Un viejo problema siempre nuevo: reforma o revolución en México

OPINIÓN Por: Victoria Herrera

Un viejo problema siempre nuevo: reforma o revolución en México

Junio 2022

No hay ciertamente nada nuevo bajo el sol. El viejo debate sobre “reforma o revolución” vuelve a emerger en la superficie de este proceloso mar llamado México. Con la máscara o mascarada, ahora, de que “las sociedades reformistas han sido al final más transformadoras que las revolucionarias”, según lo consigna el historiador Héctor Aguilar Camín en “El otoño del presidente”, publicado en el número de junio de la revista Nexos, 2022. La cuestión en torno a esta aseveración no es minúscula ni accesoria a la realidad mexicana, sobre todo, por la conclusión a que conduce lógicamente este viejo razonamiento que no encierra otra cosa más que negar la lucha de las clases trabajadoras. En última instancia negar la revolución social.

Tanto para Aguilar Camín como para los “revisionistas” alemanes de la II Internacional, quienes fueron los precursores de esta antiquísima disyuntiva, la solución es clara: las reformas sociales son la única vía por la cual las sociedades pueden transformarse. Sin embargo, Aguilar Camín lleva a otro ámbito la cuestión, pues a su leal parecer y entender la historia ya ha demostrado que esa es la realidad y que no hay manera de refutarla.

En primer lugar, cuando se lanza la afirmación de que hasta ahora las sociedades reformistas han transformado más que las sociedades revolucionarias, no se demuestra cómo es que así ha sido ni mucho cuáles son esas sociedades. Pero si aceptamos que tales sociedades existen y nos esforzamos en llenarlas de contenido podemos deducir que el historiador hace esta distinción con base en las principales revoluciones que vivió el siglo XX: la Revolución Rusa de 1917 y la Revolución cubana de 1959. En ese sentido, las sociedades reformistas estarían representadas por el mundo occidental-capitalista bajo la égida de Estados Unidos y las sociedades revolucionarias representadas por la entonces Unión Soviética y Cuba. Obligados por tal afirmación, podemos preguntar ahora sí ¿cuál de estos dos tipos de sociedades transformó o ha transformado más? No parece, sin embargo, que esa cuestión pueda resolverse sin antes considerar cuál es el verdadero significado del término «transformación». Sólo en esa medida podremos determinar la forzada comparación a la que se nos obliga.

Las revoluciones o transformaciones sociales son aquellas que cambian no sólo el aparato político estatal sino también las estructuras de clase y la ideología dominante. Sólo son revoluciones sociales aquellas que presentan esa doble transformación. Esas que sólo llegan a transformar el aparato estatal sin modificar las estructuras de clase no pueden, entonces, denominarse revoluciones sociales. De tal manera que la comparación a la que se nos obliga no es sólo desmedida, sino que se anula en sí misma porque las sociedades reformistas por sus propios objetivos no pretenden transformar, sino por el contrario conservar el estado de cosas en que se encuentran. No son, pues, conmensurables las revoluciones políticas y las revoluciones sociales cuando se trata de establecer un parangón respecto a sus alcances transformativos.

Finalmente, si esta proporción no es aplicable para la historia universal tampoco lo es para la historia nacional, pese a que Aguilar Camín se esfuerce en convencernos de que ni siquiera las “verdaderas revoluciones” –según él las que toman el poder por las armas– pueden cambiarlo todo. La Revolución mexicana, asegura Camín siguiendo a José Vasconcelos, no fue más que un “porfirismo colectivo”. Sin embargo, la Revolución mexicana transformó muy a su pesar las relaciones sociales, políticas y económicas existentes hasta 1910, de modo que se le ha caracterizado como una revolución burguesa.

Aun así, ni reforma ni revolución son términos válidos para analizar el contexto actual del país como sugiere Aguilar Camín, porque como él mismo lo reconoce, la mal llamada “cuarta transformación” no es ni de lejos eso que pretende ser. El gobierno de la «cuarta transformación» no ha revolucionado nada hasta el momento y tampoco es un gobierno que haya impulsado o esté ni tan siquiera impulsando reformas sociales a favor de las clases trabajadoras, tal como pretendían transformar su sociedad los “revisionistas” alemanes, quienes disfrazaron su oportunismo ateniéndose a la engañosa consigna de que el movimiento lo era todo y el objetivo final nada de nada. La «cuarta transformación» se pinta entonces sola: ni objetivo final ni movimiento gradual; ni reforma ni revolución.


Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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