50 años de las relaciones México-China: ¿qué sigue?

OPINIÓN Por: Ehécatl Lázaro

Febrero 2022

El 12 de febrero de 1972 México estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China. Esta acción del gobierno de Luis Echeverría tuvo gran importancia para el país asiático en un momento en el que la República Popular China, con capital en Beijing, apenas comenzaba a ser reconocida por la comunidad internacional en lugar de su rival, la República de China asentada en Taiwán. Luego de que, en 1971, la República Popular China ocupó el lugar que le correspondía en la Organización de las Naciones Unidas, México fue el primer país de América Latina en reconocer al gobierno de Beijing como único representante de toda China, lo que abrió la puerta para que otros países latinoamericanos hicieran lo mismo.

50 años después de ese momento histórico, ¿cómo han cambiado los dos países? En 1972 México acababa de salir del modelo económico del Desarrollo Estabilizador y se encontraba en medio del Desarrollo Compartido. Tras mantener un proceso de industrialización nacional durante cuatro décadas, el país había logrado mejorar notoriamente las condiciones de vida de un sector importante de la población urbana, se había colocado como país líder en América Latina y se proyectaba en la escena internacional como un país que se modernizaba con rapidez. Fue por esos años cuando se construyó el grueso de la infraestructura del metro de la Ciudad de México y cuando México fue sede de las Olimpiadas (1968) y del Mundial de Futbol (1970). Al mismo tiempo, el contraste con una América Latina plagada de dictaduras y golpes de Estado hacía de México un modelo de estabilidad política para la región. Era un país con capacidades crecientes y un futuro promisorio.

China, en cambio, era un país que hasta 1972 no había tenido ningún momento de tranquilidad. Primero fue invadida por los países imperialistas (1842), luego Japón ocupó una parte de su territorio (1894), siguió una larga guerra contra los japoneses (1931), luego la guerra civil entre el Partido Comunista y el Partido Nacionalista (1945), después China intervino en la Guerra de Corea (1950), siguió la ruptura de relaciones con la URSS (1958), el Gran Salto Adelante (1960) y finalmente la Revolución Cultural (1966). Así, China llegó a la década de 1970 como un país económicamente pobre, científicamente atrasado y políticamente unificado bajo el Partido Comunista. De todas las regiones chinas, prácticamente solo Hong Kong, Macao y Taiwán podían presumir de un avance económico y científico. Si bien era un país grande, muy poblado y verdaderamente soberano, en 1972 China podía envidiar mucho de lo que México había logrado para ese momento.

50 años después, la situación de los dos países ha cambiado radicalmente. Si en 1972 la economía mexicana era tres veces más grande que la china, hoy la economía china es 5.3 veces más grande que la mexicana. En 1972 el PIB per cápita de México era 19 veces mayor que el de China; actualmente la situación se ha invertido y el PIB per cápita de China ya superó al de México. China abate la pobreza a ritmos acelerados (en 2020 levantaron bandera blanca en pobreza extrema), mientras México suma más pobres cada año. En materia de desarrollo tecnológico y científico, China se ha convertido en el país del mundo que más patentes registra, mientras México arrastra desde hace décadas un raquítico nivel educativo y un pobre desarrollo tecnológico que lo mantienen fuera de los primeros 30 países en registro de patentes. Hoy es en China donde se hacen las Olimpiadas, mientras que el último gran evento deportivo que albergó México fue el Mundial de Futbol de 1986. En el terreno internacional, China se ha vuelto una gran potencia que representa un contra poder a la dominación hegemónica de Estados Unidos; México ha debilitado los lazos que antaño lo unían a América Latina y está a merced de la política que se dicta en Washington.

Por todos estos logros y otros que no se apuntan aquí, China se ha convertido en un país atractivo para los países pobres o de ingresos medios de todo el mundo. Más aún, gracias a la activa política exterior desplegada por Xi Jinping en la última década, China ha lanzado poderosos proyectos como La Franja y La Ruta que pueden ser de gran ayuda para los países que se sumen a ellos. En todo el mundo ya son 145 los países que han levantado la mano para participar en este proyecto, 20 de los cuales están en América Latina. Hasta ahora, México se ha mantenido lejos de estas iniciativas debido a su cercanía con la agenda política estadounidense; sin embargo, China ya es el segundo socio comercial de nuestro país y cada vez hay más capitales chinos invirtiéndose en proyectos mexicanos, como la modernización de la línea 1 del metro de la Ciudad de México, la construcción del tramo 1 del Tren Maya y la exploración petrolera en el Golfo de México.

Con su crecimiento económico y su activa política exterior, China ha debilitado la hegemonía de Estados Unidos en América Latina. Esto es en sí mismo algo positivo para los países históricamente sometidos a los intereses estadounidenses. Sin embargo, la relación de estos países con China corre el riesgo de reproducir las mismas relaciones de dependencia que ya existían respecto a Estados Unidos solo que ahora con China ocupando el lugar central; es decir, que quien se beneficie de las materias primas, la fuerza de trabajo barata, los productos de bajo valor agregado y la falta de desarrollo tecnológico de los países dependientes, ahora sea China, y que los países latinoamericanos dependan de la tecnología, los capitales y los intereses chinos.

En realidad, no es responsabilidad de China vigilar que América Latina no reproduzca esta situación de dependencia, sino de los propios países latinoamericanos. China ha tocado la puerta de América Latina y trae consigo una serie de propuestas atractivas para nuestros países. Sin embargo, la gran mayoría de los países latinoamericanos no han trazado una estrategia bien definida para establecer relaciones con China que sean verdaderamente provechosas y que estén pensadas para el mediano y largo plazo. China tiene una estrategia de largo plazo para América Latina y sabe qué quiere de ella, pero América Latina, México incluido, no tiene esa visión estratégica y actúa guiada por las necesidades del momento.

El marco de los 50 años de las relaciones entre México y la República Popular China es buen momento para que México defina una estrategia del tipo de relaciones que busca tener con China. Para ello es necesario, primero, tener una política de desarrollo económico de largo plazo. De esto, fundamentalmente, dependerá la relación que mantengamos México y China en los años por venir.


Ehécatl Lázaro cursa una maestría en estudios de China en El Colegio de México.