Por Ehécatl Lázaro
Noviembre 2021

El confucianismo es uno de los rasgos culturales más característicos de China. Esta corriente de pensamiento (que difícilmente puede ser catalogada como religión o filosofía según nuestros estándares) fue fundada por Kǒng Qiū en el siglo VI a. C. y llegó al conocimiento de Occidente a través de los misioneros jesuitas que arribaron a China en el siglo XVI. A ellos debemos la transliteración del original Kǒngfuzǐ al español Confucio, que quiere decir “maestro Kong” y que da nombre al confucianismo.

El confucianismo nació como respuesta a un periodo de gran inestabilidad política que en la historiografía se conoce como Primaveras y Otoños (VIII – V a. C). Según Confucio, la única forma de lograr que China recuperara la estabilidad y la grandeza de antaño era la formación de personas virtuosas que respetaran las normas y los ritos fijados por los grandes reyes del pasado. Las personas virtuosas debían cultivar cinco relaciones sociales básicas para garantizar la estabilidad política y el correcto funcionamiento de la sociedad: 1) la relación entre el soberano y sus súbditos, 2) entre padres e hijos, 3) marido y mujer, 4) hermano mayor y hermano menor, y 5) amigo y amigo. De estas, solo la última es una relación entre iguales, mientras las primeras cuatro son entre un superior y un inferior. Confucio sostenía que el respeto a estas relaciones ayudaría a terminar con el caos.

El confucianismo no fue la única respuesta a la inestabilidad china, pues en ese periodo también surgió el taoísmo, el yin y yang, el mohísmo, la escuela de los cinco elementos, entre otras corrientes. Sin embargo, el confucianismo se convirtió en la corriente preponderante gracias a que el imperio de la dinastía Han (II a.C – II d.C) hizo de ella la doctrina oficial del Estado. Desde entonces, el confucianismo fue elevado al estatus de doctrina imperial, algo que ni siquiera cambió con la dinastía Yuan (XII-XIV) fundada por los mongoles, o con la dinastía Qing (XVII-XX) del pueblo manchú.

A mediados del siglo XIX, las potencias occidentales, Inglaterra a la cabeza, sometieron a China con la Guerra del Opio, los tratados desiguales y las invasiones militares que derrotaron las rebeliones chinas que se suscitaron. El declive de China ante los países imperialistas llevó a muchos pensadores chinos de la época a cuestionar los valores dinásticos, así como la estructura política imperial que había existido durante dos mil años. De esta manera, la Revolución de Xinhai de 1912 derrocó al último emperador y fundó la República de China, abriendo un nuevo periodo histórico en el que el confucianismo comenzó a ser rechazado por asociársele tanto al pasado dinástico como al sometimiento semicolonial.

En 1949, el Partido Comunista ganó la guerra civil contra el Kuomintang y fundó la República Popular de China. El nuevo gobierno renegó abiertamente del legado confuciano. Mao Zedong, máximo líder del Partido Comunista y de la República Popular de China, rechazó los postulados del confucianismo por considerar que habían sido desarrollados por las clases dominantes del periodo imperial para mantener dominadas a las clases oprimidas. En la visión de Mao, Confucio era parte de ese pasado feudal que debía erradicarse de China en aras de construir el socialismo. En contra de las relaciones verticales de autoridad confuciana, Mao oponía la crítica constante a todo lo establecido. En el periodo más álgido de la Revolución Cultural, las brigadas de estudiantes que se movilizaron por todo el país incluso atacaron la tumba de Confucio, quien se convirtió en blanco favorito de las fervientes juventudes revolucionarias.

La muerte de Mao y advenimiento de Deng Xiaoping al poder marcó el inicio de una nueva etapa en la historia de China, misma que se caracteriza por la reforma y la apertura, el crecimiento económico y su integración plena al sistema político internacional. La valoración de la figura de Confucio comenzó a cambiar paulatinamente durante este periodo y fue recuperado como elemento central de la cultura china.

En la actualidad, las condiciones de China han alentado el espíritu nacionalista del pueblo chino y el gobierno de Xi Jinping ha elevado la figura de Confucio a un nivel inédito desde 1912. En su carácter de potencia económica y política mundial, y acosado por el imperialismo estadounidense, el gobierno chino impulsa un orgullo nacional que no solo se basa en sus éxitos socioeconómicos de las últimas décadas, sino también en su milenaria historia dinástica y en los grandes pensadores que China le ha dado al mundo. No es casualidad que los institutos que el Estado chino tiene distribuidos en todo el mundo para fomentar la enseñanza del mandarín lleven precisamente el nombre de Confucio.


Ehécatl Lázaro es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.