Por Aquiles Lázaro
Septiembre 2021

Se ha repetido, y es cierto, que no existe tal cosa como la “incultura”. En sentido amplio, la cultura se refiere al conjunto de saberes y prácticas presentes en una sociedad determinada; de modo que todo individuo, en tanto que parte de un grupo social, es inherentemente dueño de una cultura. En sentido estricto, ser absolutamente inculto es imposible.

Ahora bien, la relativización de esta discusión debe ser tomada con precauciones extremas. Una perspectiva que pretende ser más incluyente afirma que toda cultura es igualmente válida, y que los discursos culturizadores son siempre una velada imposición que pretende suplantar la identidad cultural de un grupo dominado para implantarle una ajena, la del grupo dominante.

En el otro extremo de esta línea se encuentra un discurso con un alto contenido clasista, que afirma que ciertas expresiones culturales son vulgares, simples, y que otras son eruditas y elevadas. En esta óptica ligada a ideas de jerarquía social, generalmente se asume (más por una intuición ignorante que por una reflexión crítica), por ejemplo, que el ballet clásico es más culto que bailar bachatas.

¿Quién es, entonces, más culto? La cuestión no es nada sencilla. Y en esta discusión, por cierto, las declamaciones que llaman a “elevar el espíritu” o a “cultivar la mente” abonan poco, flotan como humo sin tocar jamás el suelo para decirnos a los mortales qué quiere decir exactamente elevar el espíritu.

Por mi parte, opino que elevar el espíritu significa algo así como acercarse a cosas nuevas, conocer cosas hasta antes desconocidas, experimentar nuevas formas de sentir y de pensar. A lo mejor en eso, generalmente, estaremos de acuerdo todos. Pero yo sostengo, además, que este proceso no es unidireccional; es más, que ni siquiera existe la tal línea con los extremos erudito-vulgar.

La cultura no es una escala, es un universo dinámico. Y el más inculto es aquel que tiene una noción más limitada de este universo. Permítaseme un ejemplo sencillo: una persona que, por una deficiencia oftálmica solo puede ver en blanco y negro. Habrá cosas que percibirá exactamente igual que el resto, algunas películas, las fotocopias, un gato negro… Pero, indudablemente, no conocerá jamás la sensación de ver a color un jardín de muchas flores, está privado de esta experiencia. Agreguemos al ejemplo un individuo que distingue esta vez tres tonos: negro, blanco y rojo; su catálogo de apreciación aumentará, podrá ver la sangre, los atardeceres, las fresas, etc. Y así sucesivamente. Elevar el espíritu, cultivar la mente, significa aprender constantemente a ver nuevos colores.

Hace poco discutíamos sobre una lista de reproducción de YouTube llamada Música para sentirte como villano del siglo xix que ganó el juego. Esa fue la causa del tema de este texto. La lista tenía piezas de Mozart, Vivaldi, Beethoven, entre otros. Me parecía que, en general, esa música debería escucharse dentro de los marcos del lenguaje de la propia música, puesto que así fue concebida. Es decir, que, dado que la música es un lenguaje en sí mismo, exigía en primera instancia escucharla dentro de los marcos de ese propio lenguaje. Yo afirmaba triunfante que aproximarse al Requiem de Mozart, por ejemplo, desde las referencias de El señor de los anillos era una aproximación que mutilaba la música en este sentido, una apreciación que ofrecía un panorama limitado de las posibilidades expresivas de la música.

Pero luego descubrí que tal tesis es perfectamente reversible, que la tesis que resulta de afirmar lo contrario es igualmente válida: quien escucha a Mozart sin las referencias de Hollywood obtendrá también un panorama limitado de las posibilidades expresivas de la música.

Sea como sea, la discusión sigue abierta. Lo que es cierto es que a mayor cantidad de saberes, las posibilidades de apreciación se multiplican y se combinan infinitamente. Esa es la importancia de saber.


Aquiles Lázaro es promotor cultural e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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