente y aceptaban el derecho que tenían a gobernar su propio territorio.

La firma del tratado, y el respeto que rusos y chinos le profesaron, se presenta como un hecho insólito si se considera que tanto los rusos como los chinos eran pueblos que concebían sus relaciones con otros de forma jerárquica. Los rusos se encontraban en pleno proceso de expansión territorial y las poblaciones que los cosacos hallaron a su paso por Siberia fueron sometidas por la vía de la fuerza para integrarlas al zarismo. Los chinos, por su parte, estaban también en un proceso de expansión: fue con la dinastía Qing cuando el territorio de China alcanzó el tamaño más grande de su historia. Y, sin embargo, ambos imperios llegaron a un acuerdo sin necesidad de que uno se sometiera al otro.

Según Perdue (Perdue, 2010), son varios los factores que llevaron tanto a los chinos como a los rusos a desear un acuerdo fronterizo que garantizara la paz. Por el lado de Rusia, su trato con los pueblos orientales no comenzó con el contacto de China, ni siquiera con su enfrentamiento al kanato de Siberia, al que derrotó en 1582, sino que ya desde la época del imperio mongol, en el siglo XIII, la élite rusa había aprendido a mantener relaciones políticas con los pueblos de las grandes estepas de Asia central. Los rusos ya tenían, pues, un conocimiento previo respecto a la manera de hacer diplomacia con los pueblos del oriente asiático. Esto les permitió entablar con éxito las negociaciones de Nerchinsk. Por otro lado, a Rusia le interesaba expandirse territorialmente, pero también le interesaba controlar efectivamente el espacio que iba conquistando. Un acuerdo como el que logró con China le permitía administrar mejor las poblaciones fronterizas al mismo tiempo que evitaba nuevos conflictos. Otra razón de peso fue el comercio. Para los rusos, el mercado chino constituía una rica fuente de diversos productos altamente valorados en Europa, además de que era una salida para los productos que se extraían de las poblaciones siberianas.

Del lado de China, al emperador Kangxi le interesaba sobre todo mantener la seguridad territorial de su imperio. Mientras los roces entre rusos y chinos se intensificaban en el norte, en el sur se llevó a cabo la rebelión de los tres feudatarios. Entre 1673 y 1681 los señores de Yunnan, Guangdong y Fujian se rebelaron contra el poder manchú de Beijing, lo que obligó a Kangxi a emprender una dura campaña militar que no solo implicó la derrota de esos tres líderes rebeldes, sino también la conquista de Taiwán, que cayó ante la dinastía Qing en 1683. Tras derrotar la rebelión, el poder central chino estaba más interesado en la estabilidad política y en su seguridad territorial que en iniciar un conflicto con Rusia por los pequeños roces fronterizos.

Quizá el crecimiento del poder del kanato de Zungaria tuvo mayor peso en las negociaciones que la rebelión de los tres feudatarios. A partir de que Galdan tomó el poder en el kanato de Zugaria, el líder guerrero comenzó una expansión territorial que le permitió tomar parte del actual Kazajistán y lo llevó a aliarse con los rusos para enfrentarse al kanato de Kahlkha, ubicado en la actual Mongolia. Ante el inminente ataque de las fuerzas de Galdan, los mongoles de Kahlkha acudieron al emperador Kangxi para formar una alianza con él y pasar a formar parte de su imperio. De esta manera, cuando Galdan atacó al kanato de Kahlkha los mongoles de dicho kanato se refugiaron en el territorio de la actual Mongolia interior y solicitaron ayuda de Kangxi. Cuando los mongoles de Kahlkha llegaron a China era el año 1688. Dos años después el kanato de Zugaria atacó al imperio chino y se libró una batalla en Ulan Butung, al norte de Beijing, misma que se saldó con la victoria de Kangxi y la huida de Galdan. De esta manera, Kangxi veía en los mongoles comandados por Galdan una amenaza más temible e inmediata que los cosacos rusos que habitaban la región de Amur.

Los mongoles de los diferentes kanatos no solo constituían una amenaza para el imperio chino, sino que también el zarismo ruso veía en ellos una fuente inagotable de conflictos armados. A chinos y rusos por igual les convenía un acuerdo fronterizo pacífico que les permitiera concentrarse en otras cuestiones que consideraban de mayor urgencia.

La firma del tratado de Nerchinsk pavimentó el camino para que, ahora con el emperador Pedro I en Rusia y el emperador Yongzheng en China, se firmara un nuevo acuerdo que continuara delimitando las fronteras entre ambos países: el tratado de Kiajta, de 1727 (Stolberg, 2000). Dicho tratado se dio en otras condiciones, cuando el imperio Qing ya había derrotado a los kanatos de Mongolia y había integrado ese territorio a sus dominios. Por lo tanto, se estableció que la frontera entre Rusia y China sería lo que actualmente es la frontera entre Mongolia y Rusia, se reconoció a Xinjiang como parte del territorio chino y se ampliaron las relaciones comerciales entre el imperio ruso y el chino. Tal como ocurrió con el tratado de Nerchinsk, las fronteras fijadas por el tratado de Kiajta llegaron así hasta mediados del siglo XIX.

La relación que establecieron el imperio ruso y el imperio chino a finales del siglo XVII y principios del XVIII escapa a la lógica del sistema tributario que caracterizó a las relaciones de China con los pueblos vecinos. Se trató de una relación entre iguales donde el hijo del cielo estaba al mismo nivel jerárquico que el zar de Rusia.

Conclusión

A partir del tratado de Nerchinsk puede complejizarse la idea del sistema tributario chino como característica fundamental de relación entre China y los demás pueblos del mundo. La dinastía Han se expandió territorialmente hasta donde sus capacidades se lo permitieron; en su lucha contra los xiongnu, el emperador Wudi conquistó cuanto pudo hacia el noroeste, logrando controlar una importante zona de Asia central. La dinastía Sui lanzó campañas militares que le permitieron integrar Vietnam a sus dominios, además de otros pueblos túrquicos del noroeste. La dinastía Tang buscó expandirse en Asia central y logró llegar hasta la actual frontera entre Kirguistán y Kazajistán, donde las tropas árabes detuvieron al ejército chino en la batalla del río Talas. La debilidad militar de la dinastía Song la llevó a perder el dominio de Vietnam y de toda la región de Asia central que habían conquistado Tang y anteriormente Han. Con Yuan el territorio del imperio tuvo su máxima expansión, aunque no era propiamente un territorio dominado por los chinos. La dinastía Ming, al contrario de la Yuan, no tuvo fortaleza militar, sino que se vio amenazada todo el tiempo por los pueblos nómadas del norte y llegó al extremo de que el emperador Zhengtong fue secuestrado por los mongoles de Esen Taidji. Por último, la dinastía Qing se destacó por su organización militar y su gobernanza, cualidades que le permitieron conquistar el mayor territorio de la historia imperial china.

A partir de una revisión somera de la historia territorial de China puede verse que el imperio chino se amplió cuando tuvo los medios para hacerlo y los pueblos vecinos se lo permitieron. Cuando los pueblos vecinos reconocían la superioridad de China y no representaban una amenaza, no había de parte de los emperadores chinos esfuerzos por conquistar militarmente esos territorios. Tal es el caso de Corea, por ejemplo. Sin embargo, cuando los pueblos vecinos no reconocían la superioridad de China, y el imperio tenía las capacidades militares suficientes, sí había esfuerzos de conquista por parte del emperador chino. Quizá la única excepción destacable en este punto son los viajes marítimos de Zheng He durante la dinastía Ming, que no tuvieron una vocación de conquista sino de exploración.

Desde este punto de vista, la principal característica de las relaciones que estableció China con los otros pueblos del mundo podría entenderse más de acuerdo con la perspectiva realista de las Relaciones Internacionales. Según el realismo, los Estados buscan ante todo su propia supervivencia en un contexto internacional anárquico, competitivo y egoísta. Para poder sobrevivir se necesita garantizar la seguridad, y para ello es necesario incrementar las capacidades económicas y militares del Estado a costa de los otros Estados.

Siguiendo esta línea de análisis, puede decirse que China no se enfrentó a Rusia por no poseer las capacidades económicas y militares para tener dos frentes abiertos al mismo tiempo: el ruso y el mongol. De haber tenido las capacidades, probablemente el tratado de Nerchinsk no se habría firmado en una semana y quizá los enfrentamientos militares habrían sido de una escala mayor. Lo mismo se aplica para el posterior tratado de Kiajta. Sin embargo, cuando la dinastía Qing entró en declive y las potencias imperialistas comenzaron a imponer los tratados desiguales, China se vio inerme frente al zarismo ruso, que violó el tratado de Nerchinsk y le arrebató al imperio chino el territorio de la región de Amur.

Para finalizar, puede establecerse cierto paralelismo entre las relaciones exteriores de China y la forma en la que se gobernaba al interior del imperio. En lo que se refiere a la gobernanza, desde la época de Han se adoptó el confucianismo como doctrina oficial; en algunos periodos el confucianismo gozó de menos aceptación oficial que el budismo, pero en la larga duración el confucianismo quedó asociado a la estructura general de gobierno y a la legitimidad de los gobernantes. Aunque teóricamente el hijo del cielo gobernaba siguiendo los lineamientos confucianos, en los hechos el confucianismo era adosado con prácticas legalistas que permitieran aplicar mano dura cuando la situación lo ameritara; donde el confucianismo recomendaba convencimiento, el legalismo exigía castigo, lo que permitía una complementariedad de ambas doctrinas en la forma de gobernar.

De igual manera, en las relaciones con otros pueblos, el sistema tributario basado en el confucianismo podía aplicarse bajo ciertas condiciones, pero ante la presencia de amenazas a la seguridad imperial o de pueblos que no reconocían la superioridad china, el reino del centro podía aplicar medidas coercitivas destinadas a garantizar la supervivencia del imperio. Si tenía las capacidades suficientes para emprender una campaña así, el gobierno chino impulsaba la vía militar; si carecía de ellas, simplemente procuraba adaptarse a las condiciones para sobrevivir, aún si para ello tenía que asumir el rol de vasallo de los “bárbaros” del norte.

Al analizar el tratado de Nerchinsk y contraponerlo al sistema tributario imperial, se identifica cierto patrón de las relaciones de China con los otros pueblos. El sistema tributario funcionaba como una estructura teórica que dotaba de legitimidad a la dominación china frente a sus Estados vasallos. En cambio, ente los pueblos que veía como amenazas, no era el confucianismo del sistema tributario lo que pautaba su relación, sino más bien la mano dura del legalismo, mucho más cercana a la perspectiva realista de las Relaciones Internacionales. Quizá esto sea un legado que la dinastía Qin le heredó a las dinastías posteriores, pues fue Qin la primera dinastía que se apoyó en el legalismo para pautar su relación con otros pueblos, lo que le permitió someter a los demás reinos de Zhou y fundar el imperio chino. Finalmente, aunque algunos aspectos se hayan modificado en los casi dos mil años que separan a Qin Shihuang de Kangxi, en más de un sentido el imperio que firmó el tratado de Nerchinsk en 1689 es el mismo que se fundó en el siglo III a.n.e.


Ehécatl Lázaro es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM y cursa una maestría en Estudios de China en El Colegio de México.

Referencias

Botton, Flora. China, su historia y cultura hasta 1800. México: El Colegio de México, 2000.

Mungello, D. E. The Great Encounter of China and the West, 1500-1800. Maryland:      cccccccccRowman & Littlefield publishers, 2009.

Ivanov, Andrey. «Conflicting Loyalties: Fugitives and “Traitors” in the Russo-Manchurian                    cccccccccFrontier, 1651-1689». Journal of Early Modern History, 2009: 333-358.

Perdue, Peter. «Boundaries and Trade in the Early Moderns World: Negotiations at cccccccccNerchinsk and Beijing». Eighteenth-Century Studies, 2010: 341-356.

Stolberg, Eva-Maria. «Interracial Outpost in Siberia: Nerchinsk, Kiakhta, and the Russo-cccccccccChinese Trade in the Seventeenth/Eighteenth Centuries». Journal of Early Modern cccccccccHistory, 2000: 322-336.