Por Alan Luna
Septiembre 2021

En filosofía prácticamente ninguna doctrina se desarrolla sin que se desarrolle la postura contraria; todo planteamiento, argumento o postura acerca de la realidad, encuentra un contrario que intenta explicar de manera opuesta lo que sea que se intente estudiar. De esta manera, a lo largo de la historia de la filosofía encontramos que el desarrollo de la filosofía en general está determinado por sus posturas particulares y, a veces, antagónicas; el materialismo, por ejemplo, se ha desarrollado peleando constantemente con la filosofía idealista y muchos de los problemas clásicos del pensamiento filosófico son, como escribe Engels, distintas formas del conflicto contradictorio ente el idealismo y el materialismo.

En la llamada teoría del conocimiento, esa rama de la filosofía que, fundamentalmente, estudia las posibilidades y métodos de conocer la realidad, la contradicción mencionada anteriormente cobra otra dimensión. El problema es la forma correcta de conocer la realidad, y contestando esta pregunta es que han surgido grandes teorías. Dos de las más discutidas son el racionalismo y el empirismo. La primera sostiene que solamente se puede conocer por medio de la razón; la segunda argumenta el conocimiento certero por medio de la experiencia directa a través de los sentidos.

A pesar de que en ocasiones esta simple oposición de teorías ha servido para identificar a quienes defienden un lado u otro de la contradicción, el desarrollo de las teorías es tal que ahora quien apele a un simple racionalismo o, por el contrario, a un simple empirismo se le critica de mantener una postura parcial sobre el objeto que quiere conocer. Esta crítica ha sido muy recurrente hacia Lenin por la popularización de la teoría del reflejo —teoría que busca en las representaciones de la superestructura social el reflejo de su estructura—, de tal manea que no habría más misterio que el de encontrar la base económica en las múltiples teorías o instituciones sociales para encontrar su explicación racional. Pero Lenin desde muy temprano advierte lo que quiere decir con la teoría del reflejo, y sabe que no es una simplificación de la riqueza de los fenómenos. Podemos hacernos claridad al respecto en sus opiniones sobre Tolstoi.

En “León Tolstoi, espejo de la revolución rusa”, Lenin comienza preguntándose cómo es que puede llamar espejo de la revolución rusa a alguien que aparentemente estaba fuera de interpretar de manera correcta las contradicciones que Rusia tenía por el momento, y a quien, por lo tanto, le resultaba prácticamente imposible tomar acciones concretas para la transformación de su nación. Lenin aclara que con reflejo no quiere decir que todo fenómeno deba ser una calca total y acabada de lo que materialmente existe, hay que saber entender qué es lo que se refleja y cuáles son las limitantes y contradicciones de eso que se representa.

En este sentido, Tolstoi sería una representación de las contradicciones de su tiempo, el aspecto de la realidad que toma y critica es el del campesino ruso molesto con las contradicciones de su pasado y de su presente invadido por los antagonismos del capitalismo que gana terreno. Por esto vale la pena Tolstoi, si no como ideólogo, sí como artista que representa la inconformidad de un pueblo y las razones de esta. El pensamiento mismo de Tolstoi es contradictorio y hay que entender esa contradicción para poder rescatar la útil crítica de su tiempo, ya que era el reclamo sincero de su presente y pasado y el deseo de liberarse de él. Hay que entender el reflejo como reflejo de ciertas contradicciones, rastreables en las obras de los grandes artistas, pero necesitadas aún de un estudio más completo para descubrir el alcance y profundidad de la obra de la que se trate.


Alan Luna es filósofo por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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